Saturday, 28 July 2012

LAS VEGAS II

Como tampoco se había inaugurado esa especie de relación que mantenía con Arianna si es que se pudiera llamar relación al hecho de compartir habitación con mueble-bar, bañera con jacuzzi y vistas al Cosmopolitan. Una relación que las más de las veces consistía en dejarse caer por el casino, jugarse 50 créditos a la ruleta, las infinitas discusiones sobre la esencia del juego, cuando Martin trataba de convencerla para que jugase al rojo y negro en vez de a números ya que lo importante era jugar y no ganar ya que ganar no se ganaba nunca, al menos no de manera substancial o definitiva, y por ende era mejor que jugase a rojo y negro porque de esa manera las fichas duraban más y ella se entretenía más y así podían pedir más rondas gratis, podía pedirse otro gin-tonic que rebajase su ansiedad y desazón, y aquellas conversaciones, aquellos argumentos que se daba el uno al otro mientras la bola de cualquier ruleta del casino del Aria giraba, aquella forma con la que sujetaban los vasos, manteniéndolos a una distancia prudente de la ruleta y el tapete, mientras se asomaban absortos a la ruleta en sí haciendo fuerza con las entrañas para que la bola cayese en rojo y no en negro, aquellos silencios y aquellos gestos, todo eso era más o menos la relación que mantenía el uno con el otro. Los paseos por la noche, la fuente del Bellagio que ya no hacía tantas cosquillas, los chapuzones en la piscina, las subidas a la torre de la Estratósfera desde donde se adivinaba el final del perímetro de seguridad, la necesidad de hacer lo que fuera, mantener las mentes ocupadas, ver películas, pedir batidos de fresa al servicio de habitaciones, cualquier cosa con tal de no hablar de lo que en realidad hacía falta hablar, del qué cojones pintaban ellos allí con la que estaba cayendo, teniendo familia como tenían, y luego, en secreto, a ambos les entraban ganas de tirar las vacunas por el balcón que no tenía la habitación, ese era el problema, o la excusa, y luego Arianna se tumbaba en el colchón Sealy y daba vueltas y revueltas llevándose las manos a la barriga y quejándose de lo mucho que le dolía la barriguita cada vez que se bebía un batido de fresa y que sí, ya lo sabía, si no le importaba que se evitase sus juicios de valor y sus comentarios de sabelotodo y aguafiestas, no tenía 5 años gracias. Y Martin no decía nada. No decía mucho. Se quedaba sentado en el escritorio que tenía la habitación pero sin nada que escribir, sin ningún experimento en el que trabajar, sin diario ni bloc de notas. Se quedaba sentado y de cuando en cuando cerraba los ojos, o pretendía ver la televisión. Compartían la habitación en mayor medida que compartían la relación. Aquella unión, contrato, reciprocidad que mantenían, era bidimensional, una relación basada en compartir las mismas dimensiones de espacio y tiempo, una coincidencia.
Salió sin decir adónde iba. Al otro lado de la puerta se encontró con el impacto del ambientador del hotel, mezcla de pino y perfume, que corría a chorros por los pasillos de moqueta inmaculada. Antes de cerrar la había visto acomodada encima de la cama, boca abajo pero con el pecho erguido, los codos apoyados en el edredón, las manos sujetando una revista, los pies en alto, el pelo recogido en coleta irregular. Antes de cerrar la puerta y marcharse, se quedó estancado en aquel milímetro de cuello que asomaba dulce y perenne, casi omnipotente.

La confusión que manejaba dentro del hotel era una confusión mostosa, difícil de agarrar o analizar. Cada vez que cerraba la puerta y salía al pasillo, se dirigía hacia el ascensor sin grandes propósitos, con la escasez de brillo en los ojos del reo, con la sensación de ser león de circo. De cuando en cuando veía alguna bandeja en el suelo con restos de lo que pudo ser un desayuno o una merienda. Durante los primeros días ambos se habían gratificado del altísimo nivel del hotel. La rapidez con la que la habitación era limpiada. La precisión con la que plegaban las toallas. La ejecución brillante de cualquier tarea que en casa hubiese supuesto esfuerzo y malagana. Llevar la ropa al tinte, hacer las camas, aspirar el suelo, recoger vajilla. Allí era todo “gratis”. Al principio les había impactado muy gratamente por todo aquello que ya no tenían que hacer. Habían admirado cada uno de los servicios del hotel. Sin embargo, con el tiempo, se habían acostumbrado, y ya no se lo tomaban como algo extraordinario y maravilloso. Ahora que habían digerido que aquello era lo normal y que para eso pagaban lo que pagaban, pues qué menos, y con lo mucho que pagaban, ya no lo tenían claro, siempre se podía mejorar. Habían pasado de la boca abierta y el asombro a la mala baba que otorgaba la rutina y la costumbre. Por eso cuando Martin veía alguna bandeja que había sido depositada en el pasillo, al otro lado de la puerta, para que el servicio de habitaciones se la llevase, si veía una bandeja que todavía no había sido recogida, se lamentaba muy internamente, y le jodía aunque fuese diminutamente, y torcía el morro, todo de forma muy imparable, sin que hubiese nada que pudiese hacer, aun sabiendo que aquello era una gilipollez y que él no era ese tipo de persona, que a él le daba igual, pero era imposible, el sentimiento de crítica sobre cualquier imperfección le salía de tan adentro que no lo podía remediar. Por eso a veces, cuando veía una bandeja en el suelo, ponía su cronómetro en marcha, se quedaba al final del pasillo, se iba a la zona donde tenían los sillones y las revistas, una especie de mini hall que había en cada planta, y luego volvía a los cinco minutos para ver si se habían llevado la bandeja. La operación era repetida hasta que o bien se llevaban la bandeja o hasta que surgía cualquier otra cosa igualmente irrelevante que hacer.

Quiso preguntarle lo que cobraba por estar todo el día metido en un ascensor apretando un botón que no era nada difícil de apretar y que ni siquiera supondría esfuerzo alguno si los clientes lo apretasen por sí mismos. Quiso preguntarle cómo llevaba aquello de ser botones, chico de ascensor, si tenía familia lejos de allí a la que mandar dinero, quiso preguntarle cuanto cobraba y si tenía un piso favorito, si había uno de aquellos botones con números que fuese el botón que más le gustaba accionar. Martin quiso preguntarle cuanto medía. Era un chico bajo y delgado, con cabeza igualmente delgada y ajustada. Martin quiso preguntarle si existía alguna regla que impedía a gente alta ser botones de ascensor. O mujer. Quiso saber por qué no había mujeres que desempeñasen ese papel. El chico le contesto con sonrisa de hotel que claro que había mujeres. Allí en el Aria tenían una. Antes habían tenido dos pero una de ellas se había quedado embarazada y la dirección del hotel había decidido que un sitio cerrado y claustrofóbico como aquel no era el lugar ideal para alguien en estado. Le preguntó si sabía su nombre. El chico dijo que el nombre era Martin pero no estaba seguro del apellido. Se disculpó por no saber su apellido. Esperaba que lo comprendiese, habiendo tanta gente como tenían en el hotel, más de 4000 habitaciones, “ya se puede imaginar usted”, dijo quitándose un peso de encima. Pero claro que lo conocía, le había servido en numerosas ocasiones, a veces de bajada, otras de subida, unas veces solo, otras en compañía de la señorita Arianna… a veces solos, a veces con más pasajeros. ¿Era así como los llamaban? ¿Pasajeros? Pasajeros o clientes, daba lo mismo. A él le gustaba más el término pasajeros porque lo convertían en piloto, comandante, conductor… era una palabra que pintaba mejor, le hacía sentirse mejor… ya se podía imaginar, todo el día allí metido daba para mucho, dijo dejando escapar una sonrisa con artrosis. Cuando llegaron a la planta baja y las puertas se abrieron, Martin le dijo que ahora y si era posible, quería subir a la planta 35. El mozo dijo que como no. Martin tenía ganas de seguir hablando con el chaval. De subida a la 35 le preguntó si conocía a la señorita Arianna mejor que a él. Sin ruborizarse el chico contestó que la señorita Arianna era muy fácil de conocer ya que desde el primer día siempre le había dado conversación, la conocían todos los mozos de ascensor. Martin sintió un pedazo de envidia muy mínimo como para que contase como envidia. Ella era más extrovertida, más superficial sí se quería, hasta ahí todo bien. El chico tenía pinta de morirse de ganas por saber qué tipo de relación mantenía Martin con la señorita Arianna y cuál era la razón de la estancia en el hotel. Se moría de ganas por descifrarlo y poder contárselo a los otros mozos de ascensor. Sería una práctica habitual entre el personal de hotel. Sin tener otra cosa que hacer se la pasarían descifrando las vidas de la clientela, tal vez apostando por el número de divorcios del señorito cual o sobre los hijos de la señora tal o sobre los amantes o peleas o razones que los habían traído hasta allí.
Cuando llegaron a la planta 35 le dijo que quería bajar a la planta 7 para subir luego a la 18, de ahí a la 2, de la 2 a la 39 y de la 39 a la 21. Le preguntó si era posible. El mozo se giró hacia el panel memorizando el recorrido como si de un taxista se tratase.

El trayecto fue interrumpido en varias ocasiones. En la planta 35 se subió un hombre demasiado alto para lo viejo que aparentaba ser. Martin habría jurado que en la vida había visto a un viejo tan alto. Quiso bajar a la planta baja. El mozo del ascensor miró a Martin en señal de consentimiento. ¿Bajaban a la planta baja para depositar al viejo o hacía falta seguir con el recorrido que Martin le había pedido de antemano? Por detrás del campo de visión del viejo, Martin asintió para que bajasen primero a la planta baja en la cual, y después de que el viejo bajase, subió nuevamente más gente (una pareja y un niño) que quiso subir al piso 24. El mozo volvió a mirar a Martin en busca de aprobación.

El tiempo de cada trayecto dejaba poca opción para las inspecciones profundas de cada elemento, cada viajero que subía. En la planta 13 se les subió una pareja a primera vista infeliz. La mujer había mirado a Martin con cara de auxilio y deseo. En la planta 7 había entrado una niña en silla de ruedas sin padres ni persona de acompañamiento y en la 18 se había apeado lo que a Martin le había parecido una prostituta filipina. Si no hubiese sido filipina tal vez le hubiese sido más difícil encasillarla como prostituta.

Cuando volvieron a estar solos Martin le preguntó si había visto la película “Grease” y si tenía idea de lo antigua que era. Luego quiso preguntarle si tenía alguna relación sentimental, si tenía novia, novio, mujer… Quiso saber sobre la opinión de un mozo de ascensor sobre el amor en general y sobre la posibilidad de querer a más de una mujer en igualdad de condiciones pero en cantidades distintas. Martin seguía muy nervioso ante la inminente llegada de Carla y quería saber sobre la posibilidad de un amor general, extendido a más de una persona. El mozo contestó que todo dependía según lo que uno entendiese por “querer”, que aquello del “querer” podía tener muchos significado por lo que dependía de a qué “querer” se estuviese refiriendo. El ascensor se había detenido en el piso 23 y Martin bloqueaba los sensores impidiendo que las puertas se cerrasen. Aquella conversación necesitaba de postura estática. El hecho de “querer” se dividía en cuatro categorías principales. Primero estaba el querer sin más, ese que sucedía de refilón, el que no necesitaba de grandes aportaciones ni dosis energéticas. El tipo de querer que se mantenía a sí mismo, que no necesitaba que le dieran cuerda. Algunas parejas funcionaban así. Luego estaba el querer a medias, según la conveniencia. Este era un tipo de querer más acomodado y más de tipo consumista. Un querer como comida rápida, con vasos de plástico y ofertas de 2 x 1. Un tipo de querer que se generaba en grandes cadenas de producción y que aunque barato, duraba poco. Este era el más común y el que más se veía en las películas. Martin preguntó si había manera de parar el ascensor. Se cansaba de mantener la pierna en los sensores. El mozo le dijo que claro que se podía, podían darle a la alarma, al botón de parada. Pero seguridad se daría cuenta y contactarían de inmediato para saber lo que pasaba. Martin sugirió salirse del ascensor aunque fuera durante cinco minutos. Se podían sentar en el hall de la 23. Él podría dar parte a sus superiores. El mozo le dijo que les estaba terminantemente prohibido abandonar el ascensor. ¿Qué pasaba si necesitaba usar el lavabo? Los descansos de lavabo estaban programados de antemano. Su próximo break sería en veinte minutos y constaría de cinco minutos. Martin no tenía ganas de esperarse veinte minutos para seguir con una conversación que podría tener con cualquiera. Martin pidió que subieran a la 32 y que tal vez después de la 32 bajaría abajo donde había pretendido bajar desde que había entrado al ascensor, hacía ya un rato. El mozo le dijo que también estaba el “querer” por obligación, léase familiares o gente en condiciones desfavorables a las que sería imposible no querer. Un cachorro de perro también entraría dentro de este grupo. La última clasificación del “querer”, la 4, era el querer o amor como mal menor. El amor que se profesaban las parejas que seguían juntas no por vocación sino por razones económico-sentimentales. Las parejas que seguían juntas porque valía más diablo conocido. Las parejas de andar por casa.
La conversación sobre el “querer” había desgastado su estado de ánimo. El mozo de ascensor ya no le parecía simpático. Una dosis de malagana se le había aposentado en la boca del estómago. Era el tipo de malagana que uno sabía que estaba ahí pero que tan pronto se la buscaba no se la encontraba. Un tipo de infelicidad muy similar a la felicidad. Antes de abandonar el ascensor, cuando se aproximaban a la planta baja, el mozo de ascensor, crecido por sus propias ideas y por el hecho de que alguien ajeno al servicio las escuchaba y se interesaba por ellas, dijo que también estaba lo del país. Que uno quería de manera distinta según del país que fuese. Él, por ejemplo, venía de la Argentina. Aunque no se le notase por la gran pronunciación que tenía del inglés, él venía de la Argentina y allí la gente se quería de otra manera, se tocaban más sin que ello implicase un amor más maricón o amanerado. Allí era un amor tal vez más físico y menos racional. En América parecía obligatorio aclarar las emociones que uno sentía hasta la hora de mear. En Argentina era distinto.

No le dijo adiós ni que pasara un buen día. El mozo sí que se despidió de manera efusiva. Más tarde les contaría a sus compañeros que había tenido una conversación muy profunda con el hombre de la 27, el tal Martin, el novio o marido de Arianna. A Martin se le había quedado mal cuerpo y ya no se acordaba de las razones que lo habían llevado a bajar abajo. No se acordaba si se había marchado porque en ese momento había necesitado espacio, porque había necesitado estar en un espacio distinto que no incluyese a Arianna y la coleta irregular. Deambuló por el casino sin rumbo fijo. A aquella hora de la tarde nunca se percibía mucho ambiente. Las mesas del fondo estaban copadas por gente de origen asiático, la mayoría en edades avanzadas, vestidos impecablemente. Al pasar de largo, una de las mujeres que estaban allí acompañando a los maridos, una mujer que aunque fuese bastante más joven que su marido no podía considerarse joven por rondar los cincuenta y muchos, intercambió miradas con Martin y descargó sobre sus ojos toda la sensualidad y el dolor que unos rasgos asiáticos pudiesen descargar. Tratando como estaba de olvidarse del mozo del ascensor se permitió una pregunta adicional al respecto, ahora que aquella mujer le había mirado con aquellos rasgos de alfombra persa. Pensando en Carla, que a punto estaría de llegar, y pensando en Arianna que seguiría tumbada boca bajo, inmersa en uno de esos paréntesis de tiempo que sólo ella era capaz de crear y que tenían compuertas acorazadas, de apertura retardada, pensando en las dos se preguntó no sólo si era posible querer a dos mujeres de la misma manera pero si se podía querer a alguien más o menos dependiendo del color del pelo. Dando un rodeo por las mesas de blacjack y pasando de largo por las tres escaleras por las que se accedía a la plataforma donde, de cuando en cuando, se disputaban torneos de Texas Póker, se preguntó si era viable querer más a alguien por ser ella rubia, morena o pelirroja. Si el hombre llevaría en los genes un filtro o sensor que provocase una descarga mayor de eso que llamaban “amor” según el color de pelo de la mujer en cuestión. Un: "La quería porque era pelirroja"

Friday, 27 July 2012

LAS VEGAS

El “Aria” contaba con 4004 habitaciones de las cuales 568 eran suites. Dentro del apartado suites, había divisiones; Suites de un dormitorio, de dos dormitorios, Pent-house Suites y Sky Villas. Todas las suites se agrupaban bajo el nombre de Sky Suites. Suites del cielo. Estaban situadas en la parte más alta de las torres que formaban el complejo. A las Sky Suites se accedía a través de un lobby distinto del general y contaban con ascensores privados. A la entrada de dicho lobby se ofrecían cócteles y refrescos gratuitos. El hotel, en su totalidad, formaba 370.000 m2 de superficie de uso. Todas las habitaciones estaban dotadas de pantallas táctiles interactivas con las que operar dispositivos eléctricos y electrónicos.

Arianna estaba viendo “Grease” tumbada al revés en el colchón Sealy de 12 capas de espuma-confort, incluyendo una capa de látex y otra de visco elástico. El colchón era el modelo Sealy Posturepedic y en otros tiempos se había vendido como una experiencia más del hotel. El grosor del mismo era de 41.91 centímetros. El colchón era el mismo para todas las habitaciones, suites y no suites. Arianna estaba tumbada viendo “Grease” en un Sealy de una habitación estándar del piso 27 de una torre de vidrio y metal que contaba con 61 pisos de altura.

Decía que se había visto la película muchas veces, se la sabía de memoria, había polos opuestos y significados escondidos. No era sólo lo que parecía ser, o lo que quería parecer. Si uno se fijaba bien en el gesto de Kenickie justo antes de subirse al coche en la escena de la carrera, justo antes del golpe en la cabeza, y conjugar luego la relación entre caras, gestos y expresiones. Lo mismo que la canción del columpio, o cuando Sandy se quedaba sola en el canal para cantar justo entonces, no antes, “Look at me I’m Sandra Dee” en versión reprise.

Le dijo que si quería cacahuetes era mejor bajar a la tienda del paseo y comprarlos allí pero que no se le ocurriera sacarlos del mini bar. Se acercaba a la pared de la habitación que era toda de cristal y que daba a la fachada del hotel de enfrente, el Cosmopolitan. Se acercaba al cristal y miraba abajo porque había comentado lo de los cacahuetes. Apoyaba el comentario de irse afuera a comprarlos con la aproximación física a ese afuera, allá abajo, aunque desde aquella vista no se pudiera ver la calle donde estaba la tienda.

Pero sobre todo había una escena, al comienzo de la película, cuando estaban haciendo una fiesta con hogueras y donde presentaban al equipo de football, cuando Danny y Sandy se rencontraban y tras una primera escena emotiva luego todo cambiaba porque Danny se daba cuenta de que sus amigos estaban allí y en ese instituto era otra persona, otro Danny, un tipo duro y sin escrúpulos. Arianna le contaba como Danny estaba anteponiendo la felicidad de estos a la felicidad de su novia, quien a la postre era la mujer que más quería en el mundo. La opción de cambiar de gesto cuando se daba cuenta de que sus amigos estaban detrás, justo después de haberse rencontrado con Sandy y las primeras sonrisas decapitadoras, el encontronazo emocional, el no me puedo creer que seas tú y que estés aquí, precisamente aquí, en este preciso punto de entre los 9.826.675 km2 que tiene este bendito país, y a punto estaban de abrazarse cuando Danny se gira y ve a sus amigos desconcertados por tanta ilusión y tanto pijotismo y es entonces que Danny cambia radicalmente. Cambia de gesto. Se vuelve pasota. De 0 a borde en 1.5 segundos. Sandy no entiende el cambio. Le pregunta si le ocurre algo y le dice que no entiende la diferencia. Le pregunta por el paradero del Danny Zuko que conoció en la playa y que nada tenía que ver con el imbécil que tiene delante en ese momento. Los amigos de Danny disfrutan entonces aliviados porque se re-encuentran con el Danny habitual. El hombre del tupe de vuelta de todo. Sandy queda destrozada y se marcha con un berrinche. Las Pink ladies hacen lo propio. Rizzo es la única que no se cree la escena y sonríe antes de marcharse. Los chicos se van al coche. Antes de darse la vuelta Danny sufre contundentemente por su propia bondad, por su generosidad, por haber antepuesto la felicidad de sus amigos antes que la suya propia. Arianna, medio tumbada medio sentada en el colchón Sealy de 12 capas de espuma-confort, ante la atenta mirada de Martin, le explicaba que aquello era un ejemplo de altruismo y filantropía que pasaba inadvertido ante los ojos del caminante-espectador pasivo.

Para poder sacar cacahuetes del mueble bar hacía falta usar la tableta interactiva. Se iba a la sección de snacks y aperitivos, se pulsaba sobre la compra de cacahuetes, y un dispositivo dentro del mueble bar liberaba el paquete de cacahuetes. El precio se cobraba en créditos.

Danny Zuko no hacía daño a Sandy Olsen por gusto. Lo hacía porque era una bellísima persona, la madre Teresadecalcuta pero con chupa de cuero. El dolor que infringía en Sandy era proporcional al amor que sentía por ella

Martin dijo que por el precio de los cacahuetes que se comía casi a diario, lo mismo se mudaban a una Sky Suite. Lo mismo vendían otra vacuna. Eso era lo que ella quería. Vender otra vacuna y mudarse a una suite. Subir en ascensor privado y recibir daiquiris de fresa batida cada vez que entrasen y saliesen del lobby. Y luego que le dolía en la ética la chuleta de ternera que se comían de cuando en cuando en el Café Vettro. Lo que dolería una habitación en el piso 50, con dos dormitorios, de 80 metros cuadrados con vistas al desierto donde más allá del cañón, cerca de la presa Hoover, se agolpaban cientos de gente sin nada que llevarse a la boca.

Martin estaba nervioso por una posible llegada de Carla. Lo había comentado de refilón. Una ex novia, o novia que tuvo, o que había tenido, y con la cual no había hablado desde que fue raptado de aquella manera. No estaba nervioso en sí por el encuentro ni por verla ni por saber lo que diría, el trato que le daría, el acercamiento físico. Tampoco estaba nervioso porque la una y la otra se conocieran. Los nervios venían de las explicaciones y los nombres que haría falta dar. Hasta entonces no había hecho falta ponerle nombre ni apellidos a lo que sucedía en aquella habitación estándar del piso 27. De momento no había hecho falta hacer papeles, declarar nada. No habían tenido “la conversación”. Habían vivido del presente con lo prestado por las vacunas. El tiempo que les había comprado las vacunas y que se había traducido en paseos por la gran avenida, en tratados de normalidad, en procesos de negación de lo que realmente pasaba más allá del paraíso artificial en el que se alojaban, donde tantas gargantas y tantas manos pedían auxilio. A veces se encontraban bien, no les pasaba nada. Pero otras veces se daban asco el uno al otro de saber del hambre y la situación mundial y sin embargo ellos, sentados a la mesa del Fix en el Bellagio, sujetando Bobby Baldwin Burgers, bebiendo diet coke y Budweiser en botella, dando mordiscos sin mirarse el uno al otro, por la vergüenza ajena, sentados casi de refilón, sin ponerse en frente del otro hasta que no pasara el postre, la tarta de queso New York Style y el helado de yogurt, las palabras y las frases flotantes, sin peso, el comentario sobre el camarero al que antes habían visto en otro hotel, en el Mandala Bay o en el Treasure Island, ya no se acordaban, y de ahí la conversación pasaba al sistema rotativo que tendrían los hoteles con el personal, lo muy perseguidos que estarían aquellos puestos de trabajo no ya por el dinero sino por la seguridad de vivir entre las mismas paredes que los poderosos. A veces, sobre todo ella, se había preguntado por las vías de introducción de todo aquel alimento. De dónde venía la comida. De dónde la Budweiser. Si tan mal estaba todo… Esto último, sin saberlo, lo decía para echarle mercromina a la conciencia.

Carla en teoría acudía por trabajo. Con Carla nunca llegaron a poner punto y final a lo que sucedió a medio camino entre Indianápolis y Chicago. Nunca firmaron el acta de defunción de aquellos abrazos y aquellos gestos y aquellas caricias que se habían dado a las orillas del pelo, sobre los laterales de la frente, cuando el agua había hervido y había hecho falta echar los macarrones y poner el tomate a freír.

Thursday, 12 July 2012

VENDO PISO

Vendo piso sin ascensor. Piso ideal donde llevar a cabo tareas del hogar. Lugar idóneo para opinar sobre el futuro o sobre asuntos de mal gusto. Vendo piso rectangular, sin piscina ni calefacción central pero con vistas a un aparcamiento privado. El aparcamiento en sí está rodeado de zona verde. Vendo piso de alto valor emocional (si las paredes hablaran…) Vendo piso impersonal, hierático, piso chapado a la antigua, con poca luz y cocina eléctrica. Vendo piso contextual, piso ideal para hacer de paisaje de fondo de cualquier relación de pareja, piso donde discutir sobre lo que uno hizo o dejó de hacer, piso ideal para levantar la voz. Vendo piso donde hacer preguntas subordinadas, donde leer el periódico sólo por encima. Vendo piso donde poder hacer la O con un canuto

Sunday, 8 July 2012

EL ANUNCIO

Suena el despertador como si sonase en otra casa, en otro día, en otro tiempo distinto. Me inclino sobre la cama, me quedo sentado respirando con dificultad. Me dejo caer dentro de un par de pantalones que ya llevo puestos. Pongo la cafetera de memoria, me voy al baño y permito que el agua me salpique en la cara. Nada cambia. El rostro permanece sin ser mi rostro. De camino a la cocina experimento un sentimiento de ausencia y de falta de originalidad. Me toqueteo los pies y las manos. Me agacho a coger el periódico que han deslizado por debajo de la puerta. Con el café en los labios, proyecto la atención a las noticias de internacional primero y a los deportes después. Encadenando titulares, intercambio palabras y sílabas de noticias distintas. Aburrido pero todavía con el periódico a mitad, sopeso poner la radio o llenar la bañera. Entre deportes y sociedad, mis ojos aterrizan en la sección de obituarios. Con asombro primero, luego curiosidad y dolor de pecho después, mis ojos ven el obituario de un nombre y apellidos familiares. Leo con dificultad que hoy se ha muerto un chico con mi mismo nombre y apellidos. Se llama igual. Necesito leerlo repetidas veces. Me escuecen los ojos. Me levanto al baño y me vuelvo a lavar la cara. De regreso, el mismo nombre quien ha fallecido por causas todavía desconocidas, sigue ahí, en negrita. La familia está muy apenada. El entierro tendrá lugar mañana a las once y media en la capilla del Carmen. Pienso en mi familia y la imagino muy apenada. Debajo de la mención a la familia descubro que el finado también tiene un hermano que se llama José Carlos y tres sobrinas, Lena, Jimena y Soledad, las cuales lo recordarán siempre. Pienso en mi hermano José Carlos y en su gabinete médico. Pienso en mis sobrinas Lena, Jimena y Soledad, y en lo bien que lo pasamos en la casa de campo, el verano pasado. Me duele que mi cuñada no aparezca en el recordatorio. Entre Claudia y yo siempre hubo fricción, cierta tensión sexual. Vuelvo a leer los nombres de mis familiares. Me levanto y me bebo otro café. Ese nombre y esos apellidos son los míos. Según el periódico me he muerto y mi entierro es mañana. Tal vez esa sea la razón por el picor tan repentino que me sale en los brazos, por lo mucho que me costó dormirme anoche, por la desgana que he sufrido de un tiempo a esta parte. Me pongo a gritar en medio de la salita de estar. Me pongo a dar saltos sobre el sillón. Pongo la radio a todo volumen. Pongo la televisión y me cambio de ropa. Antes de poner más café, saco el listín y busco el teléfono del periódico para pedir explicaciones. Si se trata de una broma quiero saber quién es el culpable. Probablemente Vicente, o Santa María, la pandilla del 4. Los jodidos cabrones. Vaya mierda. Entre cabreado y humillado me quemo los dedos con la cafetera a la vez que marco el número del periódico. Me alegra el hecho de que el quemazón me duela, prueba irrefutable de que estoy vivo. Mientras el teléfono comunica vuelvo a pensar en Claudia y las posibles razones que la hubiesen llevado a no poner su nombre en caso de que hubiese muerto, al fin y al cabo soy su cuñado, joder. Finalmente alguien del periódico contesta. Con voz perenne, de plastilina, con voz de estatua hecha con palillos, una chica anuncia el nombre del periódico, da los buenos días, y pregunta en qué me puede ayudar. Antes de nada le digo mi nombre. Pronuncio mi nombre y apellidos con confianza, como marcando el terreno. A continuación le pregunto por la sección de “Obituarios” y demando que se me ponga en contacto con el responsable. La chica, con un tono de voz envidiablemente educado, parece no entender mi petición. Me pide perdón por no entender. Me ruega que vuelva a repetirle la petición. Le pido que me ponga con el responsable de la sección de “Obituarios” ya que estoy convencido de que alguien me ha gastado una broma de mal gusto que posiblemente raye en la ilegalidad. Estoy seguro de que el responsable de “Obituarios” querrá saber de lo ocurrido tanto o más que nadie. La chica repite la palabra obituarios. ¿Obituarios?, me pregunta, preguntándose a ella misma. Obituarios, sí. ¿Obituarios? No entiende lo de obituarios. No sabe a qué me refiero con eso de obituarios. Objetos perdidos, sociedad, internacional, local, deportes… No, la sección de obituarios, donde se anuncian las personas que han fallecido. ¿Fallecido? ¿Se refiere usted a gente que ha muerto? Sí, le contesto indignado por la poca profesionalidad y la insultante ignorancia. No entiendo que puedan tener a alguien tan sumamente imbécil como punto de contacto con el mundo. Aquella recepcionista es la voz del periódico, un periódico reputadísimo y culto, y sin embargo tienen a una analfabeta como recepcionista. ¿Obituarios? Sigue sin entender a lo que me refiero. Me dice que muertos se anuncian en “Sociedad”, pero cuando alguien ha sido asesinado o algo por el estilo, cuando es noticia. ¿Acaso se refiere usted a eso? ¿Le paso con “Sociedad”? Con la paciencia de un santo le digo que sí, que si es tan amable que me pase con alguien de “Sociedad”. Aunque no sea la sección que necesito pienso que quien quiera que me conteste de “Sociedad” podrá entender lo que son obituarios y me pondrán en la dirección correcta. La chica me pone en hold. Mientras espero aprovecho para dar un sorbo al café y a volver a leer mi nombre y apellidos en el periódico. Sigue siendo mi nombre. No lo he soñado. Me doy una bofetada para comprobar que estoy despierto. Me pellizco y me golpeo el codo contra la esquina de la mesa. Me duele. Me duele y el titular sigue ahí con mi nombre y apellidos, con el nombre de mi hermano y mis sobrinas, y con la ausencia del nombre de Claudia. Deduzco que quienquiera que sea quien haya ejecutado esa broma tiene que conocerme muy bien o de lo contrario hubiesen incluido a Claudia. Me da por pensar que tal vez haya sido mi hermano. Pero, ¿por qué haría él una cosa así? Alguien contesta al otro lado del teléfono. Para mi disgusto es la misma voz de antes, la recepcionista. Me dice que lo siente mucho pero que no hay nadie en “Sociedad” que conteste, tal vez estén todos fuera o hayan parado a desayunar. Me pregunta si me puede poner con otro departamento. Le digo que “Obituarios”. Me dice que lo siente mucho pero que no entiende a que me refiero con obituarios. ¿Obi-qué? Antes de poder demandar hablar con su manager o con alguien medianamente inteligente, la conversación se corta. Al principio me da por pensar que ha sido ella quien me ha colgado. Pero no, no ha sido ella. Es mi teléfono. La línea parece muerta. Parece que haya sido desconectado desde fuera, como si repentinamente la compañía hubiese dado de baja el teléfono. Desenchufo el aparato y lo vuelvo a enchufar. La luz sigue funcionando. El teléfono como aparato sigue bien. Es la línea. Tal vez sea un problema general. Lo mejor será preguntar a los vecinos, tal vez les haya pasado lo mismo. Me dispongo a abandonar el piso, salir al rellano y llamar a la puerta de enfrente, al piso de Matías y Julita. Si les ha pasado lo mismo, todo ok. Me pongo una camisa encima de la camiseta, me miro en el espejo para comprobar que tengo el pelo visible y me dispongo a salir cuando la manivela gira pero la puerta no abre. Está cerrada con llave. No recuerdo haberla cerrado con llave la noche anterior. Recapitulo las últimas escenas de la noche anterior, cuando entré a casa… no, no recuerdo haberla cerrado con llave, de hecho nunca la cierro con llave. Estará atrancada. Intento abrirla tirando del pomo hacia arriba, hacia los laterales, empujando la puerta hacia afuera primero y luego hacia dentro, pero nada, no abre. Estará cerrada con llave. La habré cerrado con llave sin darme cuenta. Me voy a por las llaves. Una sequedad de garganta se apodera de mí. Me siento muy incómodo conmigo mismo. Vuelvo con las llaves. Efectivamente la llave no estaba echada, estaba en lo cierto. No podía estar echada porque no recuerdo haberla cerrado con llave jamás. Estará atrancada. Necesito sacar mi caja de herramientas y ver si puedo arreglarla. Antes de ir al trastero a por las herramientas vuelvo a intentar abrirla con todas mis fuerzas. Nada, imposible. Me voy al trastero. Me asalta cierto sentimiento de aprensión. No tanto por el anuncio en el periódico como por el hecho de que no pueda salir del piso ni pueda avisar a nadie por teléfono para que me saquen de allí. Las dos únicas ventanas del piso dan a la parte trasera del bloque, a un descampado por el que rara vez pasa nadie. Saltar sería imposible. Me invade un poderoso sentimiento de claustrofobia. Mejor darse prisa con las herramientas. Siento como si tuviera bichos dentro de la camiseta, me pica todo, estoy sudando. En el trastero no encuentro la herramienta. Retrocedo mentalmente a la última vez que las usé. Fue para montar la estantería del cuarto de estar, tienen que estar allí por cojones. Miro debajo del zapatero, encima de la mesa, dentro de los cajones… Estará dentro del armario donde guardo las cajas de libros y la ropa de invierno. Es un armario empotrado. Me meto dentro del armario y agradezco lo fresco que se está allí dentro. Prácticamente sin luz, voy dejándome guiar por el tacto. Reconozco la superficie de cartón de las cajas de libros, varios abrigos, sigo guiándome a través de las yemas de mis dedos pero sigo sin dar con la caja de herramientas. No está tampoco allí. Me dispongo a salir pero no encuentro la puerta del armario empotrado. Me he desorientado en medio de tanta oscuridad y tanta urgencia. La luz que entraba por la puerta del armario ya no entra, es como si en la casa hubiese anochecido por completo y de ahí a la oscuridad más absoluta. Echo mano de las cajas otra vez para tener una referencia con la que orientarme pero ya no encuentro ninguna caja de libros, tampoco los abrigos. Ahora lo único que soy capaz de palpar es una superficie de madera de pino que me oprime. El espacio se ha reducido. Ya no puedo mover las piernas, ni los brazos. Estoy tumbado envuelto en lo que parece ser un ataúd.

Tuesday, 3 July 2012

MATI (Y CARLA)

Cada vez que la avalancha de sequía de Matilde le agarraba así por la espalda y esa especie de erupción de lava de olvido le empujaba a soltar el sándwich, tirar la cerveza, ponerse una camiseta y bajar a la calle, un impromptu de ansiedad le arrebataba hasta el punto de que hacía falta doblar por Hillside Street y bajar hacia el barrio de los mercaderes y buscar como quien buscaba aire, algún sitio donde beber coñac y bourbon con agua, buscar algún taburete donde sentarse y apoyar los codos y contarle al camarero acerca de aquella mujer llamada Matilde, parienta de un servidor y madre de sus hijos. A veces se bajaba por Borrough’s Park y otras veces se metía en Travis Rock donde se sentaba a la barra y pedía cerveza de importación, Coronita o Heineken, y se quedaba allí sin hablar con nadie, intercambiando de cuando en cuando información hueca con el camarero, hablando de esta o aquella banda, de incidentes como el de la gasolinera. Había veces que cualquiera de los presentes abría la boca para hablar de la semilla aquella que aparentemente iban a sacar los de Mosaico y que ya era hora pues la gente de los estados del sur se estaba muriendo de hambre. Él no decía nada. Tampoco se sentía más motivado al respecto. Las bocas que demandaban la semilla solían ser las bocas equivocadas con el acento erróneo. La semilla no tenía que ser un calmante, una inyección contra ansiedades, tampoco comida gratis. Martin miraba de reojo el teléfono del bar y dudaba sobre hacer aquella llamada. Podía llamar a Matilde o podía llamar a Carla para decir que ya estaba de vuelta. Pero no solía llamar a nadie. Se quedaba un rato más en el bar y si acaso se iba a dar una vuelta por el puente York y por el barrio de Knotts con sus casas de aspecto fantasmal, con sus calles empedradas, sus quioscos cada cincuenta metros, los cafés todos cerrados, el puesto de lotería y el reguero de papeletas usadas en el suelo, la tienda de ropa que en su día había sido tienda de caramelos y anteriormente el bar que regentó Dick Mitchell y al que tanto le había gustado ir en sus primeras noches indianas. Aquellas fugas a las tantas de la noche, aquel apetito a sequedad, aquel empujón que sufría muy de vez en cuando, proyectaba cuestiones generales, maquinaba preguntas que rara vez podía contestarse. El futuro venía disfrazado de caperucita cada vez que doblaba una esquina, especialmente cualquier esquina que desembocase en el Boulevard Martin Jewell o en Headcorn Drive. Preguntas que no tenían que ver tanto consigo mismo como con los acontecimientos que esperaban a la vuelta de la esquina y que de un modo u otro necesitarían ser resueltas. A veces, y solo a veces y como excusa para apartar su mente de todo aquello, de cualquier cosa que implicase procesos en los que haría falta tomar decisiones, diseñaba en su mente diálogos imposibles, sucesiones fonéticas que no llevaban a ningún sitio, suponía conversaciones que incluían diamantes y tuberías rotas, enfermedades arteriales y camisas blancas, deportaciones y gusto por un determinado tipo de detergente. Como una especie de marea siempre presente, como un puente todavía por construir, por mucho que se diera la vuelta por los Carabin Quarters o que bajase por la rotonda de Milton Smith, por mucho que se dejase llevar hasta el final de White Meadows, tarde o temprano había que volver, hacía falta volver al apartamento donde Carla estaría redactando algo, habría que dar por finalizada la aventura, la expulsión al otro lado de su cuerpo, el devaneo interior, arrancarse la garrapata de tiempo. Y era que al volver a casa se encontraba con el puente por construir. Todas aquellas preguntas cargadas de futuro, todas aquellas decisiones por tomar, el trabajo en la granja, la proposición de la semilla, la relación con Carla, la no relación con Matilde y su enfermedad, la distancia con Nueva York, los hijos, el trabajo… todas aquellas preguntas necesitaban respuestas y todas esas respuestas que no se daba eran las únicas capaces de construir el puente por el que tenía que pasar para llegar a casa, el puente a medio construir, la razón de aquel merodeo circunferencial, de aquel rodeo por Headcorn Drive y White Meadows donde de vez en cuando se instalaban feriantes con sus cacharros hidráulicos y sus casetas donde vendían fichas de plástico.

A veces Martin se sentía culpable de que no pasara nada más, de que a pesar de todo lo que pasaba a su alrededor, entendiendo a la nación entera y al mundo por extensión como ese alrededor, a pesar de aquel tobogán de desastres de primer grado, Martin entendía que algo tenía que pasar y no pasaba. Entrecortado entre dos momentos, entre dos situaciones, entre dos mujeres, entre tanto pasado y tan poco futuro. Era más que nada el incendio ese que se suponía tenía que haber prendido y del que todavía no se tenían noticias. Era la falta de necesidad de llamar a los bomberos. Era Carla en bragas tumbada boca abajo sobre el colchón, escribiendo en su portátil, dejándose palabras al aire, jugando con los pies de manera inconsciente, ladeando la cabeza al ritmo de una canción mental, también invisible. Era Matilde llamando a deshoras, requiriendo su presencia a deshoras, no en el cuarto de estar pero sí en el filo de su mejilla, repitiendo una y otra vez que donde las dan las toman, reprochándole sin palabras el incendio aquel que tampoco sucedió en la casa de Park Slope, lo mucho que se había oxidado su cuerpo de tanto hacer la compra, de tantos yogures con estampitas coleccionables, de tanta sequedad de garganta, de aquella especie de suicidio que resultó su relación en común, no suicidio físico sino suicidio desde balcones de plástico. La decadencia era prorrogable, pensaba Martin cada vez que subía por Martinfield Road y especialmente cada vez que pasaba por aquella tienda donde vendían un poco de todo, desde papel higiénico y comida en conserva hasta revistas porno y polvos para lavar. La decadencia era prorrogable, le había pasado antes con Matilde y aunque todavía no le pasara con Carla quién le firmaba a él una garantía, un crédito hipotecario, quien avalaba, quien ofrecía indemnizaciones en caso de despido y putrefacción emocional. Hacía falta tomar decisiones, sobre todo respecto a la semilla. Luego sobre la mujer y sobre el espacio geográfico en el que se tendría que ubicar, la situación cotidiana, la dirección a la que enviar por correo las botellas de Calvet que de cuando en cuando le mandaría su amigo el inspector de procesos. Habría que elegir un sitio como Surf City y tal vez llevarse a Carla consigo como quien pescaba al arrastre, como sin quererlo, proponerle a Carla un despido voluntario, una deposición, e irse a vivir a Surf City donde tarde o temprano terminarían construyendo barreras en el mar y donde tal vez no llegasen los ecos del desastre por llegar, donde los disparos fallidos no tuvieran alcance, donde las llamadas a deshoras tampoco tuvieran alcance, buscar una casa sin teléfono, vender el experimento no a Mosaico sino a cualquiera que corriese con los gastos de aquella casa en Surf City y de la no compra de un teléfono. Habría que averiguar cuánto costaría la incomunicación.

MATI

Martin no consideraba a Matilde. No se ponía a pensar en Matilde. No juzgaba aquellas llamadas como no juzgaba sus prolongados silencios ni el sentimiento de que tal vez no había venido a este mundo para ser madre. Ella que tan pocas veces había sentido el instinto maternal y sin embargo, especialmente aquellos domingos por la mañana cuando se habían ido los cuatro a desayunar empanadillas al Café Dreyfuss done el dueño, Barry, les ponía Blue In Green tan a destajo, tan a contrapelo, tan música incapaz de asentarse o sobrevolar un domingo por la mañana. Y aquello a Barry le hacía gracia. La risa de aquel hombre era inversamente proporcional al disgusto de Matilde. Y allí sentados, entre tanta empanadilla y teniendo a los niños como excusa, los niños como ambiente, como escenario, como contexto, allí había sentido Martin una especie de unidad, de sentimiento a poliedro, que muy pocas veces había sido capaz de explicar. Matilde nunca había sido una madre normal y corriente, eso lo supo él antes de que se quedara embarazada. Pero entre tanto humo y entre tanta niebla, él había visto granos de unidad, había percibido compatibilidad, polos opuestos, fragmentos de comunión, por mucho que a ella le gustase negarlo.

Su hora era sobre todo la madrugada, cuando le preguntaba por esa novia que se había echado, esa tal Carla, cuando quería saber si le había contado sobre aquellas conversaciones nocturnas. Matilde daba una calada profunda a su cigarro y en ese impase, al otro lado del teléfono, a Martin no le daban ganas de colgar pero sí de mandarla al carajo. Pero no colgaba. Se quedaba ahí ensimismado, contestando monosílabos, dejándose agarrar por el pulpo Matilde, mujer de tela de araña, mujer pinza, mujer de cuerda floja y nudo corredizo

Monday, 2 July 2012

CERCA DE AUSTRIA

Cuando le preguntaron que dónde iba les dijo que cerca de Austria. Tenía amigos cerca de Austria y esperaba que le diesen refugio. Llevaba un mapa viejo en el que había marcado con bolígrafo rojo el punto de destino. Debajo del punto había escrito: Cerca de Austria. En Cerca de Austria esperaba encontrar la tranquilidad y las ganas de dormir que tan poco había tenido en Carson City. Esperaba también desayunos copiosos, tertulias de mesa y cuartetos de cuerda. Cuando le preguntaron si ella se consideraba una de esas personas que le exigían mucho a la vida, no supo qué contestar. Se cruzó de brazos y levantó la vista tratando de llamar la atención de la camarera. Café y tostadas, dijo con la voz un poco ronca de tanto gritar.

La Agonía del Coronel / Mudanzas Sinfín

Carla y esa manera que tenía de parapetarse detrás del hombre que quería, esa manera con la que pedía perdón casi sin querer, con la boca pequeña. Cuando se disgustaba estornudaba prolíficamente. Babas y mocos salpicaban en la sopa y era entonces que Antonio, que no era tonto, le preguntaba sobre el disgusto. Las deudas de juego y la manía de olvidarse a menudo la puerta del corral abierta habían contribuido de igual manera en la ruina financiera. Bienes terrenales tenían bien pocos. A veces le tenían que pedir prestado el caballo a la familia Uriarte porque de lo contrario no había manera de arar la tierra. Al señorito le gustaban las vedettes y en menor medida el chupito de anís. Él se levantaba temprano, con la fresca. Se arremangaba sobre la pila y se miraba en el espejo sin conocerse del todo. Se habría jurado tener otra vida, estar en otro sitio. Habría jurado verse en el asiento trasero de un automóvil sin capota, conduciendo por una carretera de palmeras washingtonias, bebiendo café de filtro, aparcando en mediodías redondos, bajo un cielo cerebral. Ella no quería ser puta, le dijo.

SOLUCIONES CONTRA LA CRISIS 1

Soluciones contra la crisis: 1_ Se saque a la palestra el crimen de los marqueses de Urquijo. No como elemento desviatorio ni como prorroga, sino como ejercicio de concentración. Se abra de nuevo el caso y se vuelva a analizar con creatividad. Es necesario una reconstrucción a escala real de los cuerpos de los señores marqueses, no en cera sino en material sintético. También será necesario la colaboración vía video-conferencia del desaparecido Anastasio. Todo ello sin ánimo de lucro y pensando en que un mundo mejor es posible. Una vez finalizado el proceso será imperativo cantar a viva voz “Viva la gente”

Wednesday, 2 May 2012

EL RAYO CÓSMICO (PARTE II)

Caminamos con el rayo cósmico a cuestas. Caminamos al mediodía como quien ha perdido el autobús, entre pueblos sin semáforos, con el trigo y la cebada y lo que queda de huerta como camino. Caminamos llevando a rastras la poca urgencia agregada. Jacinto se ríe del tonto del pueblo, del pueblo anterior. A mí se me queda algo de Quijote y Sancho Panza. Nada que ver con nuestras personalidades, ni los hablares o el esperpento. Es más que nada la manera con la que andamos por el arcén, entre tanto mediodía de provincia, de carretera secundaria, sin nubes en el horizonte, con el cantar de las cigarras, el oasis en cada curvatura de asfalto, las uñas de los pies largas, el zapato que se come el calcetín de tanto andar. Jacinto había pensado dejar que una televisión pudiese filmar no el rayo cósmico en acción sino el aparato que llevábamos en el saco y que denominábamos rayo cósmico. Nos intercambiábamos el saco de Nitrato de Chile. En un pueblo una mujer nos sacó pastas y vino casero. Nos invitó a su casa de baldosas gélidas y paredes recias. Los interruptores de la luz negros, en forma de pestillos laterales. Casas de pueblo con timbre de teléfono, con puertas que no cerraban del todo bien, los ladridos del perro, la roña en las rodillas… Se me antojaba cierto quijotismo en la manera con la que nos arrastrábamos de pueblo en pueblo con el rayo cósmico a cuestas, sin que nadie supiera que lo llevábamos en el saco. En según qué pueblos había alcalde y banda municipal esperando junto al cartel de la entrada. Muchos pueblos llevaban la palabra “de” intercalada. Jacinto me contaba de Alfredo Landa y Marisol y de cierta película ambientada en San Fernando. Me contaba de una chica con trenzas, con plena pubertad en ebullición, granos en la cara. Me contaba de aquellos besos sin lengua donde se pretendía ser John Wayne o Rooster Cogburn. Yo entonces me acordaba de Magdalena y me venía el peso ese en el estómago que achacaba a los últimos mantecaos que nos habíamos comido, o al último pandero, o a las magras con tomate. Jacinto quería comprarse alpargatas de campo, yo prefería mis Nike Air Jordan. No resultaba fácil preguntarse sobre los porqués del rayo cósmico y lo que en realidad suponía. Jacinto me contaba, por las noches, que echaba de menos la bodega del “Bolero” y la humedad y las astillas que se le clavaban a uno cuando se apoyaba en las paredes del barco. Según qué noches en según qué pueblos, cualquier mujer nos dejaba dormir en una alcoba con cama alta y mantas pesadas y muñeca de tamaño natural haciendo de adorno, de pie, en un rincón de la habitación. Jacinto echaba de menos Formentera. Yo echaba de menos la protección que la isla me otorgaba contra el dolor por la pérdida de Magdalena. En según qué pueblos de Lérida, Huesca o Zaragoza, cuando en cualquier taberna o bar casino me permitía compartir mis penas con cualquier alguacil o con cualquier herrero, entre vinos que dejaban marca en el vaso, ellos decían Madalena en vez de Magdalena. Contraían las silabas haciendo rodar la palabra Madalena. Sin darle más importancia de la que tenía luego se pedía otra ronda y se cambiaba de tema. Había quien nos ofrecía dinero por acudir a sus casas y hacerles levitar algún electrodoméstico en privado. Hubo quien pidió que se hiciese levitar al electrodoméstico con el hombre montado encima. A Jacinto no le gustaba salirse de la rutina establecida. Le gustaba dictar reglas. Las demostraciones privadas se podían llevar a cabo según la justificación que ofreciese el demandante. No era cuestión de dinero, decía mirándome las Nike Air Jordan en mitad de otra carretera, al mediodía, sintiéndose a disgusto con sus alpargatas recién estrenadas

Tuesday, 1 May 2012

EL RAYO CÓSMICO (PARTE I)

Primeramente llegó el rayo cósmico y luego vino el dinero. En Formentera donde uno juega a no parecerse a nadie, sin tener a Magdalena, atracando barcos veleros, durmiendo en el sótano del “Bolero”, jugando a cartas, leyendo manga, untando mostaza Dijon en rebanadas de pan viejo, de miga dura, Jacinto se había pasao tres meses dando por culo en aquella especie de laboratorio/sala de maquinas del barco, montando artilugios, desarrollando sin querer el rayo cósmico que luego a la postre traería dinero y destrucción en proporción. En realidad no servía de nada, se explicaba Jacinto. Yo había puesto una canción que se llamaba Stardust. Habíamos puesto agua y Nescafé descafeinao a hervir, todo mezclao en aquella regadera reconvertida en tetera. El rayo cósmico, apuntado en la dirección y ángulo correcto, sobre la base de ciertos electrodomésticos(lavadoras no), hacía que levitasen para el asombro del personal. La idea se explotaría con un circo retro, de pueblo en pueblo, como si fuera el hombre elefante. Primero no vendría ni dios, luego cuatro gatos, después algún intelectual pasado de rosca, se haría el boca a boca, denegaríamos permiso a cualquier televisión, nadie lo pondría en youtube, sería algo para ver en persona, habría que pagar y hacer cola a la entrada. La levitación en sí no era gran cosa. Los electrodomésticos no volaban por el cielo ni mucho menos. Apenas se alzaban unos centímetros del suelo, en perpendicular, sacudidos por temblores secos, como un transbordador. Pero la gente venía. Se designaron circuitos y se vendieron entradas con antelación. Nos ofrecieron mucho dinero por dejar acceso a las cámaras. Una productora danesa quiso comprar el proyecto, incluido Jacinto. Un grupo de negocios saudí nos compró un Rolls Royce que dejamos aparcado en Formentera, en el aparcamiento de la marina donde atracaba el “Bolero”. Yo pronto empecé a sufrir, cada vez más, ante la insoportable ausencia de Magdalena. Yo había huido a Formentera para escapar del dolor que me produjo la ruptura con Magdalena. En Formentera me había dolido menos. Aquel era un lugar donde para estar triste se estaba bien. La compañía de Jacinto no había ayudado, siempre dando por culo con esto o con lo otro, pero aquellas sesiones en la bodega apestosa del “Bolero”, los melones rancios que nos vendía Rogelio desde el muelle, los pescadores desalmaos, las putas de semi lujo que nunca pudimos convencer, las pajas por turnos en el baño, la prohibición de correrse en la ducha, la risa de Jacinto cada vez que un cable le daba corriente… En Formentera lo mismo me había jodido pero el dolor había venido de distinta manera. Luego el rayo cósmico nos trajo dinero y comodidad, elementos altamente contraproducentes en estado de depresión. Jacinto había sugerido que diese clases de saxo, aprenderme las estrofas de Stardust como vía de escape. El dinero se nos salía de los bolsillos. Jacinto jamás reclamó un porcentaje mayor por haber sido el inventor del rayo cósmico. Hoy estamos sentados en una parada de autobuses en un pueblo semi deshabitado de la provincia de Lérida, esperando al autobús de las 3 que nos llevará a Lérida capital. El rayo cósmico lo llevamos en un saco de nitrato, de plástico amarillo. Nos lo dio un agricultor. Un saco con la estampa de la marca “Nitrato de Chile”

Sunday, 11 March 2012

SONSOLES Y LAS TETAS

Cuando te ponen un anuncio de esos de agencias de relaciones, te buscan novia, te ponen una chica más que decente en la portada del anuncio, suelen estar entre los cuarenta y los cincuenta porque ahí es donde está el negocio. Una mujer que ha sido madre, que se casó en su día con dvd y viaje a Laos-Camboya, con separación primero y divorcio después, custodia del pequeño compartida y reasesoramiento de prioridades. Ya no vive en el adosado, ya no viaja al pueblo los fines de semana, ya no sale con otras parejas. Ahora juega a los bolos los miércoles por la tarde y baila danza-jazz los sábados por la mañana. Ahora busca pareja pero desde otro ángulo, con diferente perspectiva. Está demasiado buena para su edad. Le cuelgan dos tetas inmerecidas. Lleva una blusa ajustada a través de un ancho cinturón de hebilla. El pelo liso hasta la mitad del cuello. Te ponen un anuncio con la foto de esta Matilde que vaya a saber uno si en realidad se llama Matilde o Margarita. Te ponen una foto de una mujer modelo, tal vez casada, tal vez enamorada, tal vez madre de cinco. ¿Buscas pareja a los cuarenta? El mensaje subliminal no son las tetas ni los ojos azules ni la melena acacerolada. El mensaje es el dvd y el viaje a Laos-Camboya y los souvenirs que luego se traen al adosado, el escudo Zulú, la ensaladera árabe, el juego de té, la piel del oso. El trofeo no es el orgasmo sino la república compartida, la casa rural. Las tetas son en realidad una excusa para subir al monte a coger setas con una cesta comprada para la ocasión en una feria artesanal

Saturday, 18 February 2012

SUCK IT AND SEE

María Garcés pesaba setenta y dos kilos, mal llevaba 53 años de vida y dedicaba las tardes a hacer voodoo en el cuerpo de trapo de Antonio Cañadas Valiente, antiguo esposo y presente demandante por apropiación indebida. María había tenido otro cuerpo en otro tiempo, había sido una mujer distinta, alejada de grasas y recibos de la seguridad social y caminos preconcebidos. Había hecho de paquete en una Guzzi del 64 y había recorrido Europa con Antonio durante dos años y medio jugando a pretender perderse en distintos hoteles y fronteras y países como excusa para no perderse en los brazos de cada uno. Antonio encontró fortuna en las granjas de doradas, pronto hizo dinero y se desentendió de María y de la moto. Pinchaba el muñeco de trapo mientras Antonio daba sorbos a un Martini blanco, apoyado en el balcón de una suite de hotel, dando la espalda a otra chica veinte años menor. En la mesilla de noche quedaban restos de rayas de cocaína incrustadas en círculos de vasos de brandy. María seguía incrustando agujas en el muñeco con la total seguridad de que estaban produciendo el efecto esperado. Tal vez no le den pinchazos en el estómago, tal vez no sienta el acero del cuchillo, tal vez no se tenga que doblar de dolor, pero el voodoo le está surtiendo efecto, claro que le está surtiendo efecto. María pretendía tener poderes psíquicos. En un juicio posterior Antonio se rió a carcajadas cuando fue preguntado si había padecido dolores que pudiesen estar relacionados con prácticas de voodoo. María hubiese deseado tener treinta años menos cuando tuvo que subir al podio para ser interrogada. Claro que le duelen los pinchazos, claro que hacen efecto. Cada agujazo se convierte en diez minutos de ansiedad, en un periodo de indecisión, en malestar general, en tos crónica. Mírenle la cara, les dijo a los miembros del jurado. Un hombre como él, demasiado mayor para contener un cerebro impertinente. Un hombre que se va al médico y vuelve con una receta pretendiendo estar enfermo. Claro que el voodoo le hace efecto, decía agarrada a la barandilla del podio, cerrando los ojos de cuando en cuando, pretendiendo sentir el viento en la cara, abrazada a una chaqueta de cuero negro, oliendo la gasolina y los kilómetros perdidos como si fueran días de otro tiempo

Wednesday, 8 February 2012

GUILLERMINA FOZ

El día en que Salchichas de Pollo fue denominada “Holding” y no mera agrupación intelectual fue el mismo que hizo falta nombrar un “Comité de Riego” para encarar los problemas de sequía que sufrían ciertas áreas del chalet en el que por aquel entonces convivíamos. Jesús Puente, lejos de formar parte del Comité de Riego y colaborar en la ardua tarea de hidratar el tejido, pregonaba a diestro y siniestro anunciando que la música era la única solución. El remedio físico era bula y careta de cartón, decía arropado por la sinergia que le otorgaba la botella de whisky de doce años que empuñaba. Hacía falta poner música, acercar altavoces a la parte trasera del chalet donde la tierra se agrietaba víctima de una sequía focal. Se subió a una roca y llamó a todo al mundo a que se le acercase. Eran las dos y media de la tarde. Nadie sabía a ciencia cierta si aquellas palabras las dictaba el alcohol o la locura. Todos los caminos conducían a Monk, gritaba a pulmón abierto. Todos los caminos conducían a Monk, mientras los técnicos de riego se arremolinaban a sus pies. Jesús Puente se convertía en estatua viviente, en orador de malta. Todos los caminos conducían al único maestro capaz de tocar las teclas del piano a la inversa, tocar hacia atrás aunque la melodía fuese hacia delante. Con los dedos secos como la tierra, aplastaba notas con la única intención de deshacer la nota en cada quejido, de quitarle la capucha a la canción. Cada vez que Monk tocaba les sacaba guisantes a las teclas, decía un Jesús Puente más apasionado que de costumbre. Los moros se habían equivocado con aquello del regadío y los canales y el ajedrez. Todos los caminos conducían a Monk, decía mientras que por el rabillo del ojo admiraba de forma intermitente las interminables piernas de la nueva becaria, Guillermina Foz, natural de Lanzarote, tierra de fuego

Monday, 6 February 2012

TAMBIÉN TENÍA SUEÑOS PEQUEÑOS

En sus sueños más alocados John Lennon se peinaba a raya y Marifé de Triana hacía el tonto subida a un caballo de madera. No aparecían juntos en el sueño. Le gustaba extrapolarlo todo, sobre todo las fantasías aquellas que se le aparecían sin razón aparente. La guerra siempre sucedía por la tarde, de buena mañana los muchachos limpiaban cañones y las mujeres planchaban los trajes a los alféreces. Había quien se mojaba el pelo antes de la batalla. También tenía sueños pequeños e incluso sueños medianos. En sus sueños más pequeños se veía a sí mismo de bebé, jugando al ajedrez, en pañales. En los sueños medianos perdía los zapatos por el hueco que quedaba entre los peldaños de las escaleras de la Torre Eiffel. Los zapatos caían muy poco a poco, desde lo alto de la torre, balanceándose en el aire como si fueran plumas, como hojas de árbol platanero. Se balanceaban durante horas hasta que por fin aterrizaban en las aguas del Sena. Yo lo veía todo desde las escaleras frías, metálicas, sentado de rodillas, con los ojos tapados por el vértigo que me daba el viento en la cara

MANERAS DE VIVIR

Nos habían llamado de una radio en pleno Alvarado Park, en Albuquerque, y se nos había pedido con claridad y diligencia, que colaborásemos en el programa collage que hacían los martes por la noche para que narrásemos en primera persona y ante toda la audiencia Nuevo Mexicana lo que había significado para muchos de nosotros el descubrimiento en 1981, de la canción Maneras de Vivir, incluida en el álbum “En Vivo” del grupo Leño. A toda la gente que forma parte de este movimiento de masas que es Salchichas de Pollo, opinar así por opinar siempre nos ha gustado mucho. Tanto Juanjo Bautista como Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano comían ganchitos de queso acercando las barbas al micrófono de la emisora independiente que dirigía Manuel “Culebra” González. La tarde previa a la grabación la pasamos en el frontón que habían construido en lo que antes había sido el Parque de la Cordialidad. El frontón había sido cosa de petición popular, nos dijeron en la radio. Después del programa, tanto Cárdenas Solórzano como un servidor tuvimos muy pocas ganas de irnos a la cama. Se establecieron dos grupos; uno de retirada y otro de continuación. Los chicos de la emisora consiguieron varias botellas de vino dulce y juntos la emprendimos hacia aquella explanada que llamaban la puerta del desierto. Una vez allí, seguimos hablando de Rosendo y su Maneras de Vivir. A las 3:15 de la noche Cárdenas Solórzano llevó a cabo el mejor y más original comentario al respecto. Los chicos de la emisora le reprocharon que no hubiese tenido semejante ocurrencia en antena. El viaje de vuelta a casa fue de lo más placentero. Pudimos avistar ballenas espermáticas y delfines de gran plasticidad. Juanjo Bautista no se quitó los auriculares ni para mear

Sunday, 5 February 2012

THE HOURS

Si no era por el celofán, joder, ni por lo otro. Era esa manía que tenía de rascarse a deshoras, sin que hiciera falta, el picor mental, las pocas ganas de bajar abajo y poner la mesa, sacar los platos de la vajilla antigua, la del arreglo floral incrustado que tanto le recordaba a la casa de campo en los años cuarenta, aquel semi feudalismo donde todo se metía en conserva, la leche con nata, el pan duro, las montañas de trigo. Se rascaba como respuesta a estímulos externos. Se rascaba como para defenderse de sí misma. Según el estímulo, según la frase que el joven Jonathan hubiese recitado o según el mensaje, si tuviese que ver con un pago o con una cita, ella se rascaba en el hombro o en la espinilla. Cuando se rascaba en la espinilla, primero se bajaba el calcetín. Se sentaba en cualquier sitio, en el bordillo de una acera, sobre el borde de una fuente, y doblaba la pierna acercándose el pie. A veces se rascaba porque había levantado la vista y descubierto una chimenea en el momento preciso cuando comenzaba a vomitar humo. Otras se rascaba porque el semáforo había cambiado mientras cruzaba o porque en una peluquería habían encendido un secador justo cuando iba a preguntar la hora. Se rascaba como se rascaría una mosca. También fumaba por fumar, y veraneaba en la costa cada primera quincena de cada mes de Agosto, sin ganas pero sin reparos, dejándose llevar por la cuesta abajo y el bocadillo previsible, las tortillas de claroscuros, la sonrisa de Erica, el Don Juan jugando a las sombras chinescas. Matilde era muy friolera. Se ponía vaqueros y jersey encima del pijama. Tenía un jersey de lana a rayas que según ella se agrandaba a las dos horas de haberlo llevado puesto. Luego lo guardaba en el cajón y al día siguiente había menguado milagrosamente. A Matilde le gustaba pensar en voz alta

Sunday, 29 January 2012

CLAROSCURO Y BARRABÁS

Me soplaba en el pescuezo, yo con el pelo recién cortado a maquinilla, me pasaba la yema de sus dedos y la sonrisa se me amortajaba, me salía moho, los dientes se me volvían pan duro. El trabajo y los días que aquí transcurren como si fuera aliento en bolsa de papel, llave y enfermedad. Bruno cronometraba el ciclo que tardaba la lavadora secadora, los pijamas a rayas recién tendidos, el arte en sus huesos. Por aquellos días en aquella parte del edificio, en los tres primeros pisos, se disertaban los atardeceres con sardinas en lata y vino tinto y dolor de muelas. Ella que me roza con sus labios y las tarantas y los tanguitos se trasladan a vivir al campo. Ella que tantas veces apuesta al rojo, par, con leche y sin mano izquierda. Ella que de cuando en cuando estaba hecha de barro seco. La nuez por la que se me arrastra la saliva cuando a las once de la noche suena el teléfono en el piso de abajo, en el mueble donde no hay teléfono, donde René y Max siguen con esa manía de no conocerse, con chaquetas de lana verde y trajes de alpaca, enrabietados con el sonido que produce cada gota cuando se suicida desde lo más alto del grifo oxidado. Antoine y Desiré ponían discos de Clarinda Jones y de los Sweet Tenants, y era sobre todo en la tercera canción del segundo disco, cuando el solo de saxofón irrumpía después del ninguneo de piano, cuando la melodía frenaba en seco, era entonces que Antoine le hacía escribir a Desiré en un papel cuadriculado, la descripción sentimental que le producía la irrupción de aquel saxofón, exactamente a las cuatro de la tarde de cada martes y jueves. El experimento duraría tres meses y medio. La finalidad era encontrar la cura contra el dolor que suponía esa especie de muerte que siempre sucedía después del mediodía, cuando los garbanzos pesaban en el estómago y cuando se seguía sin noticias de Mari Ángeles y el bebé y aquella pila de facturas sin pagar. Habría que encomendarse a Mallarme, había sugerido René, un poco más de este lado de las cosas, sin echar nada de menos, sin hacer mención de la posguerra ni de la balística ni de los recuerdos que le traía el sonido de la brisa atlántica

Tuesday, 17 January 2012

EL MARISCO, SIN COMPARACIÓN

Las gacetas de lo acuario, el término que se corroe sólo de ser pensado

Ella que venía como fibra de pelo ondulado, como síntoma de elemento obtuso

La inocencia de sus llamadas parecía estar programada, como sopa de rancho, como perro faldero

Se ajustaban cuentas en locales del sur del puerto, la bocanada negra, el mestizaje que armonizaba

Colgado en las cuerdas de tendederos. Se apostaba la gente sin camisa y sin estribo

A veces uno se pone a pensar en la incongruencia de algunas islas del pacifico, en el estado de semi

Dormidera en el que se encuentra el amanecer color pardo, el tigre y la hiena, los caramelos de menta

A sabiendas de que las cosas no acaban, de la permanencia del tiempo y el movimiento circular

La luna que sabe a paquete de ganchitos naranjas, a culebra de esparto y Martín pescador

Los camiones cargados de troncos pasan por delante de la gasolinera sin dejar rastro ni saliva

Ay de mí que levito en mi encierro! Ay de mi que a través de los barrotes negros, en la torre del oro, donde

La tierra está hueca de túneles y donde la ausencia de gritos y tormentos encandila las pausas, ciertos momentos

Monday, 9 January 2012

BESOS SÍSMICOS

Se besaban sin parar. Se sentaban en el parque, hacían picnics y luego se besaban hasta que el beso hacía daño, hasta que la fricción labial terminaba produciendo movimientos sísmicos. El labio superior de ella se metía debajo del labio inferior de él y así pasaba que el puente colgante de San Francisco se partía por la mitad