I imagined people at breakfast, people who know each other intimately, probably a husband and a wife, speaking in unfinished sentences, in grunts, in coughs, as people do, particularly at that time of day. And I wondered what it would be like to sit down at that kind of dialogue, in which sentences are rarely completed and thoughts are rarely followed up and one person is not really listening closely to another. That’s all I had. And that’s when I began writing - Don Delillo
Wednesday, 5 December 2012
Y SIN EMBARGOS
De donde se alquilan “y sin embargos”. Se alquilan por horas, por días, por frases o por tipo de comunicación. Si es un “y sin embargo” para usar contra un novio o una novia, entonces se piden depósitos y se exige firmar pólizas de seguros con daños a terceros y clausulas de indemnización
SALCHICHAS DE POLLO WEEKEND
En Salchichas de Pollo tenemos la total convicción de que cuando alguien dice la frase; “Para bien o para mal”, en realidad está diciendo; “Para mal”
Tuesday, 4 December 2012
LA COMUNIDAD
En Salchichas De Pollo detestamos a cualquier persona que hable o se refiera con cariño a “la comunidad”. Gente que trabaje por el bien de “la comunidad” no serán nunca bienvenidos a esta casa. Tampoco es que nos hagan mucha gracia los profesores, cualquier tipo de profesor. No necesitamos que nadie nos inspire, gracias
EL ABRAZO DEL CANTÁBRICO
Donde dos personas intentan abrazarse al Cantábrico como si éste fuera sólo un mar y no una danza de buitres. Un tipo que se llama Jacinto (de nacimiento), que nunca ha ganado la lotería y que comparte piso con un ecuatoriano de apellido Quiñones y también con la ex novia de ambos. Es por culpa de la ex novia de ambos, precisamente, por la que Jacinto y el señor Quiñones deciden que ya no pueden más con el día a día, que ya no encuentran placeres ni en las pequeñas ni en las grandes cosas que ofrece la vida, y es por ello que abrazarse al Cantábrico les parece la opción menos mala. La ex novia de ambos, que también es ex novia de otros muchos, trata de disuadirlos a base de tartas de manzana, paseos por el parque, permisión de toqueteo de tetas y desnudos semi integrales. Ella necesita de ellos para calentarse el estómago y para sentirse guapa. El señor Quiñones, antes de abrazarse al Cantábrico, recuerda a su ex mujer, a sus hijos, los años en Babahoyo, el perfume de aquella tierra, los amigos y todas las cosas buenas. No recuerda la traición ni la humillación a la que fue sometido. Tampoco recuerda el accidente ni la navaja ni la manera con la que su ex mujer se desangró entre sus brazos. Lo que en cambio sí recuerda es el puesto que ocupaba de notario en la calle General Eloy Alfaro. Jacinto por su parte, no recuerda gran cosa. A punto de abrazarse al Cantábrico se deja manosear por el frío y el salitre. Se deja menospreciar por el sonido de las olas, por las calles de espuma, por las gargantas afónicas. La ex novia de ambos se da por vencida y los deja abrazarse al Cantábrico. Se pasea por el cuarto, fuma más de lo que come, se mordisquea las uñas, se baja al bar de abajo donde se deja querer negociando con su cuerpo como si fuera contrabando
Monday, 3 December 2012
Diario de Sebastián Montejano - 19/08/1991
16 de agosto 1991
Un chico llamado Jacinto Belano, poeta, hermano de un tal Arturo Belano quien fue muy famoso porque salió en un libro que se llamaba Los Detectives Salvajes. Jacinto Belano era poeta pero no pertenecía al grupo de los real visceralistas como lo había hecho su hermano Arturo en el famoso libro. Jacinto había creado su propio movimiento poético, los antinaturalistas. Yo de poesía no sabía nada. Por no saber casi no sabía ni leer ni escribir. Jacinto me recogió de la calle el día en que me había esposado a la farola que había en frente de la pensión donde me había alojado. En el momento de querer esposarme a la farola, por amor, como no tuve esposas sólo pude atarme con una liza. Para entonces la señora Adriana Morales Liso, madre de la chica de la cual me había enamorado perdidamente, había llamado a la policía. Jacinto me encontró allí arrodillado y se preocupó por mi situación. Me convenció de huir antes de que llegase la policía. Me dijo que el hecho de haberme declarado en rebeldía abandonando mujer, país e hijos, por una chica de 16 años con la cual ni siquiera había mantenido una conversación, tal vez fuese resultado de lo que él y su grupo de poesía antinaturalista llamaban, un enamoramiento anímico, que no sentimental
Un chico llamado Jacinto Belano, poeta, hermano de un tal Arturo Belano quien fue muy famoso porque salió en un libro que se llamaba Los Detectives Salvajes. Jacinto Belano era poeta pero no pertenecía al grupo de los real visceralistas como lo había hecho su hermano Arturo en el famoso libro. Jacinto había creado su propio movimiento poético, los antinaturalistas. Yo de poesía no sabía nada. Por no saber casi no sabía ni leer ni escribir. Jacinto me recogió de la calle el día en que me había esposado a la farola que había en frente de la pensión donde me había alojado. En el momento de querer esposarme a la farola, por amor, como no tuve esposas sólo pude atarme con una liza. Para entonces la señora Adriana Morales Liso, madre de la chica de la cual me había enamorado perdidamente, había llamado a la policía. Jacinto me encontró allí arrodillado y se preocupó por mi situación. Me convenció de huir antes de que llegase la policía. Me dijo que el hecho de haberme declarado en rebeldía abandonando mujer, país e hijos, por una chica de 16 años con la cual ni siquiera había mantenido una conversación, tal vez fuese resultado de lo que él y su grupo de poesía antinaturalista llamaban, un enamoramiento anímico, que no sentimental
SEBASTIÁN MONTEJANO (Ponerle apodo a un muerto)
En Salchichas de Pollo nos preguntamos, ¿se le puede poner apodo a un muerto? Esto es, un apodo nuevo, un apodo que tal vez nada tenga que ver con lo que esa persona fue en vida. ¿Se le puede poner apodo a un muerto que ni siquiera fue famoso?
Un tipo llamado Sebastián Montejano que en vida fue operario de un taller de suspensiones en Burgos. Trabajaba en Burgos pero no vivía en Burgos-Burgos. Vivía en una casa alquilada en Padernales. Este hombre tenía mujer y tres hijos. Era hombre de padre nuestro, de santiguarse antes y después de acostarse, de periódico los domingos, transistor a pilas y colonia en el pelo. Este hombre recibió un premio por parte de su jefe. Un viaje a Chile para una semana. La empresa o taller de suspensiones donde Sebastián trabajaba, tenía negocios en Chile. El jefe había sacado billete para visitar a un cliente en Santiago de Chile pero por cosas del destino le resultó imposible acudir (asuntos personales de gravedad). Iberia no tenía forma de cancelar el billete ni de rembolsar el importe. De ahí a que el jefe decidiera darle el billete a Sebastián como regalo por una trayectoria impecable en la empresa
Sebastián Montejano había ido a Madrid una vez en la vida. Aparte de aquella visita a Madrid no había salido jamás de casa. Al principio dijo que no, que mil gracias pero que no. Le venía justo para leer. Era un hombre campechano, casado, con hijos, ¿dónde iba a ir un cateto como él a Chile?, no, haría la risa, no. En caliente le dijo a su jefe que no sabía lo mucho que le agradecía semejante gesto pero que le iría mejor si le diese el billete a alguien que lo pudiera disfrutar más, Alejandro de administración, por ejemplo
Tras haber hablado con su mujer y haber estudiado la proposición con perspectiva y mejores ojos, Sebastián se presentó en la oficina al día siguiente para decirle a su jefe que se lo había pensado mejor y que de buena gana aceptaba el regalo. El avión salía en 5 días. La mujer de Sebastián le metió catorce bocadillos en la maleta y le prometió que le rezaría cuatro ave marías cada día
Lo que ocurrió en Chile es difícil de contar. Sebastián, a quien le venía justo para leer y sólo tenía maneras pueblerinas, se enamoró enloquecidamente de la hija de la mujer que regentaba la pensión en la que se hospedó durante el viaje, y loco de amor se declaró en rebeldía, se negó a volver a España, y juró amor eterno a la hija de la dueña quien solo tenía 16 años (2 años menor que la propia hija de Sebastián). Esta chica, de más está decir, no le correspondió. La madre de la chica lo denunció a la policía
Años más tarde Sebastián murió como muere todo el mundo. ¿Se le puede poner apodo a un muerto como Sebastián?
Envíennos posibles apodos para Sebastián Montejano y todo aquel que pase la primera criba entrará a formar parte del sorteo de un viaje a Chile. Será un viaje para dos personas que incluirá hotel en régimen de pensión completa, trasbordos al aeropuerto y una visita guiada al barrio de Quinta Normal, lugar donde se ubicó la pensión donde se alojó en su día Sebastián Montejano
Un tipo llamado Sebastián Montejano que en vida fue operario de un taller de suspensiones en Burgos. Trabajaba en Burgos pero no vivía en Burgos-Burgos. Vivía en una casa alquilada en Padernales. Este hombre tenía mujer y tres hijos. Era hombre de padre nuestro, de santiguarse antes y después de acostarse, de periódico los domingos, transistor a pilas y colonia en el pelo. Este hombre recibió un premio por parte de su jefe. Un viaje a Chile para una semana. La empresa o taller de suspensiones donde Sebastián trabajaba, tenía negocios en Chile. El jefe había sacado billete para visitar a un cliente en Santiago de Chile pero por cosas del destino le resultó imposible acudir (asuntos personales de gravedad). Iberia no tenía forma de cancelar el billete ni de rembolsar el importe. De ahí a que el jefe decidiera darle el billete a Sebastián como regalo por una trayectoria impecable en la empresa
Sebastián Montejano había ido a Madrid una vez en la vida. Aparte de aquella visita a Madrid no había salido jamás de casa. Al principio dijo que no, que mil gracias pero que no. Le venía justo para leer. Era un hombre campechano, casado, con hijos, ¿dónde iba a ir un cateto como él a Chile?, no, haría la risa, no. En caliente le dijo a su jefe que no sabía lo mucho que le agradecía semejante gesto pero que le iría mejor si le diese el billete a alguien que lo pudiera disfrutar más, Alejandro de administración, por ejemplo
Tras haber hablado con su mujer y haber estudiado la proposición con perspectiva y mejores ojos, Sebastián se presentó en la oficina al día siguiente para decirle a su jefe que se lo había pensado mejor y que de buena gana aceptaba el regalo. El avión salía en 5 días. La mujer de Sebastián le metió catorce bocadillos en la maleta y le prometió que le rezaría cuatro ave marías cada día
Lo que ocurrió en Chile es difícil de contar. Sebastián, a quien le venía justo para leer y sólo tenía maneras pueblerinas, se enamoró enloquecidamente de la hija de la mujer que regentaba la pensión en la que se hospedó durante el viaje, y loco de amor se declaró en rebeldía, se negó a volver a España, y juró amor eterno a la hija de la dueña quien solo tenía 16 años (2 años menor que la propia hija de Sebastián). Esta chica, de más está decir, no le correspondió. La madre de la chica lo denunció a la policía
Años más tarde Sebastián murió como muere todo el mundo. ¿Se le puede poner apodo a un muerto como Sebastián?
Envíennos posibles apodos para Sebastián Montejano y todo aquel que pase la primera criba entrará a formar parte del sorteo de un viaje a Chile. Será un viaje para dos personas que incluirá hotel en régimen de pensión completa, trasbordos al aeropuerto y una visita guiada al barrio de Quinta Normal, lugar donde se ubicó la pensión donde se alojó en su día Sebastián Montejano
FE DE ERRATAS
Fe de erratas:
Donde dice Agustina Villamar debe decir Agustina Villamar Terrón
La gente ya no se mira al espejo como antes
Donde dice Agustina Villamar debe decir Agustina Villamar Terrón
La gente ya no se mira al espejo como antes
Amor, humor y perros flacos
En la nueva adaptación que Matías Manchego y su equipo de siempre han hecho del Lazarillo de Tormes, el personaje principal, Lázaro, no hace de lazarillo de nadie pues en esta adaptación el ciego dispone de un perro guía (labrador) y también cuenta con la inestimable ayuda de una hermana que se vino del pueblo tan pronto conoció de las necesidades de su hermano
El no accidente de la famosa soprano Agustina Villamar
El 14 de febrero de 1997, la famosa soprano Agustina Villamar no sufrió ningún accidente de tráfico tras el cual se le tuvo que amputar la pierna izquierda. La tarde de aquel no fatídico 14 de febrero y después de haber sufrido un ataque de ansiedad provocado por dudas internas respecto a la calidad de sus interpretaciones, Agustina prefirió no coger el coche ni bajar a la ciudad por lo que no sufrió ningún accidente. Se quedó en casa y disfrutó de la vista que el nuevo patio acristalado le ofrecía. Sí que es cierto que se tomó un Xanax y que se bebió dos copas de Cardenal Mendoza, pero en ningún momento sufrió un aparatoso accidente en un tramo de la comarcal 121 tras salirse de la carretera y perder el control del vehículo. El coche no sufrió ningún tipo de incendio. Agustina no quedó parcialmente inmovilizada ni tampoco sufrió quemaduras de grado II. Aquella tarde escuchó otro tipo de música al que solía escuchar y bailó mentalmente mientras se bebía el coñac sentada en su sillón favorito desde el cual apreciaba un resquicio de mar al final de los acantilados. Con motivo del accidente que no sucedió, está de más decir que la famosa soprano no fue trasladada al hospital Miguel Servet, ni que permaneció ingresada en la habitación 315 de la planta de quemados
Amor, humor y perros flacos
En el apartado de esta semana de amor, humor y perros flacos, hablaremos del impacto que ha tenido la era digital en el adulterio y también sobre el peligro de extinción al que están expuestas hoy en día las amas de casa de las de antes, las de toda la vida, las que cocinaban con cariño y se dejaban la piel por tener la casa siempre como los chorros del oro. También hablaremos sobre la nueva producción que Matías Manchego y todo su equipo llevarán este mes a las tablas de media España de su particular adaptación del Lazarillo de Tormes
Friday, 30 November 2012
El Alzheimer del Dictador
Salchichas de Pollo es una entidad muy a favor de libros como Los Detectives Salvajes de Bolaño y de sitios con playa y bar de menú. Luego está la historia del dictador sudamericano que sufre de Alzheimer y se levanta temprano, acude a su oficina presidencial, se extraña de que no haya nadie alrededor, su secretario no está, no hay rastro de la corte que le acompaña cada día. Se levanta de la cama palaciega y se extraña de que no haya nadie que le ofrezca desayuno y periódico. Todavía con el batín puesto se va a su despacho. Se sienta en la mesa y enciende el ordenador. No hay correo que abrir. Nadie le trae informes. El palacio está mudo. Se extraña ante tanto silencio pero decide empezar el día como si fuera cualquier otro. No es domingo y sin embargo no aparece ni dios. Abre varios archivos y repasa los últimos decretos. Lee los minutos de las últimas reuniones. Necesita un café pero no hay nadie a quien pedírselo. El palacio presidencial está mudo, no se oye un alma. Poco a poco un murmullo nace. Se escuchan ruidos y exclamaciones. Abre la puerta y descubre que el sonido no proviene de palacio sino desde fuera. Se acerca a la ventana. Una multitud se mueve en la plaza. Gente con disfraces baila en la calle. Hay bandas de música y exclamaciones festivas. El dictador llama por teléfono a su secretario quien contesta desde su casa. Le pregunta qué demonios está pasando. El secretario le dice que es día de fiesta. Su alteza, señor presidente, lo decretó ayer mismo. El presidente dice que él no decretó ninguna fiesta y que es necesario imponer el orden y disolver la fiesta. El secretario le dice que es demasiado tarde pues la nación entera sabe que hoy es fiesta nacional pues fue decretada por el señor presidente ayer mismo. Su alteza lo anunció en televisión. El presidente niega haber decretado nada y ordena al ejército y policía disolver de inmediato las celebraciones. Cientos de civiles mueren aplastados por la represión
Friday, 16 November 2012
DICTADOR CON ALZHEIMER
Donde un poderoso dictador se empieza a olvidar de las órdenes que acaba de dar. Había dicho que hacía falta invadir el país vecino, que hasta ahí podían llegar, que aquellos hijos de puta, que el orgullo nacional, que había llegado la hora de la verdad, que quien buscaba terminaba encontrando. Había impartido órdenes de que primero la infantería y luego la aviación y posteriormente la armada. Había exigido también que le mandaran el barbero porque las puntas del bigote le hacían cosquillas. Había pedido dos o tres concubinas. Había exigido que durante media hora nadie le molestara. Un poco más tarde le habían llamado porque la invasión no estaba resultando exitosa y hacía falta un plan de retirada. Le habían rogado, por favor, que admitiese la derrota y autorizase la retirada. El dictador preguntó que de qué retirada le estaban hablando. De qué invasión. De qué carajo. De qué coño le estaban hablando
EL MATRIMONIO ETCETERA
De donde se obliga a dos personas a casarse para estudiar respuestas a diversos estímulos y poder aplicar cierto tipo de medicamentos. Se les obliga a casarse y se les administra, cada cuatro horas, pastillas que agrandan la dependencia y el desasosiego, que fuerzan según qué tipo de carencias en la relación. Luego a las dos de la tarde uno levanta la voz y el otro necesita zanjar una conversación a base de gritos afirmativos y gestos (con la mano) tajantes. Luego se van a la cama y se les da pastillas para que no sólo compartan sábanas y población sino también desvarío y verticalidad. Por las mañanas se les da zumo de naranja y rosquillas de anís y luego se les entrega un manuscrito en el que se describe lo que será de ellos dentro de cinco años. Ella dice que echa de menos a sus padres no como tales sino la simplicidad de los ocho años y lo sencillo que resultaba entonces emocionarse, la tarta de galletas, los dobladillos en la ropa, los zapatos de charol, la procesión, la ropa de domingo, Carlos que la miraba de reojo desde el banco de los chicos
SE ALQUILAN MUERTOS Y SIN EMBARGO
De donde se alquila un muerto, se hacen pasar por hermanos, necesitan ayuda, usan la ayuda para robar, no se roba cualquier cosa, se roba un aparato nuclear, se necesita cruzar al país vecino porque en el país propio resulta más difícil alquilar muertos. Se habla de la niñez de cada uno. Se habla de que a uno de los dos, sus padres le despertaban a las 4 de la mañana porque hacía falta tomarse una pastilla. Para despertarle le decían que se iban a la playa porque por aquel entonces cuando se viajaba a la playa hacía falta levantarse a escasas horas de la madrugada ya que por aquel entonces las carreteras no eran lo que son hoy y hacía falta madrugar una barbaridad. Se trataba de alquilar muertos porque la vida se pagaba cara y estar muerto salía barato sobre todo si las deudas de juego superaban la realidad. Se alquilaban muertos porque se había robado un aparato nuclear que en según qué países se pagaba a precio de oro y luego estaba que servía para disolver objetos perdidos, sabanas de una herencia, la dote que un padre pagó en su día, una llave de un cajón que nunca cerraba bien del todo, la almohadilla de un sofá orejero, un recibo del gas, un jarrón donde poner margaritas recién cogidas, besos que venían con pan tumaca y aceite de oliva extra virgen
Friday, 12 October 2012
EL PARTIDO
CAPÍTULO 3
JD Cooper había nacido en Atlanta, hijo de padre abogado y madre cirujana. Gary “Mano de Dios” Reed había nacido en Thibodaux, Louisiana. Su madre había ayudado en casas de familias con poderes, había hecho de lavandera, cocinera, ama de llaves y recadera. El padre había hecho de todo, desde fontanero hasta mecánico de barcos. Los dos chicos crecieron sin ver mucho a sus padres. Nacidos el mismo mes del mismo año a más de quinientas millas de distancia, compartían ahora responsabilidad y cancha de basket y precipicio. Jugar para los Lakers no era lo mismo que jugar para los Pistons. El aura y carisma que JD desprendía globalmente, Gary lo desprendía a nivel nacional. Los Pistons habían sido grandes, sí, pero los Lakers eran los Lakers. El metro cuadrado se pagaba de manera distinta en California que en Michigan. Lo mismo pasaba con sus estrellas de baloncesto.
Martin se movía entre el gentío camino del MGM y pensaba en toda aquella gente, aquella marabunta, aquel edificio anímicamente volcánico al que se encaminaban, el MGM Grand, los focos, la prensa, la cobertura mundial, el build up, el análisis, los miles de comentaristas hablando en diferentes lenguas, hablando de la responsabilidad que JD Cooper y
Gary “Mano de Dios” Reed tendrían que soportar. Se comentaba que uno de ellos siempre brillaba en momentos importantes mientras que el otro brillaba cuando le daba la gana. JD Cooper siempre tenía el día bueno y cuando tenía el día bueno era muy difícil que los Lakers perdieran. Gary Reed no tenía el día bueno tan a menudo pero cuando lo tenía era prácticamente imposible que los Pistons perdieran. “Las mete desde todos ángulos, con un defensor encima, con dos, con el árbitro encima, con la cancha encima, si tiene el día las mete igual, da igual cómo tire y desde donde tire”, elaboraba un comentarista japonés para la televisión nipona. Las colas llegaban hasta el Hard Rock Café. La organización no había podido separar entre opciones VIP y no VIP porque cualquiera que hubiese sido capaz de conseguir entrada era mucho más que VIP. El presidente de los Estados Unidos y su familia, sí, trato preferencial. Según qué presidentes de según qué repúblicas pero siempre y cuando el número de agentes de seguridad que los acompañasen fuese diminuto. Se habían pagado entradas con tierra, con derechos de explotaciones, con tratos de favor, a través de concesiones oscuras, con burbuja inmobiliaria. Martin hacía cola y no le cabía en la cabeza que a diez metros tuviese haciendo cola al ministro de industria y agricultura británico. Ciertos clientes habían exigido alfombra roja para esperar y sofás donde sentarse. Muchos de los afortunados con entrada habían delegado en súbditos de corte o managers generales para que hiciesen cola en su lugar.
Raphael esperaba más agradecimiento de Martin. ¿Se daba cuenta de lo que Sotheby’s estaba haciendo por él? ¿Tenía puta idea de los cientos y cientos de clientes que se gastaban en Sotheby’s más que él, que representaban más que él, y que habían suplicado por una entrada para recibir un lo siento mucho pero me temo que es imposible? Trato de favor impagable. Había generales y comandantes que se habían quedado sin entrada. Secretarios de gobierno y traficantes de armas. Y allí estaba él, andando a mala gana, ni siquiera una sonrisa, ni un gramo de excitación, nada. Sotheby’s que no Sotheby’s, esto había sido cosa suya. Si le quería agradecer a alguien le tenía que agradecer a él, a Raphael. Hoy Martin estaba de camino al MGM Grand porque a Raphael se le había pasado por los cojones. No estaría de más una sonrisa. Por lo menos para que sus colegas no pensaran que era un hijo de puta sin maneras.
Sabía que existía una remota posibilidad de ganar a los Lakers y que para eso iba a hacer falta que jugasen todos para Reed, sin disimulos, sin excusas. Iba a hacer falta que admitiesen públicamente la superioridad de Reed y jugasen todos para él como si fueran vasallos.
La responsabilidad ante un evento así, exagerada por las circunstancias, por el ombliguismo, por los focos en la persona, en el individuo, ya fuera JD o Reed, las expectativas creadas a nivel global, planetario, sobre dos tipos que venían a ser combinación de carne y hueso como cualquiera, y sin embargo sabían meter el balón dentro del cesto con más facilidad que los demás. No era solamente eso. No bastaba con saberla meter, eso era lo de menos, decía uno de los colegas de Raphael, otro empleado numerario de Sotheby’s, responsable de firmas como Xiloc Inc, Maldon Brothers, Turinsa…
“Yo me estaría cagando de nervios. Solo de pensar en toda la gente viéndome, algunos esperando a que falle, otros a que la meta, las expectativas, la presión, la responsabilidad… Porque esto no es una guerra”. Hablaba de pie en la cola, mirando hacia delante, levantando el cuello, echándose a un lado para ver a los de adelante, para comprobar que la gente iba entrando y que pese a no notar el avance, pese a llevar cinco minutos en el mismo ladrillo, la cola avanzaba, estaba viva.
Un partido de baloncesto no era una guerra. El partido duraba lo que duraba. 4 cuartos de 20 minutos cada uno. Eso más los descansos entre cuartos, los tiempos muertos y el juego en off. El reloj pasaba más tiempo parado que en marcha. No era una guerra. En una guerra de verdad había momentos puntuales, sí, pero no era lo mismo. Una guerra no se decidía en los últimos 5 segundos, en una guerra no se quedaba nadie sólo ante el peligro, en vivo y en directo, con dos defensores encima, un punto abajo y diez segundos en el marcador mientras cada hijo de vecino pegado a cualquier televisor, la esperanza puesta en el 7 de los Lakers, el corte de respiración a nivel mundial, todas esas esperanzas, la felicidad, semanas que serían buenas o malas dependiendo de si la bola fuese a entrar o no.
“Se puede ser piloto de combate, se puede ser general, marine en la guerra del este. Se puede tener la responsabilidad de un platoon que hace una emboscada de cuyo resultado dependerá en gran parte que se gane una guerra o no. Y existe responsabilidad, no digo que no. Pero esta gente, gente como JD Cooper o Gary Reed, que se levantan cada mañana con millones de personas pendientes de sus tobillos y sus muñecas, que el mundo se para un rato si uno de los dos anuncia un dolor de garganta, que los chicos les copian hasta la manera con la que se sientan en el retrete”
Hacía poco calor para la hora del día, pensaba Martin formando parte, aunque fuese un poco más, de la conversación, la camaradería. No se sentía mal del todo por Celeste. Se había quedado en la cama porque no se encontraba bien. Llevaba días con mala gana. Le dijo que no se preocupase y se divirtiese usando un 60% de victimismo en la voz.
Raphael y sus dos colegas llevaban camisetas de los Lakers. Martin no sabía si llevaban al equipo en la sangre o era la ocasión. Tenían la pose de gente que estaba acostumbrada a llevar traje. Dos de las camisetas llevaban dorsal y nombre de jugador.
Una avioneta hacía pasadas por el bulevar, pasaba una y otra vez por encima de la fila coleando una pancarta con un anuncio de calzado todo terreno.
Uno de los colegas de Raphael decía que representaba a Fisher y que si Fisher supiera que iba al partido y que no lo llevaba, Sotheby’s se podía olvidar de la cuenta. También decía que los medios habían convertido la final en un Reed contra JD y que aunque personalmente no comulgase con la manera de ser de Reed (un borde arrogante con mala baba), sí que simpatizaba con el hecho de que Reed no se escondiese nunca bajo la hipocresía. El tío era un hijo de puta que nunca pedía perdón y que se reía de la gente inferior a él, pero por lo menos decía lo que pensaba, no se callaba nada, le sudaba la polla la imagen y el qué dirán, y de ello había hecho franquicia y se había ganado el respeto del respetable. Él seguía pensando que era un hijo de puta y un racista de mil pares, pero por lo menos no era cartón piedra.
“JD es tan perfecto. No ronca y si ronca lo hace con harmonía y sentido de la musicalidad. Su mujer tampoco debe roncar. ¿Has visto a su mujer? ¿Has visto el cuerpo de su mujer? Esas piernas son de mentira. No me jodas Paxman. Esas piernas. ¿Has visto esas piernas? Hasta mi mujer se pone cachonda. El otro día me dijo que si alguna vez le era infiel con una tía como esa, no tendría problema en perdonarme”
El bulevar estaba repleto de atmosfera. Cientos de carteles publicitarios hacían pasillo entre ambos lados de la calle. Algunos carteles interferían con fachadas de hoteles con el beneplácito de estos bajo previo desembolso. Cada diez metros la cola tropezaba con estaciones de noticias, unidades móviles de radio y televisión dando cobertura al evento. La entrada de medios y personal relacionado al evento en la ciudad había disfrutado de una manga ancha sin precedentes.
La avioneta había hecho otra pasada tirando confeti. Una banda universitaria tocaba cerca de la entrada al hotel. Majorettes y cheer leaders actuaban sin declarar predilección por un equipo u otro. Martin seguía en la cola, cercano a la entrada, y sentía la calle como un set de televisión, como un decorado temporal. Empresarios vendiendo refresco gritaban a voces. Se vendía naranjada sabor Lakers y limonada sabor Pistons. Se respiraba entusiasmo y fervor de masas. La excitación era obligatoria. Martin paseaba sobre las dunas de Marte.
Uno de ellos se llamaba Paxman aunque en realidad no se llamaba Paxman. El nombre provenía de un presentador de la BBC que lo sabía todo dentro del mundo de la academia. El otro se llamaba Marko y parecía más afín a Raphael. Estaban a cincuenta metros de la entrada. Detrás de ellos todavía mareaba una procesión de afortunados con entrada. Martin se preguntaba si el hombre del turbante que había visto en el locutorio habría conseguido entrada. También se acordaba de la chica mulata y aquellas historias de la resistencia y el complot para reventar la presa y dejar a la ciudad sin agua. Se acordó de Celeste quien a esa hora estaría tumbada en la cama viendo una película de Julia Roberts. Se acordó de las vacunas en los sótanos del hotel.
Paxman y Marko hablaban echando palabras al aire. Lanzaban palabras como si fueran fastballs y curveballs. Decían algo con la intención de que alguien bateara la frase y tuviesen que correr base. Eran personas articuladas, dinámicas, con poderío mental y físico, con naturalidad genética y afán de liderazgo. Martin se quedaba rezagado anímicamente. Se desapegaba de las conversaciones de comida rápida. Era un partido de ping pong, un tiqui taca.
En las proximidades del MGM Grand la NBA había levantado un poster gigantesco donde se caricaturizaba a un JD disfrazado de ángel defendiendo la marca ante un Reed demonio. Heaven or Hell.
Por la manera con la que gesticulaban y cómo se excitaban al hablar, Martin presuponía que había mujeres importantes detrás de Paxman y Marko, mujeres viga y mujeres cimiento sobre las que los hombres edificaban descaro y tenacidad. Mujeres que se quedaban en casa haciendo listas, que permanecían mucho tiempo alejadas del marido pero que formaban parte de un equipo, de un matrimonio-equipo que necesitaba tener respuestas para todo, que se tenían que dar excusas y explicaciones ante cualquier acción por minúscula que fuese.
Ya casi debajo del poster ángel-demonio, Martin se preguntaba si aquello de las personalidades encontradas sería verdad o invento de marketing. En alguna entrevista JD había hablado de su amor por la lectura y los viajes a tierras desfavorecidas. Había hablado de proyectos futuros alejados del baloncesto, había sido invitado a debates sobre política exterior. Era un hombre leído, educado, comedido, intelectual… todo lo contrario que Reed, víctima del retroceso económico y la recesión de barrio y raza, de la segregación y el tráfico de drogas como vía única para sobrevivir. Reed había hablado muchas veces sobre el orgullo por el semi analfabetismo, sobre el odio contra la clase medio alta, la misma que pagaba entradas para verle jugar. Había hablado sobre la necesidad de estar en el bando de los malos, por eso jugaba en los Pistons. Llevaba un tatuaje que leía váyanse todos a la mierda. Muchas cadenas de ropa deportiva habían hecho el agosto valiéndose del marketing del maligno.
Raphael, Marko y Paxman hablaban dejándose llevar por una especie de swing privado y particular. Se apoyaban en las frases inacabadas de cada uno. Eran muy diferentes como individuos y sin embargo en aquella cola camino del MGM actuaban como un todo. Martin se llevó la mano al bolsillo y volvió a sacar el papel doblado. Había escrito un número de emergencia. En el papel ponía: llamar en caso de emergencia. Martin estaba convencido de que ni las 15:15 ni el coche rojo habían sido casualidad.
La banda de música tocaba más alto. Intercambiaban marchas militares con canciones festivas. También se escuchaban noticias y entrevistas por los altavoces que el MGM Grand había puesto en la puerta. La avioneta, en una de sus múltiples pasadas, había dejado caer chocolatinas heladas. La gente se había agachado deprisa a cogerlas. Gente de diversas clases sociales. Las chocolatinas habían caído al suelo y la multitud se había agachado por instinto animal.
Estaban a punto de entrar al MGM Grand. Conforme avanzaban hacia el puesto de entradas los nervios y la excitación aumentaban de manera irracional. No se esperaba nada de ellos y sin embargo sentían levemente el precipicio del evento, la proximidad del hecho histórico. ¿Si Martin estaba nervioso como estaría JD o Gary Reed? Estarían en el hotel, tenían a los dos equipos alojados en la misma planta. Se conocerían entre ellos, demasiados partidos juntos, demasiados viajes, encuentros en aeropuertos, en salas de prensa, en fines de semana All Star, en sesiones de fotos para revistas. Raphael se reía histéricamente como si estuviese en una montaña rusa. Paxman se había callado como si el evento le viniese grande y Marko miraba a su alrededor como si estuviese en un carrusel.
Los jugadores estarían contando las horas. Habían jugado más partidos como aquel. Estarían en las habitaciones jugando con sus consolas, hablando con las familias por teléfono. Cada cual tendría su ritual antes del partido. Este partido se había anunciado como el partido de partidos. Tendrían que estar nerviosos por cojones. Les temblarían las muñecas. Las piernas se volverían de flan de huevo. Estarían de pie en las habitaciones, asomados a las ventanas, viendo a la muchedumbre con cara de hambre. Iban a ser los protagonistas de un evento que durante dos horas tomaría el relevo de todo lo que sucedía alrededor, la política, la economía… JD Cooper y Gary Reed iban a tomar el relevo y cargar con la angustia y la emoción de cada ciudadano de a pie. Estarían nerviosos por cojones. Se acercaban al abismo. Estarían inquietos. Demasiada presión, demasiado carisma acumulado, demasiadas expectativas…
En la puerta se agolpaba como muralla un centenar de policías, agentes de seguridad y vigilantes privados. Era tal el número que alarmaba por la cantidad. Las Vegas tenía que demostrar que incluso en circunstancias como aquellas, allí era distinto, allí eran capaces de garantizar la seguridad de más de un millar de personalidades. Los había con porras, con picanas eléctricas, con fusiles de asalto, con pistolas de fogueo, con pistolas antidisturbios e incluso con latas de gas lacrimógeno. Tenían su propio catering y sus propios servicios. Sus turnos y sus contraseñas. No se llamaban por sus nombres. Se señalaban, se silbaban, hacían aspavientos. Martin pensaba en la lejanía entre unos y otros. Los de la porra con sándwich de pavo en bolsa de plástico, refresco gasificado, doce horas seguidas, relevos, visitas fugaces a un teléfono donde marcar prefijo de Arizona para escuchar la voz cansada de una madre, una esposa con pañuelo en el cuello, con enjambre de perros y niños en pantalones cortos de bocas manchadas de yogurt de fresa. Y del otro lado, los clientes, directores, empresarios, políticos, militares de máximo rango, traficantes de máximo rango, ladrones de máximo rango. Todos girando alrededor de un sol que era un partido de basket, cinco contra cinco, un balón, un tipo llamado JD Cooper que era educado y las metía todas, un tipo llamado Gary Reed que tenía mala baba y también las metía todas, un duelo bajo el marcador, una hora de las verdades.
Se decía que el presidente ya estaba dentro. Martin y los chicos de Sotheby’s apunto estaban de pasar dentro del recinto cuando escucharon en la cola gritos de emoción ante una comitiva que se desplazaba dentro del casino rodeados de fotógrafos, seguridad y gritos de sorpresa. Era el presidente, decían los de detrás. Alguien había identificado no a la primera dama pero sí a la hija. Pelo rubio tirando a moreno, tan alta como él, de línea recta. El presidente según fuentes de la prensa se había alojado allí mismo por motivos de seguridad, para evitar desplazamientos bajo el sol. Evitar francotiradores. Las Vegas contaba con demasiadas azoteas, hubiese resultado suicida. También era un problema tanto cristal y tanto sol, tanto resplandor, tanto destello, una pesadilla para ver de dónde venían los tiros.
Hacía tiempo que no hablaba con Raphael. Desde la represalia por la falta de agradecimiento. Le preguntó si Sotheby’s también contaba con personal de seguridad propio dentro del estadio. Gente que estuviese allí para proteger clientes no tanto por los clientes en sí pero para proteger los intereses de estos, los intereses propios.
“Hoy la guardia de Sotheby’s está apostada en los sótanos de todos casinos donde tenemos cajas fuertes. Hoy es un día perfecto para dar el golpe, hoy que la atención queda en el partido”. Le gustaba que Martin se interesara por algo, que le hiciera preguntas. Le hizo sentirse mejor. Estaban a punto de entrar. Llegó su turno y Raphael entregó las cuatro entradas que había llevado guardadas debajo de la camisa.
El ambiente desbordaba cualquier idea preestablecida. El griterío desencadenaba tsunamis de sonido que se llevaban cualquier pregunta en el aire. El partido había comenzado. Los equipos iban igualados. Ambas defensas mordían. Los ataques quedaban agarrotados. Tanto Reed como JD eran defendidos a la perfección, siempre con ayudas. El tiempo pasaba demasiado deprisa. Había dos tipos de tiempo. Uno el que se empleaba en mirar a quien se tuviera al lado, el que se usaba mirando al presidente y su hija casi a pie de campo, justo detrás del banquillo de los Lakers. El tiempo que se empleaba en mirar a los jeques árabes, a los oligarcas rusos, a la nobleza europea. Estaban todos allí y uno no se cansaba de señalar con el dedo cada vez que se descubría a una nueva personalidad como quien veía una estatua famosa o un cuadro célebre. Estaba el tiempo donde se miraba y palpaba lo que era el alrededor del partido, y luego estaba el tiempo que se empleaba en ver el partido y en asimilar que realmente se estaba allí, presentes en tal evento, allí de carne y hueso, en vivo y en directo, viéndole la cara a JD Cooper, leyendo las letras de los tatuajes de Gary Reed, viendo a Boris Pilkington levantando los brazos desde el banquillo, el pánico de los entrenadores, la concentración absoluta de los árbitros, la ejecución, el temple, el mando, el aquí y el ahora. Martin empleaba gran parte de su tiempo en presenciar el aquí y ahora, en morderse el labio inferior cada vez que su equipo atacaba, cada vez que hacía falta defender un contraataque, cada vez que cualquiera de los Pistons lanzaba un tiro en suspensión y él se atragantaba en su asiento a base de hacer fuerza para que la bola entrara. Martin llevaba la cuenta del marcador a sangre en el pecho.
Paxman y Marko hablaban sin parar. Se ponían en cuclillas, señalaban, se hablaban a gritos porque de lo contrario no había manera. Reconocían a alguien del trabajo, gritaban en vano. Rara vez miraban el partido. Raphael estaba más callado, para sorpresa de Martin. Parecía más centrado en el partido. Miraba allí donde estaba el balón, comprobaba el marcador, de cuando en cuando decía algo inaudible mirando a la cancha, dando órdenes a cualquier jugador, una petición de rectificación, un desespero ante un pase mal dado.
Estaban en el primer cuarto o en el segundo cuarto, el tiempo volaba. Habían intentado pedir perritos calientes pero nadie quería levantarse del asiento. Nadie se movía por si acaso se fueran a perder algo extraordinario sobre lo que se hablaría en todo el mundo de por vida.
Se miraba el partido y se decían cosas a medias. Se empezaba a decir algo pero luego había un robo de balón y un contraataque y uno se levantaba y extendía los brazos como haciendo equilibrios, tensando el cuerpo hasta que el balón entraba o no entraba. Luego uno ya no se acordaba de lo que había empezado a decir. Se necesitaban cubos de palomitas donde meter las manos sin dejar de mirar la cancha. Se pensaba constantemente en aquellos conocidos a los que se les iba a contar la experiencia. Se imaginaba la cara que aquellos conocidos pondrían al enterarse.
Ningún equipo dominaba porque el partido era demasiado importante. El marcador basculaba. Cuando un equipo perdía por más de siete, sacaba de inmediato fuerzas de flaqueza porque una oportunidad así no llegaba todos los días. Al equipo que iba por delante en el marcador le daba por pensar en la ovación y los premios y las entrevistas y las placas conmemorativas en plazas de ciudad dormitorio, y de tanto pensar entraba el miedo a ganar y cinco minutos más tarde el marcador volvía a estar igualado.
Si no se era JD Cooper o Gary Manodedios Reed, el balón quemaba en las manos, escaldaba, dejaba ampollas. Había un tembleque a la altura del radio y el cúbito producido no sólo por el señor Presidente y su hija tan hermosa quien diría que tan sólo dieciocho años, sino por lo que había más allá de las lentes de las cámaras que televisaban el partido. Los jugadores imaginaban el campo de batalla desierto, niños y padres mal vestidos compartiendo canal, compartiendo exclamaciones y aullidos de dolor cada vez que el aro escupía y negaba dos puntos.
Los jugadores del banquillo se daban la vuelta de cuando en cuando para mirar por tercera vez al señor Presidente y su hija rodeados por gorilas de seguridad. Los tenían justo detrás. El presidente y su hija no devolvían las miradas, fijaban la mirada en JD Cooper y Gary Reed como si los demás no importaran, como si el partido fuese un uno contra uno.
Cada vez que el entrenador miraba al banquillo después de una pérdida de balón o un rebote concedido en defensa, muchos jugadores miraban para otro lado sintiendo el peso de la responsabilidad, mostrando incompatibilidad con cualquier atisbo de acercarse a la gloria. La posibilidad del fracaso obstaculizaba cualquier escape de sueño. Lo que se podía perder era demasiado grande, no les merecía la pena, por lo menos no a aquellas alturas, no después de haber luchado lo que habían luchado para haber llegado donde estaban. Echaban la cabeza abajo. Se ajustaban rodilleras. Se remachaban el esparadrapo en el dedo tantas veces dislocado.
Alguien preguntó que cómo veían el partido. Seguía todo igualado y el tercer cuarto a punto de terminar. Raphael hablaba con alguien que tenía al lado. Era un ejecutivo de una empresa difusora de Alabama. Raphael le había dicho para quien trabajaba pero había cambiado el tema de conversación antes de que el otro pudiese preguntar más de la cuenta. Martin bebía de un enorme vaso de papel lleno de coca cola light, hielo, y Jack Daniel’s cortesía de la señora esposa de Marko quien conociendo como conocía a su marido y los amigos de éste, le había introducido una petaca llena de bourbon en el bolsillo del pantalón debido al amor que sentía por su marido y la necesidad de hacerle feliz.
Se podía jugar a ser JD Cooper o Gary Reed. Se podía jugar a ser ángel o demonio, fuerza o virtud. El uno con tan mala leche y el otro tan bien hablado. El uno tan clase medio alta y el otro tan barrio pobre. La gente se identificaba con uno u otro según a la tribu que se pertenecía o se quería pertenecer. El humilde se veía representado en Reed. El pudiente o el que aparentaba ser pudiente o simplemente aspiraba a ser pudiente, idolatraban a Cooper. El rockero, el artista maldito, el bohemio y el aprendiz de brujo, simpatizaban con Reed. Los políticos, empleados de banco, agentes de la ley y aparejadores, eran todos de los Lakers. Se podía ser de uno o de otro pero nunca de los dos. No tenía nada que ver con el estilo de juego, con el tiro en suspensión, la bandeja soporífera, la asistencia mirando a la grada. No tenía que ver con procedencias, con afiliaciones a cualquier universidad, con afinidad geográfica. Se era de los Lakers o de los Pistons según se era de Cooper o Reed. La mujer de Cooper había aparecido en las noticias deseando suerte a todo el mundo y que ganase el mejor. Esto lo había dicho con sonrisa cinemascope y tarta de frambuesa detrás, mantel a cuadros, niños vestidos de personas mayores y calendario con anotaciones en cada día. En la cocina de la señora Cooper también se habían podido ver muchas notas postizas, tanto en la nevera como en una especie de tablón de anuncios. La señora de Gary Reed había sido menos elocuente. Ni siquiera había admitido prensa en su casa. La habían cogido de pasada en la salida de un hotel. Había dicho que Gary Reed era el número uno y lo demás era mentira. Había sonreído de manera provocativa, casi sexual. Vestida con pantalones elásticos, chaqueta vaquera y fular al cuello, se había subido en un taxi y había desaparecido sin decir nada más.
Cuando se terminó el tercer cuarto y el marcador asomaba un 86-86, la gente se levantaba, se llevaba las manos a la cabeza y se sonreía porque no daban crédito. Si el partido hubiese sido una película no habría sido creíble. El partido de partidos, último cuarto, empatados a 86, Reed y Cooper con tres faltas cada uno, con las muñecas más sueltas pero el corazón más encogido, no queriendo mirar alrededor, fijando los ojos únicamente en lo que ocurría dentro del ámbito más cercano, la cancha, el balón, el color de la camiseta rival, el árbitro, las reglas del juego, el pase, el tablero, el aro, el marcador. No se miraba más allá. Estaba prohibido mirar al presidente y su hija que tampoco daban crédito y de ahí a la sonrisa por lo ridículo del asunto. La gente se levantaba, se daba la vuelta, intercambiaba sonrisas y dificultad de pronóstico, y se volvía a sentar. Se buscaba con la mirada a alguien que vendiese refrescos. Música de baile atronaba por los altavoces mientras dos grupos de cheerleaders ejecutaban sus rutinas ante la atenta mirada de maridos inamovibles. Las personalidades que iban en traje se levantaban y departían entre ellos sin mirarse a la cara. Movían las caderas de lado a lado, hablaban señalando al aire, se toqueteaban los puños de las americanas y de cuando en cuando miraban a las animadoras.
Paxman y Marko se habían marchado al bar y tanto Raphael como Martin seguían sentados en sus asientos con gesto dubitativo y nervios contenidos. Martin se sintió cercano a Raphael por vez primera. Estuvo a punto de preguntarle por Celeste y sus motivos pero fue Raphael quien habló primero.
“La gente dice que el partido decidirá la historia. Quien gane será ganador de por vida y quien pierda un fracasado. Dará igual lo que hayan hecho hasta entonces”
Se entendían entre ellos. Habían quedado más de una vez a sus espaldas. El día que se fue al locutorio sin ir más lejos. Martin le dijo a Celeste que si veía a Raphael que no le dijese nada sobre las amenazas de Néstor. Celeste había contestado afirmando que de hecho había quedado con él más tarde. Se veían. No sabía para qué. Celeste no terminaba de dar el tipo de Raphael.
“Luego habrá otro partido del siglo. Reed jugará en los Mavericks y Cooper en los Bulls. Uno de los dos tendrá una temporada mala. Una lesión de rodilla o lo que es peor, un cáncer testicular. Luego se salvará y la prensa lo ensalzará. Habrá más partidos del siglo. Cada partido es el partido del siglo”
Raphael no estaba nervioso por amor a los Lakers. Había apostado fuerte. Esta vez no había habido soplos. Medio mundo había apostado. Héroes y villanos, militares y rebeldes, víctimas y verdugos, ricos y pobres. Amarillo contra azul. Rolls Royce contra Ford Mustang. Delicadeza contra músculo. Lakers Pistons.
Se había sacado el papel del bolsillo en más de una ocasión. Se sabía el número de memoria. El papel no era cuadriculado. Parecía un pedazo de A4 cortado a mano, sin tijeras. No era normal que alguien escribiese un número de teléfono en un folio. El trazo era delicado y firme. No se había escrito con prisa. No tenía prefijo, era un móvil. Se lo metía en la punta del bolsillo de los vaqueros con cuidado de que Raphael no le viese.
Paxman llegó con tres vasos grandes de Coca Cola que fueron avituallados con Jack Daniel’s de la petaca. Marko señalaba al presidente como no dando crédito que el tipo aquel fuese en realidad el presidente de los Estados Unidos. Paxman dijo que la niña era material follable. Raphael cogió su vaso sin levantarse. Sentado abierto de piernas, echaba el peso hacia delante. Contaba números en su cabeza. Le daban igual los jeques árabes que había a su izquierda. La familia Segovia y los Matrioni. La condesa de Tinqueux, la de Ons En Bray. Le daban igual las cheer leaders. Martin se preguntaba si acaso había apostado algo más que el dinero. Se había podido apostar una vacuna, un órgano vital, una casa en Long Island a la que pretendía regresar una vez que tanta hambruna y tanta recesión dejaran paso a lo que antes se había llamado normalidad.
El speaker hablaba con voz atónita, casi afónico por los nervios. Anunciaba el comienzo del último cuarto. La hora de la verdad. Reed y Cooper aguantaban el tipo. Reed de pie con los brazos en jarra y el morro levemente torcido. Cooper doblado con las manos en las rodillas, mirando a sus compañeros, programando jugadas, ejecutando planes. El árbitro entró a escena. Antes de ponerse en medio y echar el balón al aire, se dirigió a los espectadores demandando más aplauso, haciendo gestos de agitación. El público respondió como si fueran monos de feria. Daba igual el cargo del espectador. Era respuesta instintiva y pueril. Directores de revistas, jefes de consejos de administración, senadores, contrabandistas, se levantaron todos de manera eléctrica y se pelaron las manos de aplaudir. Las animadoras acompañaban. La banda tocaba. La música, por los altavoces, también tocaba. La gente en el mundo entero gritaba. Todo el mundo presente de una manera u otra iba a hacer historia pasara lo que pasara. Reed y Cooper aguantaban el tipo. Los ocho restantes se atrincheraban detrás. El balón fue lanzado al aire y el aliento de la gente quedó envasado al vacío.
JD Cooper había nacido en Atlanta, hijo de padre abogado y madre cirujana. Gary “Mano de Dios” Reed había nacido en Thibodaux, Louisiana. Su madre había ayudado en casas de familias con poderes, había hecho de lavandera, cocinera, ama de llaves y recadera. El padre había hecho de todo, desde fontanero hasta mecánico de barcos. Los dos chicos crecieron sin ver mucho a sus padres. Nacidos el mismo mes del mismo año a más de quinientas millas de distancia, compartían ahora responsabilidad y cancha de basket y precipicio. Jugar para los Lakers no era lo mismo que jugar para los Pistons. El aura y carisma que JD desprendía globalmente, Gary lo desprendía a nivel nacional. Los Pistons habían sido grandes, sí, pero los Lakers eran los Lakers. El metro cuadrado se pagaba de manera distinta en California que en Michigan. Lo mismo pasaba con sus estrellas de baloncesto.
Martin se movía entre el gentío camino del MGM y pensaba en toda aquella gente, aquella marabunta, aquel edificio anímicamente volcánico al que se encaminaban, el MGM Grand, los focos, la prensa, la cobertura mundial, el build up, el análisis, los miles de comentaristas hablando en diferentes lenguas, hablando de la responsabilidad que JD Cooper y
Gary “Mano de Dios” Reed tendrían que soportar. Se comentaba que uno de ellos siempre brillaba en momentos importantes mientras que el otro brillaba cuando le daba la gana. JD Cooper siempre tenía el día bueno y cuando tenía el día bueno era muy difícil que los Lakers perdieran. Gary Reed no tenía el día bueno tan a menudo pero cuando lo tenía era prácticamente imposible que los Pistons perdieran. “Las mete desde todos ángulos, con un defensor encima, con dos, con el árbitro encima, con la cancha encima, si tiene el día las mete igual, da igual cómo tire y desde donde tire”, elaboraba un comentarista japonés para la televisión nipona. Las colas llegaban hasta el Hard Rock Café. La organización no había podido separar entre opciones VIP y no VIP porque cualquiera que hubiese sido capaz de conseguir entrada era mucho más que VIP. El presidente de los Estados Unidos y su familia, sí, trato preferencial. Según qué presidentes de según qué repúblicas pero siempre y cuando el número de agentes de seguridad que los acompañasen fuese diminuto. Se habían pagado entradas con tierra, con derechos de explotaciones, con tratos de favor, a través de concesiones oscuras, con burbuja inmobiliaria. Martin hacía cola y no le cabía en la cabeza que a diez metros tuviese haciendo cola al ministro de industria y agricultura británico. Ciertos clientes habían exigido alfombra roja para esperar y sofás donde sentarse. Muchos de los afortunados con entrada habían delegado en súbditos de corte o managers generales para que hiciesen cola en su lugar.
Raphael esperaba más agradecimiento de Martin. ¿Se daba cuenta de lo que Sotheby’s estaba haciendo por él? ¿Tenía puta idea de los cientos y cientos de clientes que se gastaban en Sotheby’s más que él, que representaban más que él, y que habían suplicado por una entrada para recibir un lo siento mucho pero me temo que es imposible? Trato de favor impagable. Había generales y comandantes que se habían quedado sin entrada. Secretarios de gobierno y traficantes de armas. Y allí estaba él, andando a mala gana, ni siquiera una sonrisa, ni un gramo de excitación, nada. Sotheby’s que no Sotheby’s, esto había sido cosa suya. Si le quería agradecer a alguien le tenía que agradecer a él, a Raphael. Hoy Martin estaba de camino al MGM Grand porque a Raphael se le había pasado por los cojones. No estaría de más una sonrisa. Por lo menos para que sus colegas no pensaran que era un hijo de puta sin maneras.
Sabía que existía una remota posibilidad de ganar a los Lakers y que para eso iba a hacer falta que jugasen todos para Reed, sin disimulos, sin excusas. Iba a hacer falta que admitiesen públicamente la superioridad de Reed y jugasen todos para él como si fueran vasallos.
La responsabilidad ante un evento así, exagerada por las circunstancias, por el ombliguismo, por los focos en la persona, en el individuo, ya fuera JD o Reed, las expectativas creadas a nivel global, planetario, sobre dos tipos que venían a ser combinación de carne y hueso como cualquiera, y sin embargo sabían meter el balón dentro del cesto con más facilidad que los demás. No era solamente eso. No bastaba con saberla meter, eso era lo de menos, decía uno de los colegas de Raphael, otro empleado numerario de Sotheby’s, responsable de firmas como Xiloc Inc, Maldon Brothers, Turinsa…
“Yo me estaría cagando de nervios. Solo de pensar en toda la gente viéndome, algunos esperando a que falle, otros a que la meta, las expectativas, la presión, la responsabilidad… Porque esto no es una guerra”. Hablaba de pie en la cola, mirando hacia delante, levantando el cuello, echándose a un lado para ver a los de adelante, para comprobar que la gente iba entrando y que pese a no notar el avance, pese a llevar cinco minutos en el mismo ladrillo, la cola avanzaba, estaba viva.
Un partido de baloncesto no era una guerra. El partido duraba lo que duraba. 4 cuartos de 20 minutos cada uno. Eso más los descansos entre cuartos, los tiempos muertos y el juego en off. El reloj pasaba más tiempo parado que en marcha. No era una guerra. En una guerra de verdad había momentos puntuales, sí, pero no era lo mismo. Una guerra no se decidía en los últimos 5 segundos, en una guerra no se quedaba nadie sólo ante el peligro, en vivo y en directo, con dos defensores encima, un punto abajo y diez segundos en el marcador mientras cada hijo de vecino pegado a cualquier televisor, la esperanza puesta en el 7 de los Lakers, el corte de respiración a nivel mundial, todas esas esperanzas, la felicidad, semanas que serían buenas o malas dependiendo de si la bola fuese a entrar o no.
“Se puede ser piloto de combate, se puede ser general, marine en la guerra del este. Se puede tener la responsabilidad de un platoon que hace una emboscada de cuyo resultado dependerá en gran parte que se gane una guerra o no. Y existe responsabilidad, no digo que no. Pero esta gente, gente como JD Cooper o Gary Reed, que se levantan cada mañana con millones de personas pendientes de sus tobillos y sus muñecas, que el mundo se para un rato si uno de los dos anuncia un dolor de garganta, que los chicos les copian hasta la manera con la que se sientan en el retrete”
Hacía poco calor para la hora del día, pensaba Martin formando parte, aunque fuese un poco más, de la conversación, la camaradería. No se sentía mal del todo por Celeste. Se había quedado en la cama porque no se encontraba bien. Llevaba días con mala gana. Le dijo que no se preocupase y se divirtiese usando un 60% de victimismo en la voz.
Raphael y sus dos colegas llevaban camisetas de los Lakers. Martin no sabía si llevaban al equipo en la sangre o era la ocasión. Tenían la pose de gente que estaba acostumbrada a llevar traje. Dos de las camisetas llevaban dorsal y nombre de jugador.
Una avioneta hacía pasadas por el bulevar, pasaba una y otra vez por encima de la fila coleando una pancarta con un anuncio de calzado todo terreno.
Uno de los colegas de Raphael decía que representaba a Fisher y que si Fisher supiera que iba al partido y que no lo llevaba, Sotheby’s se podía olvidar de la cuenta. También decía que los medios habían convertido la final en un Reed contra JD y que aunque personalmente no comulgase con la manera de ser de Reed (un borde arrogante con mala baba), sí que simpatizaba con el hecho de que Reed no se escondiese nunca bajo la hipocresía. El tío era un hijo de puta que nunca pedía perdón y que se reía de la gente inferior a él, pero por lo menos decía lo que pensaba, no se callaba nada, le sudaba la polla la imagen y el qué dirán, y de ello había hecho franquicia y se había ganado el respeto del respetable. Él seguía pensando que era un hijo de puta y un racista de mil pares, pero por lo menos no era cartón piedra.
“JD es tan perfecto. No ronca y si ronca lo hace con harmonía y sentido de la musicalidad. Su mujer tampoco debe roncar. ¿Has visto a su mujer? ¿Has visto el cuerpo de su mujer? Esas piernas son de mentira. No me jodas Paxman. Esas piernas. ¿Has visto esas piernas? Hasta mi mujer se pone cachonda. El otro día me dijo que si alguna vez le era infiel con una tía como esa, no tendría problema en perdonarme”
El bulevar estaba repleto de atmosfera. Cientos de carteles publicitarios hacían pasillo entre ambos lados de la calle. Algunos carteles interferían con fachadas de hoteles con el beneplácito de estos bajo previo desembolso. Cada diez metros la cola tropezaba con estaciones de noticias, unidades móviles de radio y televisión dando cobertura al evento. La entrada de medios y personal relacionado al evento en la ciudad había disfrutado de una manga ancha sin precedentes.
La avioneta había hecho otra pasada tirando confeti. Una banda universitaria tocaba cerca de la entrada al hotel. Majorettes y cheer leaders actuaban sin declarar predilección por un equipo u otro. Martin seguía en la cola, cercano a la entrada, y sentía la calle como un set de televisión, como un decorado temporal. Empresarios vendiendo refresco gritaban a voces. Se vendía naranjada sabor Lakers y limonada sabor Pistons. Se respiraba entusiasmo y fervor de masas. La excitación era obligatoria. Martin paseaba sobre las dunas de Marte.
Uno de ellos se llamaba Paxman aunque en realidad no se llamaba Paxman. El nombre provenía de un presentador de la BBC que lo sabía todo dentro del mundo de la academia. El otro se llamaba Marko y parecía más afín a Raphael. Estaban a cincuenta metros de la entrada. Detrás de ellos todavía mareaba una procesión de afortunados con entrada. Martin se preguntaba si el hombre del turbante que había visto en el locutorio habría conseguido entrada. También se acordaba de la chica mulata y aquellas historias de la resistencia y el complot para reventar la presa y dejar a la ciudad sin agua. Se acordó de Celeste quien a esa hora estaría tumbada en la cama viendo una película de Julia Roberts. Se acordó de las vacunas en los sótanos del hotel.
Paxman y Marko hablaban echando palabras al aire. Lanzaban palabras como si fueran fastballs y curveballs. Decían algo con la intención de que alguien bateara la frase y tuviesen que correr base. Eran personas articuladas, dinámicas, con poderío mental y físico, con naturalidad genética y afán de liderazgo. Martin se quedaba rezagado anímicamente. Se desapegaba de las conversaciones de comida rápida. Era un partido de ping pong, un tiqui taca.
En las proximidades del MGM Grand la NBA había levantado un poster gigantesco donde se caricaturizaba a un JD disfrazado de ángel defendiendo la marca ante un Reed demonio. Heaven or Hell.
Por la manera con la que gesticulaban y cómo se excitaban al hablar, Martin presuponía que había mujeres importantes detrás de Paxman y Marko, mujeres viga y mujeres cimiento sobre las que los hombres edificaban descaro y tenacidad. Mujeres que se quedaban en casa haciendo listas, que permanecían mucho tiempo alejadas del marido pero que formaban parte de un equipo, de un matrimonio-equipo que necesitaba tener respuestas para todo, que se tenían que dar excusas y explicaciones ante cualquier acción por minúscula que fuese.
Ya casi debajo del poster ángel-demonio, Martin se preguntaba si aquello de las personalidades encontradas sería verdad o invento de marketing. En alguna entrevista JD había hablado de su amor por la lectura y los viajes a tierras desfavorecidas. Había hablado de proyectos futuros alejados del baloncesto, había sido invitado a debates sobre política exterior. Era un hombre leído, educado, comedido, intelectual… todo lo contrario que Reed, víctima del retroceso económico y la recesión de barrio y raza, de la segregación y el tráfico de drogas como vía única para sobrevivir. Reed había hablado muchas veces sobre el orgullo por el semi analfabetismo, sobre el odio contra la clase medio alta, la misma que pagaba entradas para verle jugar. Había hablado sobre la necesidad de estar en el bando de los malos, por eso jugaba en los Pistons. Llevaba un tatuaje que leía váyanse todos a la mierda. Muchas cadenas de ropa deportiva habían hecho el agosto valiéndose del marketing del maligno.
Raphael, Marko y Paxman hablaban dejándose llevar por una especie de swing privado y particular. Se apoyaban en las frases inacabadas de cada uno. Eran muy diferentes como individuos y sin embargo en aquella cola camino del MGM actuaban como un todo. Martin se llevó la mano al bolsillo y volvió a sacar el papel doblado. Había escrito un número de emergencia. En el papel ponía: llamar en caso de emergencia. Martin estaba convencido de que ni las 15:15 ni el coche rojo habían sido casualidad.
La banda de música tocaba más alto. Intercambiaban marchas militares con canciones festivas. También se escuchaban noticias y entrevistas por los altavoces que el MGM Grand había puesto en la puerta. La avioneta, en una de sus múltiples pasadas, había dejado caer chocolatinas heladas. La gente se había agachado deprisa a cogerlas. Gente de diversas clases sociales. Las chocolatinas habían caído al suelo y la multitud se había agachado por instinto animal.
Estaban a punto de entrar al MGM Grand. Conforme avanzaban hacia el puesto de entradas los nervios y la excitación aumentaban de manera irracional. No se esperaba nada de ellos y sin embargo sentían levemente el precipicio del evento, la proximidad del hecho histórico. ¿Si Martin estaba nervioso como estaría JD o Gary Reed? Estarían en el hotel, tenían a los dos equipos alojados en la misma planta. Se conocerían entre ellos, demasiados partidos juntos, demasiados viajes, encuentros en aeropuertos, en salas de prensa, en fines de semana All Star, en sesiones de fotos para revistas. Raphael se reía histéricamente como si estuviese en una montaña rusa. Paxman se había callado como si el evento le viniese grande y Marko miraba a su alrededor como si estuviese en un carrusel.
Los jugadores estarían contando las horas. Habían jugado más partidos como aquel. Estarían en las habitaciones jugando con sus consolas, hablando con las familias por teléfono. Cada cual tendría su ritual antes del partido. Este partido se había anunciado como el partido de partidos. Tendrían que estar nerviosos por cojones. Les temblarían las muñecas. Las piernas se volverían de flan de huevo. Estarían de pie en las habitaciones, asomados a las ventanas, viendo a la muchedumbre con cara de hambre. Iban a ser los protagonistas de un evento que durante dos horas tomaría el relevo de todo lo que sucedía alrededor, la política, la economía… JD Cooper y Gary Reed iban a tomar el relevo y cargar con la angustia y la emoción de cada ciudadano de a pie. Estarían nerviosos por cojones. Se acercaban al abismo. Estarían inquietos. Demasiada presión, demasiado carisma acumulado, demasiadas expectativas…
En la puerta se agolpaba como muralla un centenar de policías, agentes de seguridad y vigilantes privados. Era tal el número que alarmaba por la cantidad. Las Vegas tenía que demostrar que incluso en circunstancias como aquellas, allí era distinto, allí eran capaces de garantizar la seguridad de más de un millar de personalidades. Los había con porras, con picanas eléctricas, con fusiles de asalto, con pistolas de fogueo, con pistolas antidisturbios e incluso con latas de gas lacrimógeno. Tenían su propio catering y sus propios servicios. Sus turnos y sus contraseñas. No se llamaban por sus nombres. Se señalaban, se silbaban, hacían aspavientos. Martin pensaba en la lejanía entre unos y otros. Los de la porra con sándwich de pavo en bolsa de plástico, refresco gasificado, doce horas seguidas, relevos, visitas fugaces a un teléfono donde marcar prefijo de Arizona para escuchar la voz cansada de una madre, una esposa con pañuelo en el cuello, con enjambre de perros y niños en pantalones cortos de bocas manchadas de yogurt de fresa. Y del otro lado, los clientes, directores, empresarios, políticos, militares de máximo rango, traficantes de máximo rango, ladrones de máximo rango. Todos girando alrededor de un sol que era un partido de basket, cinco contra cinco, un balón, un tipo llamado JD Cooper que era educado y las metía todas, un tipo llamado Gary Reed que tenía mala baba y también las metía todas, un duelo bajo el marcador, una hora de las verdades.
Se decía que el presidente ya estaba dentro. Martin y los chicos de Sotheby’s apunto estaban de pasar dentro del recinto cuando escucharon en la cola gritos de emoción ante una comitiva que se desplazaba dentro del casino rodeados de fotógrafos, seguridad y gritos de sorpresa. Era el presidente, decían los de detrás. Alguien había identificado no a la primera dama pero sí a la hija. Pelo rubio tirando a moreno, tan alta como él, de línea recta. El presidente según fuentes de la prensa se había alojado allí mismo por motivos de seguridad, para evitar desplazamientos bajo el sol. Evitar francotiradores. Las Vegas contaba con demasiadas azoteas, hubiese resultado suicida. También era un problema tanto cristal y tanto sol, tanto resplandor, tanto destello, una pesadilla para ver de dónde venían los tiros.
Hacía tiempo que no hablaba con Raphael. Desde la represalia por la falta de agradecimiento. Le preguntó si Sotheby’s también contaba con personal de seguridad propio dentro del estadio. Gente que estuviese allí para proteger clientes no tanto por los clientes en sí pero para proteger los intereses de estos, los intereses propios.
“Hoy la guardia de Sotheby’s está apostada en los sótanos de todos casinos donde tenemos cajas fuertes. Hoy es un día perfecto para dar el golpe, hoy que la atención queda en el partido”. Le gustaba que Martin se interesara por algo, que le hiciera preguntas. Le hizo sentirse mejor. Estaban a punto de entrar. Llegó su turno y Raphael entregó las cuatro entradas que había llevado guardadas debajo de la camisa.
El ambiente desbordaba cualquier idea preestablecida. El griterío desencadenaba tsunamis de sonido que se llevaban cualquier pregunta en el aire. El partido había comenzado. Los equipos iban igualados. Ambas defensas mordían. Los ataques quedaban agarrotados. Tanto Reed como JD eran defendidos a la perfección, siempre con ayudas. El tiempo pasaba demasiado deprisa. Había dos tipos de tiempo. Uno el que se empleaba en mirar a quien se tuviera al lado, el que se usaba mirando al presidente y su hija casi a pie de campo, justo detrás del banquillo de los Lakers. El tiempo que se empleaba en mirar a los jeques árabes, a los oligarcas rusos, a la nobleza europea. Estaban todos allí y uno no se cansaba de señalar con el dedo cada vez que se descubría a una nueva personalidad como quien veía una estatua famosa o un cuadro célebre. Estaba el tiempo donde se miraba y palpaba lo que era el alrededor del partido, y luego estaba el tiempo que se empleaba en ver el partido y en asimilar que realmente se estaba allí, presentes en tal evento, allí de carne y hueso, en vivo y en directo, viéndole la cara a JD Cooper, leyendo las letras de los tatuajes de Gary Reed, viendo a Boris Pilkington levantando los brazos desde el banquillo, el pánico de los entrenadores, la concentración absoluta de los árbitros, la ejecución, el temple, el mando, el aquí y el ahora. Martin empleaba gran parte de su tiempo en presenciar el aquí y ahora, en morderse el labio inferior cada vez que su equipo atacaba, cada vez que hacía falta defender un contraataque, cada vez que cualquiera de los Pistons lanzaba un tiro en suspensión y él se atragantaba en su asiento a base de hacer fuerza para que la bola entrara. Martin llevaba la cuenta del marcador a sangre en el pecho.
Paxman y Marko hablaban sin parar. Se ponían en cuclillas, señalaban, se hablaban a gritos porque de lo contrario no había manera. Reconocían a alguien del trabajo, gritaban en vano. Rara vez miraban el partido. Raphael estaba más callado, para sorpresa de Martin. Parecía más centrado en el partido. Miraba allí donde estaba el balón, comprobaba el marcador, de cuando en cuando decía algo inaudible mirando a la cancha, dando órdenes a cualquier jugador, una petición de rectificación, un desespero ante un pase mal dado.
Estaban en el primer cuarto o en el segundo cuarto, el tiempo volaba. Habían intentado pedir perritos calientes pero nadie quería levantarse del asiento. Nadie se movía por si acaso se fueran a perder algo extraordinario sobre lo que se hablaría en todo el mundo de por vida.
Se miraba el partido y se decían cosas a medias. Se empezaba a decir algo pero luego había un robo de balón y un contraataque y uno se levantaba y extendía los brazos como haciendo equilibrios, tensando el cuerpo hasta que el balón entraba o no entraba. Luego uno ya no se acordaba de lo que había empezado a decir. Se necesitaban cubos de palomitas donde meter las manos sin dejar de mirar la cancha. Se pensaba constantemente en aquellos conocidos a los que se les iba a contar la experiencia. Se imaginaba la cara que aquellos conocidos pondrían al enterarse.
Ningún equipo dominaba porque el partido era demasiado importante. El marcador basculaba. Cuando un equipo perdía por más de siete, sacaba de inmediato fuerzas de flaqueza porque una oportunidad así no llegaba todos los días. Al equipo que iba por delante en el marcador le daba por pensar en la ovación y los premios y las entrevistas y las placas conmemorativas en plazas de ciudad dormitorio, y de tanto pensar entraba el miedo a ganar y cinco minutos más tarde el marcador volvía a estar igualado.
Si no se era JD Cooper o Gary Manodedios Reed, el balón quemaba en las manos, escaldaba, dejaba ampollas. Había un tembleque a la altura del radio y el cúbito producido no sólo por el señor Presidente y su hija tan hermosa quien diría que tan sólo dieciocho años, sino por lo que había más allá de las lentes de las cámaras que televisaban el partido. Los jugadores imaginaban el campo de batalla desierto, niños y padres mal vestidos compartiendo canal, compartiendo exclamaciones y aullidos de dolor cada vez que el aro escupía y negaba dos puntos.
Los jugadores del banquillo se daban la vuelta de cuando en cuando para mirar por tercera vez al señor Presidente y su hija rodeados por gorilas de seguridad. Los tenían justo detrás. El presidente y su hija no devolvían las miradas, fijaban la mirada en JD Cooper y Gary Reed como si los demás no importaran, como si el partido fuese un uno contra uno.
Cada vez que el entrenador miraba al banquillo después de una pérdida de balón o un rebote concedido en defensa, muchos jugadores miraban para otro lado sintiendo el peso de la responsabilidad, mostrando incompatibilidad con cualquier atisbo de acercarse a la gloria. La posibilidad del fracaso obstaculizaba cualquier escape de sueño. Lo que se podía perder era demasiado grande, no les merecía la pena, por lo menos no a aquellas alturas, no después de haber luchado lo que habían luchado para haber llegado donde estaban. Echaban la cabeza abajo. Se ajustaban rodilleras. Se remachaban el esparadrapo en el dedo tantas veces dislocado.
Alguien preguntó que cómo veían el partido. Seguía todo igualado y el tercer cuarto a punto de terminar. Raphael hablaba con alguien que tenía al lado. Era un ejecutivo de una empresa difusora de Alabama. Raphael le había dicho para quien trabajaba pero había cambiado el tema de conversación antes de que el otro pudiese preguntar más de la cuenta. Martin bebía de un enorme vaso de papel lleno de coca cola light, hielo, y Jack Daniel’s cortesía de la señora esposa de Marko quien conociendo como conocía a su marido y los amigos de éste, le había introducido una petaca llena de bourbon en el bolsillo del pantalón debido al amor que sentía por su marido y la necesidad de hacerle feliz.
Se podía jugar a ser JD Cooper o Gary Reed. Se podía jugar a ser ángel o demonio, fuerza o virtud. El uno con tan mala leche y el otro tan bien hablado. El uno tan clase medio alta y el otro tan barrio pobre. La gente se identificaba con uno u otro según a la tribu que se pertenecía o se quería pertenecer. El humilde se veía representado en Reed. El pudiente o el que aparentaba ser pudiente o simplemente aspiraba a ser pudiente, idolatraban a Cooper. El rockero, el artista maldito, el bohemio y el aprendiz de brujo, simpatizaban con Reed. Los políticos, empleados de banco, agentes de la ley y aparejadores, eran todos de los Lakers. Se podía ser de uno o de otro pero nunca de los dos. No tenía nada que ver con el estilo de juego, con el tiro en suspensión, la bandeja soporífera, la asistencia mirando a la grada. No tenía que ver con procedencias, con afiliaciones a cualquier universidad, con afinidad geográfica. Se era de los Lakers o de los Pistons según se era de Cooper o Reed. La mujer de Cooper había aparecido en las noticias deseando suerte a todo el mundo y que ganase el mejor. Esto lo había dicho con sonrisa cinemascope y tarta de frambuesa detrás, mantel a cuadros, niños vestidos de personas mayores y calendario con anotaciones en cada día. En la cocina de la señora Cooper también se habían podido ver muchas notas postizas, tanto en la nevera como en una especie de tablón de anuncios. La señora de Gary Reed había sido menos elocuente. Ni siquiera había admitido prensa en su casa. La habían cogido de pasada en la salida de un hotel. Había dicho que Gary Reed era el número uno y lo demás era mentira. Había sonreído de manera provocativa, casi sexual. Vestida con pantalones elásticos, chaqueta vaquera y fular al cuello, se había subido en un taxi y había desaparecido sin decir nada más.
Cuando se terminó el tercer cuarto y el marcador asomaba un 86-86, la gente se levantaba, se llevaba las manos a la cabeza y se sonreía porque no daban crédito. Si el partido hubiese sido una película no habría sido creíble. El partido de partidos, último cuarto, empatados a 86, Reed y Cooper con tres faltas cada uno, con las muñecas más sueltas pero el corazón más encogido, no queriendo mirar alrededor, fijando los ojos únicamente en lo que ocurría dentro del ámbito más cercano, la cancha, el balón, el color de la camiseta rival, el árbitro, las reglas del juego, el pase, el tablero, el aro, el marcador. No se miraba más allá. Estaba prohibido mirar al presidente y su hija que tampoco daban crédito y de ahí a la sonrisa por lo ridículo del asunto. La gente se levantaba, se daba la vuelta, intercambiaba sonrisas y dificultad de pronóstico, y se volvía a sentar. Se buscaba con la mirada a alguien que vendiese refrescos. Música de baile atronaba por los altavoces mientras dos grupos de cheerleaders ejecutaban sus rutinas ante la atenta mirada de maridos inamovibles. Las personalidades que iban en traje se levantaban y departían entre ellos sin mirarse a la cara. Movían las caderas de lado a lado, hablaban señalando al aire, se toqueteaban los puños de las americanas y de cuando en cuando miraban a las animadoras.
Paxman y Marko se habían marchado al bar y tanto Raphael como Martin seguían sentados en sus asientos con gesto dubitativo y nervios contenidos. Martin se sintió cercano a Raphael por vez primera. Estuvo a punto de preguntarle por Celeste y sus motivos pero fue Raphael quien habló primero.
“La gente dice que el partido decidirá la historia. Quien gane será ganador de por vida y quien pierda un fracasado. Dará igual lo que hayan hecho hasta entonces”
Se entendían entre ellos. Habían quedado más de una vez a sus espaldas. El día que se fue al locutorio sin ir más lejos. Martin le dijo a Celeste que si veía a Raphael que no le dijese nada sobre las amenazas de Néstor. Celeste había contestado afirmando que de hecho había quedado con él más tarde. Se veían. No sabía para qué. Celeste no terminaba de dar el tipo de Raphael.
“Luego habrá otro partido del siglo. Reed jugará en los Mavericks y Cooper en los Bulls. Uno de los dos tendrá una temporada mala. Una lesión de rodilla o lo que es peor, un cáncer testicular. Luego se salvará y la prensa lo ensalzará. Habrá más partidos del siglo. Cada partido es el partido del siglo”
Raphael no estaba nervioso por amor a los Lakers. Había apostado fuerte. Esta vez no había habido soplos. Medio mundo había apostado. Héroes y villanos, militares y rebeldes, víctimas y verdugos, ricos y pobres. Amarillo contra azul. Rolls Royce contra Ford Mustang. Delicadeza contra músculo. Lakers Pistons.
Se había sacado el papel del bolsillo en más de una ocasión. Se sabía el número de memoria. El papel no era cuadriculado. Parecía un pedazo de A4 cortado a mano, sin tijeras. No era normal que alguien escribiese un número de teléfono en un folio. El trazo era delicado y firme. No se había escrito con prisa. No tenía prefijo, era un móvil. Se lo metía en la punta del bolsillo de los vaqueros con cuidado de que Raphael no le viese.
Paxman llegó con tres vasos grandes de Coca Cola que fueron avituallados con Jack Daniel’s de la petaca. Marko señalaba al presidente como no dando crédito que el tipo aquel fuese en realidad el presidente de los Estados Unidos. Paxman dijo que la niña era material follable. Raphael cogió su vaso sin levantarse. Sentado abierto de piernas, echaba el peso hacia delante. Contaba números en su cabeza. Le daban igual los jeques árabes que había a su izquierda. La familia Segovia y los Matrioni. La condesa de Tinqueux, la de Ons En Bray. Le daban igual las cheer leaders. Martin se preguntaba si acaso había apostado algo más que el dinero. Se había podido apostar una vacuna, un órgano vital, una casa en Long Island a la que pretendía regresar una vez que tanta hambruna y tanta recesión dejaran paso a lo que antes se había llamado normalidad.
El speaker hablaba con voz atónita, casi afónico por los nervios. Anunciaba el comienzo del último cuarto. La hora de la verdad. Reed y Cooper aguantaban el tipo. Reed de pie con los brazos en jarra y el morro levemente torcido. Cooper doblado con las manos en las rodillas, mirando a sus compañeros, programando jugadas, ejecutando planes. El árbitro entró a escena. Antes de ponerse en medio y echar el balón al aire, se dirigió a los espectadores demandando más aplauso, haciendo gestos de agitación. El público respondió como si fueran monos de feria. Daba igual el cargo del espectador. Era respuesta instintiva y pueril. Directores de revistas, jefes de consejos de administración, senadores, contrabandistas, se levantaron todos de manera eléctrica y se pelaron las manos de aplaudir. Las animadoras acompañaban. La banda tocaba. La música, por los altavoces, también tocaba. La gente en el mundo entero gritaba. Todo el mundo presente de una manera u otra iba a hacer historia pasara lo que pasara. Reed y Cooper aguantaban el tipo. Los ocho restantes se atrincheraban detrás. El balón fue lanzado al aire y el aliento de la gente quedó envasado al vacío.
Wednesday, 26 September 2012
MONICA BELLUCCI
En Salchichas de Pollo estamos tan sumamente enamorados de Mónica Bellucci que problemas como el cambio climático o el riñón o la tos seca con la que Teresa se atraganta, pierden peso. En Salchichas de Pollo no estamos interesados en saber lo que hay detrás de esos ojos color precipicio, no nos interesa Mónica Bellucci la persona, no la queremos imaginar poniendo una lavadora ni gritándole a la vecina del quinto desde su ventana del patio de luces. Nos interesa la otra Mónica Bellucci, la que de tan guapa parece mentira, la de plástico, de cartón piedra, la del país de Alicia
Tuesday, 4 September 2012
DISLIKING THE POVEDA RESTAURANT
Holding Salchichas-de-Pollo (http://salchichasdepollo.blogspot.co.uk/)
Restaurante Poveda, San Carlos de la Rápita, Tarragona, E-43540.
El restaurante Poveda no nos gusta de la misma manera que a uno no le gustan determinadas enfermedades. Está situado en una esquina de la calle Emperadores, justo en frente de una tienda de hierbas medicinales. La comida está exquisita y sin embargo, cada vez que Leonor va al baño, luego es difícil cerrar la puerta del retrete y volver a abrirla ya que se abre hacia dentro y según Leonor uno tiene que hacer contorsionismos para poder salir. A veces se tiene que subir al inodoro y con tacones pues ya me explicará usted. Luego está la falda colgante y el suelo de baldosa que nunca está del todo limpio no porque el equipo de limpieza del restaurante Poveda no sea lo suficientemente efectivo sino porque ese tipo de baldosa, ese tipo de suelo, es permisivo a la suciedad. Sólo con cambiar las baldosas sería otra cosa, dice Leonor sentándose a la mesa, colgándose la servilleta del cuello de la camisa y mirando el filete de rodaballo (ya en el plato) con desconfianza, con un sentimiento de quiero y no puedo. Leonor hay veces que piensa que no es la comida en sí lo que le paraliza por dentro (en el peor sentido), ni el servicio, ni el acento de la muchacha dominicana que se hizo cargo de la barra, no, es otra cosa, es difícil de explicar. Leonor corta el rodaballo con aprensión y con cuidado, como si estuviese manipulando los cables de una bomba de relojería, da un trago a su copa de vino y me dice que aunque esto que va a decir pueda sonar muy raro, ella piensa que más que el restaurante en sí, y entiéndase por restaurante las cosas palpables que lo forman (servilletas, maquina de café, platos, menú…), es otra cosa lo que le atormenta, algo que va más allá de formalidades. Le da un bocado al rodaballo, lo saborea gustosamente, y dice que la razón de todos los males tal vez sean los simbolismos. El restaurante no como plato físico sino como recuerdo de otra cosa. Había un restaurante llamado El Pez Burlón, en Cambrils, hace muchos años, me cuenta. La llevaban de pequeña los domingos después de haber pasado la mañana en la playa. Era un restaurante muy bueno en cuanto relación calidad-precio. Las raciones eran generosas y el producto fresco. Iban muchos domingos y se acuerda de aquellas vitrinas de cristal donde ponían el pescado y la carne encima del hielo, allí junto a la barra, a modo de escaparate. Su abuela se atragantó con una espina y aunque no murió se la tuvieron que llevar en ambulancia y del susto ya nunca volvió a ser la misma. A Leonor, de la impresión (sobre todo cuando metieron a la abuela dentro de la ambulancia y le pusieron la mascarilla de oxígeno), se le cortó la digestión. Aquella vitrina del restaurante El Pez Burlón donde su abuela casi se muere era muy parecida a la vitrina que tenían en el restaurante Poveda. La vitrina del restaurante Poveda contenía brazo de gitano, tarta de queso (New York style) y orujo de hierbas. No sabía. Las vitrinas no eran iguales. La disposición de alimentos dentro de las mismas tampoco. En la vitrina del restaurante Poveda ni siquiera ponían hielo. Pero había algo, tal vez la iluminación, el reflejo del cristal, la manera con la que el camarero se situaba detrás de la misma, había algo que no acertaba a identificar pero que hacía conexión y solo de pensarlo se le atragantaba el rodaballo y le entraban nauseas y había que salir pitando del restaurante Poveda, pagar la cuenta, y bajar corriendo por la calle Buenavista hasta llegar a los apartamentos Calazul y entrar al bar de Manolo donde pedir un gin-tonic y dos carajillos de ron para olvidar
Restaurante Poveda, San Carlos de la Rápita, Tarragona, E-43540.
El restaurante Poveda no nos gusta de la misma manera que a uno no le gustan determinadas enfermedades. Está situado en una esquina de la calle Emperadores, justo en frente de una tienda de hierbas medicinales. La comida está exquisita y sin embargo, cada vez que Leonor va al baño, luego es difícil cerrar la puerta del retrete y volver a abrirla ya que se abre hacia dentro y según Leonor uno tiene que hacer contorsionismos para poder salir. A veces se tiene que subir al inodoro y con tacones pues ya me explicará usted. Luego está la falda colgante y el suelo de baldosa que nunca está del todo limpio no porque el equipo de limpieza del restaurante Poveda no sea lo suficientemente efectivo sino porque ese tipo de baldosa, ese tipo de suelo, es permisivo a la suciedad. Sólo con cambiar las baldosas sería otra cosa, dice Leonor sentándose a la mesa, colgándose la servilleta del cuello de la camisa y mirando el filete de rodaballo (ya en el plato) con desconfianza, con un sentimiento de quiero y no puedo. Leonor hay veces que piensa que no es la comida en sí lo que le paraliza por dentro (en el peor sentido), ni el servicio, ni el acento de la muchacha dominicana que se hizo cargo de la barra, no, es otra cosa, es difícil de explicar. Leonor corta el rodaballo con aprensión y con cuidado, como si estuviese manipulando los cables de una bomba de relojería, da un trago a su copa de vino y me dice que aunque esto que va a decir pueda sonar muy raro, ella piensa que más que el restaurante en sí, y entiéndase por restaurante las cosas palpables que lo forman (servilletas, maquina de café, platos, menú…), es otra cosa lo que le atormenta, algo que va más allá de formalidades. Le da un bocado al rodaballo, lo saborea gustosamente, y dice que la razón de todos los males tal vez sean los simbolismos. El restaurante no como plato físico sino como recuerdo de otra cosa. Había un restaurante llamado El Pez Burlón, en Cambrils, hace muchos años, me cuenta. La llevaban de pequeña los domingos después de haber pasado la mañana en la playa. Era un restaurante muy bueno en cuanto relación calidad-precio. Las raciones eran generosas y el producto fresco. Iban muchos domingos y se acuerda de aquellas vitrinas de cristal donde ponían el pescado y la carne encima del hielo, allí junto a la barra, a modo de escaparate. Su abuela se atragantó con una espina y aunque no murió se la tuvieron que llevar en ambulancia y del susto ya nunca volvió a ser la misma. A Leonor, de la impresión (sobre todo cuando metieron a la abuela dentro de la ambulancia y le pusieron la mascarilla de oxígeno), se le cortó la digestión. Aquella vitrina del restaurante El Pez Burlón donde su abuela casi se muere era muy parecida a la vitrina que tenían en el restaurante Poveda. La vitrina del restaurante Poveda contenía brazo de gitano, tarta de queso (New York style) y orujo de hierbas. No sabía. Las vitrinas no eran iguales. La disposición de alimentos dentro de las mismas tampoco. En la vitrina del restaurante Poveda ni siquiera ponían hielo. Pero había algo, tal vez la iluminación, el reflejo del cristal, la manera con la que el camarero se situaba detrás de la misma, había algo que no acertaba a identificar pero que hacía conexión y solo de pensarlo se le atragantaba el rodaballo y le entraban nauseas y había que salir pitando del restaurante Poveda, pagar la cuenta, y bajar corriendo por la calle Buenavista hasta llegar a los apartamentos Calazul y entrar al bar de Manolo donde pedir un gin-tonic y dos carajillos de ron para olvidar
Tuesday, 28 August 2012
ANUNCIO RELEVANTE
Durante las 02:00am y las 04:00am del próximo 12 de septiembre, esta página permanecerá cerrada al público por motivos de mantenimiento. Próximamente, el Salchichas de Pollo Group pondrá a disposición del que lo requiera un servicio auxiliar de ayuda al cliente. Se abrirá una línea telefónica para casos de emergencia, una especie de teléfono de la esperanza que será atendido por nuestro equipo psiquiátrico. También se facilitará un número de fax y un apartado de correos. Llamadas referentes a animales en peligro de extinción no serán atendidas. El 20 de septiembre se impartirá un curso online sobre el simbolismo y el no simbolismo en la cinematografía de David Lynch
DISLIKING LAS TABLAS DE DAIMIEL
Ocurre a veces, pero sobre todo cuando volvemos del Mercado Robles y dejamos las bolsas en la cocina, encima de la lavadora, sobre la mesa plegable con patas de hierro, entre la panera (que nunca usamos) y el molinillo (que sí usamos). Llegamos del mercado y dejamos bolsas llenas de patatas y cebollas y apio y carne picada en el ultimo segundo, con marcas en los dedos, con el sudor de la calle y los dos pisos de escaleras. Son bolsas cargadas de verano y mediodía y nos deshacemos de ellas como quien se quita un muerto de encima.
El sentimiento de que es más lo que nos separa que lo que nos une a las Tablas de Daimiel nos sacude cuando nos sentamos en el sofá justo después de volver del Mercado Robles. Ella pone el ventilador con pie de lámpara. Según ella es un ventilador con forma de girasol. Nos sentamos sin decir nada, todavía jadeando de las escaleras y la calle y el peso de las bolsas, y tampoco nos miramos. Sin que ninguno de los dos lo admita, percibimos cierta aprensión en el ambiente. Ayer domingo, sobre las 8 de la noche (todavía era de día), volvíamos a casa después de haber pasado el fin de semana en las Tablas de Daimiel (otra vez).
A veces este piso parece un piso apocalíptico. Será por la orientación, dice ella. Será por la manera tan dramática con la que entran los rayos de sol a través del balcón. El balcón tiene dos portezuelas viejas, de madera, con ventanales en la parte superior. Cuando llegamos del Mercado Robles abrimos las puertas del balcón de par en par, ponemos el ventilador y nos sentamos en el sillón sin decir nada. Como ahora. Ella ha empezado una frase pero se ha detenido nada más empezar. Ha querido decir algo pero luego se ha arrepentido. Algo sobre el fin de semana en Las Tablas de Daimiel y esa especie de opresión a la altura del pecho que a los dos nos sacude cada vez que vemos un pato cuchara o cada vez que alguien menciona al lagarto ocelado. A ella no le dan asco los lagartos. A mí tampoco. Sin embargo, es un no saber explicarse cada vez que alguien hace referencia al lagarto ocelado. Tampoco nos dan escalofríos ni ponemos caras raras. Ella cree que la nausea por el pato cuchara y el lagarto ocelado tiene que ver con el parque, con las Tablas de Daimiel como conjunto. Ella es de las que piensan que ese mismo lagarto y ese mismo pato nos harían sentir de manera muy distinta en otro lugar. Y eso que ella no tiene nada en contra de las Tablas de Daimiel, ni yo tampoco.
A veces nos preguntamos sin en realidad son las sombras de las siluetas, sobre todo la del olivo milenario de la plaza. O el eco de la gente que camina por las queseras, el agroturismo. A ella la palabra agroturismo no le gusta, le suena a bolsa de plástico, a hidrocarburo. Ella dice que la humedad de las queseras, unida al murmullo de la gente que camina en fila india por los túneles de la cueva, hablando de cosas que nada tienen que ver con el aquí y el ahora, unido también al olor propio del queso, y unido también al parque y su entorno, pues eso, que ahora mismo y solo de pensarlo se tiene que levantar del sofá y volver un poco las portezuelas del balcón para que no entre tanta luz
La ciudad está a 342kms del parque natural y sin embargo, algunas noches, ella se da cuenta de que no puede ser, de que algo no funciona, algo no cuaja. Luego llega el fin de semana y volvemos a las Tablas de Daimiel como quien renuncia al tiempo y a la vida
El sentimiento de que es más lo que nos separa que lo que nos une a las Tablas de Daimiel nos sacude cuando nos sentamos en el sofá justo después de volver del Mercado Robles. Ella pone el ventilador con pie de lámpara. Según ella es un ventilador con forma de girasol. Nos sentamos sin decir nada, todavía jadeando de las escaleras y la calle y el peso de las bolsas, y tampoco nos miramos. Sin que ninguno de los dos lo admita, percibimos cierta aprensión en el ambiente. Ayer domingo, sobre las 8 de la noche (todavía era de día), volvíamos a casa después de haber pasado el fin de semana en las Tablas de Daimiel (otra vez).
A veces este piso parece un piso apocalíptico. Será por la orientación, dice ella. Será por la manera tan dramática con la que entran los rayos de sol a través del balcón. El balcón tiene dos portezuelas viejas, de madera, con ventanales en la parte superior. Cuando llegamos del Mercado Robles abrimos las puertas del balcón de par en par, ponemos el ventilador y nos sentamos en el sillón sin decir nada. Como ahora. Ella ha empezado una frase pero se ha detenido nada más empezar. Ha querido decir algo pero luego se ha arrepentido. Algo sobre el fin de semana en Las Tablas de Daimiel y esa especie de opresión a la altura del pecho que a los dos nos sacude cada vez que vemos un pato cuchara o cada vez que alguien menciona al lagarto ocelado. A ella no le dan asco los lagartos. A mí tampoco. Sin embargo, es un no saber explicarse cada vez que alguien hace referencia al lagarto ocelado. Tampoco nos dan escalofríos ni ponemos caras raras. Ella cree que la nausea por el pato cuchara y el lagarto ocelado tiene que ver con el parque, con las Tablas de Daimiel como conjunto. Ella es de las que piensan que ese mismo lagarto y ese mismo pato nos harían sentir de manera muy distinta en otro lugar. Y eso que ella no tiene nada en contra de las Tablas de Daimiel, ni yo tampoco.
A veces nos preguntamos sin en realidad son las sombras de las siluetas, sobre todo la del olivo milenario de la plaza. O el eco de la gente que camina por las queseras, el agroturismo. A ella la palabra agroturismo no le gusta, le suena a bolsa de plástico, a hidrocarburo. Ella dice que la humedad de las queseras, unida al murmullo de la gente que camina en fila india por los túneles de la cueva, hablando de cosas que nada tienen que ver con el aquí y el ahora, unido también al olor propio del queso, y unido también al parque y su entorno, pues eso, que ahora mismo y solo de pensarlo se tiene que levantar del sofá y volver un poco las portezuelas del balcón para que no entre tanta luz
La ciudad está a 342kms del parque natural y sin embargo, algunas noches, ella se da cuenta de que no puede ser, de que algo no funciona, algo no cuaja. Luego llega el fin de semana y volvemos a las Tablas de Daimiel como quien renuncia al tiempo y a la vida
Saturday, 25 August 2012
DISLIKING CIUDAD REAL
Querida Doris:
Espero que al recibo de esta carta no te hayas olvidado de aplicarte protección solar factor 15. Me pongo a escribirte y recuerdo con nostalgia tus protestas, el eco de tu voz quejándose de la quemadura del sol en el lado interno del tobillo derecho, ese que siempre dejas al desnudo cuando te sientas a leer en la playa y te cruzas de piernas como los hombres, manteniendo siempre el mismo ángulo, dejando el tobillo de lado, plano, en perpendicular al cielo. Luego me dices, también en formato de queja, que da lo mismo ponerse o no protección ahí porque esa zona es todo hueso y al no tener carne la protección solar no hace nada, es impotente. Querida Doris:
Te escribo desde la Ciudad Real que no nos gusta ni por asomo, desde el trozo de Ciudad Real que se nos hace bola en la boca, la Ciudad Real por la que uno pasea no por gusto sino a la fuerza, como si llevase pistola en la sien. Te escribo sobre todo desde un café muy particular, desde la mesa de una terraza. Te escribo desde el vacío intestinal que producen según qué calles (tú sabes de sobra). Vacío intestinal y también intelectual. El Bar Jonás. El jardín de la República. La tienda de lanas Sonsoles. La calle esa que hay detrás de la iglesia. La parte de esa Ciudad Real que da dolor de pecho y ardor de estómago. El ayudante nuevo del boticario y esa forma que tiene de coger las medicinas, la arrogancia con la que te dice cuántas tomar y cuántas no, ese runruneo que se masca en el ambiente. Querida Doris:
Te escribo desde la Ciudad Real que detestamos, desde esa parte de la ciudad (que no es geográfica) que se nos atraganta, que es bocadillo de atún seco, determinadas calles y bares que nos repugnan como si en realidad fuesen la extensión de otro algo, de otra ciudad, de otra realidad sin cochinillo ni vino tinto. Querida Doris:
Te escribo desde esa Ciudad Real que nos disgusta pero no físicamente, que nos duele como en otra vida, en otro universo paralelo. Más que ciertas calles y ciertos bares y ciertas costumbres, la ciudad nos disgusta en otra dimensión, en otra vida. Nos jode y no nos hace ninguna gracia a través de terceras personas. No es tanto el dolor propio como el dolor de parte de un primo al que se lo contó un amigo que tenía un negocio a medias con un tipo de Ciudad Real.
Espero que al recibo de esta carta no te hayas olvidado de aplicarte protección solar factor 15. Me pongo a escribirte y recuerdo con nostalgia tus protestas, el eco de tu voz quejándose de la quemadura del sol en el lado interno del tobillo derecho, ese que siempre dejas al desnudo cuando te sientas a leer en la playa y te cruzas de piernas como los hombres, manteniendo siempre el mismo ángulo, dejando el tobillo de lado, plano, en perpendicular al cielo. Luego me dices, también en formato de queja, que da lo mismo ponerse o no protección ahí porque esa zona es todo hueso y al no tener carne la protección solar no hace nada, es impotente. Querida Doris:
Te escribo desde la Ciudad Real que no nos gusta ni por asomo, desde el trozo de Ciudad Real que se nos hace bola en la boca, la Ciudad Real por la que uno pasea no por gusto sino a la fuerza, como si llevase pistola en la sien. Te escribo sobre todo desde un café muy particular, desde la mesa de una terraza. Te escribo desde el vacío intestinal que producen según qué calles (tú sabes de sobra). Vacío intestinal y también intelectual. El Bar Jonás. El jardín de la República. La tienda de lanas Sonsoles. La calle esa que hay detrás de la iglesia. La parte de esa Ciudad Real que da dolor de pecho y ardor de estómago. El ayudante nuevo del boticario y esa forma que tiene de coger las medicinas, la arrogancia con la que te dice cuántas tomar y cuántas no, ese runruneo que se masca en el ambiente. Querida Doris:
Te escribo desde la Ciudad Real que detestamos, desde esa parte de la ciudad (que no es geográfica) que se nos atraganta, que es bocadillo de atún seco, determinadas calles y bares que nos repugnan como si en realidad fuesen la extensión de otro algo, de otra ciudad, de otra realidad sin cochinillo ni vino tinto. Querida Doris:
Te escribo desde esa Ciudad Real que nos disgusta pero no físicamente, que nos duele como en otra vida, en otro universo paralelo. Más que ciertas calles y ciertos bares y ciertas costumbres, la ciudad nos disgusta en otra dimensión, en otra vida. Nos jode y no nos hace ninguna gracia a través de terceras personas. No es tanto el dolor propio como el dolor de parte de un primo al que se lo contó un amigo que tenía un negocio a medias con un tipo de Ciudad Real.
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