Friday, 11 November 2011

PATINETE

De donde uno escupía demonios incontestables. En mitad de las falanges surgían borrascas consentidas, métrica de milibares y sintaxis podrida. Las viejas se sentaban a la banca de madera verde donde los unos y los otros discutían sobre lluvia y tiempo, sobre medición cronológica, el charco como segmento temporal, como paréntesis de acacia terminada, solfa profunda y camino de ciprés. Mosqueteros reales conjugaban versos impares y bromas de mal gusto cada vez que el uranio y el mercurio y los gatos salvajes coincidían en las neuronas de Braulio. Santos y santerías se mezclaban en los bolsillos de gente que andaba despistada. Hay quien sacaba corchos de botellas imaginarias y quien se desplazaba a lo largo y ancho de inmensos salones en vetustos palacios. La corneta era sinónimo de extinción y pasaporte, de sandía rajada con pepitas y esternón. Se proyectaban cubicajes en papel secante. Se decía lo que alguien había dicho el otro día en aquella taberna, del camino polvoriento, de la nula necesidad de asfalto. Se estaba mejor desde que el molino hacía menos ruido, desde que las hojas caducas languidecían sin complejo aparente, sin meada de perro y llanto crónico. Las trancas y barrancas del espíritu dormido, los tentempiés que se tomaba el señorito cada vez que la madrugaba acechaba, cada vez que el contrabando de falda corta y escote de punta, cada vez que la tos y la propaganda de ballenas. Hacía tiempo que no llovía como llovía antes. Ahora que se escuchaba el tintineo que hacía el horno cada vez que el asado finalizaba. La mano de Felipe Calderón desenroscaba la tapa del frasco donde antes había habido mermelada de fresa y hoy almendras tostadas. Le gustaba mantener la epidermis de la almendra en la boca, permitir la sequedad de garganta recién conquistada. El sonido de los secadores de pelo acompasaba con el olor a tinte y a señora mayor. Se percibía disgusto recién encontrado y monedero bien apretado entre manos y arrugas, entre crema hidratante y erosión de bulto. Los jóvenes idealistas fumaban porros en cuartos sin fondo, en hojas afiladas donde carne cruda y labio inferior. Las grietas de un barco petrolero y Artemio Cruz, la invasión Celta y la manera con la que ciertos presidentes levantaban la voz. Suministros portátiles habían sido requeridos tras la nula motivación proveniente del exterior. Los señores Santos y Gómez de Arpa se habían quejado de las inmensas goteras construidas a propósito de la última inundación. Lágrimas de cocodrilo, había dicho la chica del segundo b. Lágrimas de cocodrilo y perfume de alcanfor. Sentadas en la parada del autobús número 42 había quien leía y quien reía, quien entorpecía la rotación terrestre con palabras dichas a destiempo

Thursday, 10 November 2011

Y NO VOLVÍ MÁS

Se presta menos atención a la realidad que al soporte en sí. Se construyen estructuras de platino y suspiro, se hacen paredes viejas con cemento armado y placa de acero. Se estiran presupuestos en busca de ese plus de seguridad, de ese corral de marfil donde las gallinas y los cerdos caguen a sus anchas y donde la temperatura atraiga a las moscas. Hacen falta líneas a seguir, proyectos, que alguien dibuje algo en el horizonte para poder desviar la vista del ataque de tiempo que se tiene alrededor. Que la gente se lleve la mano a la frente y aviste la dirección a seguir, los pagos de la lavadora y el sofrito colateral, las quemaduras en la planta de los pies y la dentadura postiza. Hay veces que uno se pregunta por todas aquellas mujeres que no se folló. Una esfera de cuerpo de mujer, un pétalo de goma, una estancia sin huesos, una escasez de materiales que sostener. Haría falta gelatina y dejadez, liquidez y cama elástica. Harían falta universidades con agujeros por donde cupiese la costumbre del excremento idolatrado. Renunciar a la necesidad del plan de la misma manera que se renuncia a la catedral y al cartabón. Desechar el andamio y el puntal para poder desechar luego todo eso que se pone encima y que hace de la estructura una necesidad engañosa, una sombra chinesca, un cúmulo de representantes de ventas, de gente que entristece segundos y prostituye caricias

COMPRABA SALCHICHAS Y OLVIDABA LUEGO PAGAR EL IMPORTE

Y se convierte en décima parte de cuarto trastero, en caricia pactada de antemano que ronda por los suburbios de la estancia flaca y agridulce que es su cara y su rostro, el somnífero que tomaba la tía Juliana cada vez que venían los del gas, cada vez que el sonido de las carretas zumbaba a través del altavoz, los lunes de domingo y los milagros de cartón. Al fondo de la ventana se dibujaban caderas de colinas y montañas y un poco más allá los lobos aullaban en sonido digital. Transgrediendo ideologías de serrín apelmazado, los cantares del resurgir vestido de pies a cabeza, las barandillas de la mente, la carrocería del corazón pintada de recuerdos que dejaban oxido en los bordes del mordisco. Gitana mía no me cuentes los días, no me cuestes la vida ni vayas vendiendo mi espalda y mis anginas como si de piezas de recambio se trataran. Hojaldre de mus y vino rancio, huevos fermentados en corrales de cal viva, pelarzos de bacalao y muda de domingo. El rugir de las agallas cabalgando encima de un mar hecho de escaleras de mármol y trapecio de circo. Ella que tanto se negaba a subastar sus necesidades, sus recodos de frío y lluvia, donde la mano ajena encajaba en el rompecabezas. Se escuchaban ritmos livianos y zarzuelas, se tomaban pastas de te hechas con mantequilla y azúcar. Los sembraos se cargaban de memorias y hazañas, de arruga de dedo pulgar y barbilla de clavos. Magdalena y el señor Saavedra que tan dispuestos se les había visto siempre, la mano a la espalda, el abrecartas afilado, la poca eficacia que generaba tanta responsabilidad. La tristeza del estampado de flores en la falda de la señora, las migas con chorizo, la estructura de olvido y la negación de libertad. Se renuncia a la elección como brújula y tesoro intrínseco

Wednesday, 9 November 2011

NEXT EXIT, SAN FRANCISCO WEST

Después del incendio perpetrado por ciertos subordinados del Barón Hofmann, todos ellos amantes de la música folk-country, de Laura Marling y Gillian Welch, después del incendio en el ala oeste de la Biblioteca Mauricio Grande, fundada sobre los pilares de las teorías “practicistas” de Geppetto Calza y Martin Carroll (primo hermano de Lewis), apenas pudieron rescatarse, todavía intactos, borradores del primer volumen sobre las instrucciones para ser y existir y en menor medida el “Proyecto de un dibujo”. Perdidos para siempre, convertidos en ceniza, desaparecieron obras como “El legajo de un segundo”, “Tinieblas en la conducta del ser despierto” y “Piedras humanas, piedras docentes”

Tuesday, 8 November 2011

CÁNCER DE PRÓSTATA Y BUÑUELOS DE BACALAO

Sint Niklaas, Avenida Las Landas, Flandes, 09/11/2011

Esta tarde, sobre las 5 y a petición de Cárdenas Solórzano se proyectará en la Sala Guardamar, Superman II y Superman III. Los Cine-forum no tienen cabida en nuestro espacio. Cualquier opinión ad-hoc nos parece desorientativa. Ayer me dijeron que mi apellido lleva sangre real, que un príncipe noruego subestimó su propia eyaculación y por ahí fueron los tiros. Ya no escuchamos Radio 3, ni a Mas Birras, ni a Tanita Tikaram cantando Twist in my sobriety. Nuestras consciencias son ajenas al paso del tiempo. No cometemos errores porque no discernimos entre el bien y el mal. En esta segunda etapa, la editorial y sus escribas renuncian al sistema binario que tanto confunde. Se nos acercaron dos maestros Zen, uno de ellos tenía el sobrenombre de Maestro Pepino Torcido, Shunryu Suzuki, otrora autor de aquella catedral llamada Mente Zen, Mente de Principiante. El otro nos era desconocido y además estaba enfermo, muy enfermo. Nos contaba, al amanecer, que su vida divergía entre un cáncer de próstata y buñuelos de bacalao. Luego llegaba Silvia con toda su belleza y a nosotros nos salían arrugas de metacrilato

Tuesday, 1 November 2011

INTENTOS FALLIDOS DE GUERRAS POR LA TARDE

“Chica atractiva, 34, sana y delgada, busca chico amable, culto, mayor de 30, razonablemente sano, atractivo e inteligente, para conocernos primero y posible relación”

Siempre he sido amable. Siempre cedo mi asiento en el autobús a personas mayores, doy constantemente las gracias y pido las cosas por favor. Culto, si por culto se entiende estar en posesión de un saber general, disperso, también. Si por atractivo se refiere a que no sea feo, feo tampoco soy. También me considero inteligente. Lo que no tengo tan claro es lo de ser razonablemente sano. No tengo muy claro si el anuncio se refiere a sanidad mental, física, a mis hábitos alimentarios, sociales... Se debe de estar refiriendo a tener un cuerpo sano, musculado, ligero en grasas, atlético. Mirándome delante del espejo me palpo los músculos, me doy la vuelta, me miro de perfil… Sin conservar el cuerpo que tenía hace unos años todavía mantengo mi condición física de forma notable. Todavía delante del espejo, posando con cierta inseguridad y aprensión, me miro directamente a los ojos y me avergüenzo como si estuviera mirando a otra persona, a alguien ajeno, a un desconocido. Vuelvo al periódico y me pongo a releer el anuncio.
Una lluvia fina a punto de terminar, golpea suavemente el cristal de la única ventana de la habitación. Es importante que deje de llover. Pongo la cafetera y de reojo miro el teléfono. Aunque la habitación sea diminuta me gusta vivir aquí. La casa está en Maison Dieu Road, a cinco minutos del puerto. Me gusta abrir la ventana y escuchar el sonido de las sirenas de los ferris mezclado con el graznar de las gaviotas. Me gusta que la habitación se empape de olor a mar.
“Chica sana, atractiva, delgada, 34 años…”
Le habría costado poner aquel anuncio. Le habrían convencido, posiblemente alguna amiga, Claudia, después de haberse pasado demasiado tiempo sola, o desde que Claudia hubiese decidido lo que estar demasiado tiempo sola significaba, sola después de una gran ruptura, la ruptura con Marco... Para cualquier mujer, el hecho de anunciarse en un periódico sin dejar que sobresaliera ningún atisbo de desesperación tenía que resultar difícil, más todavía para alguien tan orgullosa como ella.
Me bebo el café de manera enérgica, a tragos secos. Siempre café de filtro, de cafetera americana. He puesto un disco de Mitsuko Uchida interpretando a Schubert. Mis dedos se mueven tocando teclas de aire, golpeando la taza. El equipo de sonido lo compré el mismo día que me asignaron la nueva vivienda y el pasaporte. Un amplificador Yamaha R-S300 de color plata, un lector de discos compactos también Yamaha, y dos altavoces AQ sin cable. Coste total £720. Tres veces más que el depósito que pagué por la habitación. Trabajaba desde casa, era guionista. De cuando en cuando iba a Londres a reunirme con los jefes de la productora, le dije a Nancy Johnston, la ama de llaves, especie de manager que se ocupa del mantenimiento del edificio, el día en que me reuní con ella para recibir las llaves. Solo admitían gente con trabajo, sino no se fiaban. Esta vez era escritor de guiones. Otras veces me había tocado ser pintor, diseñador de software, profesor en preparación de un doctorado, probador de webs, fotógrafo… siempre trabajos que no estuviesen atados a ningún tipo de horario fijo.
Conocer una chica a través del periódico era práctico y científico. Se buscaba afinidad en cada requisito, se dejaban muy pocas cosas al azar. Se llevaba a cabo un intercambio de intenciones, de planes, de mapas, de esquemas. Habría un tira y afloja, se irían marcando x en casillas blancas, se debatirían gustos propios, se hablaría de comidas, de tecnología, de música, de lo qué esperaba uno de la vida, de familia, ex novios...
“Daniel”, me decía a mí mismo una y otra vez, todavía de pie, todavía asomado a la ventana, saboreando el último sorbo de café, dejando que cada nota de Mitsuko fuese cada latido, fuesen fracciones de tiempo que había que dejar pasar para acostumbrarse a ese nuevo nombre, “Daniel”, lo mismo que a esa ciudad, Dover, al sonido de las gaviotas, a los ferris de la P&O, a ese nuevo mensaje, ese nuevo trabajo, el dinero, el coche, las instrucciones, el archivo con el nombre de Erica Hoffman, la inexistencia de preguntas, la necesidad de no profundizar, de no dejarse llevar por las apariencias, de tratar la carne como carne que era y los ojos como esferas oculares, retina, tejido, y poco más.
“Chica atractiva, 34, sana y delgada, busca chico amable…”
Le había dicho que sí. Ese había sido el primer escollo. Había aceptado verme en persona. Todo comenzó con un mensaje que le dejé en su buzón de voz. Un mensaje casual, inocente. Luego Erica contestó y yo, o Daniel, seguimos dejando más mensajes como si fueran migas de pan. Sabía de sobra qué decir en todo momento. Sabía cómo tenía que vestirme, que grupos de música me tenían que gustar, que autores, que películas.
La lluvia se había desintegrado, el cielo se había abierto de par en par. El sol empezaba a penetrar por la ventana deshilachándose en diagonales de haz de luz que caían sobre la vieja mesa de pino rústico. La habitación era pequeña cuando uno la comparaba con una casa, pero grande si se comparaba con una habitación. Con la cama en una esquina, la mesa de pino que hacía las veces de comedor, escritorio y mesilla de noche, el aparador y los armarios donde guardaba comida y vajilla, el pequeño lavabo con el espejo encima, la televisión, el equipo de música, el reproductor de dvd, y un armario empotrado donde tenía la ropa, me sobraba y me bastaba para vivir plácidamente.
Antes de salir hacia la estación donde tomaría el tren que me llevaría a Canterbury revisé que todo estuviera en orden. En la mochila llevaba dos pasaportes, el mío y el de una chica de 34 años llamada Brenda Cardinal. Llevaba también el DELL Inspiron 14, diez mil euros en billetes de 20 y 10, dos pares de botas Brascher Gore Tex, dos chaquetas de última generación North Face, calcetines, camisetas y ropa interior de ambos sexos.
De camino a la estación crucé por el parque que conectaba con la plaza del mercado para evitar al gentío que a esas horas acamparía en la High Street. La gente se sentaba en las aceras sin saber muy bien si mendigar, robar, o dejarse estar. Pasé de largo por el Eight Bells mientras mi mente iba y venía de la cita que me esperaba con Erica. Había visto sus fotos y no era mi tipo, no me seducía. No la encontraba atractiva como tampoco consideraba atractivo el hecho de que se anunciara en el periódico. Erica no era fea. No necesitaba anunciarse en ningún periódico. Tal vez lo hiciese por pereza, o por hacer algo distinto, por dar la nota, por desfachatez, o por aburrimiento. Tal vez se hubiera cansado de hablar con chicos en el pub. O tal vez se anunciase de forma lúdica, como si fuera un juego, o un experimento. Ella que había sido tan niña de papá, que lo había tenido todo, y que todo lo había abandonado.
Las obras de remodelación de la gasolinera BP de Folkestone Road ya habían comenzado. Después de haber estado abiertas a concurso se habían decidido por el modelo cajero automático. La gasolinera estaría cerrada en su perímetro por una muralla metálica. Para acceder dentro de la gasolinera se procedería introduciendo una tarjeta de crédito en un lector a la entrada de la misma, desde el cual se accedería a la compra del combustible. Una vez que el cajero se hubiese cobrado el importe, el coche ganaría acceso al recinto dentro del cual ya tendría adjudicado un surtidor junto al cual habría otra ranura donde meter la misma tarjeta de crédito para verificar que se trataba del mismo cliente. Desde los últimos saqueos y después de que varios camiones cisterna hubiesen sido secuestrados, las gasolineras de todo el país estaban reformando sus medidas de seguridad.
El tren salía a las 12:45 desde Dover Priory y llegaba a Canterbury East a las 13:01. Pagué £7.10 en la ventanilla y como todavía quedaban unos 15 minutos me acerqué al pub que había enfrente de la estación. La decoración del local olía a rancio. Pesados taburetes de madera con asiento de almohadilla forrado de una especie de raso verde desgastado por el humo, el tiempo y los roces. Pedí una pinta de Guiness y un paquete de cacahuetes y por no mirar a la camarera, entrada en carnes lo mismo que en años, vestida como una quinceañera, los dientes oscuros por el tabaco, me giré a mirar unos chavales que jugaban al billar mientras compartían una pinta de Stella.
En el tren casi todos vagones iban considerablemente llenos para el día y la hora que era. Las autoridades se habían visto desbordadas y no habían tenido más remedio que acceder al billete descuento para todo aquel que no tuviese trabajo. Me costó encontrar dos asientos vacíos. Me senté junto a la ventanilla y reposé la cabeza sobre el cristal. Saqué el Ipod del bolsillo y me puse a escuchar uno de sus grupos favoritos, The Lemonheads. Me apetecía seguir escuchando a Mitsuko, poner el Impromptus de Schubert a todo volumen, escucharlo por parte de madre, herencia única, escucharla tocar a ella en vez de Mitsuko, mis primeros recuerdos como ser humano, las notas del piano en la casa nueva, antes de volver a la granja. Me picaban los ojos. La noche anterior no había dormido bien del todo. El no saber siempre me producía ansiedad. Por mi cabeza habían pasado todas y cada una de las posibilidades que se podían plantear. Planes a, planes b y planes c. Con la mente en otro lugar, escuchando a The Lemonheads, miraba la campiña del sur de Inglaterra por la ventana, los campos cubiertos por un manto amarillo de flores. Después de haber dejado atrás Sheperdswell, Adisham y Bekesbourne, el tren hizo su entrada en los andenes de Canterbury East.
El sol ejercía un dominio absoluto, ya no quedaban nubes. Las calles en Canterbury también estaban abarrotadas pese a ser una hora un poco tierra de nadie, demasiado tarde para seguir de compras y demasiado temprano para salir a tomar algo. Sin embargo el centro histórico soportaba una estampida multirracial llena de rasgos asiáticos y africanos. Los más de ellos se dedicaban a recorrer con la mirada los numerosos escaparates que anunciaban productos cada vez más insoportablemente caros.
Crucé la pasarela que conectaba con las murallas y el parque Dane John. En el parking que había al final del mismo estaba aparcado el Ford Focus que Frank me había dejado preparado con el frasco del compuesto.
Tras la leve lluvia matinal había quedado un día glorioso. Se respiraba un aroma a primavera fresca y recién estrenada. De camino hacía el parking, todavía escuchando a The Lemonheads, sorteando a la multitud, no podía evitar ese sentimiento de aprensión que me acechaba en los instantes previos al primer contacto. Aprensión por lo que iba a hacer, lo que le iba a decir, lo que ella pensaría de mí…
Había visto su foto mil veces. Había estudiado sus facciones lo mismo que su curriculum. Sabía de su paso por Columbia, de haber abandonado la carrera de Biología junto con la casa en Park Slope, la semi adicción a la cocaína, el amor y el desamor, los desayunos con Maggie en Central Park. Todavía no la había visto en persona y creía conocer el ritmo de su respiración, tan desacompasado a veces, sobre todo cuando le entraba esa ansiedad tan particular, cuando vislumbraba ataques de pánico. Y sin embargo no la conocía, no la había visto, no sabía qué esperar de su cara, de sus gestos, de las pecas que poblaban sus mejillas.
No recordaba haber salido jamás con ninguna chica pecosa. No eran mi tipo. Érica no me iba a gustar. Algo me decía que su personalidad me iba a irritar.
Llegué al final de la muralla, bajé hacía los jardines y me encaminé hacia el parking. El coche tendría que estar aparcado en la parte trasera del café restaurante. Debería de tener la estancia pagada como mínimo para tres horas. Tres horas serían tiempo más que suficiente. Doblé la esquina y seguí caminando hacia el restaurante. Quería comprobar lo lejos que quedaba el coche. Esperaba que hubiesen encontrado un buen sitio.
Al llegar al café eché un rápido vistazo al menú que tenían apuntado en la pizarra. Bocadillos de bacon, hamburguesas, baguettes de salchicha Cumberland, Lincolnshire, quiches de varios sabores, pastel de cerdo y ternera, tartas de varios sabores y magdalenas de chocolate caseras.
Pasé de largo por la barra, sorteé mesas y sillas, inspeccioné de reojo a los pocos comensales que poblaban la terraza, alcancé el final del establecimiento, giré a mano derecha y me fui recto hasta el aparcamiento.
Era un Ford Focus plateado. Matrícula GN-06-FTR. Habían conseguido dejarlo en el mejor espacio posible. Un lateral del coche, el que daba al parque, quedaba desprovisto de cobertura de seguridad. Era uno de los pocos ángulos que no cubrían las cámaras. Un ángulo muerto.
Dentro del tubo de escape encontré las llaves y un pañuelo blanco dentro del cual había un diminuto frasco de cristal. Abrí el maletero y dejé caer la mochila dentro del mismo. Con sumo cuidado introduje el frasco de cristal en el bolsillo interior de la chaqueta, cerré el coche y me fui camino a la cita.

“Chica atractiva, 34, sana y delgada, busca chico amable, culto, mayor de 30, razonablemente sano, atractivo e inteligente, para conocernos primero y posible relación”

The Kentish Gazette, Canterbury Adscene, The Times, The Evening Standard, The Independent, The Guardian, lo mismo daba. Camino de la cita, vestido con ropas neutras, ni muy arreglado, ni muy desarreglado, ni muy grunge, ni muy pijo, ni muy geeky, ni muy de nada. Las ropas, el estilo, tenían que denostar falta de necesidad, imagen de no esforzarse, coolness, tranquilidad, suficiencia pero sin llegar a la arrogancia, chulería descafeinada. ¿Qué llevaba a la gente a relacionarse a través de anuncios en el periódico? El sentido de la aventura, el morbo, el envoltorio que suponía el anuncio. La frialdad del anuncio jugaba a favor de posibles fracasos ya que si el interior del envoltorio no gustaba se podía desechar sin necesidad de daños y perjuicios morales. “No estamos hechos el uno para el otro, somos muy diferentes, ok, no pasa nada, gracias por la cerveza, o por la Coca Cola, o por el desayuno con diamantes”. Caminar de vuelta a la estación, sentarse en un banco y esperar a que llegase el tren de la siguiente cita, del siguiente anuncio, el tren del periódico que saldría el domingo siguiente, donde se encontrarían más anuncios de chicas como si fueran coches de segunda mano, o casas de alquiler.
Ella estaba esperando, había llegado antes que yo. Caminando con las manos en los bolsillos a través del bullicioso centro, la mente en blanco, vacía de ideas predeterminadas, la pude ver sentada de espaldas, en la plaza de la catedral, en la terraza del ButterMarket, un lugar muy céntrico por donde muchísima gente pasaba y se sentaba a tomar algo, lugar ideal para quedar si se buscaba protección del gentío cuando se había quedado con un perfecto desconocido.
Cómo era ella y cómo se derrumbaban todas las ideas que uno había ido albergando desde el día en que leyó esas dos líneas que decían chica busca chico formal, y posteriormente el archivo en el apartado de correos con todo su historial. Siempre terminaba imaginando objetivos demasiado rubios, o demasiado pelirrojos, o demasiado demasiado.
Avancé entre la gente, llegué a la terraza, busqué entre las nucas, entre las media melenas, hasta que encontréesa silueta infalible, ese cuerpo que esperaba nervioso e intrigado y que no se habría podido imaginar en cien mil años lo que le esperaba

CAPITULO 10

La dejadez insospechada que barruntaba detrás de sus ojos, la escasez de adrenalina en sus peticiones de sexo sin dolor cuando el otoño apogeaba en el mes de octubre. A Carla le gustaba dejar la ventana del dormitorio abierta, le gustaba pasar frío en la cama. Martin había desarrollado un gusto por agarrar objetos que habían sido apretados recientemente por la mano de Carla y que todavía conservaban parte del calor humano que ésta les había transferido. Le gustaba coger las llaves del piso una vez que Carla había abierto la puerta y las había dejado en el estante de la entrada. Sin que ella se diese cuenta, volvía al pasillo y se acercaba hasta el jarrón donde las llaves habían sido depositadas. Las cogía y se las llevaba a la cara en busca de tiempo perdido

TOS SECA

Un ataque de tos que le sobrevino a la mujer del vestido rojo justo al entrar a la bombonería donde Madame Altemir juraba y perjuraba no saber nada acerca del secuestro que según se decía por ahí, la todavía adolescente hija del señor Montierre se había auto-perpetrado. La identidad de la mujer del vestido rojo que sufrió el ataque de tos no nos interesa tanto como la forma con la que ejecutó el mencionado ataque. Doblando la cintura, llevándose ambas manos al pecho, reclinando la cabeza ligeramente hacia el suelo, parecía hacer uso de su cuerpo como si se tratara de un instrumento de viento. A Madame Altemir le parecía de muy mal gusto que alguien entrase a una bombonería tosiendo de aquella manera. La señora del vestido rojo decidió no excusarse al respecto pues consideraba que un acto involuntario y fisiológico como aquel no requería disculpas. Había entrado a comprar bombones de chocolate negro rellenos de trufa y miga de torta. Madame Altemir solo comía chocolate con leche. A punto estuvo de preguntarle si pensaba volver a ponerse a toser de aquella manera. Detrás del mostrador y de las vitrinas donde se exponían los bombones, un espejo con marco ornamental reflejaba a las dos mujeres. La señora del vestido rojo creía ciegamente en el destino. No sólo había entrado tosiendo sino que además había coincidido con Madame Altemir quien en ese preciso momento hablaba de la hija del banquero Montierre y el supuesto auto-secuestro. La adolescencia era una época difícil de interpretar, se dijo visualizando los bombones requeridos y dudando sobre la cantidad a comprar

Friday, 21 October 2011

ANUNCIO 2

Salchichas de Pollo se enorgullece de dar la bienvenida como activo integrante de este bendito movimiento al ilustrísimo Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano, quien tras militar durante 25 años en el PRI (Partido Revolucionario Institucional de México) fundó el PRD (Partido de la Revolución Democrática de México). Cárdenas Solórzano, a sus 77 años, se ocupará de tareas relacionadas con la investigación mediática y el control de calidad de textos

Por otro lado el Consejo de Administración de Salchichas de Pollo advierte que debido a un momentáneo vacío de poder, ciertos mensajes publicados recientemente pueden dañar la sensibilidad del lector e incluso ofrecer lecturas que lleven a un posible error de interpretación. En Salchichas de Pollo nos sobra corazón y objetividad. Próximamente se emitirá un nuevo texto titulado: “La patada en el estómago” que esperamos sirva de guía indicativa sobre nuestros sentimientos respecto al tema de la violencia

El ilustrísimo Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano, de momento, prefiere no pronunciarse al respecto

EL FIN DE LA VIOLENCIA DE ETA

En Salchichas de Pollo y sin que fuera de manera intencionada, de una forma u otra, siempre estuvimos ligados a la violencia. Violencia no ya física sino argumentativa, de parecer, violencia de opinión y también sexual (diferenciar de agresión sexual). Desapegados como siempre hemos estado de movimientos o posturas definidas en el terreno ideológico, sí que es cierto que en su día Salchichas de Pollo se manifestó a favor de conflictos bélicos tales como la guerra indo-pakistaní de 1947 (que no la de 1971) y también la Guerra de la Independencia de Eritrea iniciada en 1961. Desde aquí nunca desechamos la violencia como instrumento activo. Desechamos, cierto es, el vicio de la violencia, la carencia en la intención, el asalto físico en sí. Las bofetadas no nos gustan, eso ya quedó plasmado en La Declaración de Intenciones IIX del Séptimo Congreso que celebramos en Madrid, junto a un ya moribundo José Ortega y Gasset. Fue el mismo Gasset quien nos alumbró en el terreno de la agresión circunstancial. El final de la violencia de ETA muy poco tiene que ver con las Guerras Carlistas o con el sanguinario exterminio que los Caballeros Templarios sufrieron a manos de la Iglesia

Thursday, 20 October 2011

BAD DAY

Tracy era alta , morena , transgresora , divertida y tan atractiva como lo prohibido , pero no tenia un buen día.. Así que no me extraño cuando la vi en las noticias esposada después de haber incendiado la escuela donde estudiaba Ruso , un problema con los horarios fue la chispa que prendió la gasolina que su mal día esparció por el suelo

Wednesday, 19 October 2011

DISLIKING BELCHITE

La telepatía nos parece de buen uso siempre y cuando se utilice en su justa medida. Otra cosa es por ejemplo, las cosas que no nos gustan de Belchite como pueblo. Hay algunas calles como la cuesta de la Piedad y la Calle Escribanos que no es que no nos gusten pero sí nos resultan antipáticas. Primero está el grado de inclinación en la Piedad, siempre tan a medias entre la cuesta y el rellano. En la Calle Escribanos, la sombra que proyecta el sol a según qué horas del día afea las fachadas, desestima los ángulos, desvirtúa el claro oscuro. Tampoco ayuda la presencia de ciertos vecinos, el victimismo que proyectan, sin nombrar a nadie. Hay quien se hizo un raspazo en la rodilla por un descuido con la Mobylette y luego se dedicó a cojear más de lo debido sin que viniese a cuento, sobre todo al entrar al bar Bajo Aragón. Hay otros que se quejan por quejarse y uno en concreto que finge demencia senil. Nos disgusta en especial la tremenda halitosis de un tal Facundo

Tuesday, 18 October 2011

ESTAMENTOS II IIB

Salchichas de Pollo y por motivos que todavía desconocemos, siempre estuvo asociada, de una manera u otra, con la Masonería. Hubo quien fue más lejos todavía (Profesor J Scott Armstrong, Universidad de Pensilvania) y nos relacionó con el Rosacrucismo. Cuando exigimos pruebas fundadas ante tal acusación, el profesor contestó que no había necesidad de pruebas físicas pues resultaba notorio que éramos el arma ideológica de dicha sociedad secreta. Se nos señaló como cerebro y lírica de tan legendaria agrupación. Aparentemente nuestros escritos, idearios y poemas se delataban a sí mismos. No se nos llegó a acusar de asesinato.

Desde el inicio de nuestra andadura, nunca tuvimos la necesidad de visitar países como la India o especialmente Jordania. Siempre tuvimos claro que no se nos había perdido nada en el Gran Templo de Petra. Del calor excesivo y las aglomeraciones huimos como de la peste. Los países con altos índice de humedad nos parecen de muy mal gusto.

ESTAMENTOS I

Salchichas de Pollo siempre fue considerado como un compendio de anotaciones jeroglíficas, un quiero y no puedo. Hay estamentos, claro que los hay, y en su día hubo delegados de sección y agentes de campo. La burocracia se nos antoja imprescindible, es aire y oxígeno, generador de combustión de todas estas frases que suenan a devolución sin recibo. Nos gustan los procesos lentos, las interminables colas delante de cualquier ventanilla equivocada, las esperas en el dentista y los viajes organizados. Somos amantes de la comida en lata, de la sardina rancia y el vino fino. La exquisitez la encontramos en tarjetas de crédito. Nos gustan los juegos hipnóticos de la misma forma que a mucha gente le gusta el teatro de variedades. Somos adictos al colorante en las comidas, el arroz amarillo. Nos gusta responder a cartas que nunca recibimos, sobre todo si tenían que haber venido del extranjero. En la cocina somos de harina y pan rallao. En general las desgracias ajenas nos conmueven poco, muy poco

Monday, 17 October 2011

ACEITE DE OLIVA

En el plato quedan restos de ojo cansado, de mirada paulatina, y mientras tanto el fuego lo quema todo a excepción de un insulto refugiado en las paredes de un paréntesis. Anthony Match sigue sin escribir, Gloria bebe irritada. Llueven tropezones de desgana sobre una lata de atún abierta desde hace días y la sequedad es permanente

LA RUBIA DEL CELLO

Tenía la manía de no enamorarse nunca de mí. Se había enamorado de Roberto, dos veces, y había flirteado con Agus y sobre todo con Martín, al principio, pero nunca conmigo, independientemente de que tocase el piano, o de que el día de la invasión hubiese hecho de escudo humano para protegerla. Alba se sentaba en la baranda mientras nosotros bajábamos a la playa a jugar al beisbol. A mí me reprochaban que jugase con pantalones de pana. Los refrescos a Alba le gustaban bien fríos. Se ponía tres cubitos de hielo en cada vaso. Bebía soda y de cuando en cuando se levantaba y alargaba el cuello para vernos jugar. Cada vez que se levantaba yo la miraba por el rabillo del ojo desentendiéndome de la pelota, de mi equipo y del beisbol en general.

Nunca me habían dicho que fuese feo, o poco atractivo. Gloria había sido una de las muchas en el pueblo que aparentemente se habían enamorado de mí, especialmente cuando supieron que tocaba el piano y cuando me escucharon luego tocar en la iglesia, los sábados por la tarde. Nunca se ponían en primera fila, se sentaban en los bancos de en medio. A mí me halagaba como algo gracioso, como una cosquilla. Luego al salir de la iglesia me esperaban y yo les hablaba de Rachmaninov y Schubert. Ellas me escuchaban con ojos de lejanía, como si les estuviese hablando una voz de otro planeta. Les hablaba de Viena, de Salzburgo, de los planes que tenía, y ellas hacían fuerza con la mirada para que las llevase conmigo, o para que por lo menos me lo planteara.

Franklin había sido tildado de americanista, de yankee, cuando propuso lo del beisbol. Lo único que sabíamos era lo que habíamos visto por la tele, que un equipo bateaba y el otro lanzaba. Franklin no sabía mucho más, pero un día decidió que había llegado la hora de evolucionar, de dar un cambio. Habíamos jugado demasiado fútbol, nadie iba a progresar o hacerse peor. Habíamos alcanzado la cumbre de nuestras limitaciones y de ahí al dichoso libro que le enviaron por correo, las reglas del beisbol.

Estábamos en ese pueblo, en ese lugar, porque habíamos recibido una tarea. Nos encontrábamos en lugar fronterizo, pronto habría una guerra. Había muchísimo militar y nosotros pretendíamos estar ahí para avisar de cuando viniese el enemigo, por frecuencias, radio, ondas, llamadas grabadas. En realidad estábamos allí para ayudar al enemigo. La duda residía en la posibilidad de que poco a poco nos fuésemos enamorando de las gentes del pueblo y se tambalea todo el compromiso ideológico.

Para mí, más que la guerra, era la tragedia del amor por lo ajeno, la falta de reciprocidad, la injusticia del azar. Me preguntaba por las razones por las que un hombre llegaba a querer a una mujer que no correspondía, a esa mujer que era ajena, la mujer de mi amigo. Mi amigo que en la otra vida ejercía de arquitecto profesional, encargos de alto orden, y ella que quería aprender a tocar el cello, y de ahí que viniese a la iglesia. Yo siempre le hablaba de aquella película de James Bond y aquella chica rubia con el cello, el descenso. A mí por aquellos días no me pasaba gran cosa, en la casa se estaba bien.

Saturday, 15 October 2011

XXXII ANIVERSARIO SALCHICHAS DE POLLO

Hoy es el XXXII aniversario de esta santa entidad que llamamos Salchichas de Pollo y por ende, del extenso, selecto y perseguido grupo de personas que la formamos. Salchichas de Pollo nació cuando un joven francés llamado Olivier Beuseon llamó para contarme sobre las experiencias que sus tíos sufrieron cuando el ejército Nazi invadió París. Hoy estamos muy orgullosos de ser quiénes somos y de catalizar un movimiento que ha calado hondo en la sociedad franco-española (ver edición en francés). Con el tiempo hemos visto como distintos presidentes y consejos de ministros se nos acercaban buscando complicidad y propaganda que nunca vendimos barata. Hoy es el XXXII aniversario de Salchichas de Pollo y es por ello que hemos organizado un ágape en el salón del baile de la Puebla de Alfindén. El ágape dará comienzo a las seis de la tarde y será sucedido por un baile popular, carrera de cintas, campeonato de tiro de barra aragonesa, y ya para terminar, una chocolatada

Friday, 14 October 2011

BEIRUT (THE BAND)

El grupo se llama Beirut, la canción; The Rip Tide. Sentado en una de las mesas de la parte de atrás del Café Beyoglu, Murray divisa a Zach Condon cantar y tocar el metal de viento, el espasmo de charanga, todo demasiado compacto, demasiado música de final de algo, música que uno espera escuchar junto a las letras de crédito que suben hacia arriba tan deprisa que es imposible leer el nombre del segundo ayudante de realización. Parece una charanga culta y deprimida, un balanceo de alta mar, una escasez de esperanza. Dulce y mortal se le aparece aquel sonido a Murray. El paquete de cigarrillos turcos hace juego con la ginebra a palo seco y con las manchas de sudor en la parte interior del cuello de la camisa. Lo mismo la barba dura y seca, los granos de tanto sudar, la faja, el bombín, el rayo cósmico de la ultima puta y la ultima raya de cocaína, la honda profundidad en los bolsillos del pantalón de tela, el agujero extra hecho con bisturí en el cinturón de cuero marrón, antaño marrón, las similitudes de Murray y el paisaje, la música apocalíptica de Beirut, The Rip Tide, música para entierros de mariachis, sonido de pescuezo, melodía de cero, ni rojo ni negro

Thursday, 13 October 2011

AVATAR

Jordascum sentado en la silla, atado con correas, electrodos en el pecho conectados a un sistema informático creación del Dr Rasmussen llamado “Libélula”. El programa “Libélula” creado exclusivamente para fines militares, fines de lucro. Habían sentado a Jordascum cerca de la ventana desde donde se podía divisar el humo naciente de las bombas. El dolor de la guerra, el estirpe de cada explosión allá por el cordón del 58, el sufrimiento transferido por su novia ante la posible pérdida familiar, la preocupación, la impotencia del pincel y el lienzo, el agotamiento físico y mental, el compuesto químico que recorría sus vasos sanguíneos, todo influía de forma premeditada, todo estaba estudiado, todo formaba parte de un sistema estímulo respuesta que si aplicado en justa medida produciría el tesoro de las Minas del Rey Salomón. Hacía falta dar con la milésima que encajara en la exactitud, la centésima de milímetro que otorgase el equilibrio perfecto, las toneladas que reposaran en una centésima cúbica, el cuadro de Santa Fe, el camino a Sotheby’s y Christie’s y sobre todo la convicción de que aquello era sólo el principio.

El doctor Rasmussen se quejaba al General Castor de que la Gioconda no se pintó en cuatro días. Las bombas debían de caer más separadas, no a trompicones, tenían que sincronizar mejor el estímulo-respuesta, Jordascum empezaba a mostrar los mismos signos de inmunidad que mostraban las ratas. Aquellos pilotos alemanes no se lo tomaban a pecho. Bombardeaban por bombardear. Jordascum había conocido que la familia de su novia no había sufrido bajas, estaban todos bien, ella estaba más tranquila, el bombeo sanguíneo fruto del miedo estaba disminuyendo, aquellos bombardeos ya no cogían a nadie por sorpresa, hacía falta cambiar de táctica, cambiar de barrio, dejar caer alguna bomba en la Plaza de la Misericordia, si pudiera ser al mediodía, justo después de darle a Jordascum la segunda toma, justo ahora que estaba en mitad de un paisaje distante, ahora que se había entablado una guerra de colores en el lienzo.

La novia de Jordascum había crecido en la ciudad y antes que él había estado con dos novios. Había fingido estar preñada en una ocasión y sus inquietudes convergían en proyectos prácticos, en números capaces de pagar rentas, hipotecas y solares donde negociar. El amor no era un capricho sino una obligación, un puente que había que pasar si se querían alcanzar según qué metas. La chica sentía debilidad por su abuelo materno, antiguo pastor de ovejas y carnicero, veterano de guerra y contador de historias. Todavía apegada a su niñez, tiraba del carro de aquel pintor somnoliento, de aquel estado de premonición al que sabían sus labios cada vez que los besaba.

Por su parte el General Staublin no aceptaba que la culpa fuera de sus pilotos. El General nada sabía de pintura, tampoco preguntaba. No era general por gusto ni por vocación. Era una prostituta del ejército. Sus pilotos ejecutaban las órdenes con pulcritud y ciencia, no entendían de claroscuros ni emociones producidas por un color o por una enajenación. Bombardear al mediodía en la Plaza de la Misericordia sería suicida, dijo con voz firme. Si querían bombas al mediodía en la Plaza de la Misericordia que se lo pidieran a su propio ejército.

Wednesday, 12 October 2011

EL CORDÓN DE LA 58

En según qué zonas de la ciudad estaba terminantemente prohibido tirar bombas de racimo, sobre todo en cualquiera de las calles que componían el núcleo del barrio donde Jordascum pintaba composiciones modernistas en su estudio de Barrington Street. Un poco más allá del canal y sobre todo en cualquiera de los barrios del cordón de la 58, allí sí, ahí sí que se le había concedido permiso a la artillería enemiga para bombardear y no sólo con bombas de racimo sino también con cohetes “Skud” y similares. Del estudio donde Jordascum pintaba más de veinte horas diarias se esperaba un resultado transversal, algo que fuese más allá de la pintura, el resultado del proceso de una mente exhausta unida a la composición química que se le otorgaba por vía oral, sin prescripción médica y sin más cuidados que el temor que su novia parecía soportar. Se habían llevado las llaves de VW Golf y le habían suprimido cualquier tipo de complejo vitamínico. En la licuadora y dos veces al día, el Doctor Rasmussen le servía la dosis que en teoría tendría que acercarle a Rembrandt, Van Dick, Durero, Picasso y Botticelli. El general Sir Edmund Castor-Green había dado órdenes a su homologo Richard Staublin de bombardear sobre todo al mediodía, en toda la zona de la 58, justo donde la familia de la novia residía. La medicación del Doctor Rasmussen junto al dolor que la novia sufriría más el agotamiento en su grado justo y los rayos uva que se le aplicaban al pintor cada tres horas, formarían el caldo de cultivo perfecto para engendrar el cuadro de los mil millones. Pese a que el General Staublin no estaba seguro del proceso y menos del acuerdo alcanzado por aquella especie de mano invisible que tejía y destejía la guerra a su antojo, la corporación de los grandes almacenes, el señor Rohl, la señora Rohl, los marqueses del otro lado del charco, el cable de Rusia y los intereses árabes, imponían y decidían y donde mandaba patrón no mandaba marinero. A los pilotos se les daban las órdenes que se les daban sin tener que dar explicaciones a cambio. El señor Laprass y su ayudante Edmont Dupre habían sido contratados como técnicos y especialistas de campo. Se les había entregado la llave del apartamento contiguo al estudio y tenían la ardua y pesada tarea de escribir extensos y minuciosos informes cada vez que Jordascum ejecutaba una pincelada