Monday, 17 October 2011

ACEITE DE OLIVA

En el plato quedan restos de ojo cansado, de mirada paulatina, y mientras tanto el fuego lo quema todo a excepción de un insulto refugiado en las paredes de un paréntesis. Anthony Match sigue sin escribir, Gloria bebe irritada. Llueven tropezones de desgana sobre una lata de atún abierta desde hace días y la sequedad es permanente

LA RUBIA DEL CELLO

Tenía la manía de no enamorarse nunca de mí. Se había enamorado de Roberto, dos veces, y había flirteado con Agus y sobre todo con Martín, al principio, pero nunca conmigo, independientemente de que tocase el piano, o de que el día de la invasión hubiese hecho de escudo humano para protegerla. Alba se sentaba en la baranda mientras nosotros bajábamos a la playa a jugar al beisbol. A mí me reprochaban que jugase con pantalones de pana. Los refrescos a Alba le gustaban bien fríos. Se ponía tres cubitos de hielo en cada vaso. Bebía soda y de cuando en cuando se levantaba y alargaba el cuello para vernos jugar. Cada vez que se levantaba yo la miraba por el rabillo del ojo desentendiéndome de la pelota, de mi equipo y del beisbol en general.

Nunca me habían dicho que fuese feo, o poco atractivo. Gloria había sido una de las muchas en el pueblo que aparentemente se habían enamorado de mí, especialmente cuando supieron que tocaba el piano y cuando me escucharon luego tocar en la iglesia, los sábados por la tarde. Nunca se ponían en primera fila, se sentaban en los bancos de en medio. A mí me halagaba como algo gracioso, como una cosquilla. Luego al salir de la iglesia me esperaban y yo les hablaba de Rachmaninov y Schubert. Ellas me escuchaban con ojos de lejanía, como si les estuviese hablando una voz de otro planeta. Les hablaba de Viena, de Salzburgo, de los planes que tenía, y ellas hacían fuerza con la mirada para que las llevase conmigo, o para que por lo menos me lo planteara.

Franklin había sido tildado de americanista, de yankee, cuando propuso lo del beisbol. Lo único que sabíamos era lo que habíamos visto por la tele, que un equipo bateaba y el otro lanzaba. Franklin no sabía mucho más, pero un día decidió que había llegado la hora de evolucionar, de dar un cambio. Habíamos jugado demasiado fútbol, nadie iba a progresar o hacerse peor. Habíamos alcanzado la cumbre de nuestras limitaciones y de ahí al dichoso libro que le enviaron por correo, las reglas del beisbol.

Estábamos en ese pueblo, en ese lugar, porque habíamos recibido una tarea. Nos encontrábamos en lugar fronterizo, pronto habría una guerra. Había muchísimo militar y nosotros pretendíamos estar ahí para avisar de cuando viniese el enemigo, por frecuencias, radio, ondas, llamadas grabadas. En realidad estábamos allí para ayudar al enemigo. La duda residía en la posibilidad de que poco a poco nos fuésemos enamorando de las gentes del pueblo y se tambalea todo el compromiso ideológico.

Para mí, más que la guerra, era la tragedia del amor por lo ajeno, la falta de reciprocidad, la injusticia del azar. Me preguntaba por las razones por las que un hombre llegaba a querer a una mujer que no correspondía, a esa mujer que era ajena, la mujer de mi amigo. Mi amigo que en la otra vida ejercía de arquitecto profesional, encargos de alto orden, y ella que quería aprender a tocar el cello, y de ahí que viniese a la iglesia. Yo siempre le hablaba de aquella película de James Bond y aquella chica rubia con el cello, el descenso. A mí por aquellos días no me pasaba gran cosa, en la casa se estaba bien.

Saturday, 15 October 2011

XXXII ANIVERSARIO SALCHICHAS DE POLLO

Hoy es el XXXII aniversario de esta santa entidad que llamamos Salchichas de Pollo y por ende, del extenso, selecto y perseguido grupo de personas que la formamos. Salchichas de Pollo nació cuando un joven francés llamado Olivier Beuseon llamó para contarme sobre las experiencias que sus tíos sufrieron cuando el ejército Nazi invadió París. Hoy estamos muy orgullosos de ser quiénes somos y de catalizar un movimiento que ha calado hondo en la sociedad franco-española (ver edición en francés). Con el tiempo hemos visto como distintos presidentes y consejos de ministros se nos acercaban buscando complicidad y propaganda que nunca vendimos barata. Hoy es el XXXII aniversario de Salchichas de Pollo y es por ello que hemos organizado un ágape en el salón del baile de la Puebla de Alfindén. El ágape dará comienzo a las seis de la tarde y será sucedido por un baile popular, carrera de cintas, campeonato de tiro de barra aragonesa, y ya para terminar, una chocolatada

Friday, 14 October 2011

BEIRUT (THE BAND)

El grupo se llama Beirut, la canción; The Rip Tide. Sentado en una de las mesas de la parte de atrás del Café Beyoglu, Murray divisa a Zach Condon cantar y tocar el metal de viento, el espasmo de charanga, todo demasiado compacto, demasiado música de final de algo, música que uno espera escuchar junto a las letras de crédito que suben hacia arriba tan deprisa que es imposible leer el nombre del segundo ayudante de realización. Parece una charanga culta y deprimida, un balanceo de alta mar, una escasez de esperanza. Dulce y mortal se le aparece aquel sonido a Murray. El paquete de cigarrillos turcos hace juego con la ginebra a palo seco y con las manchas de sudor en la parte interior del cuello de la camisa. Lo mismo la barba dura y seca, los granos de tanto sudar, la faja, el bombín, el rayo cósmico de la ultima puta y la ultima raya de cocaína, la honda profundidad en los bolsillos del pantalón de tela, el agujero extra hecho con bisturí en el cinturón de cuero marrón, antaño marrón, las similitudes de Murray y el paisaje, la música apocalíptica de Beirut, The Rip Tide, música para entierros de mariachis, sonido de pescuezo, melodía de cero, ni rojo ni negro

Thursday, 13 October 2011

AVATAR

Jordascum sentado en la silla, atado con correas, electrodos en el pecho conectados a un sistema informático creación del Dr Rasmussen llamado “Libélula”. El programa “Libélula” creado exclusivamente para fines militares, fines de lucro. Habían sentado a Jordascum cerca de la ventana desde donde se podía divisar el humo naciente de las bombas. El dolor de la guerra, el estirpe de cada explosión allá por el cordón del 58, el sufrimiento transferido por su novia ante la posible pérdida familiar, la preocupación, la impotencia del pincel y el lienzo, el agotamiento físico y mental, el compuesto químico que recorría sus vasos sanguíneos, todo influía de forma premeditada, todo estaba estudiado, todo formaba parte de un sistema estímulo respuesta que si aplicado en justa medida produciría el tesoro de las Minas del Rey Salomón. Hacía falta dar con la milésima que encajara en la exactitud, la centésima de milímetro que otorgase el equilibrio perfecto, las toneladas que reposaran en una centésima cúbica, el cuadro de Santa Fe, el camino a Sotheby’s y Christie’s y sobre todo la convicción de que aquello era sólo el principio.

El doctor Rasmussen se quejaba al General Castor de que la Gioconda no se pintó en cuatro días. Las bombas debían de caer más separadas, no a trompicones, tenían que sincronizar mejor el estímulo-respuesta, Jordascum empezaba a mostrar los mismos signos de inmunidad que mostraban las ratas. Aquellos pilotos alemanes no se lo tomaban a pecho. Bombardeaban por bombardear. Jordascum había conocido que la familia de su novia no había sufrido bajas, estaban todos bien, ella estaba más tranquila, el bombeo sanguíneo fruto del miedo estaba disminuyendo, aquellos bombardeos ya no cogían a nadie por sorpresa, hacía falta cambiar de táctica, cambiar de barrio, dejar caer alguna bomba en la Plaza de la Misericordia, si pudiera ser al mediodía, justo después de darle a Jordascum la segunda toma, justo ahora que estaba en mitad de un paisaje distante, ahora que se había entablado una guerra de colores en el lienzo.

La novia de Jordascum había crecido en la ciudad y antes que él había estado con dos novios. Había fingido estar preñada en una ocasión y sus inquietudes convergían en proyectos prácticos, en números capaces de pagar rentas, hipotecas y solares donde negociar. El amor no era un capricho sino una obligación, un puente que había que pasar si se querían alcanzar según qué metas. La chica sentía debilidad por su abuelo materno, antiguo pastor de ovejas y carnicero, veterano de guerra y contador de historias. Todavía apegada a su niñez, tiraba del carro de aquel pintor somnoliento, de aquel estado de premonición al que sabían sus labios cada vez que los besaba.

Por su parte el General Staublin no aceptaba que la culpa fuera de sus pilotos. El General nada sabía de pintura, tampoco preguntaba. No era general por gusto ni por vocación. Era una prostituta del ejército. Sus pilotos ejecutaban las órdenes con pulcritud y ciencia, no entendían de claroscuros ni emociones producidas por un color o por una enajenación. Bombardear al mediodía en la Plaza de la Misericordia sería suicida, dijo con voz firme. Si querían bombas al mediodía en la Plaza de la Misericordia que se lo pidieran a su propio ejército.

Wednesday, 12 October 2011

EL CORDÓN DE LA 58

En según qué zonas de la ciudad estaba terminantemente prohibido tirar bombas de racimo, sobre todo en cualquiera de las calles que componían el núcleo del barrio donde Jordascum pintaba composiciones modernistas en su estudio de Barrington Street. Un poco más allá del canal y sobre todo en cualquiera de los barrios del cordón de la 58, allí sí, ahí sí que se le había concedido permiso a la artillería enemiga para bombardear y no sólo con bombas de racimo sino también con cohetes “Skud” y similares. Del estudio donde Jordascum pintaba más de veinte horas diarias se esperaba un resultado transversal, algo que fuese más allá de la pintura, el resultado del proceso de una mente exhausta unida a la composición química que se le otorgaba por vía oral, sin prescripción médica y sin más cuidados que el temor que su novia parecía soportar. Se habían llevado las llaves de VW Golf y le habían suprimido cualquier tipo de complejo vitamínico. En la licuadora y dos veces al día, el Doctor Rasmussen le servía la dosis que en teoría tendría que acercarle a Rembrandt, Van Dick, Durero, Picasso y Botticelli. El general Sir Edmund Castor-Green había dado órdenes a su homologo Richard Staublin de bombardear sobre todo al mediodía, en toda la zona de la 58, justo donde la familia de la novia residía. La medicación del Doctor Rasmussen junto al dolor que la novia sufriría más el agotamiento en su grado justo y los rayos uva que se le aplicaban al pintor cada tres horas, formarían el caldo de cultivo perfecto para engendrar el cuadro de los mil millones. Pese a que el General Staublin no estaba seguro del proceso y menos del acuerdo alcanzado por aquella especie de mano invisible que tejía y destejía la guerra a su antojo, la corporación de los grandes almacenes, el señor Rohl, la señora Rohl, los marqueses del otro lado del charco, el cable de Rusia y los intereses árabes, imponían y decidían y donde mandaba patrón no mandaba marinero. A los pilotos se les daban las órdenes que se les daban sin tener que dar explicaciones a cambio. El señor Laprass y su ayudante Edmont Dupre habían sido contratados como técnicos y especialistas de campo. Se les había entregado la llave del apartamento contiguo al estudio y tenían la ardua y pesada tarea de escribir extensos y minuciosos informes cada vez que Jordascum ejecutaba una pincelada

Tuesday, 11 October 2011

POEMA PARA LUCÍA

Hacía falta lejía para quitarme las manchas que me había dejado Lucía, junto al esternón, donde más dolía

Otra tarde más

Llevo toda la tarde oyendo a Franco Batiatto y me ronda la idea de abrir una botella de albariño que se pudre muy fría en la nevera… Traza mi mente círculos concéntricos sobre un sacacorchos de metal viejo y oxidado …sagradas sinfonías del tiempo …. solo la voz de Franco me arranca de esa idea autodestructiva … en este mar de confusiones

Harto de la vanidad de mi crueldad autoimpuesta empiezo a relacionarme con el entorno de nuevo , miro a mi perra que dormita a mis pies , escucho los silbidos de Carla que hace como si estuviera trabajado en algo importante pero los dos sabemos que no es así , siempre lleva un carmín rojo casi púrpura cuando realmente esta en ago importante .

Entonces lo veo claro …mierda ¡! ya podía llevar media botella de albariño en el cuerpo , otra tarde debatiéndome entre lo que quiero y lo que querría querer ….

Monday, 10 October 2011

LA HUMEDAD

Me gustaría encontrar por la calle a chicas, de unos treinta y tantos, con grandes pancartas de panel de madera, donde con pintura negra se leyese el grado de humedad que hubiese en ese preciso momento en la ciudad. O no ya en la ciudad sino en esa precisa esquina de esa precisa calle. Cada cinco minutos habría que llevar a cabo una nueva medición y si el resultado variase, aunque fuese mínimamente, haría falta construir una nueva pancarta

LOS COWBOYS DE JESÚS DE NAZARETH

Al final de Hyde Street, justo donde el restaurante español al que acudieron una vez con Joyce y con aquella chica argentina que había trabajado editando películas italianas, se advertían comunidades religiosas y espirituales variopintas desparramadas por el césped de los jardines, algunos de rodillas, con la vista fija en el cielo, las palmas unidas, pidiendo a dios clemencia y salvación. Había diferentes grupos y todos rezaban de manera distinta. Se adivinaban jerarquías, directores de rezo, managers de sección. Algunos grupos pedían clemencia con más dramatismo que otros. Había quien entraba en trance y quien rezaba casi por obligación, a desgana. Martin apreciaba con facilidad devotos de vocación, de oficio, y devotos que estaban allí porque una tal Claudia o Beth o Silvia les había dicho que tenían que estar allí y punto. Mucha gente estaba allí buscando alivio no tanto por creencia sino por no tener nada mejor que hacer. Eran técnicamente desplazados. Si no se tomaban bandos ni se tenía trabajo, uno escogía la religión como quien escogía el color de de la tela para el visillo del salón. Se escogían dioses o ideologías de la misma manera que antes se habían escogido equipos de fútbol. Sin ser de Nueva York, sin tener familia o lazo emocional alguno en Dallas, sin haber pisado jamás San Francisco, uno, con nueve años, había elegido ser fan de los 49ers o de los Dallas Cowboys o de los Nicks. Una mujer de aspecto solido, armazón alzado, en sus cincuenta años, sermoneaba con gravedad acerca del perdón y la culpa y la misericordia. El semblante serio y rígido, la forma de hablar casi sin gesticular, cortando el aire, imponía solemnidad y peso pesado. Al cruzar de acera, Martin y aquella señora cruzaron miradas durante unos instantes. La mujer sonrió levemente. Una sonrisa de mentira. Una sonrisa después de tanta seriedad y tanta solemnidad

Saturday, 8 October 2011

HALF BISCUIT

Me paso el rato jugando con un gato negro que no es mío, escribiendo salchichas de pollo, dejando Novecento interrumpido, la gravedad del arcoíris desechado, observando como la respiración que amo se entrecorta y se desvela. Escucho a Leonard cantando And you know that she's half crazy. But that's why you want to be there, bebo café orgánico con leche desnatada, me como un donut de chocolate, me como un hojaldre de salchicha y un melocotón y dos manzanas golden. El tiempo se desliza sin exigir interpretaciones de ningún tipo, sin la necesidad de hablar con Érica y enumerarle las razones por las que la quiero, por las que creo que la quiero, por las que me dolería sino estuviese a mi lado. A veces estoy sentado junto a ella y en paralelo miramos una película vieja con Cary Grant y Grace Kelly, luego vemos a Audrey Hepburn y Dos en La Carretera. De reojo veo la sombra roja de su pelo, su tez pálida, el reflejo de sus pecas, los ojos azules vacíos de escarlata, la huella dactilar de su postura. Podría haber sido alguien llamada Rebeca, o Matilde, o Alicia, podría haber sido rubia o morena, en otro tiempo, en otros días, la costumbre hubiese derivado de la misma manera que esta costumbre que es Dos en La Carretera y luego Leonard Cohen cantando Suzanne. Existen otros precipicios a los que entregarse como por ejemplo alitas de pollo y arroz con azafrán. Mi piel sería la misma, las mismas células, los mismos vasos capilares, y tal vez las mismas corrientes, la misma desgana cada vez que un anuncio de coches. Ella podría ser mejor en la cama y yo peor en la cocina, o al revés, y en vez de este gato negro que se revuelca en el patio habría un mastín de cuatro meses, cagándose no por este pasillo enmoquetado sino en la baldosa de una casa en las Bahamas. Mi forma de caminar, la forma individual con la que toso o estornudo, el sentimiento que sufro cada vez que me duele la garganta, el frío cuando me quedo dormido en el sofá, tal vez todo ello fuese idéntico, independiente de esta pelirroja, independiente de la pérdida de aliento cada vez que me grita, cada vez que me seduce, cada vez que me manda a la mierda. Tal vez el sonido de la alarma del horno fuese el mismo aunque la yema del dedo que lo aprieta fuese la mano de Isabel o de Celeste. Y tal vez las patatas tardasen exactamente lo mismo en cocer, aquí que en Porto Alegre, o en Níger o en Camboya. El ruido de los platos, el sabor del café

CORDON BLEU

Me pregunto si este ruido o pérdida me viene de emplear demasiado tiempo en buscar por lugares equivocados. Planear la batalla con Érica, desenrollar la alfombra roja donde los dos ejércitos, el suyo y el mío, masculino y femenino, cabalgarán en pos de una victoria común, en pos de una conquista recíproca. Luego, después del sexo, después del cuarto día, o del decimoquinto, el estómago se llena de bártulos hasta no dejar hueco para el hambre. No hace frío ni calor, no hay conjura. Si uno no deja hueco para el hambre, el estómago se asfixia. Me pregunto por las causas que me llevaron a besar el sobaco recién depilado de Érica, a chupar de sus cicatrices, a vaciarle los ojos como pezones. Soy presa y cazador. Me siento en el restaurante que tanto me gusta, en la calle g, con las mesas en la acera, los manteles amarillos sobre el tapete blanco, las sillas metálicas pintadas de negro. Pido un cordon bleu y una botella de Robert Mondavi no tanto por las proteínas y vitaminas del alimento ni por las tonalidades y el cuerpo del vino sino por llenar con algo el sitio que queda libre dentro de eso que es mi vida al lado de Érica. A veces la elección reside más en el color de los manteles y en la estructura metálica de las sillas negras que en la necesidad de sentarme a comer. El rebozado me gusta quemado en los bordes, frito con menos aceite del necesario. Saco una pierna por fuera de la mesa, sentado siempre en dirección sureste como si fuese inevitable, como si realmente tuviese importancia. Los camareros saben que no me gusta hablar. No les digo nada, ni siquiera las gracias. Les respondo con una mueca sonriente, estímulo respuesta cada vez que dejan el plato sobre la mesa. Junto a los cubiertos deposito el móvil como si también fuese necesario. Rara vez recibo llamadas, tampoco de Érica, pero lo posiciono en la mesa como si fuera a vida o muerte, como si llevase oxígeno cargado, como si fuese un bastón sin el que uno no pudiese sentarse a comer, un cable que sujeta la estructura de mi nombre y apellido. Me como la carne mirando al vacío, interpretando pensamientos fugaces, recogiendo migajas de ideas o recuerdos, imágenes voraces, asociaciones de falta de ánimo. Después de la segunda copa de Mondavi todo cambia, todo frena, el acontecimiento desacelera, las consecuencias llegan a medias, la descomposición se entorpece, se tropieza consigo mismo, nada mejora ni empeora, la anestesia no embellece nada, lo distorsiona, lo encharca de niebla sin que ello sepa mejor ni peor. Érica es más bella ahora que antes de la conquista. Hay cierto color marfil en sus mejillas, cierta caoba en sus rizos, ciertos tonos rojizos dentro del rojo de su pelo. Sus ojos azules turquesa, la forma que emplea al beber agua justo antes de acostarse, el dramatismo de la necesidad de hidratarse porque lo aconsejan las revistas de belleza que pretende no leer. El deseo es el motor y puente que conduce a la batalla, que hace de la batalla un lugar accesible. El amor y el desamor, la pasión y el envenenamiento, tienen que ver con el aparato digestivo, son directamente proporcionales a la falta o no falta de alimento. Cualquier persona leída podría acercarse a esta mesa, interrumpirme justo ahora que estoy a punto de comerme el sexto bocado de cordon bleu con ensalada avinagrada y patatas fritas, y mandarme a la mierda. El ego, el deseo, la irrelevancia de la estupidez y la nula importancia de un arrogante como el ser que habito. Váyase a la mierda, borrico burgués, adulto con pañales, bebé que se pone camisas de cuadros, tejanos, americana y botas de montaña. Solo me falta la corbata, sonrío con la boca llena

EL CULO A DOS PALMOS DEL SUELO

Sentado en la silla de mimbre y madera pintada, la puerta falsa abierta, tratando de coincidir de cuando en cuando con la mirada extraviada del perro de caza que late en la sombra que dejan los recovecos. Sin tener mujer alguna esperando, sin escuchar el latido de la olla hirviendo, en esa especie de composición que era el pueblo en verano, el pueblo de cal blanca y maceteros colgados a modo de canastas, las puertas con número y con toldo de tela, sentado allí como si formase parte de un todo indivisible, habitando de cuerpo presente en la piel de aquellos instantes que cosían la eternidad, fabricando atardeceres prefabricados, esculpiendo cortes de respiración. Dolores era de caderas generosas y pecho hambriento, con destello de estrella fugaz y pan con tomate, mujer de quien madruga dios le ayuda y de manos alargadas. Sentado en la silla de mimbre se sentía inferior a aquella atmosfera de mota de polvo. Los rayos del sol hacían ruido al caer en la plaza mayor. El fresco estancado en las bodegas ahuyentaba cualquier atisbo de premonición, cualquier gramo de esperanza, cualquier oasis y visado de salida. En la radio una voz agujereada cantaba un brazo de copla, un segmento de transición, cante por bulerías, un amago de vida. Sentado en la silla de mimbre, las piernas abiertas de par en par, el culo a dos palmos del suelo, mirando de reojo la persiana de madera verde donde entre las rendijas so colaban intentos de eyaculación, allí donde el vientre de Dolores se pegaba a las sabanas de hilo, con los lavados por hacer, con los pendientes de la abuela y el flan de sobre. El sonido avispado del tractor marca Ebro se hace paso a trancas y barrancas como el tiempo dentro del enganche, como Marcelo y Covián, como Paco, como aquella especie de insurrección involuntaria que acaecía cada vez que el reloj de la plaza sangraba las cinco de la tarde, los peldaños del minotauro, la gran canallada. Sentado en la silla de mimbre y sin palillo y sin lluvia fina apareciendo por ningún recodo de cielo, desierto de nubes, sin tocarse los dedos y sin ahuyentar lagartijas, trataba sin éxito de experimentar el tiempo, allí sentado entre tanto silencio, entre tanto sol y piedra y ceño arrugado, entre culos y delantales sentados en bancas de madera de pino astillada, entre sacos de nitrato y huellas de procesión, sentado entre tanta puta y tanto dolor

Friday, 7 October 2011

EL GRITO PÉLVICO(del vecino)

Entiéndase el grito pélvico como antecedente de todo lo que vino después. El grito pélvico como antecedente penal que transcurre durante las fiestas de la patrona del santo sepulcro y de todas las almas que vagan en pena. El grito pélvico como desplante ante eso que llaman “el porvenir”, como mezcla de hilo de cobre y pájaro en mano. Hacía falta un adalid para abrir puertas de exilio mental, desabastecerse de brújulas y cronógrafos, producir conglomerados de hombres que llevasen bigote cuando por aquellos tiempos, Saturno, todavía devoraba a sus hijos. Se trata de comer con moderación, de no quitarse el delantal antes de lo debido, de pelar las naranjas del atardecer como si fueran piernas de mujer con cáscara. Ir al cine los domingos es una opción tan invalida como el que marchita en la cola de un banco, el ajedrez del diálogo, la síntesis del desperdicio. El cine de la Calle Semprún, los olivares que plantaron en lo que en su día fue un manto de sangre de la guerra civil, los simbolismos de aspiradora, el reciclaje como opción también inválida, como si acaso las palabras se pudieran reciclar, como si fuera posible desalinizar los insultos, arrojar a una fosa común todos los codos apoyados en reposabrazos de cualquier butaca de cualquier salón, ponerle raza, color de pelo y apellidos a la saliva de Silvia. En agosto se desayunaba con aspirina efervescente y sándwich vegetal. El sonido de la huerta perduraba en el sudor de tantas nucas con tantas camisas blancas, recién planchadas, los cuellos rellenos de almidón, el incienso del Corpus Cristi… El grito del zapato contra la baldosa se escuchaba a lo largo y ancho de la nave central. Después de misa uno se entregaba a la banderilla y al vino dulce que despedía el asidero desde donde se agarraba el miedo de los hombres. Sobrevivir nunca se consideró un arte en la parte vieja de la Calle Dueñas, si acaso una obligación con fecha de caducidad. Sobrevivir dentro del bar sin nombre donde las bolsas de patatas fritas, intactas, miraban el anís consumido dentro del color rojo de los ojos del cliente que devoraba la tertulia repetida, la palabra y la oración que salía en serie de la boca del borracho, laminada, catalogada, numerada, fruto de una cadena de producción ensamblada a base de futbolistas y toreros de otros tiempos. Se sobrevive sin que ello suponga un lujo o un adelanto al tiempo de cada uno, se sobrevive con disimulo y con plato de garbanzos con arroz. Se sobrevive como se puede sobre todo al grito pélvico, a la falta de unidad, a la poca necesidad de que las cosas sigan un compromiso, a que las estructuras se basen en manos invisibles, a la conducta en torno a una llave maestra. Se sobrevive, sobre todo, a la poca necesidad de engañar que producen los números pares

Wednesday, 21 September 2011

SILUETA DE ESCAYOLA

Para salvar los muebles hacía falta escoger margaritas de látex, hacía falta pisar según qué tipo de alfombras. Las calles azoradas se convertían en suplemento de oxígeno y pulmón, en sobrevuelo de mota de polvo y salvación a 30, 60 y 90 días. Se aplicaba adrenalina en lugares poco comunes y remedios eran otorgados por videoconferencia. Se divisaba un paisaje de sobaco roto a la hora de la tapia blanca donde la sargantana merodeaba en torno a una especie de abdicación, a un cantar paralelo a la desgana que subsistía en el barrio que era el contexto de aquella vida, el paisaje de grasa vegetal y carne gruesa. La cresta de ojos azules salpicaba de tanto mirar. Las puertas de mueble antiguo, el oscuro de los tapizados y el reflejo profundo que ofrecía el barniz. El olor a tinaja y comida en conserva resonaba en los ecos de bodegas sordomudas. El vitalismo y el optimismo carecían de salsa. La vida en un piso noveno con ventanales con rejas y con cuidado de no derramar calcetines centrifugados. Los hipódromos se llenaban de escasez de sonrisas mulatas. La paciencia dormitaba apoyada en la suspensión de un tiempo hecho a base de chatarra y excepción

Thursday, 15 September 2011

LA CHICA SERENA

Machetazos de certeza, cuando la piel necesita de suministro de alcanfor, llenar el saco de chica joven con flequillo lateral, el vestido blanco, el polvo de la concentración de trigo en noches de agosto, preludio de fiesta municipal, las calles con pisada de cerveza y distracción. Cantar de forma paulatina y distante sin que importe demasiado el desajuste vascular, la marginación que sufre la alpargata de esparto como si fuera grajo de orquídea, tomate en conserva, colchones de lana parada. El reflejo de las chicas del pueblo vecino en el suelo plateado de los alrededores de la pista de autos de choque. El algodón de palo y olor a pólvora se mezcla con el santo, la procesión y el pelo enlacado de la mujer del alcalde. El camino de piedra y ribazo y el trasplante de bomba nuclear cada vez que el pan duro y la mantequilla apelmazada como si fuera relación de invierno, como si uno se quedase sordo del canto del grillo y el redoble de tambor. Sus besos, los que nunca me dio, hubiesen sabido a gasolina de tractor rojo, a liza negra, a tajadera de riego

Wednesday, 14 September 2011

EL TEOREMA DE ARQUÍMEDES

Hacía falta contar, especialmente desde que los sonidos de la chatarrería de en frente se volvían más precarios, la chatarrería del tercero izquierda, hacía falta contar la ausencia de manifestaciones multitudinarias en la Calle Bordeaux y en la Plaza de la Alameda, esquina Santa Engracia. Antes la gente protestaba y se tomaba muy en serio hechos como que la basura sólo fuera recogida los martes y los jueves y como que el ayuntamiento cerrase los parques a partir de las diez de la noche, sobre todo en invierno. Antes la gente se levantaba en armas contra ayuntamientos y organizaciones provinciales, rebelándose no contra el sistema sino contra el hecho de que un tal Ramón decidiese que en invierno hacía falta cerrar los parques antes que en verano, desacato temporal, racismo de estación. Esto le recordaba una campaña que su tío Frank organizó una vez. Tendría diez o doce años, en verano se iban a Vermont. Recordaba como aquel verano su tío y otros más organizaron una campaña en defensa de un determinado tipo de ave. El nombre del ave en particular no lo recordaba. Un pájaro en peligro de extinción. Nunca entendió del todo qué llevaba a aquella gente a emplear tiempo y energía en llevar a cabo semejante acción. Cenar deprisa y corriendo, marcharse sin dar las buenas noches a los niños, echarse calle abajo, entrar al local donde los panfletos de basta ya y los carteles en defensa de aquel perdigacho, de aquella golondrina poco común. La indignación colectiva, la incomprensión ante la barbarie municipal, ante la falta de principios. Aquellas charlas bañadas en vino de Oporto y Bourbon a palo seco. La golondrina esto y la golondrina aquello. Y el tío Frank intentando rascarse el omoplato derecho, aquel picor súbito, incontrolable. El reflejo de echarse el brazo a la espalda de forma antinatural, la torpeza de la articulación al revés. Cuando le atacaba el picor o cuando a cualquiera de los de la asociación le entraban ganas de ir al lavabo o cuando se perdía a un ser querido, las golondrinas pasaban a un segundo plano. Igual que ahora cuando caían obuses del ejército rebelde, cuando se habían reportado violaciones y cuando el grano de maíz se pagaba como si fuese oro

Monday, 15 August 2011

LA REINA MADRE SIN IR MAS LEJOS

La reina madre sin ir más lejos, decía Mr Chiltern. La reina de Inglaterra aparecía en un documental, a sus setenta años, aparecía en palacio, en un documental que trataba de plasmar el día a día del monarca, la BBC. Se levantaba a tal hora, desayunaba a tal hora en tal sitio, despachaba asuntos, leía la prensa y planificaba viajes y ceremonias. La reina llegaba hasta el último detalle. Hablaba con alguien acerca de la inclinación de unas cortinas antes de una cena oficial, se preocupaba por el ángulo en que los muebles debían ser colocados, corregía menesteres, separaba cuadros, indagaba en el punto de sal de ciertos alimentos. Estructura mental. Costumbre. No pensaba en los privilegios, o en Sudán, o en la hepatitis aguda. O tal vez sí. Lo mismo daba. Estructura mental y andamio. Primero lo uno y después lo otro. Daba lo mismo que fuese cena con el primer ministro iraquí o Jacinta haciendo el crucigrama después de haberse dado un baño de quimio.

HBO

De todos modos Mr Chiltern no lo había llevado allí para hablar de la afición de su primo Bloomfield por Pretty Boy Mayweather o Manny Pacquiao. Sabía de aquella avanzadilla rebelde más que muchos cargos del estamento militar. Mr Chiltern quería hacer hincapié en el cambio, en la transformación que habían sufrido las vidas de muchos primos Bloomfields, el paso de aquel estado anteriormente bautizado como normalidad, las excursiones cada sábado por la mañana a cualquier Wal-Mart o Safeway donde comprar corn flakes y leche y hamburguesas y pechugas de pollo para pasar la semana. Aquella realidad asistida, la sociedad del bienestar, donde cortes de pelo mensuales alternaban con productos de lujo tales como coches Mustang o gramos de cocaína, donde se jugaba al golf y donde se apostaba por los Broncos. Aquella especie de anestesia, aquella respiración asistida que uno desconocía que era asistida, hasta que de repente ese desplazamiento daba comienzo, ese movimiento cortical, ese desprendimiento progresivo, la falta de combustible primero, la subida de precios, los despidos involuntarios, la crisis médica, la dificultad de alcanzar, los derrumbes paulatinos, la incomprensión primero, el estupor después, la impotencia ulterior, la incredulidad de que aquel tiempo era el que le estaba tocando vivir a uno, la escasez y la miseria por vez primera, la desarticulación del estado de bienestar, la imposibilidad de desplazarse como se hacía antes, las posibilidades, la certeza de que algo se podía hacer, otros caminos, otras trayectorias, usar una táctica diferente, mudarse a Amarillo donde sus tíos y sus primos, mudarse a la costa oeste, al norte, a las Dakotas, pasar a Canada, seguro que en Canada todavía se vendían coches y hacían falta vendedores. Seguro que en Canada habría posibilidades de burbujas como las que se tenían antes, seguro que allí Texas Grill y HBO y cine con palomitas. Uno se volvía loco. Aquello les había cogido a todos desprevenidos. Aquello que se suponía solo pasaba en los libros de historia. Los cambios radicales en las sociedades. Las brechas, las guerras abiertas. Uno se volvía loco. Miraba la situación desde todas las perspectivas posibles, se le daba la vuelta, se le ponía de pie, se le miraba por detrás, hasta que una llamada de teléfono proveniente de Amarillo donde los tíos y los primos llamaban para decir que allí estaban igual sino peor. Y eso, que la cosa andaba jodida y que tal vez fuera bueno que se mudaran ellos allí. Y así es como la nueva sociedad se engendraba. Ese día, los días de las asimilaciones por familia, cuando se empezaban a asimilar los hechos y los armarios vacíos, era el punto de partida de muchas reuniones y convenciones y asambleas piratas donde se buscaban alternativas, donde se pasaba por encima de aquel gobernador con manos de plastilina, donde se enterraba la respiración asistida que los había mantenido alelados durante tanto tiempo, donde se despertaba el hombre primitivo, el instinto animal, donde se miraba con ojos de tigre.

FANDANGIN

Al primo segundo le gustaba mucho el boxeo y de cuando en cuando Mr Chiltern le había escuchado hablar de Ali como si lo hubiese conocido, como si lo hubiese visto pelear a pie de ring, como si hubiera estado presente en Kinshasa, como si hubiese presenciado a escasos dos metros aquella combinación izquierda-derecha que terminó por mandar a Foreman a los anales del fin. Después de haberse servido un segundo vaso de vino, Mr Chiltern no recordaba el porqué de aquella cita al gusto de su primo por el boxeo. Había una conexión, aseguraba hundiendo la mente en los recodos de su memoria, tratando de pescar al arrastre.
Había una especie de cóctel molotov dentro del pensamiento cotidiano. Era difícil razonar con aquella amalgama de sensaciones, con aquellas variantes, aquellos vectores tan cortantes los unos con otros. Aquella voz de aquel tal Reginald que había llamado llevándose por delante quien sabía a cuántos demonios, aquella urgencia imperiosa, aquella necesidad por la semilla que pasaba de largo de cualquier valor humano, de cualquier reconocimiento personal o escala de valores. Aquella manera de tiritar por el maletín con el dinero, por el desembarco en tierra libre. Y luego por otro lado estaba su primo, una persona honrada, alguien que se vestía por los pies y que había tenido por esposa a una chica ejemplar, madre de dos criaturas no menos ejemplares, partidos de softball los sábados por la mañana, salidas al cine, pizza hut, partidas de bolos, Xbox y Wii en familia, carcajadas desaconsejables. Por un lado aquella presión y aquellos hombres que reducían una a una sus neuronas vendiéndolas al mejor postor, apostando de farol por la humanidad. Por un lado aquel vómito de buena voluntad, aquellos científicos y luego Reginald llamando a gritos y aquella presión humanamente insoportable y aquella desconfianza aterradora. Uno no sabía muy bien en qué aguas estaba nadando. Y por eso le contaba sobre su primo Bloomfield. Aquella comida no tenía que ver con Sandra. Estaba cansado. Cansado de no saber hacia dónde tirar, de no decantarse, cansado de mediar con todo el mundo, de hacer de pegamento y embudo.