I imagined people at breakfast, people who know each other intimately, probably a husband and a wife, speaking in unfinished sentences, in grunts, in coughs, as people do, particularly at that time of day. And I wondered what it would be like to sit down at that kind of dialogue, in which sentences are rarely completed and thoughts are rarely followed up and one person is not really listening closely to another. That’s all I had. And that’s when I began writing - Don Delillo
Wednesday, 8 February 2012
GUILLERMINA FOZ
El día en que Salchichas de Pollo fue denominada “Holding” y no mera agrupación intelectual fue el mismo que hizo falta nombrar un “Comité de Riego” para encarar los problemas de sequía que sufrían ciertas áreas del chalet en el que por aquel entonces convivíamos. Jesús Puente, lejos de formar parte del Comité de Riego y colaborar en la ardua tarea de hidratar el tejido, pregonaba a diestro y siniestro anunciando que la música era la única solución. El remedio físico era bula y careta de cartón, decía arropado por la sinergia que le otorgaba la botella de whisky de doce años que empuñaba. Hacía falta poner música, acercar altavoces a la parte trasera del chalet donde la tierra se agrietaba víctima de una sequía focal. Se subió a una roca y llamó a todo al mundo a que se le acercase. Eran las dos y media de la tarde. Nadie sabía a ciencia cierta si aquellas palabras las dictaba el alcohol o la locura. Todos los caminos conducían a Monk, gritaba a pulmón abierto. Todos los caminos conducían a Monk, mientras los técnicos de riego se arremolinaban a sus pies. Jesús Puente se convertía en estatua viviente, en orador de malta. Todos los caminos conducían al único maestro capaz de tocar las teclas del piano a la inversa, tocar hacia atrás aunque la melodía fuese hacia delante. Con los dedos secos como la tierra, aplastaba notas con la única intención de deshacer la nota en cada quejido, de quitarle la capucha a la canción. Cada vez que Monk tocaba les sacaba guisantes a las teclas, decía un Jesús Puente más apasionado que de costumbre. Los moros se habían equivocado con aquello del regadío y los canales y el ajedrez. Todos los caminos conducían a Monk, decía mientras que por el rabillo del ojo admiraba de forma intermitente las interminables piernas de la nueva becaria, Guillermina Foz, natural de Lanzarote, tierra de fuego
Monday, 6 February 2012
TAMBIÉN TENÍA SUEÑOS PEQUEÑOS
En sus sueños más alocados John Lennon se peinaba a raya y Marifé de Triana hacía el tonto subida a un caballo de madera. No aparecían juntos en el sueño. Le gustaba extrapolarlo todo, sobre todo las fantasías aquellas que se le aparecían sin razón aparente. La guerra siempre sucedía por la tarde, de buena mañana los muchachos limpiaban cañones y las mujeres planchaban los trajes a los alféreces. Había quien se mojaba el pelo antes de la batalla. También tenía sueños pequeños e incluso sueños medianos. En sus sueños más pequeños se veía a sí mismo de bebé, jugando al ajedrez, en pañales. En los sueños medianos perdía los zapatos por el hueco que quedaba entre los peldaños de las escaleras de la Torre Eiffel. Los zapatos caían muy poco a poco, desde lo alto de la torre, balanceándose en el aire como si fueran plumas, como hojas de árbol platanero. Se balanceaban durante horas hasta que por fin aterrizaban en las aguas del Sena. Yo lo veía todo desde las escaleras frías, metálicas, sentado de rodillas, con los ojos tapados por el vértigo que me daba el viento en la cara
MANERAS DE VIVIR
Nos habían llamado de una radio en pleno Alvarado Park, en Albuquerque, y se nos había pedido con claridad y diligencia, que colaborásemos en el programa collage que hacían los martes por la noche para que narrásemos en primera persona y ante toda la audiencia Nuevo Mexicana lo que había significado para muchos de nosotros el descubrimiento en 1981, de la canción Maneras de Vivir, incluida en el álbum “En Vivo” del grupo Leño. A toda la gente que forma parte de este movimiento de masas que es Salchichas de Pollo, opinar así por opinar siempre nos ha gustado mucho. Tanto Juanjo Bautista como Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano comían ganchitos de queso acercando las barbas al micrófono de la emisora independiente que dirigía Manuel “Culebra” González. La tarde previa a la grabación la pasamos en el frontón que habían construido en lo que antes había sido el Parque de la Cordialidad. El frontón había sido cosa de petición popular, nos dijeron en la radio. Después del programa, tanto Cárdenas Solórzano como un servidor tuvimos muy pocas ganas de irnos a la cama. Se establecieron dos grupos; uno de retirada y otro de continuación. Los chicos de la emisora consiguieron varias botellas de vino dulce y juntos la emprendimos hacia aquella explanada que llamaban la puerta del desierto. Una vez allí, seguimos hablando de Rosendo y su Maneras de Vivir. A las 3:15 de la noche Cárdenas Solórzano llevó a cabo el mejor y más original comentario al respecto. Los chicos de la emisora le reprocharon que no hubiese tenido semejante ocurrencia en antena. El viaje de vuelta a casa fue de lo más placentero. Pudimos avistar ballenas espermáticas y delfines de gran plasticidad. Juanjo Bautista no se quitó los auriculares ni para mear
Sunday, 5 February 2012
THE HOURS
Si no era por el celofán, joder, ni por lo otro. Era esa manía que tenía de rascarse a deshoras, sin que hiciera falta, el picor mental, las pocas ganas de bajar abajo y poner la mesa, sacar los platos de la vajilla antigua, la del arreglo floral incrustado que tanto le recordaba a la casa de campo en los años cuarenta, aquel semi feudalismo donde todo se metía en conserva, la leche con nata, el pan duro, las montañas de trigo. Se rascaba como respuesta a estímulos externos. Se rascaba como para defenderse de sí misma. Según el estímulo, según la frase que el joven Jonathan hubiese recitado o según el mensaje, si tuviese que ver con un pago o con una cita, ella se rascaba en el hombro o en la espinilla. Cuando se rascaba en la espinilla, primero se bajaba el calcetín. Se sentaba en cualquier sitio, en el bordillo de una acera, sobre el borde de una fuente, y doblaba la pierna acercándose el pie. A veces se rascaba porque había levantado la vista y descubierto una chimenea en el momento preciso cuando comenzaba a vomitar humo. Otras se rascaba porque el semáforo había cambiado mientras cruzaba o porque en una peluquería habían encendido un secador justo cuando iba a preguntar la hora. Se rascaba como se rascaría una mosca. También fumaba por fumar, y veraneaba en la costa cada primera quincena de cada mes de Agosto, sin ganas pero sin reparos, dejándose llevar por la cuesta abajo y el bocadillo previsible, las tortillas de claroscuros, la sonrisa de Erica, el Don Juan jugando a las sombras chinescas. Matilde era muy friolera. Se ponía vaqueros y jersey encima del pijama. Tenía un jersey de lana a rayas que según ella se agrandaba a las dos horas de haberlo llevado puesto. Luego lo guardaba en el cajón y al día siguiente había menguado milagrosamente. A Matilde le gustaba pensar en voz alta
Sunday, 29 January 2012
CLAROSCURO Y BARRABÁS
Me soplaba en el pescuezo, yo con el pelo recién cortado a maquinilla, me pasaba la yema de sus dedos y la sonrisa se me amortajaba, me salía moho, los dientes se me volvían pan duro. El trabajo y los días que aquí transcurren como si fuera aliento en bolsa de papel, llave y enfermedad. Bruno cronometraba el ciclo que tardaba la lavadora secadora, los pijamas a rayas recién tendidos, el arte en sus huesos. Por aquellos días en aquella parte del edificio, en los tres primeros pisos, se disertaban los atardeceres con sardinas en lata y vino tinto y dolor de muelas. Ella que me roza con sus labios y las tarantas y los tanguitos se trasladan a vivir al campo. Ella que tantas veces apuesta al rojo, par, con leche y sin mano izquierda. Ella que de cuando en cuando estaba hecha de barro seco. La nuez por la que se me arrastra la saliva cuando a las once de la noche suena el teléfono en el piso de abajo, en el mueble donde no hay teléfono, donde René y Max siguen con esa manía de no conocerse, con chaquetas de lana verde y trajes de alpaca, enrabietados con el sonido que produce cada gota cuando se suicida desde lo más alto del grifo oxidado. Antoine y Desiré ponían discos de Clarinda Jones y de los Sweet Tenants, y era sobre todo en la tercera canción del segundo disco, cuando el solo de saxofón irrumpía después del ninguneo de piano, cuando la melodía frenaba en seco, era entonces que Antoine le hacía escribir a Desiré en un papel cuadriculado, la descripción sentimental que le producía la irrupción de aquel saxofón, exactamente a las cuatro de la tarde de cada martes y jueves. El experimento duraría tres meses y medio. La finalidad era encontrar la cura contra el dolor que suponía esa especie de muerte que siempre sucedía después del mediodía, cuando los garbanzos pesaban en el estómago y cuando se seguía sin noticias de Mari Ángeles y el bebé y aquella pila de facturas sin pagar. Habría que encomendarse a Mallarme, había sugerido René, un poco más de este lado de las cosas, sin echar nada de menos, sin hacer mención de la posguerra ni de la balística ni de los recuerdos que le traía el sonido de la brisa atlántica
Tuesday, 17 January 2012
EL MARISCO, SIN COMPARACIÓN
Las gacetas de lo acuario, el término que se corroe sólo de ser pensado
Ella que venía como fibra de pelo ondulado, como síntoma de elemento obtuso
La inocencia de sus llamadas parecía estar programada, como sopa de rancho, como perro faldero
Se ajustaban cuentas en locales del sur del puerto, la bocanada negra, el mestizaje que armonizaba
Colgado en las cuerdas de tendederos. Se apostaba la gente sin camisa y sin estribo
A veces uno se pone a pensar en la incongruencia de algunas islas del pacifico, en el estado de semi
Dormidera en el que se encuentra el amanecer color pardo, el tigre y la hiena, los caramelos de menta
A sabiendas de que las cosas no acaban, de la permanencia del tiempo y el movimiento circular
La luna que sabe a paquete de ganchitos naranjas, a culebra de esparto y Martín pescador
Los camiones cargados de troncos pasan por delante de la gasolinera sin dejar rastro ni saliva
Ay de mí que levito en mi encierro! Ay de mi que a través de los barrotes negros, en la torre del oro, donde
La tierra está hueca de túneles y donde la ausencia de gritos y tormentos encandila las pausas, ciertos momentos
Ella que venía como fibra de pelo ondulado, como síntoma de elemento obtuso
La inocencia de sus llamadas parecía estar programada, como sopa de rancho, como perro faldero
Se ajustaban cuentas en locales del sur del puerto, la bocanada negra, el mestizaje que armonizaba
Colgado en las cuerdas de tendederos. Se apostaba la gente sin camisa y sin estribo
A veces uno se pone a pensar en la incongruencia de algunas islas del pacifico, en el estado de semi
Dormidera en el que se encuentra el amanecer color pardo, el tigre y la hiena, los caramelos de menta
A sabiendas de que las cosas no acaban, de la permanencia del tiempo y el movimiento circular
La luna que sabe a paquete de ganchitos naranjas, a culebra de esparto y Martín pescador
Los camiones cargados de troncos pasan por delante de la gasolinera sin dejar rastro ni saliva
Ay de mí que levito en mi encierro! Ay de mi que a través de los barrotes negros, en la torre del oro, donde
La tierra está hueca de túneles y donde la ausencia de gritos y tormentos encandila las pausas, ciertos momentos
Monday, 9 January 2012
BESOS SÍSMICOS
Se besaban sin parar. Se sentaban en el parque, hacían picnics y luego se besaban hasta que el beso hacía daño, hasta que la fricción labial terminaba produciendo movimientos sísmicos. El labio superior de ella se metía debajo del labio inferior de él y así pasaba que el puente colgante de San Francisco se partía por la mitad
LAYLA BY ERIC CLAPTON AND WYNTON MARSALIS
Hacía falta intervenir bancos y apagar incendios de la misma manera que hacía falta escuchar a Eric Clapton tocando Layla con Wynton Marsalis. Más lo último que lo primero. Hacían falta vacunas para enfermedades terminales tanto como hacía falta escuchar aquel solo de trompeta que desafinaba queriendo, ya en la segunda parte, cuando rompía la melodía a sus anchas para luego volverla a construir en el momento más inesperado, cuando el edificio se venía abajo y a punto estaba de golpear el suelo, en el último segundo del sueño de una vida que luego resultaban ser más vidas. Luego el compás se frena y se convierte en Nueva Orleans, cuando Eric Clapton y Wynton Marsalis se miran sin mirarse, balanceando sus cuerpos a cámara lenta, al compas de una música que deriva cada dos por tres, que produce tsunamis por asociación, que quita vidas lo mismo que las da, que desatasca semáforos en verde y que ilumina ciudades de cemento armado
EL TELEPÁTICO PODER DE LA CARNE AHUMADA
Los zapatos en el trastero y la casa por barrer, decía nuestra santa abuela quien solía sentarse en el corral, en la silla de mimbre, a pelar judías verdes. Luego por las tardes jugábamos a la Fuga de Logan y ya a la noche comíamos bocadillos de Nocilla con jamón de york. Nunca jugábamos al Señor de los Anillos ya que por aquel entonces desconocíamos la existencia de semejante trilogía. Jugábamos a indios y vaqueros, a vacas, a pie tute re-tute, y de todo aquello nos viene ahora esta aprensión por la comida enlatada, por la ensalada de frutas y los tentempiés de agosto, léase el gazpacho de Huelva, el salvoconducto tropical, el mordisco del pez mesa-camilla. Solíamos llamarnos usando nuestros nombres de pila. Hablábamos en voz alta y se nos clavaban astillas en el dedo pulgar. Nos manteníamos ajenos a cualquier tipo de alimento que hubiese sido embadurnado en mahonesa. No nos gustaba que el pimiento rozase con la chuleta o que las noches de agosto vinieran sin pelar. Ahora miramos hacia adelante y pensamos sin más remedio en gente como Cesar Vallejo, en el Obispo Elías y en toda la puta madre que parió al cordero
CARTAS AL LECTOR
Querido lector J Danubio:
Creemos que no estaría de más que tanto usted como su señora esposa, se dejarán de tanta mentira y tanta parafernalia, y se dijeran a la cara lo muy poco que se quieren. A día de hoy, no hay más que verle la facha a uno; La desgana paulatina con la que se sube usted al autobús 35 cada vez que la oficina lo socorre de ese tun tun que unos llaman “el día a día” y que en Salchichas de Pollo llamamos “la vida corriente”. Ni usted ni su señora esposa son dignos del espacio sentimental que se les ofreció. No olvidamos ni podremos olvidar nunca que hubo firmas de precontratos, hubo contratos, facturas pro-forma y hubo incluso la afiliación a la agrupación vecinal de rigor y al club deportivo donde tantas veces su mujer pasó las tardes tirando al plato.
No es que no se quieran, eso lo entendemos. Ni tampoco es lo otro, aquello del paso del tiempo, la despolarización de las cenizas de la pasión, la pérdida de fuelle, no. No es eso como tampoco es la falta de inventiva, las tardes de sesión de cine en la Calle Cervantes con la posterior chocolatada, la copa de champán, el pacharán, el paseo por la Gran Vía, juntos de la mano por la calle tal y la calle cual, no, no es eso. Es sobre todo lo otro. El desajuste de cuentas, los navajazos que los dos habéis estado dándole a la memoria de una historia de amor, el esperpento cada vez que compartís mesa, cada vez que el uno le pide al otro que parta el pan, que le acerque el salero, que le de una de esas pastillas para el sarampión. Es sobre todo el intento de nadar contracorriente, la frívola y parda subestimación al dolor, al garabato en el mantel, la rotura de ligamentos en el corazón.
Querido lector J Danubio: Lamentamos que después de tanto tiempo todavía le sobre la vergüenza torera a la hora de pedir perdón, de admitir la derrota, cuando a los perros ya no les quedan garrapatas que rascarse
Querido lector J Danubio: Pídase usted una tónica Schweppes, ande, amanse a las fieras de una manera u otra, dedique las tardes a dejar pasar el atardecer, desproporcione la compra de pescado fresco, enróquese en su voz de sumisión, en las camisas de cuadros que a usted tanto le gusta vestir, en el sofrito de tomate crónico, en los fines de semana sin Dios. Oblíguese a desobligarse de tanto frio en los huesos
Creemos que no estaría de más que tanto usted como su señora esposa, se dejarán de tanta mentira y tanta parafernalia, y se dijeran a la cara lo muy poco que se quieren. A día de hoy, no hay más que verle la facha a uno; La desgana paulatina con la que se sube usted al autobús 35 cada vez que la oficina lo socorre de ese tun tun que unos llaman “el día a día” y que en Salchichas de Pollo llamamos “la vida corriente”. Ni usted ni su señora esposa son dignos del espacio sentimental que se les ofreció. No olvidamos ni podremos olvidar nunca que hubo firmas de precontratos, hubo contratos, facturas pro-forma y hubo incluso la afiliación a la agrupación vecinal de rigor y al club deportivo donde tantas veces su mujer pasó las tardes tirando al plato.
No es que no se quieran, eso lo entendemos. Ni tampoco es lo otro, aquello del paso del tiempo, la despolarización de las cenizas de la pasión, la pérdida de fuelle, no. No es eso como tampoco es la falta de inventiva, las tardes de sesión de cine en la Calle Cervantes con la posterior chocolatada, la copa de champán, el pacharán, el paseo por la Gran Vía, juntos de la mano por la calle tal y la calle cual, no, no es eso. Es sobre todo lo otro. El desajuste de cuentas, los navajazos que los dos habéis estado dándole a la memoria de una historia de amor, el esperpento cada vez que compartís mesa, cada vez que el uno le pide al otro que parta el pan, que le acerque el salero, que le de una de esas pastillas para el sarampión. Es sobre todo el intento de nadar contracorriente, la frívola y parda subestimación al dolor, al garabato en el mantel, la rotura de ligamentos en el corazón.
Querido lector J Danubio: Lamentamos que después de tanto tiempo todavía le sobre la vergüenza torera a la hora de pedir perdón, de admitir la derrota, cuando a los perros ya no les quedan garrapatas que rascarse
Querido lector J Danubio: Pídase usted una tónica Schweppes, ande, amanse a las fieras de una manera u otra, dedique las tardes a dejar pasar el atardecer, desproporcione la compra de pescado fresco, enróquese en su voz de sumisión, en las camisas de cuadros que a usted tanto le gusta vestir, en el sofrito de tomate crónico, en los fines de semana sin Dios. Oblíguese a desobligarse de tanto frio en los huesos
El 100
Artículo número 100 de Salchichas de Pollo
Hoy llegamos al 100, nada más que al 100. Atrás hemos dejado noches de abstención, cantimploras vacías en el desierto del Yemen y lustros de grandeza. Pese a que nos consideramos un movimiento taurino y a la vez plural, no se nos ocurre mejor manera de festejar este artículo número 100 que con una canción que para nosotros representa el pasado, presente y futuro de esta bendita organización
EL ORANGUTÁN
El orangutan y la orangutana
el orangutan y la orangutana
ESTABA EL ORANGUTAN MESIENDOSE EN UNA RAMA
ESTABA EL ORANGUTAN MESIENDOSE EN UNA RAMA
Y PASO LA ORANGUTANA COMIENDOSE UNA BANANA
el orangutan y la orangutana
el orangutan y la orangutana
DE PRONTO EL ORANGUTAN LE DIJO A LA ORANGUTANA
DE PRONTO EL ORANGUTAN LE DIJO A LA ORANGUTANA
TERMINA YA TU BANANA TE INVITO A PASEAR EN LEANA
el orangutan y la orangutana
el orangutan y la orangutana
el orangutan y la orangutana
el orangutan y la orangutana
SE FUERON A BASILAR AL BAR DE LA MONA JUANA
SE FUERON A BASILAR AL BAR DE LA MONA JUANA
Y ENTRE COCOS Y JARANAS VOLVIERON POR LA MAÑANA
el orangutan y la orangutana
el orangutan y la orangutana
CALLOSE EL ORANGUTAN RENDIDO SOBRE LA RAMA
CALLOSE EL ORANGUTAN RENDIDO SOBRE LA RAMA
Y LA POBRE ORANGUTANA LOS PIES EN LA PALANGANA
el orangutan y la orangutana
el orangutan y la orangutana
Salchichas de Pollo Copyright 2012
Hoy llegamos al 100, nada más que al 100. Atrás hemos dejado noches de abstención, cantimploras vacías en el desierto del Yemen y lustros de grandeza. Pese a que nos consideramos un movimiento taurino y a la vez plural, no se nos ocurre mejor manera de festejar este artículo número 100 que con una canción que para nosotros representa el pasado, presente y futuro de esta bendita organización
EL ORANGUTÁN
El orangutan y la orangutana
el orangutan y la orangutana
ESTABA EL ORANGUTAN MESIENDOSE EN UNA RAMA
ESTABA EL ORANGUTAN MESIENDOSE EN UNA RAMA
Y PASO LA ORANGUTANA COMIENDOSE UNA BANANA
el orangutan y la orangutana
el orangutan y la orangutana
DE PRONTO EL ORANGUTAN LE DIJO A LA ORANGUTANA
DE PRONTO EL ORANGUTAN LE DIJO A LA ORANGUTANA
TERMINA YA TU BANANA TE INVITO A PASEAR EN LEANA
el orangutan y la orangutana
el orangutan y la orangutana
el orangutan y la orangutana
el orangutan y la orangutana
SE FUERON A BASILAR AL BAR DE LA MONA JUANA
SE FUERON A BASILAR AL BAR DE LA MONA JUANA
Y ENTRE COCOS Y JARANAS VOLVIERON POR LA MAÑANA
el orangutan y la orangutana
el orangutan y la orangutana
CALLOSE EL ORANGUTAN RENDIDO SOBRE LA RAMA
CALLOSE EL ORANGUTAN RENDIDO SOBRE LA RAMA
Y LA POBRE ORANGUTANA LOS PIES EN LA PALANGANA
el orangutan y la orangutana
el orangutan y la orangutana
Salchichas de Pollo Copyright 2012
FE DE ERRATAS
Fe de erratas 1174 / b
Fe de erratas concerniente al artículo 99
Tómese nota de que donde dice “antimateria literaria” debe decir “materia oscura literaria”
Fe de erratas concerniente al artículo 99
Tómese nota de que donde dice “antimateria literaria” debe decir “materia oscura literaria”
Sunday, 8 January 2012
TRASLADO INMINENTE
Con la presente anunciamos el traslado del gabinete central de Salchichas de Pollo a la Gran Manzana. A partir del 15 de Febrero los HQ de Salchichas de Pollo tendrán sede en el 282 de Hudson Street. El motivo del traslado atiende a razones teóricas. Desde hace meses, el núcleo duro del equipo que formamos esta entidad, hemos estado trabajando intensamente en aquello que llamamos la anti-materia de la literatura. Las dinámicas particulares del individuo como estructura y argumento de la obra. Nos encontramos en proceso de producción de la que ha de convertirse en la primera novela hecha principalmente a base de antimateria literaria. Ponemos énfasis en las causas que llevan a los personajes a anteponer la pierna derecha a la pierna izquierda en un determinado momento. Nos interesa plasmar la elección inconsciente que lleva a cualquier personaje a mover ligeramente el codo, a tocarse una ceja. No sólo nos interesa saber por qué se toca la ceja sino sobre todo por qué se toca la ceja en ese preciso instante, en esa fracción de segundo, no ya en la vida real sino en la ficción, en la novela. Es por ello que nos mudamos a Nueva York y más en concreto a Hudson Street. Por la antimateria literaria y por la inmensa devoción que profesamos hacia la figura de James Brown.
Wednesday, 4 January 2012
PRODUCTOS DE BELLEZA L’OREAL
Tenía voz de café con leche y run run eléctrico
Dejaba las palabras en un reposacabezas de plástico
Ella tan pan para hoy y hambre para mañana y
Yo vendiendo duros a cuatro pesetas
Yo con esta cara de esguince de tobillo
Mueca de solar malvendido, Mar de los Sargazos sin permiso
Ni chicles de fresa ácida ni dolor de garganta
Ella tan y yo tan poco
Dejaba las palabras en un reposacabezas de plástico
Ella tan pan para hoy y hambre para mañana y
Yo vendiendo duros a cuatro pesetas
Yo con esta cara de esguince de tobillo
Mueca de solar malvendido, Mar de los Sargazos sin permiso
Ni chicles de fresa ácida ni dolor de garganta
Ella tan y yo tan poco
Saturday, 31 December 2011
PELADURA DE CANCIÓN DE INVIERNO
Si no fuera porque tienes párpados de sidral y labios de regaliz
Hoy mismo te dejaba, al galope, apretando la entrepierna
Y si no fuera porque no sabes pronunciar según qué palabras
Hoy mismo te dejaba, por ser tan rubia y tan estática
Y si no fuera porque de a ratos te huele el aliento y si no
Fuera porque la saliva de tu boca, con cuentagotas
Hoy mismo te dejaba, por dejar algo, por la mecánica de las cosas
Y si no fuera porque miras con ojos de cortina, porque subrayas los pasos que das
Y si no fuera porque hasta la tapa del wáter se ruboriza cuando tu culo blanco y pecoso
Y si no fuera por esa extraña manera con la que te agrandas y si no fuera
Porque uno anda solo y sin nada mejor qué hacer
Hoy mismo te dejaba
Hoy mismo te dejaba, al galope, apretando la entrepierna
Y si no fuera porque no sabes pronunciar según qué palabras
Hoy mismo te dejaba, por ser tan rubia y tan estática
Y si no fuera porque de a ratos te huele el aliento y si no
Fuera porque la saliva de tu boca, con cuentagotas
Hoy mismo te dejaba, por dejar algo, por la mecánica de las cosas
Y si no fuera porque miras con ojos de cortina, porque subrayas los pasos que das
Y si no fuera porque hasta la tapa del wáter se ruboriza cuando tu culo blanco y pecoso
Y si no fuera por esa extraña manera con la que te agrandas y si no fuera
Porque uno anda solo y sin nada mejor qué hacer
Hoy mismo te dejaba
Thursday, 29 December 2011
TARDES CON TERESA (BACHARACH RUMANÍA)
Resulta que llevaba mal aquello de ser vecino de Ana Obregón y Jeremías Johnson, la una tan distanciada del otro, modelo, cantante, escritora, presentadora de televisión, vedette, y luego por otro lado Jeremías y su casa de madera en las montañas de Yellowstone. Ambos se habían mudado al edificio en el que vivía el camarero del Bar Bacharach, en el piso tercero del viejo inmueble de la Calle los Escolásticos, en el barrio de la Química. El hombre había coincidido con ambos y les comentaba acerca de su nuevo proyecto, montar otro Bacharach a las faldas de los Cárpatos, en Rumanía. Llevar el mobiliario no sería un problema, la logística si no llevaba prisa saldría barata. Los camareros al igual que la música serían importados. Jeremías se ofreció para ayudar con el trabajo de albañilería. Ana Obregón no podría acudir, tenía citas varias con un dentista de Bilbao. El camarero del Bacharach dudaba si en Rumanía habría hora límite para cerrar el local. En Zaragoza le resultaba difícil echar a la gente. El carácter del hombre del Cárpato sería distinto, más comprensivo, menos embriagador, más dubitativo si se quería. Ana Obregón y Jeremías Johnson habían solicitado ambos una tostadora. Ninguno de los dos tenía. Habían llamado a la puerta del piso del camarero del Bacharach demandando que si fuera posible, como amigos, en tono jocoso, que bueno, una tostadora serviría de puente al mordisco. El camarero del Bacharach y pese a no tener mucho pelo, decidió prestarles no solo una tostadora sino también pan, mantequilla y mermelada de frambuesa. Bien mirado que pasaran dentro y él mismo les preparaba las tostadas, estaba acostumbrado a servir. Una vez que los tuvo sentados les sacó el plano del local a construir a pies de los Cárpatos. Quería saber su opinión. Lo había recibido esa misma mañana, por envío urgente. El arquitecto se había disculpado por no acudir en persona. Amablemente había mandado un dvd en el que aparecía él mismo, sentado a su mesa, con el plano, explicando por partes las secuencias del mismo, los porqués y los cómos de cada partición, de cada puerta, de cada peldaño. A Ana Obregón le hacía gracia que Jeremías Johnson llevase la camisa que llevaba en ese momento, con la de oferta que había. También le hacía gracia la manera con la que masticaba la tostada con mermelada, acercándose de cuando en cuando los dedos a ras de los labios, con una delicadeza teatral y exquisita
Saturday, 24 December 2011
CENA DE NAVIDAD
Salchichas de Pollo no quiso faltar a la historia y el pasado miércoles 21 de Diciembre celebró la consagrada Cena de Empresa de Navidad.
El alimento se nos atragantaba, sobre todo a un servidor. Se sirvieron mollejas en el Texas donde la ilustre camarera quiso que experimentásemos, a través del tacto, el gran poder helador que conservan sus antiguas cámaras frigoríficas. Bodegas Almau nos ofreció mucho desamparo y poca unidad de criterios, tal vez lo mejor del invierno. En el 9 Bis de Bez se nos unieron los whiskys que hasta entonces habían sido ninguneados, y el grupo quedó ampliado con la bendita presencia de Nacho "Mano de Piedra Durán" y Raquel Azpeitia Bogarde, diseñadora de interiores y artesana de la madera. Uno de los muchos puntos desalgidos de la noche fue la llegada y permanencia en el Bar Bacharach donde se sirvieron más licores y Coca Colas y donde incrédulos presenciamos la aparición, caminando entre las aguas, del legendario Thelonius Monk. Thelonius, a pesar de no ser negro, no quiso beberse una segunda cerveza. El dueño del bar, Pierre de La Cosima(componente de La Costa Brava), me dijo estar muy influenciado por otro Pierre, Pierre MacEwan, natural de la Isla de Skye, Escocia. Allí se ve que bucean a pulmón abierto, sin oxígeno, me comentó a la vez que nos apremiaba a abandonar el local.
Luego hubo un taxi y hubo a su vez una deserción de Raquel Monk y Thelonius Azpeitia y hubo a su vez un bar con aspecto de puticlub donde se nos desaconsejó según qué peticiones y donde se nos adelantó una paga extra en forma de abandono. Hubo otra carrera y hubo otro bar donde se presenció el estado de gracia de una chica y un chupito y luego ya no hubo nada.
El alimento se nos atragantaba, sobre todo a un servidor. Se sirvieron mollejas en el Texas donde la ilustre camarera quiso que experimentásemos, a través del tacto, el gran poder helador que conservan sus antiguas cámaras frigoríficas. Bodegas Almau nos ofreció mucho desamparo y poca unidad de criterios, tal vez lo mejor del invierno. En el 9 Bis de Bez se nos unieron los whiskys que hasta entonces habían sido ninguneados, y el grupo quedó ampliado con la bendita presencia de Nacho "Mano de Piedra Durán" y Raquel Azpeitia Bogarde, diseñadora de interiores y artesana de la madera. Uno de los muchos puntos desalgidos de la noche fue la llegada y permanencia en el Bar Bacharach donde se sirvieron más licores y Coca Colas y donde incrédulos presenciamos la aparición, caminando entre las aguas, del legendario Thelonius Monk. Thelonius, a pesar de no ser negro, no quiso beberse una segunda cerveza. El dueño del bar, Pierre de La Cosima(componente de La Costa Brava), me dijo estar muy influenciado por otro Pierre, Pierre MacEwan, natural de la Isla de Skye, Escocia. Allí se ve que bucean a pulmón abierto, sin oxígeno, me comentó a la vez que nos apremiaba a abandonar el local.
Luego hubo un taxi y hubo a su vez una deserción de Raquel Monk y Thelonius Azpeitia y hubo a su vez un bar con aspecto de puticlub donde se nos desaconsejó según qué peticiones y donde se nos adelantó una paga extra en forma de abandono. Hubo otra carrera y hubo otro bar donde se presenció el estado de gracia de una chica y un chupito y luego ya no hubo nada.
Friday, 23 December 2011
NUEVA INCORPORACIÓN
Con motivo del sorteo de nuestra particular Lotería de Navidad, el Consejo y sus secuaces, inclúyase se lo ruego a parte de la Sub-Dirección de Salchichas de Pollo, damos la bienvenida al señor Álvaro Estallo Gavín, Palma del Río, Huelva, 1945. Sin ser licenciado ni tener una robusta carrera a sus espaldas, sin haber figurado jamás en la lista de nombres que alguna vez han aparecido como colaboradores en cualquiera de los periódicos más importantes del país, Álvaro Estallo pasa a formar parte de la nómina de escribas de esta bendita casa. Uno de los principales motivos de la contratación es su marcado acento andaluz y en menor medida el profundo conocimiento que tiene sobre la España rica de los años 50, el hotel Ritz, Ava Gardner, Manolete, Chicote, el Marqués de Espinosa, los Dry-Martini, el Grupo de Toledo… etc. Gastrónomo por excelencia, playboy de segunda, el señor Estallo desarrollará labores de corrección en el departamento científico del grupo. Como condición para la contratación se le ha rogado que se abstenga de venir a trabajar con el abrigo de visón que a él tanto le gusta
Thursday, 24 November 2011
LA URBE
El sistema nos venía grande. Tanto Alicia como Bartolomé como Jasek Prudome habían encontrado dificultades a la hora de elegir. Habían escrito cartas al Consejo con la esperanza de que alguien pudiera compartir las nuevas ideas que para el grupo se antojaban necesarias. El Consejo tenía todo programado. El Sistema preveía estos intentos de anticipación. Sentados en la mesa de la taberna que había a las afueras del conglomerado, los tres personajes se dejaban encender por el sabor de la cerveza tibia. El puente que cruzaba a la ciudad había sido despejado. Cientos de metros de profundidad descendían debajo de la piedra por la que durante el día pasaban los caballos, burros y carretas de los mercaderes. Se vendía plástico en la ciudad, se vendía aluminio y poliespan en la urbe de cristal y acero. Alicia hubiese preferido que alguien de los de adentro modificase su código. Las opciones que el sistema le brindaba no le parecían lo suficientemente atractivas. La relación de pareja, la elección sobre el número de hijos a tener, el trabajo a desempeñar, el nombre y colegio de cada niño, las novias y novios que tendrían llegada la adolescencia, los problemas a solventar, la forma de solventarlos, la casa sin jardín en el campo, el segundo coche, el ático por construir, las inundaciones en el corazón, el incendio en la garganta
Tuesday, 22 November 2011
DESECHO DE CAPÍTULO 10
CAPÍTULO 10
La dejadez insospechada que barruntaba detrás de sus ojos, la escasez de adrenalina en sus peticiones de sexo sin ardor cuando el otoño apogeaba en el mes de octubre. A Carla le gustaba dejar la ventana del dormitorio abierta, le gustaba pasar frío en la cama. Martin había desarrollado un gusto por agarrar objetos que habían sido apretados recientemente por la mano de Carla y que todavía conservaban parte del calor humano transferido. Le gustaba coger las llaves del piso una vez que ella había abierto la puerta y las había dejado en el estante de la entrada. Sin que se diese cuenta, volvía al pasillo y se acercaba hasta el jarrón.
La noticia del día no había sido el ataque frontal que por vez primera había sido admitido, el reguero de casquillos y el eco de las explosiones, el olor a mortero y sangre humana. La noticia del día, decía Carla, era aquel presentador, Brandon Silver, de la segunda cadena. La lotería se mantenía como guía espiritual para muchos. También para los que rezaban y se confesaban semanalmente. No hacía falta llevar chaleco o pantalones de pinza. No hacía falta que se usaran licuadoras, que no se abusara de la comida con sal. La lotería unía religiones y maneras de ser. Unificaba objetivos y promulgaba la verdad. Brandon Silver tenía coche y vivía en una casa con jardín. Tenía tres hijos que estudiaban en un internado, una mujer colocada de ayudante de producción y un pelo glorioso. Se había levantado siguiendo los mismos peldaños de cada día; El café expreso en su máquina De Longui, la camisa planchada al vapor, el traje oscuro, estilizado y sin hombreras, el pelo apelmazado en su justa medida, las noticias de fondo en la televisión de plasma, el vacío sonoro que provocaba el internado, la pulcritud del salón, la negativa a desayunar en la cocina. Brandon Silver fumaba con el café. Nunca se había rendido al olor que la nicotina dejaba entre sus dedos. Se terminaba el cigarro y se lavaba las manos frotándose concienzudamente entre las falanges media y distal.
Las partículas de oxigeno que pululaban en el espacio del coche, encima del tapizado, colgadas del techo, las motas de servidumbre, la mecánica del movimiento de piernas y brazos que espoleaba la transmisión y la energía locomotriz. Afrontaba mentalmente obstáculos como la desintegración de aquello que le habían vendido, el éxito detrás de las cámaras. Le gustaba el café sin azúcar y el tabaco suave. Conducía con la ventanilla bajada y el codo por fuera, mirando el paisaje que alternaba rostros noctámbulos y bordillos afilados. Enumeraba las mujeres que habían formado parte del equipo durante el tiempo coincidido. Enumeraba sin hacer juicios de valor todas las hembras que se podía haber follado incluyendo a su mujer. Pretendía percibir la sensación de que había algo más detrás del set y del decorado, detrás de las bolas del bombo, del anuncio del número ganador y de aquella especie de resignación. Tal vez el roast beef que otras familias no comían, las visitas al dentista, la marginación de ciertas secciones del periódico, la duplicidad de todo lo que pensaba, la manía de beberse batidos de fresa a escondidas, de levantarse con el pie derecho y dar las buenas noches antes de acostarse. A su mujer no la concebía como una apuesta o una elección tanto como un tren perdido, una oportunidad desperdiciada.
Él que tanto había querido ser albañil, carpintero, decorador, restaurador de puentes, soldador, acaparador de herramienta pesada. Él que tanto había soñado con la parcela al otro lado del río, los domingos al sol, la silla plegable y el sombrero calado. Y sin embargo aquel olor proveniente del coche nuevo, de la edad del tejido que recubría los asientos, la manera con la que aquel asiento había sido diseñado, la ergonomicidad de las cosas a este lado de la cámara, donde el pelo requisaba de gel fijador y las mejillas brillaban produciendo ángulos exagerados.
La mano izquierda en posición cóncava, haciendo de techo abovedado, dejaba el hueco suficiente para que la empuñadura de cuero del cambio de marchas quedase abotonada en la oquedad de la palma de la mano. Se sentía en control de su propio destino mientras agarraba la empuñadura del cambio de marchas.
Había dinero depositado en cuentas corrientes, Chase y JP Morgan, vacaciones en una de las cuatro fortalezas hoteleras al sur de Vermont, intentos fallidos de slaloms con los niños, trajes de corte inglés, pastel de carne, paquetes de Marlboro, maletín Rocha, un Beuchat resistente al agua para indicarle las horas, cristales de Marling, vino francés, café molido. Pero el significado de aquellas posesiones y los placeres que le otorgaba ese estatus no tenía que ver solamente con los placeres del salmón ahumado y la tostada y el revuelto de espárragos y gambas, con los huevos benedict algunos domingos, la salsa hollandaise con migas de perejil… no. El estrecho de pirámide en el que se encontraba tenía que ver con dinero, bien estar, elitismo, pero sobre todo con otra cosa. No sólo el coche nuevo, la casa con jardín y las vacaciones dos veces al año. No solo el colegio de los niños y la cafetera De Longhi sino también algo más, otra especie de relación con ese estatus que era ser rico, algo más intangible, algo metafísico. Ser rico no era tanto un placer como un deber, una necesidad vital, la única forma posible de respirar. De no haber sido la televisión habría sido otra cosa.
La dejadez insospechada que barruntaba detrás de sus ojos, la escasez de adrenalina en sus peticiones de sexo sin ardor cuando el otoño apogeaba en el mes de octubre. A Carla le gustaba dejar la ventana del dormitorio abierta, le gustaba pasar frío en la cama. Martin había desarrollado un gusto por agarrar objetos que habían sido apretados recientemente por la mano de Carla y que todavía conservaban parte del calor humano transferido. Le gustaba coger las llaves del piso una vez que ella había abierto la puerta y las había dejado en el estante de la entrada. Sin que se diese cuenta, volvía al pasillo y se acercaba hasta el jarrón.
La noticia del día no había sido el ataque frontal que por vez primera había sido admitido, el reguero de casquillos y el eco de las explosiones, el olor a mortero y sangre humana. La noticia del día, decía Carla, era aquel presentador, Brandon Silver, de la segunda cadena. La lotería se mantenía como guía espiritual para muchos. También para los que rezaban y se confesaban semanalmente. No hacía falta llevar chaleco o pantalones de pinza. No hacía falta que se usaran licuadoras, que no se abusara de la comida con sal. La lotería unía religiones y maneras de ser. Unificaba objetivos y promulgaba la verdad. Brandon Silver tenía coche y vivía en una casa con jardín. Tenía tres hijos que estudiaban en un internado, una mujer colocada de ayudante de producción y un pelo glorioso. Se había levantado siguiendo los mismos peldaños de cada día; El café expreso en su máquina De Longui, la camisa planchada al vapor, el traje oscuro, estilizado y sin hombreras, el pelo apelmazado en su justa medida, las noticias de fondo en la televisión de plasma, el vacío sonoro que provocaba el internado, la pulcritud del salón, la negativa a desayunar en la cocina. Brandon Silver fumaba con el café. Nunca se había rendido al olor que la nicotina dejaba entre sus dedos. Se terminaba el cigarro y se lavaba las manos frotándose concienzudamente entre las falanges media y distal.
Las partículas de oxigeno que pululaban en el espacio del coche, encima del tapizado, colgadas del techo, las motas de servidumbre, la mecánica del movimiento de piernas y brazos que espoleaba la transmisión y la energía locomotriz. Afrontaba mentalmente obstáculos como la desintegración de aquello que le habían vendido, el éxito detrás de las cámaras. Le gustaba el café sin azúcar y el tabaco suave. Conducía con la ventanilla bajada y el codo por fuera, mirando el paisaje que alternaba rostros noctámbulos y bordillos afilados. Enumeraba las mujeres que habían formado parte del equipo durante el tiempo coincidido. Enumeraba sin hacer juicios de valor todas las hembras que se podía haber follado incluyendo a su mujer. Pretendía percibir la sensación de que había algo más detrás del set y del decorado, detrás de las bolas del bombo, del anuncio del número ganador y de aquella especie de resignación. Tal vez el roast beef que otras familias no comían, las visitas al dentista, la marginación de ciertas secciones del periódico, la duplicidad de todo lo que pensaba, la manía de beberse batidos de fresa a escondidas, de levantarse con el pie derecho y dar las buenas noches antes de acostarse. A su mujer no la concebía como una apuesta o una elección tanto como un tren perdido, una oportunidad desperdiciada.
Él que tanto había querido ser albañil, carpintero, decorador, restaurador de puentes, soldador, acaparador de herramienta pesada. Él que tanto había soñado con la parcela al otro lado del río, los domingos al sol, la silla plegable y el sombrero calado. Y sin embargo aquel olor proveniente del coche nuevo, de la edad del tejido que recubría los asientos, la manera con la que aquel asiento había sido diseñado, la ergonomicidad de las cosas a este lado de la cámara, donde el pelo requisaba de gel fijador y las mejillas brillaban produciendo ángulos exagerados.
La mano izquierda en posición cóncava, haciendo de techo abovedado, dejaba el hueco suficiente para que la empuñadura de cuero del cambio de marchas quedase abotonada en la oquedad de la palma de la mano. Se sentía en control de su propio destino mientras agarraba la empuñadura del cambio de marchas.
Había dinero depositado en cuentas corrientes, Chase y JP Morgan, vacaciones en una de las cuatro fortalezas hoteleras al sur de Vermont, intentos fallidos de slaloms con los niños, trajes de corte inglés, pastel de carne, paquetes de Marlboro, maletín Rocha, un Beuchat resistente al agua para indicarle las horas, cristales de Marling, vino francés, café molido. Pero el significado de aquellas posesiones y los placeres que le otorgaba ese estatus no tenía que ver solamente con los placeres del salmón ahumado y la tostada y el revuelto de espárragos y gambas, con los huevos benedict algunos domingos, la salsa hollandaise con migas de perejil… no. El estrecho de pirámide en el que se encontraba tenía que ver con dinero, bien estar, elitismo, pero sobre todo con otra cosa. No sólo el coche nuevo, la casa con jardín y las vacaciones dos veces al año. No solo el colegio de los niños y la cafetera De Longhi sino también algo más, otra especie de relación con ese estatus que era ser rico, algo más intangible, algo metafísico. Ser rico no era tanto un placer como un deber, una necesidad vital, la única forma posible de respirar. De no haber sido la televisión habría sido otra cosa.
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