Tuesday, 11 October 2011

POEMA PARA LUCÍA

Hacía falta lejía para quitarme las manchas que me había dejado Lucía, junto al esternón, donde más dolía

Otra tarde más

Llevo toda la tarde oyendo a Franco Batiatto y me ronda la idea de abrir una botella de albariño que se pudre muy fría en la nevera… Traza mi mente círculos concéntricos sobre un sacacorchos de metal viejo y oxidado …sagradas sinfonías del tiempo …. solo la voz de Franco me arranca de esa idea autodestructiva … en este mar de confusiones

Harto de la vanidad de mi crueldad autoimpuesta empiezo a relacionarme con el entorno de nuevo , miro a mi perra que dormita a mis pies , escucho los silbidos de Carla que hace como si estuviera trabajado en algo importante pero los dos sabemos que no es así , siempre lleva un carmín rojo casi púrpura cuando realmente esta en ago importante .

Entonces lo veo claro …mierda ¡! ya podía llevar media botella de albariño en el cuerpo , otra tarde debatiéndome entre lo que quiero y lo que querría querer ….

Monday, 10 October 2011

LA HUMEDAD

Me gustaría encontrar por la calle a chicas, de unos treinta y tantos, con grandes pancartas de panel de madera, donde con pintura negra se leyese el grado de humedad que hubiese en ese preciso momento en la ciudad. O no ya en la ciudad sino en esa precisa esquina de esa precisa calle. Cada cinco minutos habría que llevar a cabo una nueva medición y si el resultado variase, aunque fuese mínimamente, haría falta construir una nueva pancarta

LOS COWBOYS DE JESÚS DE NAZARETH

Al final de Hyde Street, justo donde el restaurante español al que acudieron una vez con Joyce y con aquella chica argentina que había trabajado editando películas italianas, se advertían comunidades religiosas y espirituales variopintas desparramadas por el césped de los jardines, algunos de rodillas, con la vista fija en el cielo, las palmas unidas, pidiendo a dios clemencia y salvación. Había diferentes grupos y todos rezaban de manera distinta. Se adivinaban jerarquías, directores de rezo, managers de sección. Algunos grupos pedían clemencia con más dramatismo que otros. Había quien entraba en trance y quien rezaba casi por obligación, a desgana. Martin apreciaba con facilidad devotos de vocación, de oficio, y devotos que estaban allí porque una tal Claudia o Beth o Silvia les había dicho que tenían que estar allí y punto. Mucha gente estaba allí buscando alivio no tanto por creencia sino por no tener nada mejor que hacer. Eran técnicamente desplazados. Si no se tomaban bandos ni se tenía trabajo, uno escogía la religión como quien escogía el color de de la tela para el visillo del salón. Se escogían dioses o ideologías de la misma manera que antes se habían escogido equipos de fútbol. Sin ser de Nueva York, sin tener familia o lazo emocional alguno en Dallas, sin haber pisado jamás San Francisco, uno, con nueve años, había elegido ser fan de los 49ers o de los Dallas Cowboys o de los Nicks. Una mujer de aspecto solido, armazón alzado, en sus cincuenta años, sermoneaba con gravedad acerca del perdón y la culpa y la misericordia. El semblante serio y rígido, la forma de hablar casi sin gesticular, cortando el aire, imponía solemnidad y peso pesado. Al cruzar de acera, Martin y aquella señora cruzaron miradas durante unos instantes. La mujer sonrió levemente. Una sonrisa de mentira. Una sonrisa después de tanta seriedad y tanta solemnidad

Saturday, 8 October 2011

HALF BISCUIT

Me paso el rato jugando con un gato negro que no es mío, escribiendo salchichas de pollo, dejando Novecento interrumpido, la gravedad del arcoíris desechado, observando como la respiración que amo se entrecorta y se desvela. Escucho a Leonard cantando And you know that she's half crazy. But that's why you want to be there, bebo café orgánico con leche desnatada, me como un donut de chocolate, me como un hojaldre de salchicha y un melocotón y dos manzanas golden. El tiempo se desliza sin exigir interpretaciones de ningún tipo, sin la necesidad de hablar con Érica y enumerarle las razones por las que la quiero, por las que creo que la quiero, por las que me dolería sino estuviese a mi lado. A veces estoy sentado junto a ella y en paralelo miramos una película vieja con Cary Grant y Grace Kelly, luego vemos a Audrey Hepburn y Dos en La Carretera. De reojo veo la sombra roja de su pelo, su tez pálida, el reflejo de sus pecas, los ojos azules vacíos de escarlata, la huella dactilar de su postura. Podría haber sido alguien llamada Rebeca, o Matilde, o Alicia, podría haber sido rubia o morena, en otro tiempo, en otros días, la costumbre hubiese derivado de la misma manera que esta costumbre que es Dos en La Carretera y luego Leonard Cohen cantando Suzanne. Existen otros precipicios a los que entregarse como por ejemplo alitas de pollo y arroz con azafrán. Mi piel sería la misma, las mismas células, los mismos vasos capilares, y tal vez las mismas corrientes, la misma desgana cada vez que un anuncio de coches. Ella podría ser mejor en la cama y yo peor en la cocina, o al revés, y en vez de este gato negro que se revuelca en el patio habría un mastín de cuatro meses, cagándose no por este pasillo enmoquetado sino en la baldosa de una casa en las Bahamas. Mi forma de caminar, la forma individual con la que toso o estornudo, el sentimiento que sufro cada vez que me duele la garganta, el frío cuando me quedo dormido en el sofá, tal vez todo ello fuese idéntico, independiente de esta pelirroja, independiente de la pérdida de aliento cada vez que me grita, cada vez que me seduce, cada vez que me manda a la mierda. Tal vez el sonido de la alarma del horno fuese el mismo aunque la yema del dedo que lo aprieta fuese la mano de Isabel o de Celeste. Y tal vez las patatas tardasen exactamente lo mismo en cocer, aquí que en Porto Alegre, o en Níger o en Camboya. El ruido de los platos, el sabor del café

CORDON BLEU

Me pregunto si este ruido o pérdida me viene de emplear demasiado tiempo en buscar por lugares equivocados. Planear la batalla con Érica, desenrollar la alfombra roja donde los dos ejércitos, el suyo y el mío, masculino y femenino, cabalgarán en pos de una victoria común, en pos de una conquista recíproca. Luego, después del sexo, después del cuarto día, o del decimoquinto, el estómago se llena de bártulos hasta no dejar hueco para el hambre. No hace frío ni calor, no hay conjura. Si uno no deja hueco para el hambre, el estómago se asfixia. Me pregunto por las causas que me llevaron a besar el sobaco recién depilado de Érica, a chupar de sus cicatrices, a vaciarle los ojos como pezones. Soy presa y cazador. Me siento en el restaurante que tanto me gusta, en la calle g, con las mesas en la acera, los manteles amarillos sobre el tapete blanco, las sillas metálicas pintadas de negro. Pido un cordon bleu y una botella de Robert Mondavi no tanto por las proteínas y vitaminas del alimento ni por las tonalidades y el cuerpo del vino sino por llenar con algo el sitio que queda libre dentro de eso que es mi vida al lado de Érica. A veces la elección reside más en el color de los manteles y en la estructura metálica de las sillas negras que en la necesidad de sentarme a comer. El rebozado me gusta quemado en los bordes, frito con menos aceite del necesario. Saco una pierna por fuera de la mesa, sentado siempre en dirección sureste como si fuese inevitable, como si realmente tuviese importancia. Los camareros saben que no me gusta hablar. No les digo nada, ni siquiera las gracias. Les respondo con una mueca sonriente, estímulo respuesta cada vez que dejan el plato sobre la mesa. Junto a los cubiertos deposito el móvil como si también fuese necesario. Rara vez recibo llamadas, tampoco de Érica, pero lo posiciono en la mesa como si fuera a vida o muerte, como si llevase oxígeno cargado, como si fuese un bastón sin el que uno no pudiese sentarse a comer, un cable que sujeta la estructura de mi nombre y apellido. Me como la carne mirando al vacío, interpretando pensamientos fugaces, recogiendo migajas de ideas o recuerdos, imágenes voraces, asociaciones de falta de ánimo. Después de la segunda copa de Mondavi todo cambia, todo frena, el acontecimiento desacelera, las consecuencias llegan a medias, la descomposición se entorpece, se tropieza consigo mismo, nada mejora ni empeora, la anestesia no embellece nada, lo distorsiona, lo encharca de niebla sin que ello sepa mejor ni peor. Érica es más bella ahora que antes de la conquista. Hay cierto color marfil en sus mejillas, cierta caoba en sus rizos, ciertos tonos rojizos dentro del rojo de su pelo. Sus ojos azules turquesa, la forma que emplea al beber agua justo antes de acostarse, el dramatismo de la necesidad de hidratarse porque lo aconsejan las revistas de belleza que pretende no leer. El deseo es el motor y puente que conduce a la batalla, que hace de la batalla un lugar accesible. El amor y el desamor, la pasión y el envenenamiento, tienen que ver con el aparato digestivo, son directamente proporcionales a la falta o no falta de alimento. Cualquier persona leída podría acercarse a esta mesa, interrumpirme justo ahora que estoy a punto de comerme el sexto bocado de cordon bleu con ensalada avinagrada y patatas fritas, y mandarme a la mierda. El ego, el deseo, la irrelevancia de la estupidez y la nula importancia de un arrogante como el ser que habito. Váyase a la mierda, borrico burgués, adulto con pañales, bebé que se pone camisas de cuadros, tejanos, americana y botas de montaña. Solo me falta la corbata, sonrío con la boca llena

EL CULO A DOS PALMOS DEL SUELO

Sentado en la silla de mimbre y madera pintada, la puerta falsa abierta, tratando de coincidir de cuando en cuando con la mirada extraviada del perro de caza que late en la sombra que dejan los recovecos. Sin tener mujer alguna esperando, sin escuchar el latido de la olla hirviendo, en esa especie de composición que era el pueblo en verano, el pueblo de cal blanca y maceteros colgados a modo de canastas, las puertas con número y con toldo de tela, sentado allí como si formase parte de un todo indivisible, habitando de cuerpo presente en la piel de aquellos instantes que cosían la eternidad, fabricando atardeceres prefabricados, esculpiendo cortes de respiración. Dolores era de caderas generosas y pecho hambriento, con destello de estrella fugaz y pan con tomate, mujer de quien madruga dios le ayuda y de manos alargadas. Sentado en la silla de mimbre se sentía inferior a aquella atmosfera de mota de polvo. Los rayos del sol hacían ruido al caer en la plaza mayor. El fresco estancado en las bodegas ahuyentaba cualquier atisbo de premonición, cualquier gramo de esperanza, cualquier oasis y visado de salida. En la radio una voz agujereada cantaba un brazo de copla, un segmento de transición, cante por bulerías, un amago de vida. Sentado en la silla de mimbre, las piernas abiertas de par en par, el culo a dos palmos del suelo, mirando de reojo la persiana de madera verde donde entre las rendijas so colaban intentos de eyaculación, allí donde el vientre de Dolores se pegaba a las sabanas de hilo, con los lavados por hacer, con los pendientes de la abuela y el flan de sobre. El sonido avispado del tractor marca Ebro se hace paso a trancas y barrancas como el tiempo dentro del enganche, como Marcelo y Covián, como Paco, como aquella especie de insurrección involuntaria que acaecía cada vez que el reloj de la plaza sangraba las cinco de la tarde, los peldaños del minotauro, la gran canallada. Sentado en la silla de mimbre y sin palillo y sin lluvia fina apareciendo por ningún recodo de cielo, desierto de nubes, sin tocarse los dedos y sin ahuyentar lagartijas, trataba sin éxito de experimentar el tiempo, allí sentado entre tanto silencio, entre tanto sol y piedra y ceño arrugado, entre culos y delantales sentados en bancas de madera de pino astillada, entre sacos de nitrato y huellas de procesión, sentado entre tanta puta y tanto dolor

Friday, 7 October 2011

EL GRITO PÉLVICO(del vecino)

Entiéndase el grito pélvico como antecedente de todo lo que vino después. El grito pélvico como antecedente penal que transcurre durante las fiestas de la patrona del santo sepulcro y de todas las almas que vagan en pena. El grito pélvico como desplante ante eso que llaman “el porvenir”, como mezcla de hilo de cobre y pájaro en mano. Hacía falta un adalid para abrir puertas de exilio mental, desabastecerse de brújulas y cronógrafos, producir conglomerados de hombres que llevasen bigote cuando por aquellos tiempos, Saturno, todavía devoraba a sus hijos. Se trata de comer con moderación, de no quitarse el delantal antes de lo debido, de pelar las naranjas del atardecer como si fueran piernas de mujer con cáscara. Ir al cine los domingos es una opción tan invalida como el que marchita en la cola de un banco, el ajedrez del diálogo, la síntesis del desperdicio. El cine de la Calle Semprún, los olivares que plantaron en lo que en su día fue un manto de sangre de la guerra civil, los simbolismos de aspiradora, el reciclaje como opción también inválida, como si acaso las palabras se pudieran reciclar, como si fuera posible desalinizar los insultos, arrojar a una fosa común todos los codos apoyados en reposabrazos de cualquier butaca de cualquier salón, ponerle raza, color de pelo y apellidos a la saliva de Silvia. En agosto se desayunaba con aspirina efervescente y sándwich vegetal. El sonido de la huerta perduraba en el sudor de tantas nucas con tantas camisas blancas, recién planchadas, los cuellos rellenos de almidón, el incienso del Corpus Cristi… El grito del zapato contra la baldosa se escuchaba a lo largo y ancho de la nave central. Después de misa uno se entregaba a la banderilla y al vino dulce que despedía el asidero desde donde se agarraba el miedo de los hombres. Sobrevivir nunca se consideró un arte en la parte vieja de la Calle Dueñas, si acaso una obligación con fecha de caducidad. Sobrevivir dentro del bar sin nombre donde las bolsas de patatas fritas, intactas, miraban el anís consumido dentro del color rojo de los ojos del cliente que devoraba la tertulia repetida, la palabra y la oración que salía en serie de la boca del borracho, laminada, catalogada, numerada, fruto de una cadena de producción ensamblada a base de futbolistas y toreros de otros tiempos. Se sobrevive sin que ello suponga un lujo o un adelanto al tiempo de cada uno, se sobrevive con disimulo y con plato de garbanzos con arroz. Se sobrevive como se puede sobre todo al grito pélvico, a la falta de unidad, a la poca necesidad de que las cosas sigan un compromiso, a que las estructuras se basen en manos invisibles, a la conducta en torno a una llave maestra. Se sobrevive, sobre todo, a la poca necesidad de engañar que producen los números pares

Wednesday, 21 September 2011

SILUETA DE ESCAYOLA

Para salvar los muebles hacía falta escoger margaritas de látex, hacía falta pisar según qué tipo de alfombras. Las calles azoradas se convertían en suplemento de oxígeno y pulmón, en sobrevuelo de mota de polvo y salvación a 30, 60 y 90 días. Se aplicaba adrenalina en lugares poco comunes y remedios eran otorgados por videoconferencia. Se divisaba un paisaje de sobaco roto a la hora de la tapia blanca donde la sargantana merodeaba en torno a una especie de abdicación, a un cantar paralelo a la desgana que subsistía en el barrio que era el contexto de aquella vida, el paisaje de grasa vegetal y carne gruesa. La cresta de ojos azules salpicaba de tanto mirar. Las puertas de mueble antiguo, el oscuro de los tapizados y el reflejo profundo que ofrecía el barniz. El olor a tinaja y comida en conserva resonaba en los ecos de bodegas sordomudas. El vitalismo y el optimismo carecían de salsa. La vida en un piso noveno con ventanales con rejas y con cuidado de no derramar calcetines centrifugados. Los hipódromos se llenaban de escasez de sonrisas mulatas. La paciencia dormitaba apoyada en la suspensión de un tiempo hecho a base de chatarra y excepción

Thursday, 15 September 2011

LA CHICA SERENA

Machetazos de certeza, cuando la piel necesita de suministro de alcanfor, llenar el saco de chica joven con flequillo lateral, el vestido blanco, el polvo de la concentración de trigo en noches de agosto, preludio de fiesta municipal, las calles con pisada de cerveza y distracción. Cantar de forma paulatina y distante sin que importe demasiado el desajuste vascular, la marginación que sufre la alpargata de esparto como si fuera grajo de orquídea, tomate en conserva, colchones de lana parada. El reflejo de las chicas del pueblo vecino en el suelo plateado de los alrededores de la pista de autos de choque. El algodón de palo y olor a pólvora se mezcla con el santo, la procesión y el pelo enlacado de la mujer del alcalde. El camino de piedra y ribazo y el trasplante de bomba nuclear cada vez que el pan duro y la mantequilla apelmazada como si fuera relación de invierno, como si uno se quedase sordo del canto del grillo y el redoble de tambor. Sus besos, los que nunca me dio, hubiesen sabido a gasolina de tractor rojo, a liza negra, a tajadera de riego

Wednesday, 14 September 2011

EL TEOREMA DE ARQUÍMEDES

Hacía falta contar, especialmente desde que los sonidos de la chatarrería de en frente se volvían más precarios, la chatarrería del tercero izquierda, hacía falta contar la ausencia de manifestaciones multitudinarias en la Calle Bordeaux y en la Plaza de la Alameda, esquina Santa Engracia. Antes la gente protestaba y se tomaba muy en serio hechos como que la basura sólo fuera recogida los martes y los jueves y como que el ayuntamiento cerrase los parques a partir de las diez de la noche, sobre todo en invierno. Antes la gente se levantaba en armas contra ayuntamientos y organizaciones provinciales, rebelándose no contra el sistema sino contra el hecho de que un tal Ramón decidiese que en invierno hacía falta cerrar los parques antes que en verano, desacato temporal, racismo de estación. Esto le recordaba una campaña que su tío Frank organizó una vez. Tendría diez o doce años, en verano se iban a Vermont. Recordaba como aquel verano su tío y otros más organizaron una campaña en defensa de un determinado tipo de ave. El nombre del ave en particular no lo recordaba. Un pájaro en peligro de extinción. Nunca entendió del todo qué llevaba a aquella gente a emplear tiempo y energía en llevar a cabo semejante acción. Cenar deprisa y corriendo, marcharse sin dar las buenas noches a los niños, echarse calle abajo, entrar al local donde los panfletos de basta ya y los carteles en defensa de aquel perdigacho, de aquella golondrina poco común. La indignación colectiva, la incomprensión ante la barbarie municipal, ante la falta de principios. Aquellas charlas bañadas en vino de Oporto y Bourbon a palo seco. La golondrina esto y la golondrina aquello. Y el tío Frank intentando rascarse el omoplato derecho, aquel picor súbito, incontrolable. El reflejo de echarse el brazo a la espalda de forma antinatural, la torpeza de la articulación al revés. Cuando le atacaba el picor o cuando a cualquiera de los de la asociación le entraban ganas de ir al lavabo o cuando se perdía a un ser querido, las golondrinas pasaban a un segundo plano. Igual que ahora cuando caían obuses del ejército rebelde, cuando se habían reportado violaciones y cuando el grano de maíz se pagaba como si fuese oro

Monday, 15 August 2011

LA REINA MADRE SIN IR MAS LEJOS

La reina madre sin ir más lejos, decía Mr Chiltern. La reina de Inglaterra aparecía en un documental, a sus setenta años, aparecía en palacio, en un documental que trataba de plasmar el día a día del monarca, la BBC. Se levantaba a tal hora, desayunaba a tal hora en tal sitio, despachaba asuntos, leía la prensa y planificaba viajes y ceremonias. La reina llegaba hasta el último detalle. Hablaba con alguien acerca de la inclinación de unas cortinas antes de una cena oficial, se preocupaba por el ángulo en que los muebles debían ser colocados, corregía menesteres, separaba cuadros, indagaba en el punto de sal de ciertos alimentos. Estructura mental. Costumbre. No pensaba en los privilegios, o en Sudán, o en la hepatitis aguda. O tal vez sí. Lo mismo daba. Estructura mental y andamio. Primero lo uno y después lo otro. Daba lo mismo que fuese cena con el primer ministro iraquí o Jacinta haciendo el crucigrama después de haberse dado un baño de quimio.

HBO

De todos modos Mr Chiltern no lo había llevado allí para hablar de la afición de su primo Bloomfield por Pretty Boy Mayweather o Manny Pacquiao. Sabía de aquella avanzadilla rebelde más que muchos cargos del estamento militar. Mr Chiltern quería hacer hincapié en el cambio, en la transformación que habían sufrido las vidas de muchos primos Bloomfields, el paso de aquel estado anteriormente bautizado como normalidad, las excursiones cada sábado por la mañana a cualquier Wal-Mart o Safeway donde comprar corn flakes y leche y hamburguesas y pechugas de pollo para pasar la semana. Aquella realidad asistida, la sociedad del bienestar, donde cortes de pelo mensuales alternaban con productos de lujo tales como coches Mustang o gramos de cocaína, donde se jugaba al golf y donde se apostaba por los Broncos. Aquella especie de anestesia, aquella respiración asistida que uno desconocía que era asistida, hasta que de repente ese desplazamiento daba comienzo, ese movimiento cortical, ese desprendimiento progresivo, la falta de combustible primero, la subida de precios, los despidos involuntarios, la crisis médica, la dificultad de alcanzar, los derrumbes paulatinos, la incomprensión primero, el estupor después, la impotencia ulterior, la incredulidad de que aquel tiempo era el que le estaba tocando vivir a uno, la escasez y la miseria por vez primera, la desarticulación del estado de bienestar, la imposibilidad de desplazarse como se hacía antes, las posibilidades, la certeza de que algo se podía hacer, otros caminos, otras trayectorias, usar una táctica diferente, mudarse a Amarillo donde sus tíos y sus primos, mudarse a la costa oeste, al norte, a las Dakotas, pasar a Canada, seguro que en Canada todavía se vendían coches y hacían falta vendedores. Seguro que en Canada habría posibilidades de burbujas como las que se tenían antes, seguro que allí Texas Grill y HBO y cine con palomitas. Uno se volvía loco. Aquello les había cogido a todos desprevenidos. Aquello que se suponía solo pasaba en los libros de historia. Los cambios radicales en las sociedades. Las brechas, las guerras abiertas. Uno se volvía loco. Miraba la situación desde todas las perspectivas posibles, se le daba la vuelta, se le ponía de pie, se le miraba por detrás, hasta que una llamada de teléfono proveniente de Amarillo donde los tíos y los primos llamaban para decir que allí estaban igual sino peor. Y eso, que la cosa andaba jodida y que tal vez fuera bueno que se mudaran ellos allí. Y así es como la nueva sociedad se engendraba. Ese día, los días de las asimilaciones por familia, cuando se empezaban a asimilar los hechos y los armarios vacíos, era el punto de partida de muchas reuniones y convenciones y asambleas piratas donde se buscaban alternativas, donde se pasaba por encima de aquel gobernador con manos de plastilina, donde se enterraba la respiración asistida que los había mantenido alelados durante tanto tiempo, donde se despertaba el hombre primitivo, el instinto animal, donde se miraba con ojos de tigre.

FANDANGIN

Al primo segundo le gustaba mucho el boxeo y de cuando en cuando Mr Chiltern le había escuchado hablar de Ali como si lo hubiese conocido, como si lo hubiese visto pelear a pie de ring, como si hubiera estado presente en Kinshasa, como si hubiese presenciado a escasos dos metros aquella combinación izquierda-derecha que terminó por mandar a Foreman a los anales del fin. Después de haberse servido un segundo vaso de vino, Mr Chiltern no recordaba el porqué de aquella cita al gusto de su primo por el boxeo. Había una conexión, aseguraba hundiendo la mente en los recodos de su memoria, tratando de pescar al arrastre.
Había una especie de cóctel molotov dentro del pensamiento cotidiano. Era difícil razonar con aquella amalgama de sensaciones, con aquellas variantes, aquellos vectores tan cortantes los unos con otros. Aquella voz de aquel tal Reginald que había llamado llevándose por delante quien sabía a cuántos demonios, aquella urgencia imperiosa, aquella necesidad por la semilla que pasaba de largo de cualquier valor humano, de cualquier reconocimiento personal o escala de valores. Aquella manera de tiritar por el maletín con el dinero, por el desembarco en tierra libre. Y luego por otro lado estaba su primo, una persona honrada, alguien que se vestía por los pies y que había tenido por esposa a una chica ejemplar, madre de dos criaturas no menos ejemplares, partidos de softball los sábados por la mañana, salidas al cine, pizza hut, partidas de bolos, Xbox y Wii en familia, carcajadas desaconsejables. Por un lado aquella presión y aquellos hombres que reducían una a una sus neuronas vendiéndolas al mejor postor, apostando de farol por la humanidad. Por un lado aquel vómito de buena voluntad, aquellos científicos y luego Reginald llamando a gritos y aquella presión humanamente insoportable y aquella desconfianza aterradora. Uno no sabía muy bien en qué aguas estaba nadando. Y por eso le contaba sobre su primo Bloomfield. Aquella comida no tenía que ver con Sandra. Estaba cansado. Cansado de no saber hacia dónde tirar, de no decantarse, cansado de mediar con todo el mundo, de hacer de pegamento y embudo.

Sunday, 31 July 2011

LA CIUDAD

Martin pensaba en Nueva York como quien pensaba en ovejitas durante noches de insomnio, como el objeto que nunca estaba al alcance de la mano, como la imagen proyectada en la pared, imposible de tocar. Pensaba en Nueva York como quien destapaba la válvula Nueva York, como quien daba zarpazos al frente en días de sol, la ciudad como sombra chinesca, como dragón chino, como cicatriz invisible, como gafas de repuesto, andanza esférica, marioneta y electricidad, reflejo en el asfalto. Cuando se paraba a pensar en la gran ciudad donde creció y en los sentimientos de odio y amor que profesaba, cuando trataba de entender o desentender algo, como aquella tarde sentado en aquella mesa del Blue Oyster Café, pensaba no en la ciudad en sí con sus rascacielos y su vida nocturna, o en la ciudad como región geográfica, como espacio físico, como dimensión temporal o hecho palpable, hecho que se podía agarrar de la misma forma que alguien agarraba un café latte con leche desnatada en cualquier Starbucks, no. Martin pensaba en la infancia, en el patio del recreo, en la construcción de sí mismo. Trataba de descifrar números impares a base de especular con la ciudad, a base de imaginar la ciudad como un todo, sin bares ni cafés, sin teatros, sin downtown ni uptown, ni east side ni west side ni village ni banda sonora ni Chase Manhattan Bank ni Brooklyn ni Queens ni estado de excepción. Uno se comía una patata frita en su justo punto de sal, con su justa medida de tomate kétchup, sin queso. Uno daba un sorbo a aquella cerveza fría, sentado en un café de Indianápolis, descifrando los gestos de un niño que coleccionaba estampitas de los Yankees, tolerando la voz de Matt Monro cantando “Stranger in Paradise”, echando la caña por si acaso pescara alguna de aquellas vibraciones provenientes del movimiento de caderas de una camarera llamada Brandy. Martin desechaba la gran ciudad como un número inexacto de metros cuadrados y trataba de imaginarla, de pensarla, de procesarla, de recrearla, como una nebulosa, una masa de gas, como la idea de lo que en realidad era, despachando el término realidad, haciendo caso omiso de ese “lo que en realidad era”. Conforme pasaba el tiempo uno se alejaba de sus raíces espiritualmente, había un desapego cárnico. Matilde le había dicho en numerosas ocasiones que cuando regresara no conocería la ciudad, que había cambiado mucho desde que se fue. Martin había elegido envejecer sin la ciudad, sin ser parte de ella, madurar de lado, y era esa la razón por la que para intentar recuperar parte de ella tenía que imaginarla como un todo insospechable, Nueva York como idea general, como resumen de sí misma, como fórmula que luego se desarrollaba hasta llegar al bar que había cerca del campus donde los domingos a mediodía servían comida Hawaiana.

Friday, 29 July 2011

PHOENIX AVENUE

Qué hacer con la semilla justo ahora que Carla se había puesto a hacer preguntas del orden del progreso, de la vista larga, preguntas que incluían años próximos, porvenir, planes, verbos condicionales, oraciones subordinadas, posibilidades que había que plantearse. Qué hacer con la semilla ahora que se empezaba a estar mejor, ahora que después de la primera tanda de deportaciones se podía respirar, se podía bajar por Phoenix Avenue y entrar en cualquiera de aquellos bares a comer costillas con salsa de barbacoa sin que uno se sintiera mal del todo, sin todas aquellas miradas de reojo y aquellas almas que deambulaban por la calle de atrás donde se sacaban los huesos a los contendores. Entrar en Wendy’s o en The Blue Oyster y sentarse en una mesa que estuviese cerca de la ventana, el mantel a cuadros, el menú plastificado, los dibujos donde las porciones cobraban brillo, el bote de kétchup junto a la mostaza, el primer café, el segundo café, el tercer café, y esa mirada que avistaba viandantes justo por encima de la taza, esos ojos furtivos que buscaban otros ojos furtivos a los que agarrarse, esa sed de complicidad, esa radiografía de una urbe que cambiaba con los tiempos, donde ya no se pedían tortas con sirope, donde uno se conformaba con el perrito especial o la hamburguesa sencilla o si acaso las costillas y las patatas con queso. Por mucha semilla que uno tuviese en el bolsillo estaba ese transistor que siempre sonaba en el Blue Oyster y a través del cual se escuchaba música porteña, el canal nostalgia, algo tan improcedente como el nombre del local, la ostra azul, semejante nombre para tan pequeño café sin ostras ni mejillones ni nada por el estilo.

Wednesday, 27 July 2011

BRANDY

Se podía pedir una hamburguesa con queso, sin chili, una jarra de cerveza, o se podía dejar la ocasión para otro momento más especial. Compartir mantel con Carla, o mejor con Patrick y así poder hablar del asunto, desenvolver el paquete, buscar consejo, recorrer cada una de las alternativas que ya se habían recorrido en cada habitación de la mente. Aquella semilla tan Señor de los Anillos, tan pesada y sin embargo tan diminuta y que tantas consecuencias albergaba. La camarera se llamaba Brandy. Debajo de aquel uniforme-delantal que parecía más de enfermera que de camarera, Brandy albergaba curvas de mujer bien definida, de carne de madera de haya. No llevaba chicle en la boca pero uno se la podía imaginar mascando chicle cuando no estuviera el jefe delante. Se llamaba Brandy y tenía pinta de estar agotada. Sin embargo todavía dejaba escapar alguna sonrisa de vez en cuando, especialmente cada vez que los viejos que había sentados en la mesa del fondo la llamaban para demandar café como excusa para demandar su mera presencia, para poder volver a contarle el mismo chiste, el mismo comentario que incluía descalificativos hacia sus respectivas mujeres y proposiciones de beatificación para la camarera que tan bien los cuidaba y que tanto sentido daba no solo al hecho de que se juntasen siempre en la misma mesa del mismo café sino sentido a sus propias vidas, la camarera que derramaba café y sentido existencial por igual, Brandy y aquellas caderas y aquellos dos botones que casi siempre llevaba desabrochados como razón para seguir vivos, como único motivo para levantarse de la cama y atardecer como se atardecía en aquellos días de bochorno e insuficiencia renal.

Monday, 18 July 2011

FINE AND MELOW

Por un lado aquellas colas angustiosas y aquella necesidad pura y básica y por otro lado Billie Holiday y aquella manera de cantar Fine and Melow, en directo, con Lester Young. Por un lado estaban las deportaciones y la muerte y aquella forma de esperar a que las cepas de trigo y maíz creciesen de la nada. Por un lado estaba la obviedad fisiológica, la falta de miga de pan, las sobras de hambre y tristeza, y luego por otro lado estaba Billie cantando al final de su carrera, Billie que llegados a ese punto lo había visto todo incluido las orejas al lobo y el otro lado del escenario desde donde uno podía ver los brazos que dirigían las marionetas. Era sobre todo aquel semblante, sentada en el taburete, aquella media sonrisa devastadora, aquella sabiduría tan de maestro zen, cuando todo daba igual, cuando nada importaba, cuando por mucho que uno soplara y por mucho que uno intuyera y por mucho que se leyera entre líneas. Martín tenía una de aquellas semillas en la palma de su mano y le daba por pensar en aquella grabación de Billie Holiday y en la pregunta de si el perro poseía naturaleza búdica: ¡Mu!

Sunday, 17 July 2011

DESACOSTUMBRARSE A MATILDE

Había sido difícil desacostumbrarse a Matilde, pensaba Martin de cuando en cuando, sobre todo cuando se despertaba y veía el auricular del teléfono yaciendo sobre las sábanas blancas, cuando se levantaba y recogía los restos de conversación de la madrugada anterior como quien recogía los platos sucios después de la fiesta. Había invertido tiempo en escalar por las piernas de Matilde, había sido una expedición costosa en la que se habían sufrido congelaciones que luego habían determinado amputación y antibiótico espiritual. La conquista de Matilde, o el intento de doma, o el trabajo que Martin llevó a cabo para hacer de Matilde algo comestible, algo con lo que se pudiera vivir, algo que no cortaba la leche. La consolidación de aquella presa gigante capaz de sujetar aunque fuese de forma temporal, el viento de piedra y carne viva que Matilde soplaba, había formado de alguna manera al hombre en su proceso. Martin era quien era por la evolución sufrida durante aquel periodo en el que construyó él solito aquel Canal de Suez, aquella torre Eiffel, aquel Caballo de Troya. Se habían empleado demasiadas herramientas y demasiados cálculos y encima se habían bebido todas las cantimploras restantes, se había usado carne propia para untar con yeso y cemento y levantar aquella pared, aquellos cimientos que luego sujetaron su voz, sus contestaciones, sus entregas, sus excesos, su manía de señalar las cosas con el dedo antes de nombrarlas. Martin era quien era en gran parte por la erosión sufrida durante el proceso, por el salitre que se le había adherido a las costillas, por todos los sellos que Matilde estampó en su pasaporte existencial. Y de cuando en cuando no es que sufriese nostalgia por la mujer ausente o por el desquicio vacante pero sí que notaba que le faltaba un brazo, la extraña sensación de caminar sin la rozadura del zapato, el vacío que había dejado el aparato en los dientes, la escopeta al hombro, los grilletes y la desnaturalización de las judías y la sopa de pescado

STUTTGART AIRPORT

Mujeres que compraban bolsos y accesorios como si fueran cápsulas y antídotos contra la inseguridad. El rumor aplatanado del resurgir inconsciente del revuelo humano, la sopa de costumbres como el brazo alzado o el movimiento giratorio del pomo de la puerta. Se intentaba vivir sin la necesidad de acostumbrarse a la vida misma. Para entender el porqué de la alarma y el trabajo y luego el fútbol y el jardín y para entender los 15 días en Acapulco y sobre todo para entender el porqué del gorrito azul del niño y la colección de sellos, era necesario entender primero el significado de la palabra estructura. Estructura como fleje, como andamio. Estructura como depósito o plataforma donde colocar todas aquellas cosas que pesaran más de 5 kilos como por ejemplo; el dolor que a uno le viene en el pecho así muy de repente o las quejas de la vecina del tercero B. El andamio o estructura no da sentido a la vida, simplemente la soporta. El soporte estructural de Antonio donde los miércoles a las nueve se mira el mismo programa de variedades mientras come pipas sin sal. Las estructuras humanas al igual que los garajes se terminan llenando de objetos inservibles. El individuo padece una fe ciega a la hora de calificar la utilidad de las cosas. El término utilidad suena a rancio, a pescadilla quemada, a deseo de luto. Antonio que vivía en Kendal Sud decíase que sobrecargó su estructura a base de intentos fallidos con mujeres varias. Uno pensaría que la calidad física, la cualidad estética de la mujer en sí tendría que ser directamente proporcional al peso depositado en la estructura. No es así. Entre otras cosas porque Antonio no se enamoraba jamás de las mujeres más bellas sabedor de que ante semejantes adversarios jugaba siempre en inferioridad numérica. Antonio, al igual que todo hijo de vecino, elegía personalmente de quien se enamoraba. El hecho de que la decisión fuera tomada en milésimas de segundo en cualquier bar, parque o tienda de ropa, no era argumento válido contra el hecho de que uno elegía en su pleno derecho. Por mucho que la decisión hubiera sido muy poco sopesada o contrastada, la decisión seguía residiendo en las manos del elector, léase Antonio. Hay que ver cómo le dolían aquellas mujeres, sobre todo a la altura de las costillas.