No tanto las cosas importantes sino las menudencias, las cosas de entretienda, lo que no se veía. Yo estaba sentado en aquella mesa a petición de Ana. Me había dicho; siéntate un rato con la chica, déjala hablar, escúchale, mírale bien a los ojos, por dentro. Deja que tus ojos y tus oídos hagan de cámara. La chica tiene un misticismo anónimo muy difícil de resistir. Huele como huelen las adelfas. Habla suave como si usara polvos de talco. Siéntate con ella, llévala a lo de la Alameda, entrad en cualquiera de los bares que tienen mesitas fuera, haced como si no se oyese a los patos, adivinad las sombras del carrusel, dejad que el grito de los niños se adueñe del parque, interferir con las aves, equilibrar la tarde-noche.
Se llama Inés y tiene telarañas en los ojos. Se llama Inés y aunque se pone maquillaje se le ven las entrañas por fuera. Mueve mucho las manos y tiene una diminuta cicatriz en el antebrazo. No sonríe por sonreír. Se da la vuelta y mira a los patos. Me dice algo de un viaje a Maracaibo. Le digo que me cuente más. Le pido que mire fijamente a la cámara y me cuente sobre el hotel. Me dice que ver a alguien de traje y corbata merodeando la piscina de un hotel le recuerda a James Bond, 007. Me dice que su película preferida es Octopussy. Se toca poco el pelo. Cuando se queda callada no necesita de repliegues físicos. No cruza las piernas, no despliega muecas, no establece barreras. Es una chica muy de frente. Me pregunta por la chica que van a matar. Pregunto si sabe algo que los demás no sepamos, si ha visto algo en sueños, si puede predecir el cómo y el cuándo. Me dice que lo único que sabe es lo que le ha contado Ana. Le digo que Ana no debería ir por ahí contando lo que no le incumbe.
Inés me cuenta que ella se cría en Tres Cantos aunque a los ocho años se van a Santander para volver a Madrid cinco años después. A su padre lo trasladaron de oficina. Eso al principio. Luego, sobre sus poderes mágicos, la clarividencia, eso lo obtiene por necesidad. Tiene un novio de apellido Somoza y de nombre Alberto al que quería con locura. No un primer amor sino un tercero o cuarto. Alberto se convierte en el primer novio que le arrebata el sentido común. Un chaval de aspecto pasado de moda, incluso su planta y su manera de ser, muy blanco y negro, muy FM-AM. Era un tipo distinto, me explica. Tenía nariz aguileña como ya casi nadie tiene. Patillas, colonia Brummel, peinado a raya. Un chaval de otro mundo, de otro barrio, de otra esfera social. Un tío del que se enamoró hasta las profundidades de su ser y del que pasados dos meses de relación comienza a sospechar no ya tanto de posibles infidelidades sino de algo peor, pérdida de interés. Una chica como yo y un tipo cómo él. Dónde iba a parar. “Por aquel entonces”, me cuenta, “yo vivía en un piso tercero de la Calle Caravaca, a este lado del río. Él venía a buscarme en moto, una Bultaco que se tiró dios sabe cuanto en reformar y arreglar, una moto más vieja que la tos. El sonido todavía lo escucho en sueños” me dice con ojos de cristal de translúcido. “Y cada vez venía menos, y cada vez con menos fuego en los ojos, menos intención en su manera de ser conmigo, no sé si me explico. Y es ahí cuándo empiezo a obtener los poderes, ahí cuando la clarividencia, por necesidad. Yo me obligo a entender lo que pasa, a ver lo que pasa. Necesito saber si se está follando a otra, si ya no le gusto, si ha perdido interés, y es entonces cuando me paso noches enteras apretando la mente, buscando dentro de mí”
“¿Meditando?”
“No, meditando no. Haciendo mucha fuerza con la mente. Apretando por dentro. Mirando con fuerza. Buscando. Muchas horas. Me daban las tres, las cuatro, las cinco de la mañana”
“¿Cuántos años tenías?”
“Dieciséis”
“¿Y lo de tu tío al que le explotó una bomba olvidada de la guerra civil cuando hacía footing por el campo?”
“Eso es otra historia”
Hay un baile de hojas secas en lo de la Alameda, justo enfrente del bar de bocadillos Quique. Pasa entre las cinco y las seis y no lleva anuncio, no hay carteles pegados en mamparas de autobús que avisen del baile de hojas secas, del swing del platanero, de la cumbia en suspensión, de esa especie de aguantar el aliento dentro que se produce cuando las hojas bailan enfrente del Bar Quique cuando Inés habla como por extensión, de forma contextual. Las hojas que bailan tienen nombres y apellidos.
Cuando yo pregunto e Inés contesta nosotros no somos lo importante, no tenemos el foco encima. Estamos allí de decorado. Alguien ha pedido un bocadillo de ventresca con virutas de no sé qué (inaudible). Inés ha dicho que la palabra “virutas” le da risa. Yo vuelvo la cámara hacia las hojas pero ya no bailan. El viento se ha quedado en nada. A lo lejos un señor mayor se detiene y se echa las manos encima como tratando de desabrocharse algo. Yo lo filmo todo mientras la voz de Inés habla sobre los poderes de adivinación y lo muy poco que le pega sobre todo por sus gustos en lo que a la moda se refiere, los vestidos abogotados, lo barroco (no sabía si se explicaba bien).
“Yo todo lo divido entre barroco y no barroco”
“¿Y lo de tu tío?”
“Lo de mi tío pasó en el noventa y algo”
Inés es de las personas que utilizan mucho frases como “vamos a ver si nos aclaramos”. Es una persona que gusta de la organización mental. Separar pensamientos según el sentido del pensamiento, la utilidad y sobre todo el orden temporal. ¿Es un pensamiento que tiene que ir antes o después de este otro pensamiento? Dice vamos-a-ver-si-nos-aclaramos y en realidad lo que hace es ordenar pensamientos. Se le cuela uno que tiene que ver con las hojas que han bailado hace un rato y tiene que apartarlo y ponerlo en otra fila y para entonces yo ya no atiendo, yo escucho a los patos y me pregunto si no estaría mejor filmándolos a ellos.
“¿Y de la muerte de Ana María me puedes decir algo? ¿Cómo funciona la cosa para que eches un vistazo al futuro en torno a esto? ¿Se puede ver el futuro por temas o es algo que no controlas? ¿Cómo se ejerce? ¿Cuándo se empiezan a ver cosas? ¿Hay que darle a un botón, elegir el tema, seleccionar el tiempo futuro, si se quiere ver de aquí a dos días, a una semana, a tres meses?”
Aparentemente no hacía falta bola de cristal.
“Yo no veo el futuro” me dice de mala baba. “Yo no veo el futuro” dice queriendo añadir la palabra subnormal. “Yo me dedico a otras cosas, yo intuyo situaciones, yo veo un poco más allá de las maquinaciones de la gente”
Inés era capaz de prever corrientes marinas. Ella se quedaba levantada hasta las dos de la noche y de puro apretar las sienes descubría por dónde iba a soplar el viento. No veía los hechos del día siguiente sino las intenciones de los personajes. Veía de qué lado se decantaba la balanza del hombre. A mí me apetecía un café pese a las horas de la tarde. El viento se había detenido en seco (desconozco si Inés lo había previsto), la temperatura había ascendido dos escalones, ella se había desabrochado dos botones de la camisa permitiendo al personal adivinar parte del un sujetador que servidor se había quedado mirando a la vez que ella me pillaba y de ahí a la sonrisa de arriba las manos, esto es un atraco.
“¿Entonces tú no sabes si la van a matar o no?”
“¿Para eso me has traído aquí?”
“¿Cuántos años dices que tienes?”
Inés preveía un tanto por ciento del futuro más cercano. Le he pedido al camarero que además del café nos saque algo de picar, nada que lleve preparación. Le he pedido, de la forma menos amable posible, dejando claro quién es el cliente y quién ejerce de sirviente, que nos saque un snack casual, algo que llevarse a la boca, unos cacahuetes sin sal, tostados, unas patatas fritas sabor paprika, algo que apenas lleve dos minutos servir.
“¿Qué es la paprika?” pregunta Inés.
Ella es mujer de vestido de verano. Le pegan según qué estampados con el color de sus ojos, con la intermitencia de las pecas, con los huesos que le salen de los codos, tan años cuarenta, tan de posguerra. Sus abuelos vivían en un pueblo como todos los abuelos. Durante un rato que no sé cuánto dura me habla de series de dibujos que veía cuando era pequeña. Luego y a petición mía me cuenta sobre el tío al que le explotó una bomba mientras corría por el monte. “Salió disparado hacia el cielo. Fueron unos quince metros de altura. Pudieron deducirlo por la posición geográfica donde se le encontró. No tuvo que hacer el viaje de bajada. Salió disparado hacia el cielo y aterrizo suavemente en una loma cercana. Pese a la suerte de tener la loma ahí, no vivió para contarlo. La explosión, la metralla… La fragilidad del cuerpo humano”
Se me quedan las ganas de decirle que somos como hormigas, nada.
“Hace poco y cuando ya se hicieron patentes mis poderes de adivinación, mi tía, la hermana de mi tío, me pidió que intentase establecer contacto para ver qué tal estaba. Al día siguiente le dije que había establecido contacto y que estaba bien, que los cuidaba a todos desde el cielo, y que sobre todo a ella le pedía que fuese feliz y que hiciese el bien allá por donde fuera. Mi tía se emocionó, se echó a llorar y desde entonces es otra persona”
“¿Los cuida desde el cielo?”
“Los protege”
“¿Les cubre las espaldas?”
“Les pone una especie de escudo celestial”
“¿Duerme con un ojo abierto?”
“En el cielo se duerme poco”
El camarero nos trae las patatas y un plato de olivas y antes de que se marche nos da tiempo de pedir un gin tonic y un vodka tonic pese a los cafés con leche. No un vodka con tónica sino un vodka tonic. Mucho hielo pero no a rebosar. “Y haga el favor de llevarse los cafés”
El tiempo no iba a dar para mucho más y yo necesitaba saber sobre Ana María. Paco me había dicho que algunas muertes se volvían personales. Ésta era una de ellas. Incluso a mí que solo era el cámara se me estaba metiendo debajo de la piel. Masticábamos la muerte de Ana María como carne demasiado hecha, como atún seco. Matarla iba a hacer falta matarla. Nos mirábamos incrédulos porque nadie tenía o iba a tener el estómago. Era uno de esos encargos que suscitan preguntas, que abren la caja de los truenos. El tipo de trabajo que hace que uno se mire al espejo más de la cuenta por la mañana. Una ejecución que iba a dar que hablar, que empujaría a la mujer a preguntar qué pasa cuando son las tantas y uno no pega ojo. Se mira al techo como si fuera Ana María esperando. No era pena, era otra cosa. Estábamos metidos en un sistema del que parecía imposible salir. Si Madrid firmaba los papeles había poco que hacer. Yo necesitaba verme las caras con José Luis para exigir una segunda explicación.
Inés fumaba y dispersaba el humo que soplaba con labios de ropa limpia. Echaba la cabeza atrás y disparaba hacia donde despegan los cohetes. Yo necesitaba a duras penas que me contase más de Ana María. Le pregunté si una foto de la chica ayudaría pero cabeceó que no. Inés no tiene poderes sensoriales. Cualquier cosa que entrase por la vista no ayudaría. Si le diese a oler algo de ropa de Ana María tampoco, no era un perro. Conocer a la chica tal vez tampoco ayudase. Ella solo predecía un tanto por ciento del futuro. A veces ni eso, me dice tirando la colilla al suelo. Yo me doy la vuelta con la sensación de estar siendo espiado por la espalda.
Me cuenta de una exposición de arte moderno en el centro cívico donde vive. Esculturas hechas con papel rellenas de poemas viejos. Un piano hecho con recibos de la luz y el agua. Un cuadro que es un retrato de Cervantes donde los ojos son dos monedas de cincuenta pesetas y la nariz una zanahoria y la boca una máquina Polaroid de la que sale una foto completamente rosa a modo de lengua. Me cuenta de un tal Ignacio que estudia derecho y que es un portento jugando a las canicas. El tío tiene veintitantos y juega a las canicas. Tiene una colección. Está en segundo de derecho y los fines de semana se junta vía Facebook con gente que comparte la misma pasión. Hay más aficionados en Europa. Existen ligas, campeonatos. El chaval se llama Ignacio. Inés no está segura de quererle como novio o como amigo. Inés pregunta al camarero si tienen lima para su gintonic y antes de que el camarero conteste le corta y le pide que no le conteste, que ya sabe ella que no tienen. El camarero corrobora que efectivamente no tienen. Cuando se marcha, Inés me pregunta si he grabado la adivinación en directo. Luego añade que sus amigas le dicen que ella es mucho más guapa que Ignacio.
La ciudad tiene una banda sonora que se escucha a través de las ventanillas bajadas de los coches que pasan. Los antebrazos apoyados, los codos apuntando hacia fuera mientras la Cadena Ser o la Cadena Cope o M80 Radio o donde un CD de Philip Glass, pista cuatro, Metamorfosis IV.
Le pido que si es tan amable, que si me podría dar algo de consejo respecto al juicio que se me viene encima. Pero Inés no da consejo. Una cosa es ver e futuro y otra intervenir. Ah, eso no. Eso nunca. Me dice que hay una vieja regla escrita al respecto. Algo muy viejo, viejísimo. Me dice que ya cuando los magos y los encantadores, cuando los druidas y los castillos con torre y princesa encerrada, ya entonces se regían por dicha regla. Muchos reyes quisieron comprar adivinos para poder maniobrar antes de la tormenta. Siempre salió mal. Normalmente terminaba en muerte por ambas partes. Mago y monarca los dos al hoyo. Aconsejar no, me dice mientras tres chicos intentan vendernos merchandising. Le sugiero que no hace falta que me aconseje, que simplemente me diga lo que ve. Le propongo que sí el resultado final coincide que me daré por convencido y que el reportaje es suyo. Le digo que podría empezar a filmar en la Calle Caravaca.
Antes de que me dijese que lo tengo muy jodido y que me ve encerrado, entre rejas, en cosa de dos o tres meses como mucho, me dice que ve una niña, una niña muy pequeña, pero que no puede ser Ana María porque esta niña es un bebe.
“¿Es posible que sea Ana María cuando era niña?”
“No. Yo veo el futuro” me dice respirando hondo y encendiendo otro cigarro a la vez que yo levanto la mano para que el camarero me traiga la cuenta.
I imagined people at breakfast, people who know each other intimately, probably a husband and a wife, speaking in unfinished sentences, in grunts, in coughs, as people do, particularly at that time of day. And I wondered what it would be like to sit down at that kind of dialogue, in which sentences are rarely completed and thoughts are rarely followed up and one person is not really listening closely to another. That’s all I had. And that’s when I began writing - Don Delillo
Sunday, 14 June 2015
Sunday, 31 May 2015
Paco me mira y sus ojos tienen mucho de sonido gutural
Tenían dos recreos, el pequeño y el grande, uno a las once y otro después de comer, a las dos. Había unos bancos que daban al patio trasero donde las niñas jugaban. Paco y yo nos sentábamos tratando de disimular. Yo me ponía la cámara sobre las piernas y grababa hasta que el recreo se acababa. Cuando llegaba a casa y me ponía a editar me maravillaba la película que encontraba. Niñas saltando a la comba, hablando en corro, jugando, tiradas en el suelo, ahora gritando ahora sonriendo ahora llorando ahora discutiendo. Niñas que venían sin manual de instrucciones, seres humanos por estrenar, gente sin filtro cambiado, sin varices en el cerebro. Jugaban y saltaban y corrían y en la pantalla aparecía como aparecería una manada de caballos en una pradera, sin dueño ni montura ni otra cosa que hacer que lo que el impulso mandara. Le daba a la cinta y niñas con uniforme y bata a cuadros, calcetines verdes, falda gris, jersey verde a juego con los calcetines, cuellos de camisa asomando.
A la niña en cuestión la teníamos marcada y sin embargo su voz y su manera de ser quedaban mudos, no sabíamos de ella de no ser por el dibujo de sus movimientos, los cambios de expresión. Desde aquel banco no se veía el patio del recreo entero por lo que a veces la niña desaprecia del plano como si todo fuera una función de teatro y su turno hubiese terminado.
Cuando repasaba la grabación, la imagen de las niñas quedaba presidida por la voz de Paco y la mía. Hablábamos y las niñas solo se oían de vez en cuando, si alguna pegaba un chillido. Por lo demás la voz de Paco, la mía, el sonido de los coches, el ruido que hace la ciudad, una persiana, un portazo, un quejido, el choque de algo contra algo, el sonido distorsionado de cientos de conversaciones, un móvil, alguien que le intenta vender algo a alguien, el frenazo de una furgoneta, la voz de un camarero, el rugir convencional de la calle tal y cual.
Paco me hizo saber que hoy en día nos teníamos que andar con mucho cuidado merodeando un colegio de niñas. Me dijo que el mundo estaba enfermo terminal y que la de sádicos y pederastas que había por ahí sueltos era como para dar carpetazo. Con lo de la pederastia ahora los colegios estaban vigilados. Había cámaras, los municipales frecuentaban el perímetro.“Tú a lo tuyo”, me decía Paco. “Graba pero con cuidao”. Con mucho cuidadito. La cámara sobre mis piernas, el ángulo me lo sabía de memoria.
Teníamos su pasaporte y su partida de nacimiento. Se los había dado la madre esa misma mañana. Habíamos acudido a la misma cafetería a la que iban muchas madres después de dejar a los críos. Cuando se terminase el recreo y las niñas volviesen a clase íbamos a ir a una imprenta para hacer fotocopias y mandarlo todo a Madrid. Ana María Corrales, once añitos de edad. ¿Nacida cuándo? Nacida un dieciocho de abril. Paco y yo hacemos cuentas. Me dice que con los niños es distinto, que si uno se fija parece que sean animales, revolotean como las palomas en los parques, a bandazos, puro instinto. El empuje lo causa un cromo, un caramelo, una chica que le quita algo a otra y de ahí al salto y la persecución. Luego tienen sed, todas a la vez, y corren a la fuente y se empujan para ver quien bebe primero. Luego se sientan porque de correr se han cansado. Se miran y respiran hondo. Piensan qué decir. Eligen sin saberlo. La atracción puede ser una mariposa, una piedra anormalmente plana, una mancha, un olor, el sonido de un avión que sobre-vuela. Anita Corrales. Ana María. Sentados en el banco, a cinco minutos de que termine el recreo, sorteamos a las demás haciendo eslalon con los ojos apretados y clavamos la mirada en Anita atrapándola por la espalda, clavándole las pupilas en la piel como si las garras de un águila imperial. El horizonte queda a mano derecha y por allí se levanta una brisa suave y bienvenida que galopa sin piernas y nos revolotea a la altura del cuello. El sol campa a sus anchas. Paco no sabe decirme bien por dónde queda una calle donde hay un bar muy famoso. Le digo que para un inglés tiene que ser rematadamente difícil decir Sabiñánigo.
¿Y si Madrid denegase el permiso? Yo qué sabía. Yo estaba allí para grabarlo todo, para dar fe, para constatar cada rayo de sol que se colaba en nuestras vidas, para clasificar la luz, desmontarla, dividir cada gama de color en categorías, sub-categorías. Yo estaba allí para grabar la sangre de los asesinatos y poco más. ¿Albergaba Paco alguna esperanza de que Madrid denegase el permiso? Yo qué sabía. Era posible. Aunque como había repetido varias veces, si no la mataban ellos la mataría otra empresa y comer tenían que comer todos y como en todas las historias había una hipoteca etc etc.
Me aseguraba que le gustaba viajar, salir de casa. Me decía que la carretera le daba vidilla y que llegados a un punto el ir de aquí para allá le tiraba más que el matar en sí. Planear los asesinatos estaba bien porque era algo creativo. El acto de matar también le gustaba, la manualidad de la ejecución, lo artesanal del asunto. Paco venía de una familia que nunca había pisado una oficina. Se comía lo que se hacía con las manos. El papeleo y los tira y aflojas con Madrid no le gustaban un pelo. Las reuniones con los clientes tampoco. Sentarse con padres, hermanos, tíos, amigos, conocidos de las víctimas… Se conocía gente interesante, bien, con algunos se conectaba a otro nivel y luego se conservaba la amistad más allá del asesinato, más allá del negocio, era cierto. Pero cada vez le daba más pereza juntarse con los clientes. Paco aseguraba (sin mirar a la cámara) que la carretera le daba vidilla y que viajar como parte de su trabajo le gustaba y sin embargo yo no terminaba de creérmelo, las lentes de mi cámara no terminaban de creérselo. Se le veía a destiempo por las calles de cualquier ciudad, de cualquier pueblo que no fuese el suyo, cualquier sitio que no fuese la finca con su patíbulo reconvertido en portería de futbol y la carne que había que dejarla en la parrilla hasta que prácticamente se socarrase porque así era como se la habían comido toda la vida. Llegados a un punto yo no sabía si la cámara seguía grabando. Me estaba quedando dormido. La tarde palidecía.
Le pregunté si albergaba esperanzas de que Madrid denegase el permiso y no me contestó, se hizo el sordo. Luego me dijo que se habían hecho pruebas, que habían ido al médico, la Francisquilla y él, y que si querían tener un hijo iban a tener que hacerlo a base de inyecciones de hormonas y poner luego los espermatozoides, los suyos, su semen, dentro de ella, y en fin, que cuanto más lo pensaba, me cuenta, que más ganas le vienen de dejarlo todo y largarse a Colombia no ya a empezar una nueva vida sino a terminar la que tiene entre manos. Terminar de buenas maneras, se entendía, me dice cambiando el palillo de lado con la lengua. Ponerse a vivir en algún sitio tranquilo, dejarse estar, salir a la calle, comer todos días a la una en punto como habían comido siempre sus abuelos, echar la siesta, llevar un sombrero de paja, escuchar la radio del vecino. Me dice que echa de menos el sonido de la radio que había estado siempre presente de crío. Las noticias, los anuncios, los deportes, la quiniela. La radio y la tarde como algo inseparable. La voz de los presentadores sonando como notas de un piano interminable, un teclado circular. Me dice que esto de la niña se le está atragantando de mala manera y que aunque echarse atrás sería imposible a esas alturas del proyecto (por el qué dirán, la imagen de la empresa, la reputación), que ojalá pasará algo gordo que generase en el cliente nuevas prioridades que desembocaran en la llamada de cancelación, en el sentimos mucho las molestias, en el quién se iba a pensar que iba a pasar algo así.
Madrid había dado el visto bueno y eso suponía dólares para José Luis. Estaba en nómina, claro que estaba en nómina. ¿Ilegal? Desde cuándo era ilegal cobrar por alicientes, joder. Si la petición recibía luz verde el mozo se llevaba lo suyo y punto. ¿Sobres? Qué sobres ni qué hostias, se quejaba Paco como quien ha dormido en mala postura, como quien tiene una contractura de esas que duelen al respirar. Vámonos de aquí, me decía sin tener ningún sitio en concreto adonde ir. Larguémonos, me decía como si fuera Mauricio Aznar con la chupa y el tupé de rockabilly.
Haría falta un tsunami para frenar la muerte de Ana María. Si ustedes no tienen los cojones de matarla contrataremos a otros, le daremos la faena a otros. Si ustedes no quieren el trabajo allá ustedes. Había otras empresas con sus oficinas similares, sus procesos, sus métodos, sus mozas que contestaban el teléfono sin tener talento para otra cosa, chicas que se tocaban el pelo mientras hablaban con los clientes. Veintidós, vientres años, poco más. Haría falta una riada fatal, que se desbordase algún pantano. Y si no la mataban ustedes estaban los de Unimondo, estaban los de Derritex, o sino los rusos que no es que maten mejor ni peor pero sí con muy poca delicadeza, como si fueran carniceros. A veces un poco de poca delicadeza va bien, a veces hace falta eso. Menos es más. El poco sentimiento del asesino ruso, me dice Paco. Matan igual que los japoneses tocan el piano. La técnica perfecta, la posesión de uno mismo, perfecta. No se ponen nerviosos, ejecutan de memoria. Pero no es lo mismo. Lo de los rusos o los chinos (me dice que no me olvide de los chinos mientras yo pido un cortado), es como las Harley Davidson, que por mucho que hagan chopers iguales en Japón, por mucho que el embrague y los centímetros cúbicos sea clavao, el motor no suena igual, no ruge igual, es algo inimitable, pues aquí lo mismo, me dice pidiéndose un pincho de tortilla y una de lomo en adobo.
La intensidad de ciertos momentos. Lo espeluznante del gesto que tiene esa parte del mediodía cuando Paco entra al bar y hay un impasse en el que una mujer se da la vuelta y nos mira como se mira a un perro. Pastillas que uno toma para que la situación suba de tono, para que la voz de uno se haga sonar mejor y así pedir permiso para sentarse en una mesa, la de la ventana. Paco me dice que en los aviones, en los trenes, en los autobuses, siempre se sienta en la fila de la izquierda. Tendrá que ver con el cerebro. Seguro que más de un gilipollas habrá explicado ya la cuestión en tres o cuatro tomos con encuadernación a base de material reciclado cien por cien porque-a-nosotros-la-Amazonia-nos-quita-el-sueño-mire-usted. El bostezo inquietante de un comercial. La sensación indolente de que aquí no se está mal del todo pero la sospecha de que hay otro lugar, otro tiempo, donde se puede estar mejor. Paco ha sacado del bolsillo un panfleto de un crucero que sale de Barcelona y hace escala en varias ciudades de Africa. Un crucero distinto a los demás. Una empresa que se a especializado en algo distinto, que ha buscado un vacío de mercado que le llaman. Hacer lo que no hace nadie. El barco en vez de tener capacidad para 3000 mil personas tiene para 300 y las escalas son Algeria, Tunicia y Alejandría. Alejandría, repite Paco. El crucero es por si acaso no funciona el in vitro. Un plan b, una segunda opción. Lo mismo que todos sus asesinos siempre llevaban una sirga encima a la hora de matar por si la pistola se atascaba. Cableados Ortega, anúnciese aquí, copón. Deme usted algo de pan para el adobo no me joda. Pan y una cerveza. Caña no, tubo. Bueno, tubo tampoco, me ponga un tubo pero en una copa de esas. “A mí beber en tubo nunca me ha gustado. Ni los cubatas ni nada” Alguien le pide al camarero que hagan el favor de bajar de pasar la ternera un poco más. Hay una croqueta que está fría por dentro, justo en el centro, en el corazón de la croqueta de jamón. Hay un bostezo inacabado dentro del bar. Una boca que se ha quedado a medias y no ha dicho lo que quería decir. Una mujer que debe rondar los noventa años y que se viste como si tuviera doscientos ha levantado la mano por error. El camarero ha acudido y la señora ha negado con la cabeza queriendo decir que no necesita nada. Ha levantado la mano pensando que estaba en otro bar en el año mil novecientos cincuenta y tres. Paco se desgasta por dentro con cada mordisco al lomo en adobo. Le pongo la cámara a un palmo de su cara. Le hago tres preguntas por minuto. Le ruego que me hable con la boca llena. Me dice que eso de que con cada asesinato, con cada muerte, hay un trozo de sí mismo que también muere es una gilipollez de dimensiones faraónicas. Lo de dimensiones faraónicas no lo dice, me lo invento yo. Paco no habla así. Paco dice que un fontanero no se muere un poco por dentro cada vez que quita una tubería, ¿no?, pues él lo mismo, cojones. Y sin embargo algo hay que desgasta a Paco por dentro, y mucho. La erosión se le nota en la frente. Cuando llegue a a casa por la noche me pondré a mirar las primeras grabaciones. Paco ha cambiado desde que empezamos con esto. El camarero nos ha preguntado si queremos algo más. Paco ha contestado que a la rubia esa que hay en la mesa cuatro.
“¿Cómo sabe usted que es la mesa cuatro?”
Antes había relojes en los bares. Añoranza de cabezas de gambas a los pies de la barra. Servilletas manchadas de barbillas aceitosas, bocas que suceden después del chipirón en aceite y no antes. Paco me dice que vamos a hacer tarde y que hacen falta fotocopias y que no sabe cómo cojones le va a decir a Antonio y a Alba que hace falta matar a una tal Ana María.
“¿Has estado alguna vez en Alejandría?”
Nadie había estado nunca en Alejandría, nadie. Eso sólo pasaba en los libros. El puerto y la fachada de ciudad mercante. Mezcla de ciudad vagina y perro viejo.
En la clínica de fertilidad les habían hablado de posibilidades de éxito, estadísticas, porcentajes. Les habían hecho sentar y les habían extendido folletos donde aparecían niños rubios de cuatro años jugando en el parque. Les habían entregado documentos que luego había hecho falta firmar. Cuan preguntado por la ocupación del cabeza de familia Paco dijo que era autónomo y que si preferían que pagase en metálico y por adelantado que ningún problema. Yo grababa los dos segundos que una bonita señorita empleaba en doblarse bien la falda al sentarse cruzada de piernas. Dos-tres segundos. Maquillaje muy por encima, roce de pintalabios. La cámara se sumerge en la repetición, en lo dicho cien veces, en el epíteto. Se echa el pelo hacia atrás y conversa dejando palabras en una mesilla de noche con superficie de mármol. Deposita palabras como “ayer” o “gimnasio” como si fuera el reloj y los pendientes justo después de la crema. Luego se apaga la luz de la mesilla y se dan las buenas noches y dependiendo de la edad se suspira más o menos profundo.
La señora le ha preguntado al camarero si tienen zumos naturales. Zumo de kiwi. Paco ha sacado los folletos de la clínica y los del crucero. Entre medio ha caído el pasaporte de Ana Maria y los dos hemos tenido que mirar a otro lado y cambiar de conversación como quien baja el aire acondicionado. Un regate maravilloso de un medio centro brasileño. Una arrancada de esas que dejan sentao al más pintao. El cambio de ritmo. El cambio de velocidad. La capacidad de aumentar o ralentizar inercias. Hablamos de una jugada muy concreta de esas que luego repiten en la televisión. Un jugador bárbaro. Ciertas cosas no se prestan al aprendizaje y aunque con trabajo, sí, no dice uno que no, el trabajo es muy importante, pero esa arrancada, esa zancada, esa forma de proteger el balón tan innata, tan inquebrantable, el pie a dos milímetros del cuero como muleta y asta de toro. Con ciertas cosas se nace. Eso no lo enseñan en la escuela. Eso no se aprende estudiando ni practicando. Curro Romero sólo hay uno, dice Paco haciendo gestos para que le saquen otra caña. Un chaval nos pregunta que si estamos leyendo el periódico ese que hay en la mesa. Me doy la vuelta y la señorita de la falda también se vuelve. Hay gente que se percata de la cámara y se toquetea el pelo.
“Un crucero a Alejandría sería la polla”
“¿Tú sabes que el cerebro humano es la maquina más compleja que existe?”
“…Alejandría, entrar al puerto, dejarse llevar por los olores. Dicen que lo que más impacta son los olores”
“Los colores”
Una mujer demanda que le saquen otro martini con Fanta de naranja pero esta vez mejor hecho. El que le habían sacado no tenía nada que ver con el que había tomado en Roma haría cosa de dos semanas y media. Y las patatas allí las ponían en unas copas gigantes que hacían de cuenco y que otorgaban clase al local.
La clase venía repartida según la calle y el barrio, venía en el callejero. Para ser eficiente había que saber de trigonometría. La clase era otra cosa. Paco habla mirando a la cámara y las sílabas que salen de su boca forman una carrera de caracoles surcando la lengua en forma de hoja de lechuga.
Si lo de la clínica funcionara y saliera niña tendrían que ponerle Ana María. Si no la mataban ellos les darían el trabajo a otros y encima los llevarían a juicio por haberles hecho perder el tiempo de aquella manera. Siendo abogada como era la madre les harían mear sangre. ¿Había meado sangre alguna vez?
Me explica que la idea de tener hijos germinó en el cerebro (complejísimo aparato) de Francsiquilla un día de primeros de mes. La cosa fue tomando fuerza hasta convertirse en obsesión. Ni a la hora de mear se le olvidaba. Hacía planes, regaba las macetas de forma distinta, las demás mujeres la notaban rara. A Paco lo trataba con más cariño desaconsejando los vicios y abogando por el ejercicio.
“Hay un boxeador”, le digo yo, “Saul El Canelo Alvarez”
“¿Lo dan en la tele? Porque si lo dan en la tele lo veré. Con lo que me gusta a mi el boxeo… pero como no lo dan nunca en la tele, pues no, usted perdone, no conozco al Caramelo ese”
“Las joyas de la mujer esa deben ser bisutería”
La tarde se empezaba a desabrochar el cinturón. Las décimas de segundo pesaban y la sensación de necesitar ir al baño empañaba las conversaciones. Alguien en la mesa tres nos había sobre-oído halar del cerebro como armatoste complicado y las ondas expansivas recién saliditas de mi boca habían encontrado recipiente auditivo, proceso y repetición.
“¿Y lo del juicio cómo ha quedao?”
“Me persiguen”
“¿Judicialmente?”
“Y psicológicamente”
“¿Y si pierdes?”
“Si pierdo lo mismo me vengo al crucero de Alejandría”
“No es un crucero. Es un barco de 300 personas. En los cruceros meten 3000. Royal Caribbean. Peninsular & Oriental Steam Navigation Company. Armadores nórdicos que no me acuerdo como se llaman”
Hemos preguntado que a qué hora abría la imprenta y nos han dicho que hoy por la tarde no abrían. Hoy no podremos mandar la copia del pasaporte. Sugiero fotografiar lo que haga falta con el móvil y mandarlo por WhatsApp. O eso o me lo llevaba yo a Madrid esta noche. ¿A qué hora salía el último autobús a Zaragoza?
Lo de las edades de las personas a la hora de matar influía más ahora que antes. En los ochenta era otra cosa. En los noventa había tanto trabajo que la edad o la raza o el color del pelo de uno era lo de menos.
“Una vez matamos a uno en trineo, no te digo más. ¡Jefe, una de gambas! Pa comer mierda siempre hay tiempo” me dice por lo bajo volviendo la cara.
La canción no suena, el local no tiene puesta ninguna música ambiente, solo se escucha el murmullo de la tele. Aunque no hay música yo escucho perfectamente a David Bowie cantando ground control to major Tom, take your protein pills and put your helmet on. Paco me habla y yo juraría que lleva puesta una escafandra. Necesito saber la hora cuando una mujer le pregunta a otra qué hora es. Varias señoras llevan la misma clase de pendientes. Las que hablan más de la cuenta se echan para adelante. Paco se ha metido el palillo en la boca y me dice que lo de las edades a la hora de matar importa según de qué pasta este hecho cada uno. Matar a la gente sana jode mucho. Matar a alguien que te cae bien puede traer disgustos. Hay quien se tuvo que mudar después de un trabajo porque según él veía la cara del tío en todos lados, se le aparecía dentro del autobús de línea, lo veía en el cine no ya de espectador sino dentro de las películas, reencarnado en personajes o algo así. El chaval lo pasó jodido. Se tuvo que cambiar de ciudad, se mudó, tuvo que buscarse otro instituto, en fin.
“Matar a una tía que esté buena también es jodido. Hay quien solo puede matar de día. Un tal Jerónimo, el indio Jerónimo. No se llamaba así, se llamaba Pascual, pero bueno”
La estación de Sabiñánigo quedaba a cinco minutos del bar. Le dije a Paco que no me quedaba a las gambas, que tenía mucho que hacer. Le pregunté qué planes tenía para el día siguiente y me dijo que se quedaba allí y que rondaría el colegio un par de días más y lo más seguro que le pediría a la madre que le presentara a la niña. Cuanto mejor la conociera menos doloroso sería. Necesitaba aprendérsela de memoria, como si fuera un mapa. El mapa de Ana María.
Le pregunté si había quien ejercía por al amor al arte.
“Por amor al arte matamos yo y pocos más. Quedan muy pocos que maten por amor al arte. Por amor al arte se mata al cincuenta o si me apuras al cuarenta por ciento”
A la niña en cuestión la teníamos marcada y sin embargo su voz y su manera de ser quedaban mudos, no sabíamos de ella de no ser por el dibujo de sus movimientos, los cambios de expresión. Desde aquel banco no se veía el patio del recreo entero por lo que a veces la niña desaprecia del plano como si todo fuera una función de teatro y su turno hubiese terminado.
Cuando repasaba la grabación, la imagen de las niñas quedaba presidida por la voz de Paco y la mía. Hablábamos y las niñas solo se oían de vez en cuando, si alguna pegaba un chillido. Por lo demás la voz de Paco, la mía, el sonido de los coches, el ruido que hace la ciudad, una persiana, un portazo, un quejido, el choque de algo contra algo, el sonido distorsionado de cientos de conversaciones, un móvil, alguien que le intenta vender algo a alguien, el frenazo de una furgoneta, la voz de un camarero, el rugir convencional de la calle tal y cual.
Paco me hizo saber que hoy en día nos teníamos que andar con mucho cuidado merodeando un colegio de niñas. Me dijo que el mundo estaba enfermo terminal y que la de sádicos y pederastas que había por ahí sueltos era como para dar carpetazo. Con lo de la pederastia ahora los colegios estaban vigilados. Había cámaras, los municipales frecuentaban el perímetro.“Tú a lo tuyo”, me decía Paco. “Graba pero con cuidao”. Con mucho cuidadito. La cámara sobre mis piernas, el ángulo me lo sabía de memoria.
Teníamos su pasaporte y su partida de nacimiento. Se los había dado la madre esa misma mañana. Habíamos acudido a la misma cafetería a la que iban muchas madres después de dejar a los críos. Cuando se terminase el recreo y las niñas volviesen a clase íbamos a ir a una imprenta para hacer fotocopias y mandarlo todo a Madrid. Ana María Corrales, once añitos de edad. ¿Nacida cuándo? Nacida un dieciocho de abril. Paco y yo hacemos cuentas. Me dice que con los niños es distinto, que si uno se fija parece que sean animales, revolotean como las palomas en los parques, a bandazos, puro instinto. El empuje lo causa un cromo, un caramelo, una chica que le quita algo a otra y de ahí al salto y la persecución. Luego tienen sed, todas a la vez, y corren a la fuente y se empujan para ver quien bebe primero. Luego se sientan porque de correr se han cansado. Se miran y respiran hondo. Piensan qué decir. Eligen sin saberlo. La atracción puede ser una mariposa, una piedra anormalmente plana, una mancha, un olor, el sonido de un avión que sobre-vuela. Anita Corrales. Ana María. Sentados en el banco, a cinco minutos de que termine el recreo, sorteamos a las demás haciendo eslalon con los ojos apretados y clavamos la mirada en Anita atrapándola por la espalda, clavándole las pupilas en la piel como si las garras de un águila imperial. El horizonte queda a mano derecha y por allí se levanta una brisa suave y bienvenida que galopa sin piernas y nos revolotea a la altura del cuello. El sol campa a sus anchas. Paco no sabe decirme bien por dónde queda una calle donde hay un bar muy famoso. Le digo que para un inglés tiene que ser rematadamente difícil decir Sabiñánigo.
¿Y si Madrid denegase el permiso? Yo qué sabía. Yo estaba allí para grabarlo todo, para dar fe, para constatar cada rayo de sol que se colaba en nuestras vidas, para clasificar la luz, desmontarla, dividir cada gama de color en categorías, sub-categorías. Yo estaba allí para grabar la sangre de los asesinatos y poco más. ¿Albergaba Paco alguna esperanza de que Madrid denegase el permiso? Yo qué sabía. Era posible. Aunque como había repetido varias veces, si no la mataban ellos la mataría otra empresa y comer tenían que comer todos y como en todas las historias había una hipoteca etc etc.
Me aseguraba que le gustaba viajar, salir de casa. Me decía que la carretera le daba vidilla y que llegados a un punto el ir de aquí para allá le tiraba más que el matar en sí. Planear los asesinatos estaba bien porque era algo creativo. El acto de matar también le gustaba, la manualidad de la ejecución, lo artesanal del asunto. Paco venía de una familia que nunca había pisado una oficina. Se comía lo que se hacía con las manos. El papeleo y los tira y aflojas con Madrid no le gustaban un pelo. Las reuniones con los clientes tampoco. Sentarse con padres, hermanos, tíos, amigos, conocidos de las víctimas… Se conocía gente interesante, bien, con algunos se conectaba a otro nivel y luego se conservaba la amistad más allá del asesinato, más allá del negocio, era cierto. Pero cada vez le daba más pereza juntarse con los clientes. Paco aseguraba (sin mirar a la cámara) que la carretera le daba vidilla y que viajar como parte de su trabajo le gustaba y sin embargo yo no terminaba de creérmelo, las lentes de mi cámara no terminaban de creérselo. Se le veía a destiempo por las calles de cualquier ciudad, de cualquier pueblo que no fuese el suyo, cualquier sitio que no fuese la finca con su patíbulo reconvertido en portería de futbol y la carne que había que dejarla en la parrilla hasta que prácticamente se socarrase porque así era como se la habían comido toda la vida. Llegados a un punto yo no sabía si la cámara seguía grabando. Me estaba quedando dormido. La tarde palidecía.
Le pregunté si albergaba esperanzas de que Madrid denegase el permiso y no me contestó, se hizo el sordo. Luego me dijo que se habían hecho pruebas, que habían ido al médico, la Francisquilla y él, y que si querían tener un hijo iban a tener que hacerlo a base de inyecciones de hormonas y poner luego los espermatozoides, los suyos, su semen, dentro de ella, y en fin, que cuanto más lo pensaba, me cuenta, que más ganas le vienen de dejarlo todo y largarse a Colombia no ya a empezar una nueva vida sino a terminar la que tiene entre manos. Terminar de buenas maneras, se entendía, me dice cambiando el palillo de lado con la lengua. Ponerse a vivir en algún sitio tranquilo, dejarse estar, salir a la calle, comer todos días a la una en punto como habían comido siempre sus abuelos, echar la siesta, llevar un sombrero de paja, escuchar la radio del vecino. Me dice que echa de menos el sonido de la radio que había estado siempre presente de crío. Las noticias, los anuncios, los deportes, la quiniela. La radio y la tarde como algo inseparable. La voz de los presentadores sonando como notas de un piano interminable, un teclado circular. Me dice que esto de la niña se le está atragantando de mala manera y que aunque echarse atrás sería imposible a esas alturas del proyecto (por el qué dirán, la imagen de la empresa, la reputación), que ojalá pasará algo gordo que generase en el cliente nuevas prioridades que desembocaran en la llamada de cancelación, en el sentimos mucho las molestias, en el quién se iba a pensar que iba a pasar algo así.
Madrid había dado el visto bueno y eso suponía dólares para José Luis. Estaba en nómina, claro que estaba en nómina. ¿Ilegal? Desde cuándo era ilegal cobrar por alicientes, joder. Si la petición recibía luz verde el mozo se llevaba lo suyo y punto. ¿Sobres? Qué sobres ni qué hostias, se quejaba Paco como quien ha dormido en mala postura, como quien tiene una contractura de esas que duelen al respirar. Vámonos de aquí, me decía sin tener ningún sitio en concreto adonde ir. Larguémonos, me decía como si fuera Mauricio Aznar con la chupa y el tupé de rockabilly.
Haría falta un tsunami para frenar la muerte de Ana María. Si ustedes no tienen los cojones de matarla contrataremos a otros, le daremos la faena a otros. Si ustedes no quieren el trabajo allá ustedes. Había otras empresas con sus oficinas similares, sus procesos, sus métodos, sus mozas que contestaban el teléfono sin tener talento para otra cosa, chicas que se tocaban el pelo mientras hablaban con los clientes. Veintidós, vientres años, poco más. Haría falta una riada fatal, que se desbordase algún pantano. Y si no la mataban ustedes estaban los de Unimondo, estaban los de Derritex, o sino los rusos que no es que maten mejor ni peor pero sí con muy poca delicadeza, como si fueran carniceros. A veces un poco de poca delicadeza va bien, a veces hace falta eso. Menos es más. El poco sentimiento del asesino ruso, me dice Paco. Matan igual que los japoneses tocan el piano. La técnica perfecta, la posesión de uno mismo, perfecta. No se ponen nerviosos, ejecutan de memoria. Pero no es lo mismo. Lo de los rusos o los chinos (me dice que no me olvide de los chinos mientras yo pido un cortado), es como las Harley Davidson, que por mucho que hagan chopers iguales en Japón, por mucho que el embrague y los centímetros cúbicos sea clavao, el motor no suena igual, no ruge igual, es algo inimitable, pues aquí lo mismo, me dice pidiéndose un pincho de tortilla y una de lomo en adobo.
La intensidad de ciertos momentos. Lo espeluznante del gesto que tiene esa parte del mediodía cuando Paco entra al bar y hay un impasse en el que una mujer se da la vuelta y nos mira como se mira a un perro. Pastillas que uno toma para que la situación suba de tono, para que la voz de uno se haga sonar mejor y así pedir permiso para sentarse en una mesa, la de la ventana. Paco me dice que en los aviones, en los trenes, en los autobuses, siempre se sienta en la fila de la izquierda. Tendrá que ver con el cerebro. Seguro que más de un gilipollas habrá explicado ya la cuestión en tres o cuatro tomos con encuadernación a base de material reciclado cien por cien porque-a-nosotros-la-Amazonia-nos-quita-el-sueño-mire-usted. El bostezo inquietante de un comercial. La sensación indolente de que aquí no se está mal del todo pero la sospecha de que hay otro lugar, otro tiempo, donde se puede estar mejor. Paco ha sacado del bolsillo un panfleto de un crucero que sale de Barcelona y hace escala en varias ciudades de Africa. Un crucero distinto a los demás. Una empresa que se a especializado en algo distinto, que ha buscado un vacío de mercado que le llaman. Hacer lo que no hace nadie. El barco en vez de tener capacidad para 3000 mil personas tiene para 300 y las escalas son Algeria, Tunicia y Alejandría. Alejandría, repite Paco. El crucero es por si acaso no funciona el in vitro. Un plan b, una segunda opción. Lo mismo que todos sus asesinos siempre llevaban una sirga encima a la hora de matar por si la pistola se atascaba. Cableados Ortega, anúnciese aquí, copón. Deme usted algo de pan para el adobo no me joda. Pan y una cerveza. Caña no, tubo. Bueno, tubo tampoco, me ponga un tubo pero en una copa de esas. “A mí beber en tubo nunca me ha gustado. Ni los cubatas ni nada” Alguien le pide al camarero que hagan el favor de bajar de pasar la ternera un poco más. Hay una croqueta que está fría por dentro, justo en el centro, en el corazón de la croqueta de jamón. Hay un bostezo inacabado dentro del bar. Una boca que se ha quedado a medias y no ha dicho lo que quería decir. Una mujer que debe rondar los noventa años y que se viste como si tuviera doscientos ha levantado la mano por error. El camarero ha acudido y la señora ha negado con la cabeza queriendo decir que no necesita nada. Ha levantado la mano pensando que estaba en otro bar en el año mil novecientos cincuenta y tres. Paco se desgasta por dentro con cada mordisco al lomo en adobo. Le pongo la cámara a un palmo de su cara. Le hago tres preguntas por minuto. Le ruego que me hable con la boca llena. Me dice que eso de que con cada asesinato, con cada muerte, hay un trozo de sí mismo que también muere es una gilipollez de dimensiones faraónicas. Lo de dimensiones faraónicas no lo dice, me lo invento yo. Paco no habla así. Paco dice que un fontanero no se muere un poco por dentro cada vez que quita una tubería, ¿no?, pues él lo mismo, cojones. Y sin embargo algo hay que desgasta a Paco por dentro, y mucho. La erosión se le nota en la frente. Cuando llegue a a casa por la noche me pondré a mirar las primeras grabaciones. Paco ha cambiado desde que empezamos con esto. El camarero nos ha preguntado si queremos algo más. Paco ha contestado que a la rubia esa que hay en la mesa cuatro.
“¿Cómo sabe usted que es la mesa cuatro?”
Antes había relojes en los bares. Añoranza de cabezas de gambas a los pies de la barra. Servilletas manchadas de barbillas aceitosas, bocas que suceden después del chipirón en aceite y no antes. Paco me dice que vamos a hacer tarde y que hacen falta fotocopias y que no sabe cómo cojones le va a decir a Antonio y a Alba que hace falta matar a una tal Ana María.
“¿Has estado alguna vez en Alejandría?”
Nadie había estado nunca en Alejandría, nadie. Eso sólo pasaba en los libros. El puerto y la fachada de ciudad mercante. Mezcla de ciudad vagina y perro viejo.
En la clínica de fertilidad les habían hablado de posibilidades de éxito, estadísticas, porcentajes. Les habían hecho sentar y les habían extendido folletos donde aparecían niños rubios de cuatro años jugando en el parque. Les habían entregado documentos que luego había hecho falta firmar. Cuan preguntado por la ocupación del cabeza de familia Paco dijo que era autónomo y que si preferían que pagase en metálico y por adelantado que ningún problema. Yo grababa los dos segundos que una bonita señorita empleaba en doblarse bien la falda al sentarse cruzada de piernas. Dos-tres segundos. Maquillaje muy por encima, roce de pintalabios. La cámara se sumerge en la repetición, en lo dicho cien veces, en el epíteto. Se echa el pelo hacia atrás y conversa dejando palabras en una mesilla de noche con superficie de mármol. Deposita palabras como “ayer” o “gimnasio” como si fuera el reloj y los pendientes justo después de la crema. Luego se apaga la luz de la mesilla y se dan las buenas noches y dependiendo de la edad se suspira más o menos profundo.
La señora le ha preguntado al camarero si tienen zumos naturales. Zumo de kiwi. Paco ha sacado los folletos de la clínica y los del crucero. Entre medio ha caído el pasaporte de Ana Maria y los dos hemos tenido que mirar a otro lado y cambiar de conversación como quien baja el aire acondicionado. Un regate maravilloso de un medio centro brasileño. Una arrancada de esas que dejan sentao al más pintao. El cambio de ritmo. El cambio de velocidad. La capacidad de aumentar o ralentizar inercias. Hablamos de una jugada muy concreta de esas que luego repiten en la televisión. Un jugador bárbaro. Ciertas cosas no se prestan al aprendizaje y aunque con trabajo, sí, no dice uno que no, el trabajo es muy importante, pero esa arrancada, esa zancada, esa forma de proteger el balón tan innata, tan inquebrantable, el pie a dos milímetros del cuero como muleta y asta de toro. Con ciertas cosas se nace. Eso no lo enseñan en la escuela. Eso no se aprende estudiando ni practicando. Curro Romero sólo hay uno, dice Paco haciendo gestos para que le saquen otra caña. Un chaval nos pregunta que si estamos leyendo el periódico ese que hay en la mesa. Me doy la vuelta y la señorita de la falda también se vuelve. Hay gente que se percata de la cámara y se toquetea el pelo.
“Un crucero a Alejandría sería la polla”
“¿Tú sabes que el cerebro humano es la maquina más compleja que existe?”
“…Alejandría, entrar al puerto, dejarse llevar por los olores. Dicen que lo que más impacta son los olores”
“Los colores”
Una mujer demanda que le saquen otro martini con Fanta de naranja pero esta vez mejor hecho. El que le habían sacado no tenía nada que ver con el que había tomado en Roma haría cosa de dos semanas y media. Y las patatas allí las ponían en unas copas gigantes que hacían de cuenco y que otorgaban clase al local.
La clase venía repartida según la calle y el barrio, venía en el callejero. Para ser eficiente había que saber de trigonometría. La clase era otra cosa. Paco habla mirando a la cámara y las sílabas que salen de su boca forman una carrera de caracoles surcando la lengua en forma de hoja de lechuga.
Si lo de la clínica funcionara y saliera niña tendrían que ponerle Ana María. Si no la mataban ellos les darían el trabajo a otros y encima los llevarían a juicio por haberles hecho perder el tiempo de aquella manera. Siendo abogada como era la madre les harían mear sangre. ¿Había meado sangre alguna vez?
Me explica que la idea de tener hijos germinó en el cerebro (complejísimo aparato) de Francsiquilla un día de primeros de mes. La cosa fue tomando fuerza hasta convertirse en obsesión. Ni a la hora de mear se le olvidaba. Hacía planes, regaba las macetas de forma distinta, las demás mujeres la notaban rara. A Paco lo trataba con más cariño desaconsejando los vicios y abogando por el ejercicio.
“Hay un boxeador”, le digo yo, “Saul El Canelo Alvarez”
“¿Lo dan en la tele? Porque si lo dan en la tele lo veré. Con lo que me gusta a mi el boxeo… pero como no lo dan nunca en la tele, pues no, usted perdone, no conozco al Caramelo ese”
“Las joyas de la mujer esa deben ser bisutería”
La tarde se empezaba a desabrochar el cinturón. Las décimas de segundo pesaban y la sensación de necesitar ir al baño empañaba las conversaciones. Alguien en la mesa tres nos había sobre-oído halar del cerebro como armatoste complicado y las ondas expansivas recién saliditas de mi boca habían encontrado recipiente auditivo, proceso y repetición.
“¿Y lo del juicio cómo ha quedao?”
“Me persiguen”
“¿Judicialmente?”
“Y psicológicamente”
“¿Y si pierdes?”
“Si pierdo lo mismo me vengo al crucero de Alejandría”
“No es un crucero. Es un barco de 300 personas. En los cruceros meten 3000. Royal Caribbean. Peninsular & Oriental Steam Navigation Company. Armadores nórdicos que no me acuerdo como se llaman”
Hemos preguntado que a qué hora abría la imprenta y nos han dicho que hoy por la tarde no abrían. Hoy no podremos mandar la copia del pasaporte. Sugiero fotografiar lo que haga falta con el móvil y mandarlo por WhatsApp. O eso o me lo llevaba yo a Madrid esta noche. ¿A qué hora salía el último autobús a Zaragoza?
Lo de las edades de las personas a la hora de matar influía más ahora que antes. En los ochenta era otra cosa. En los noventa había tanto trabajo que la edad o la raza o el color del pelo de uno era lo de menos.
“Una vez matamos a uno en trineo, no te digo más. ¡Jefe, una de gambas! Pa comer mierda siempre hay tiempo” me dice por lo bajo volviendo la cara.
La canción no suena, el local no tiene puesta ninguna música ambiente, solo se escucha el murmullo de la tele. Aunque no hay música yo escucho perfectamente a David Bowie cantando ground control to major Tom, take your protein pills and put your helmet on. Paco me habla y yo juraría que lleva puesta una escafandra. Necesito saber la hora cuando una mujer le pregunta a otra qué hora es. Varias señoras llevan la misma clase de pendientes. Las que hablan más de la cuenta se echan para adelante. Paco se ha metido el palillo en la boca y me dice que lo de las edades a la hora de matar importa según de qué pasta este hecho cada uno. Matar a la gente sana jode mucho. Matar a alguien que te cae bien puede traer disgustos. Hay quien se tuvo que mudar después de un trabajo porque según él veía la cara del tío en todos lados, se le aparecía dentro del autobús de línea, lo veía en el cine no ya de espectador sino dentro de las películas, reencarnado en personajes o algo así. El chaval lo pasó jodido. Se tuvo que cambiar de ciudad, se mudó, tuvo que buscarse otro instituto, en fin.
“Matar a una tía que esté buena también es jodido. Hay quien solo puede matar de día. Un tal Jerónimo, el indio Jerónimo. No se llamaba así, se llamaba Pascual, pero bueno”
La estación de Sabiñánigo quedaba a cinco minutos del bar. Le dije a Paco que no me quedaba a las gambas, que tenía mucho que hacer. Le pregunté qué planes tenía para el día siguiente y me dijo que se quedaba allí y que rondaría el colegio un par de días más y lo más seguro que le pediría a la madre que le presentara a la niña. Cuanto mejor la conociera menos doloroso sería. Necesitaba aprendérsela de memoria, como si fuera un mapa. El mapa de Ana María.
Le pregunté si había quien ejercía por al amor al arte.
“Por amor al arte matamos yo y pocos más. Quedan muy pocos que maten por amor al arte. Por amor al arte se mata al cincuenta o si me apuras al cuarenta por ciento”
Friday, 3 April 2015
Hay mujeres crocanti
Hay mujeres crocanti y mujeres helado de corte de tres gustos. Cuando vamos a la cena nadie se da mucha importancia como si el acto de salir a cenar no requiriese de la atención necesaria. Llegamos al restaurante y nos sentimos presentes en cierto modo. Un primero, un segundo y un postre como parte del ritual que es la vida y que a veces alberga cenas de empresa. Cuando se espera a alguien se mira al techo tratando de extrapolar, intentando achicar agua de no se sabe muy bien dónde. Aquí no me duele doctor, aquí tampoco. Hay que ver que enfermera tan guapa tiene usted, doctor. Se conjetura, se ponen dedos en la sien, se piensa, se pone cara de ácido acetil salicílico y yo no lo grabo de la misma forma que no grabaría a alguien que se prende fuego, alguien que se suicida. No es prudencia ni principios. Otra cosa. Otros motivos. Algo escondido dentro de mi transparencia. En la zona del bar hay platos escritos en pizarras colgantes. Todavía de pie, miro el menú como quien mira el título de la película. Los segundos platos están escritos con caligrafía distinta a los primeros, otra mano, otra forma de ser, como no podía ser menos. Los postres están escritos como si el mar hubiese estado picado ese día. Los camareros no atienden. Ana no quería decirnos más sobre el músico argentino. Nadie había dicho que era músico, simplemente tarareaba entre beso y beso. La vida se vuelve siguiente párrafo. José Luis lleva una blazer de tweed. José Luis no tiene novia ni ganas. José Luis habla con palabras muy de segunda mano y a veces la conversación se vuelve cubo, pala, rastrillo y foso de castillo de arena. Paco habla y yo noto como el agua me llega a los tobillos. Si yo tuviera alguien en mi vida estas cosas no me pasarían. Ana me dice que eso de tener alguien en la vida de uno es muy relativo. Cuando nos sirven el vino a uno le dan ganas de pensar en voz alta y establecer paralelismos. Se dice que esto me recuerda a otra cosa, que esto es muy parecido a otro momento, que esto en teoría es como ir a la peluquería. Ana me dice que en su profile de E-Darling no sabía si poner la talla de sus tetas. Paco pide que le saquen palillos. José Luis me pide que si fuera tan amable que por ese pasillo se acede a unas escaleras que dan a un mirador en la planta más alta del edificio, y que desde ahí la vista de Madrid es espectacular y que si me parece, que podíamos subir los dos y sacar unos planos y tal vez dejarle hablar un rato a la cámara no tanto de su trabajo ni de Crímenes Ortega sino de la vida en general. Cinco, diez minutos. José Luis me dice que quedaría espectacular en el documental. Algo que le otorgaría profundidad, temple, atino.
“Pero José Luis, querido” le explico, “si lo que uno busca en este mundillo del documental es precisamente lo contrario. ¡A mí el desatino! ¡A mí el desatino! Hoy me voy a emborrachar”
“¿No tienes que grabar?”
“Grabo mejor borracho”
Me lo quito de encima porque en la barra hay una mujer sentada en un taburete. Es una mujer que viene dada en blanco y negro. Me recuerda a Katherine Hepburn en La Fiera De Mi Niña, intentando cazar cacahuetes con la boca. Me acerco y primero es una espalda. Una espalda en blanco y negro y un reguero de pelo suelto. No sé bien si ponerle la mano en el omoplato.
“Bonitos omoplatos” digo sentándome en el taburete de al lado.
Me mira con tanta fuerza que no le veo la cara pese a tenerla a un palmo. Me mira como me miraría una mujer pantera.
“¿Omoplatos con o sin h?” pregunta.
La noche es masticada bocado a bocado. Hay mujeres crocanti y mujeres helado de corte de tres gustos, le digo.
“¿Nata, fresa y chocolate?”
“No. Nata, vainilla y chocolate”
“¿Cuál va en medio?”
“Buena pregunta”
Entiendo que hay gente esperándome. Entiendo que hay una noche que debe ser comenzada, que hay una cena que incluirá un sorbete de limón. Entiendo que se pedirá consejo sobre qué vino irá mejor con los percebes que serán concebidos como todo lo que es gratis. Esta noche paga Crímenes Ortega. Ana me había preguntado si podía pedir lo que le diera la gana. Carne roja no. Espagueti carbonara tampoco. No porque no le gustara sino porque en los restaurantes ponían demasiada nata. ¿Sabía que los espaguetis carbonara tradicionales ni siquiera llevaban nata? ¿Sabía que en realidad se tenían que hacer con huevo? Y ya puestos, ¿sabía que por no llevar no llevaban ni espaguetis? Se hacían con tagliatelle. Originalmente era tagliatelle carbonara y no espaguetis. Con huevo y no con nata. ¿Cuántas estrellas tenía aquel restaurante? ¿Quién iba a pagar la cena? Ese tal José Luis iba de lo más elegante.
“¿Quién es esta señora?”
“Eso mismo digo yo. Me acabo de sentar. Nos acabamos de conocer”
“El caballero se ha interesado por mis omoplatos. No sabemos bien si con h o sin h. ¿A usted qué le parece?”
Iba a hacer falta volver a la mesa cuanto antes, volver donde estaban ya todos sentados, esperando. A la mesa donde haría falta pedir un Ribera del Duero, donde los langostinos con pulpa de naranja gratinada harían las delicias del hombre común. Paco y José Luis estarían esperando. Apresúrense.
“El caballero ha insistido en que soy una mujer en blanco y negro. ¿Usted cree que debería sentirme ofendida?”
Comparar a las dos mujeres era imposible. La señora que me recordaba a Katherine Hepburn y Ana no tenían nada que ver. Una tan y otra tan poco. La belleza de Ana rayaba en lo condicional. El tipo de belleza que solo se aprecia con el estómago lleno.
“En cambio usted, usted… ¿me permite lanzarle cacahuetes para ver si es usted capaz de cazarlos al vuelo con la boca? Si quiere me aparto un poco”
“Se lo permito siempre y cuando lo filme con esa cámara tan bonita que lleva a cuestas”
El problema iba a ser logístico. Lanzar cacahuetes intentando localizar la diana que en ese caso sería una boca abierta con sus labios carnosos y sus incisivos y con el sabor del último Marlboro todavía a cuestas…
“Usted parece mayor pero en el término precioso de la palabra mayor. Usted parece mucho más mayor de lo que es pero por favor, que no se entienda esto de forma negativa. Usted posee una belleza de otra civilización, algo mesopotámico. Esos ojos faraónicos, esa manera de ser con la que se sienta en la barra y se bebe su martini. Usted seguro que rondará los cuarenta y pocos y sin embargo posee una belleza milenaria. Nada que ver con arrugas ni la edad ni nada por el estilo. Es difícil de explicar”
El camarero vino a advertirnos que los otros dos comensales ya estaban sentados a la mesa y que no era una mesa cualquiera sino una de las mejores que poseía el restaurante. Situada dos escalones más alta que las demás, en su modesta opinión, sino la mejor mesa del local, la segunda mejor.
“Verá usted. ¿Me permite que la traté de usted? Verá usted, lo de filmar el cacahuete y la boca y dar en la diana o no, va a ser difícil. La muchacha aquí presente no entiende de tecnología y luego está que esta cámara y yo nos conocemos demasiado bien como para que otro dedo le toque el botón. Lo que propongo es que la señorita Ana se retire a la mesa donde los comensales nos esperan para empezar con la ceremonia esa de les apetece a los señores que les traiga un aperitivo mientras deciden qué pedir, una cerveza, un Martini, un Campari… Propongo que Ana nos deje a solas, yo le paso los cacahuetes al camarero, le dejamos que sea él quien los lance hacia su preciosa boca, disculpe la licencia, y así yo, desde aquí mismo, lo grabo todo para la posteridad”
Siento la necesidad de contarle sobre Crímenes Ortega y el documental y las imágenes del cuerpo ya sin vida de Rita Samitier. Ya sin vida. Entonces ya sin vida. Me duele el cuello. Desde hace un tiempo me duele el cuello y la postura con la que duermo no puede ser porque el almohadón de látex ya se preocupa de que no. Estrés tampoco.
“Verá usted, bella señora en blanco y negro. El asunto es que hay cierto documental que en teoría un servidor no puede grabar por ciertas calumnias y cierta orden judicial y bueno, el documental está a medio grabar, no con esta cámara que llevo ahora sino con otra que me han confiscado, y bueno, después de haber grabado entrevistas, situaciones, interpretaciones, descripciones, paisajes, escenarios, contextos, después de haber grabado diversas conversaciones con una mujer llamada Francisquilla, resulta que ahora la veo a usted aquí sentada de esta manera, con esta facha, con esta especie de catarata que es su imagen, este desparrame, esta inmovilidad de esfinge, estos años veinte que tiene usted en la cara, y bueno, de ahí a la crisis de consciencia y a la realización de que una filmación del camarero lanzándole cacahuetes a su preciosa boca abierta valdría por veinte documentales de Crímenes Ortega hay un suspiro. No sé si me explico”
Ana que se había ido a la mesa vuelve corriendo para advertirme de que me dé prisa porque el camarero y el señor Paco etcétera etcétera. La miro molesto con la interrupción. La señora no se inmuta. Sigue estéticamente parada. Divisa la situación expectante. Ana se retira y antes de despedirme, la señora me dice que acabo de presenciar una oportunidad perdida ya que estaba empezando a sopesar lo de los cacahuetes. Me dice también que el hecho de llevar el vestido que lleva, con la espalda desnuda y el hecho de sujetar semejante postura se debe no a que sea alguien sumamente especial sino a ser participe de una especie de juego de rol que lleva a cabo con su marido.
“Yo soy la mujer de un juez” dice llevándose un cacahuete a la boca y mirándome por dentro con cada mordisco dado. El cacahuete lo imagino en su boca, entre sus dientes de stracciatella, lo imagino en destrucción a cámara lenta, veo cientos de pedazos de cacahuete que se posan sobre la palma de su lengua en alta resolución. Veo incluso un diminuto trozo de saliva.
“¿De qué juez?”
Veo un país mejor donde vivir.
“Del mejor”
No sé si despedirme o simplemente darme la vuelta. Creo que agacho la cabeza, no estoy seguro. Me levanto del taburete y antes de marcharme le grabo la espalda durante cinco segundos. Ella no se da la vuelta pero advierte mi presencia, siente la lente en su piel, siente el robo a mano armada.
“Pero José Luis, querido” le explico, “si lo que uno busca en este mundillo del documental es precisamente lo contrario. ¡A mí el desatino! ¡A mí el desatino! Hoy me voy a emborrachar”
“¿No tienes que grabar?”
“Grabo mejor borracho”
Me lo quito de encima porque en la barra hay una mujer sentada en un taburete. Es una mujer que viene dada en blanco y negro. Me recuerda a Katherine Hepburn en La Fiera De Mi Niña, intentando cazar cacahuetes con la boca. Me acerco y primero es una espalda. Una espalda en blanco y negro y un reguero de pelo suelto. No sé bien si ponerle la mano en el omoplato.
“Bonitos omoplatos” digo sentándome en el taburete de al lado.
Me mira con tanta fuerza que no le veo la cara pese a tenerla a un palmo. Me mira como me miraría una mujer pantera.
“¿Omoplatos con o sin h?” pregunta.
La noche es masticada bocado a bocado. Hay mujeres crocanti y mujeres helado de corte de tres gustos, le digo.
“¿Nata, fresa y chocolate?”
“No. Nata, vainilla y chocolate”
“¿Cuál va en medio?”
“Buena pregunta”
Entiendo que hay gente esperándome. Entiendo que hay una noche que debe ser comenzada, que hay una cena que incluirá un sorbete de limón. Entiendo que se pedirá consejo sobre qué vino irá mejor con los percebes que serán concebidos como todo lo que es gratis. Esta noche paga Crímenes Ortega. Ana me había preguntado si podía pedir lo que le diera la gana. Carne roja no. Espagueti carbonara tampoco. No porque no le gustara sino porque en los restaurantes ponían demasiada nata. ¿Sabía que los espaguetis carbonara tradicionales ni siquiera llevaban nata? ¿Sabía que en realidad se tenían que hacer con huevo? Y ya puestos, ¿sabía que por no llevar no llevaban ni espaguetis? Se hacían con tagliatelle. Originalmente era tagliatelle carbonara y no espaguetis. Con huevo y no con nata. ¿Cuántas estrellas tenía aquel restaurante? ¿Quién iba a pagar la cena? Ese tal José Luis iba de lo más elegante.
“¿Quién es esta señora?”
“Eso mismo digo yo. Me acabo de sentar. Nos acabamos de conocer”
“El caballero se ha interesado por mis omoplatos. No sabemos bien si con h o sin h. ¿A usted qué le parece?”
Iba a hacer falta volver a la mesa cuanto antes, volver donde estaban ya todos sentados, esperando. A la mesa donde haría falta pedir un Ribera del Duero, donde los langostinos con pulpa de naranja gratinada harían las delicias del hombre común. Paco y José Luis estarían esperando. Apresúrense.
“El caballero ha insistido en que soy una mujer en blanco y negro. ¿Usted cree que debería sentirme ofendida?”
Comparar a las dos mujeres era imposible. La señora que me recordaba a Katherine Hepburn y Ana no tenían nada que ver. Una tan y otra tan poco. La belleza de Ana rayaba en lo condicional. El tipo de belleza que solo se aprecia con el estómago lleno.
“En cambio usted, usted… ¿me permite lanzarle cacahuetes para ver si es usted capaz de cazarlos al vuelo con la boca? Si quiere me aparto un poco”
“Se lo permito siempre y cuando lo filme con esa cámara tan bonita que lleva a cuestas”
El problema iba a ser logístico. Lanzar cacahuetes intentando localizar la diana que en ese caso sería una boca abierta con sus labios carnosos y sus incisivos y con el sabor del último Marlboro todavía a cuestas…
“Usted parece mayor pero en el término precioso de la palabra mayor. Usted parece mucho más mayor de lo que es pero por favor, que no se entienda esto de forma negativa. Usted posee una belleza de otra civilización, algo mesopotámico. Esos ojos faraónicos, esa manera de ser con la que se sienta en la barra y se bebe su martini. Usted seguro que rondará los cuarenta y pocos y sin embargo posee una belleza milenaria. Nada que ver con arrugas ni la edad ni nada por el estilo. Es difícil de explicar”
El camarero vino a advertirnos que los otros dos comensales ya estaban sentados a la mesa y que no era una mesa cualquiera sino una de las mejores que poseía el restaurante. Situada dos escalones más alta que las demás, en su modesta opinión, sino la mejor mesa del local, la segunda mejor.
“Verá usted. ¿Me permite que la traté de usted? Verá usted, lo de filmar el cacahuete y la boca y dar en la diana o no, va a ser difícil. La muchacha aquí presente no entiende de tecnología y luego está que esta cámara y yo nos conocemos demasiado bien como para que otro dedo le toque el botón. Lo que propongo es que la señorita Ana se retire a la mesa donde los comensales nos esperan para empezar con la ceremonia esa de les apetece a los señores que les traiga un aperitivo mientras deciden qué pedir, una cerveza, un Martini, un Campari… Propongo que Ana nos deje a solas, yo le paso los cacahuetes al camarero, le dejamos que sea él quien los lance hacia su preciosa boca, disculpe la licencia, y así yo, desde aquí mismo, lo grabo todo para la posteridad”
Siento la necesidad de contarle sobre Crímenes Ortega y el documental y las imágenes del cuerpo ya sin vida de Rita Samitier. Ya sin vida. Entonces ya sin vida. Me duele el cuello. Desde hace un tiempo me duele el cuello y la postura con la que duermo no puede ser porque el almohadón de látex ya se preocupa de que no. Estrés tampoco.
“Verá usted, bella señora en blanco y negro. El asunto es que hay cierto documental que en teoría un servidor no puede grabar por ciertas calumnias y cierta orden judicial y bueno, el documental está a medio grabar, no con esta cámara que llevo ahora sino con otra que me han confiscado, y bueno, después de haber grabado entrevistas, situaciones, interpretaciones, descripciones, paisajes, escenarios, contextos, después de haber grabado diversas conversaciones con una mujer llamada Francisquilla, resulta que ahora la veo a usted aquí sentada de esta manera, con esta facha, con esta especie de catarata que es su imagen, este desparrame, esta inmovilidad de esfinge, estos años veinte que tiene usted en la cara, y bueno, de ahí a la crisis de consciencia y a la realización de que una filmación del camarero lanzándole cacahuetes a su preciosa boca abierta valdría por veinte documentales de Crímenes Ortega hay un suspiro. No sé si me explico”
Ana que se había ido a la mesa vuelve corriendo para advertirme de que me dé prisa porque el camarero y el señor Paco etcétera etcétera. La miro molesto con la interrupción. La señora no se inmuta. Sigue estéticamente parada. Divisa la situación expectante. Ana se retira y antes de despedirme, la señora me dice que acabo de presenciar una oportunidad perdida ya que estaba empezando a sopesar lo de los cacahuetes. Me dice también que el hecho de llevar el vestido que lleva, con la espalda desnuda y el hecho de sujetar semejante postura se debe no a que sea alguien sumamente especial sino a ser participe de una especie de juego de rol que lleva a cabo con su marido.
“Yo soy la mujer de un juez” dice llevándose un cacahuete a la boca y mirándome por dentro con cada mordisco dado. El cacahuete lo imagino en su boca, entre sus dientes de stracciatella, lo imagino en destrucción a cámara lenta, veo cientos de pedazos de cacahuete que se posan sobre la palma de su lengua en alta resolución. Veo incluso un diminuto trozo de saliva.
“¿De qué juez?”
Veo un país mejor donde vivir.
“Del mejor”
No sé si despedirme o simplemente darme la vuelta. Creo que agacho la cabeza, no estoy seguro. Me levanto del taburete y antes de marcharme le grabo la espalda durante cinco segundos. Ella no se da la vuelta pero advierte mi presencia, siente la lente en su piel, siente el robo a mano armada.
Friday, 6 February 2015
Las señoras hablan en Titanlux, en Pal-color, hablan en Sony Black Trinitron
Las señoras han pedido y las han atendido divinamente. Las dos ponen los codos encima de la mesa y se yerguen y se echan para delante y se ponen más tiesas que una vela. A las señoras da gusto verlas hablar, da gusto ver el porte que tienen las dos. Las señoras hablan como arremangándose la boca, con palabras dichas con precisión, con economía victoriana, con sílabas que no llevan ni una mota de polvo. Hablan en Titanlux, en Palcolor, hablan en Sony Black Trinitron. Las señoras hablan sin llamar la atención pero sabiendo de sobras que están llamando la atención. Las señoras son más chulas que las pesetas. La que está buena ha dicho que las uvas las compra con pepitas porque si no, no es lo mismo. Paco y yo la imaginamos escupiendo dulcemente una pepita a cámara lenta.
“Otra posibilidad sería cambiarnos los nombres. Si se hace el reality de Crímenes lo mismo haría falta cambiarnos los nombres por aquello de preservar la intimidad”
“Pero qué intimidad. ¿Qué intimidad? ¡Qué intimidad ni qué cojones!”
A Paco le hace gracia cuando pierdo la compostura. Crímenes Ortega protagonizado por Lucho Casamián, Perico San Román y Lucía Gálvez. No me jodas. No me joda usted.
“¿Sabes lo que estaría bien? Darle un toque cómico para quitar hierro al asunto”
“Eso habría que preguntárselo a Seth. Eso hay que pasarlo por Seth para que lo procese y dé su opinión y lo ponga a votación en el consejo de administración, en el board room donde los senior partners hacen lobbies y ea-ea-ea-los-chicos-se-pelean”
¿Me explicaba? No me iba a explicar. Tanto café tanto café. Un camarero había salido a recoger vasos y tazas de las mesas que momentáneamente quedaban huérfanas de clientes que se levantaban porque ya valía o porque El Corte Inglés o la cita con el odontólogo.
“Lo que no permitiré será que me pongan maquillaje. A mi mariconadas las menos. Que no me vengan con que en televisión esto y lo otro”
“Creo que te dirán que no te pongas nada rojo. O que no te pongas nada amarillo, o naranja. No me acuerdo. Según que ropa no queda bien. Ya le preguntaré a Ana” Ana sabía de estas cosas. Ana sabía mucho de detalles de esos que a la gente corriente se nos escapan.
“¿Ana es tu jefa esa?”
“No necesariamente”
Lo de darle un toque cómico pasaba. Lo de cambiarse los nombres dónde iba a parar. Un reality con nombres cambiados sería algo así como un documental de ficción. Habría que remontarse a los hermanos Cohen, le digo justo cuando no me atiende por estar mirando el móvil. Una llamada perdida. No reconoce el número y se queja. Se queja de la manía que tienen algunos… en fin.
La intro del reality, la portada, el cover que lo llaman en América y a cuento de darle un toque cómico al asunto, se podría hacer años setenta, Starsky Hutch. Se podría hacer una intro donde uno por uno se presente a los protagonistas con imágenes grabadas del show, con música de fondo, imágenes donde el protagonista aparece contestando una llamada de teléfono, donde sale en medio de una discusión, en mitad de un asesinato, donde aparece pensativo en un sillón, y a la vez poner en letras el nombre y el apellido como en la intro de Falcon Crest, Lorenzo Lamas, Jame Wyman as Angela Channing, y justo al final el personaje mira a la cámara y sonríe dando fe de que es Paco Ortega tal y como pone en las letras, dando la bienvenida y las gracias por ver el show.
“¿Qué te parece?”
“Me parece que la que no está tan buena casi me da más morbo que la que está buena”
Hay un cierto tic tac en la manera de ser de Paco Ortega. Hay un no saber bien qué es eso que hace a Paco Ortega tan singular. No es del montón, eso se ve a primeras. Un hombre con otro ángulo, con cierta provocación plástica. Paco tiene una especie de sube y baja en la manera de hablar y de ser, la forma con la que se echa la mano al bolsillo de la camisa y se palpa el pecho. Un tic nervioso que sirve para comprobar que la cartera o el tabaco siguen ahí. A mí me viene a la mente Beatriz otra vez. Beatriz y las cabezas de gamba y esa forma que tenía de explicarme las cosas que tan poco me importaban. Beatriz quien a esas horas andaría por las calles de Lavapiés o en algún bar o en casa de alguna amiga. Beatriz se sentaba con las piernas cruzadas encima de los sillones.
“La Francisquilla se tendrá que hacer la permanente pa salir en la tele, ¿eh? ¡Ja!”
Crímenes Ortega en formato prime time. Crímenes Ortega en tandas de doce minutos separadas por fragmentos de anuncios donde un niño bebe zumo de piña Granini seguido de una pareja que acude a una clínica de fertilización in-vitro (Clínicas Somier) porque nunca es tarde en la vida. Crímenes Ortega y ese toque kitsch del que Paco, sin saberlo, se siente orgulloso. Un tal Eduardo Ferrando que llama de Cartagena para votar para que sea Alba quien mate a Fernando y no Antonio. Eduardo Ferrando que habla con cierto deje cansino, sabelotodo, y que opina que Alba mata mucho mejor que Antonio o por lo menos de manera más bonita.
“Haría falta filtrar las llamadas”
“¿Pa ver qué intenciones traen?”
“Contratar estudiantes, becarios, gente que casi no cobre y que filtren las llamadas”
“Por si las moscas”
“Solo se meterán llamadas que vendan. ¿Me explico?”
Iba a hacer falta una peluquería para las mujeres. Entrevistas. ¿Se darían entrevistas? Salir en un suplemento dominical. El careto de Paco y la gracia de Francisquilla. Fotomontajes. Photoshop, photoeditor. ¿Foto qué? Los dedos de Paco Ortega sujetando un Winston medio consumido. Acercar el objetivo al medio centímetro de ceniza que cuelga. Desenfocarle el rostro a Francisquilla para enfocar lo que sale detrás, el paisaje, el contexto, la ribera del Ebro, los chopos puntiagudos en invierno, la maraña de nubes que se lleva el Moncayo, la pre-cocción del ambiente, la luz amarillenta, el eco, el frío que hace en los pueblos. La foto de un revólver Smith & Wesson 986 sobre un fondo negro en la portada de una revista. Debajo, en letras blancas, las palabras de Paco Ortega: “Ya casi nunca matamos con pistolas”. Ya casi no se mata con pistolas, ni con revólveres, ni con escopetas. ¿Qué fue de las escopetas? Las de toda la vida. Winchester, Colt, Sharp.
“El avión de 2012 era un Antonov 225, el avión más grande del mundo. 84 metros de largo, 88 de ancho contando las alas. ¿Qué? ¿Eh? Más ancho que alto. ¿Sabes quién sabe de aviones? Javier, el técnico. El que nos firma las actas. El que da luz verde al negocio. An-to-nov 225. El avión más grande del mundo. Javier se cogió una vez un avión a Inglaterra, a Londres, y luego se fue en tren a Manchester porque un Antonov 225 iba a hacer escala allí. Con eso te digo todo”
“Otra posibilidad sería cambiarnos los nombres. Si se hace el reality de Crímenes lo mismo haría falta cambiarnos los nombres por aquello de preservar la intimidad”
“Pero qué intimidad. ¿Qué intimidad? ¡Qué intimidad ni qué cojones!”
A Paco le hace gracia cuando pierdo la compostura. Crímenes Ortega protagonizado por Lucho Casamián, Perico San Román y Lucía Gálvez. No me jodas. No me joda usted.
“¿Sabes lo que estaría bien? Darle un toque cómico para quitar hierro al asunto”
“Eso habría que preguntárselo a Seth. Eso hay que pasarlo por Seth para que lo procese y dé su opinión y lo ponga a votación en el consejo de administración, en el board room donde los senior partners hacen lobbies y ea-ea-ea-los-chicos-se-pelean”
¿Me explicaba? No me iba a explicar. Tanto café tanto café. Un camarero había salido a recoger vasos y tazas de las mesas que momentáneamente quedaban huérfanas de clientes que se levantaban porque ya valía o porque El Corte Inglés o la cita con el odontólogo.
“Lo que no permitiré será que me pongan maquillaje. A mi mariconadas las menos. Que no me vengan con que en televisión esto y lo otro”
“Creo que te dirán que no te pongas nada rojo. O que no te pongas nada amarillo, o naranja. No me acuerdo. Según que ropa no queda bien. Ya le preguntaré a Ana” Ana sabía de estas cosas. Ana sabía mucho de detalles de esos que a la gente corriente se nos escapan.
“¿Ana es tu jefa esa?”
“No necesariamente”
Lo de darle un toque cómico pasaba. Lo de cambiarse los nombres dónde iba a parar. Un reality con nombres cambiados sería algo así como un documental de ficción. Habría que remontarse a los hermanos Cohen, le digo justo cuando no me atiende por estar mirando el móvil. Una llamada perdida. No reconoce el número y se queja. Se queja de la manía que tienen algunos… en fin.
La intro del reality, la portada, el cover que lo llaman en América y a cuento de darle un toque cómico al asunto, se podría hacer años setenta, Starsky Hutch. Se podría hacer una intro donde uno por uno se presente a los protagonistas con imágenes grabadas del show, con música de fondo, imágenes donde el protagonista aparece contestando una llamada de teléfono, donde sale en medio de una discusión, en mitad de un asesinato, donde aparece pensativo en un sillón, y a la vez poner en letras el nombre y el apellido como en la intro de Falcon Crest, Lorenzo Lamas, Jame Wyman as Angela Channing, y justo al final el personaje mira a la cámara y sonríe dando fe de que es Paco Ortega tal y como pone en las letras, dando la bienvenida y las gracias por ver el show.
“¿Qué te parece?”
“Me parece que la que no está tan buena casi me da más morbo que la que está buena”
Hay un cierto tic tac en la manera de ser de Paco Ortega. Hay un no saber bien qué es eso que hace a Paco Ortega tan singular. No es del montón, eso se ve a primeras. Un hombre con otro ángulo, con cierta provocación plástica. Paco tiene una especie de sube y baja en la manera de hablar y de ser, la forma con la que se echa la mano al bolsillo de la camisa y se palpa el pecho. Un tic nervioso que sirve para comprobar que la cartera o el tabaco siguen ahí. A mí me viene a la mente Beatriz otra vez. Beatriz y las cabezas de gamba y esa forma que tenía de explicarme las cosas que tan poco me importaban. Beatriz quien a esas horas andaría por las calles de Lavapiés o en algún bar o en casa de alguna amiga. Beatriz se sentaba con las piernas cruzadas encima de los sillones.
“La Francisquilla se tendrá que hacer la permanente pa salir en la tele, ¿eh? ¡Ja!”
Crímenes Ortega en formato prime time. Crímenes Ortega en tandas de doce minutos separadas por fragmentos de anuncios donde un niño bebe zumo de piña Granini seguido de una pareja que acude a una clínica de fertilización in-vitro (Clínicas Somier) porque nunca es tarde en la vida. Crímenes Ortega y ese toque kitsch del que Paco, sin saberlo, se siente orgulloso. Un tal Eduardo Ferrando que llama de Cartagena para votar para que sea Alba quien mate a Fernando y no Antonio. Eduardo Ferrando que habla con cierto deje cansino, sabelotodo, y que opina que Alba mata mucho mejor que Antonio o por lo menos de manera más bonita.
“Haría falta filtrar las llamadas”
“¿Pa ver qué intenciones traen?”
“Contratar estudiantes, becarios, gente que casi no cobre y que filtren las llamadas”
“Por si las moscas”
“Solo se meterán llamadas que vendan. ¿Me explico?”
Iba a hacer falta una peluquería para las mujeres. Entrevistas. ¿Se darían entrevistas? Salir en un suplemento dominical. El careto de Paco y la gracia de Francisquilla. Fotomontajes. Photoshop, photoeditor. ¿Foto qué? Los dedos de Paco Ortega sujetando un Winston medio consumido. Acercar el objetivo al medio centímetro de ceniza que cuelga. Desenfocarle el rostro a Francisquilla para enfocar lo que sale detrás, el paisaje, el contexto, la ribera del Ebro, los chopos puntiagudos en invierno, la maraña de nubes que se lleva el Moncayo, la pre-cocción del ambiente, la luz amarillenta, el eco, el frío que hace en los pueblos. La foto de un revólver Smith & Wesson 986 sobre un fondo negro en la portada de una revista. Debajo, en letras blancas, las palabras de Paco Ortega: “Ya casi nunca matamos con pistolas”. Ya casi no se mata con pistolas, ni con revólveres, ni con escopetas. ¿Qué fue de las escopetas? Las de toda la vida. Winchester, Colt, Sharp.
“El avión de 2012 era un Antonov 225, el avión más grande del mundo. 84 metros de largo, 88 de ancho contando las alas. ¿Qué? ¿Eh? Más ancho que alto. ¿Sabes quién sabe de aviones? Javier, el técnico. El que nos firma las actas. El que da luz verde al negocio. An-to-nov 225. El avión más grande del mundo. Javier se cogió una vez un avión a Inglaterra, a Londres, y luego se fue en tren a Manchester porque un Antonov 225 iba a hacer escala allí. Con eso te digo todo”
Sunday, 16 November 2014
Las Croquetas de Kasha y Natalia Kolodziej
“A mí es que Chick Corea ni fu ni fa, no sé si me explico”
“A propósito de las croquetas de…”
“¿Mi madre?”
“No, del bar de abajo”
“¿El Francesco?”
“No, el otro, el de las polacas”
“Rumanas”
“No, son polacas. Kasha y Natalia Kolodziej, se llaman”
“Oye por cierto, y Siria qué”
“Qué de qué”
“Joder, pues que están masacrando a la gente, hostia, que no hay derecho, que los están acribillando coño, y aquí estamos tú y yo que si el café arábica, que si las croquetas de las polacas, que si el violinista negro y que si la madre que la parió”
Se le disparan las revoluciones, un turbo interno situado entre el intestino grueso y el delgado es accionado sin querer. Uno se apoya en una pared sin darse cuenta del botón rojo que acciona todas las alarmas. Ana se tiene que levantar de tanta indignación. Es una indignación instantánea como el Nescafé. No se le hacen grumos ni nada. Cuando se enfada se pone más guapa de lo normal. Pierde toda su originalidad. Se cabrea y se confunde con la masa, con el gentío, con Manuel Falla cuando a baja a comprar una barra al super por lo de los bocadillos en cuenta de la merluza etc.
“Ana”
“Ni Ana ni hostias. Es que tienes muy poco sentido de la realidad. Es que vienes aquí a quejarte de que te ha dejado tu novia”
“No era mi novia. Beatriz nunca fue mi novia. Y la dejé yo a ella”
“Si no era tu novia cómo es que la dejaste”
“¿Eh?”
“Si no era tu novia cómo explicas que la dejaste… o te dejó ella, lo mismo me da. No se puede dejar a alguien si no se es novio”
“Eso no tiene sentido”
“Ya, lo mismo que Siria, y sin embargo aquí estamos, tú con tus pajas mentales y yo con el E-Darling”
“A mí tu jefe me va a llevar a juicio, me tiene pillao por los huevos”
“Metafóricamente hablando”
“Realmente hablando, lo del juicio tiene fecha. Son mis huevos de verdad”
“Ya veremos”
“Dios te oiga”
Ana no ha sabido o no ha querido acordarse del título de la canción de REM que tanto nos había gustado escuchar el año pasado. Yo empezaba a encontrarme a disgusto en el piso de Ana. Habían pasado demasiadas horas desde el abre que soy yo. Aquí me tienes moliendo café, me había dicho nada más entrar por la puerta. Llevaba una camiseta de tirantes dos tallas más grandes. Cuando ha dicho lo del café me ha sonreído como sonríe la gente de verdad, de forma natural, automática, igual que cuando se tose. Luego me he sentado y me he entretenido con unos escalopes de ternera como los que hacen en la playa y de ahí a las pruebas de café, el violinista negro, Beatriz, Gustavo y los hombres con nombre rimbombante.
“¿Te imaginas que alguien se llamase de nombre Rimbombante?”
“Eso es más apellido que nombre”
No estaba seguro de a qué hora había quedado con Beatriz. No quería mirar el móvil por no descubrir whatsapps que no quería contestar. Necesitaba una oferta de trabajo que me sacase del proyecto Crímenes Ortega. Leonor quería hablar conmigo, quería hablarme de Crímenes Ortega desde otro ángulo. El mismo trabajo por el que su marido quería pelarme vivo. Esto no son órdenes mías, no son opiniones de aquí de Madrid, esto viene de lejos, me dijo Osvaldo. La productora tiene ciertos intereses creados y un documental así podría cortar gran parte del flujo monetario que paga mi Jaguar y mi pent-house en pleno city center, no sé si me explico. Se explicaba de puta madre. Las palabras de Osvaldo sonaban con ritmo, con compás, y luego estaba el aroma de su after shave, el suntuoso olor de su colonia, el latido intoxicante, el viaje a otro lugar mejor.
“Podíamos quedar a cenar. Es viernes, ¿no?”
“¿A qué te refieres?”
“¿Eh?”
“Quedar a cenar en qué plan”
“Cómo que en qué plan”
“¿Cómo pareja?”
Beatriz no conducía y yo tampoco. Tenía que llevarle una caja con las cosas que se había dejado en mi piso. Ella no vivía cerca. Le había dicho de quedar en un bar que queda muy cerca de mi piso. Luego ella tendría que llevarse la caja en el metro hasta su casa. Me sentía un poco culpable. Me sentía menos culpable cada vez que pensaba en Gustavo. Que le lleve la caja Gustavo, nos ha jodido. Tenía el móvil boca abajo, lo he levantado ligeramente y he visto un mensaje de Paco. No lo he querido leer. Necesitaba hablar conmigo. Habíamos estado muy unidos durante el asesinato de Rita y desde que yo había vuelto a Madrid la cosa se había enfriado. Levanto el móvil y así por encima leo que Paco va a venir a Madrid porque se tiene que reunir con la persona del gobierno que le firma las actas, la persona que le da luz verde para matar. Vente con nosotros y así lo grabas, dice el mensaje. No tengo cámara. Me las han quitado todas. Aparentemente mientras siga con contrato en la productora no puedo grabar nada bajo denuncia. Hasta mis propias cámaras se han llevado. Las han confiscado. Me tengo que presentar a juicio dentro de poco. Si gano me las devolverán. Ana ya me ha dicho que no voy a ganar.
“¿Y qué se supone voy a hacer?”
“¿Has llamado a tu madre? Seguro que ella te puede sacar del lío. Está bien conectada”
“A mi madre ni en pintura”
“¿Antes la cárcel?”
“Antes la cárcel” (de esto no creo que sea muy consciente y llegado el caso estoy seguro de que felizmente suplicaría a mi madre que me ayude)
“A mí tu madre siempre me ha caído de puta madre”
“No la conoces”
“Claro que la conozco. He quedado con ella de vez en cuando. Un día me llevó al casino. Lo que pasa es que siempre lo hemos hecho a tus espaldas porque últimamente estás de un sensitivo que manda cojones”
“¿Y Siria?”
“De Siria no es fácil opinar. Hay que viajar allí, ver lo que pasa in situ, pasar un tiempo con gente de ambos bandos”
“Pero si hace un momento te has puesto como una loca”
El problema de quedar a cenar con Ana es que la cena implicaría otra cosa. No existen lazos sentimentales ni pretensiones de que algún día pueda pasar algo, es otra cosa, la expectativa que sea crea desde el exterior, el camarero que nos dará las buenas noches, que nos preguntará (antes de retirar las chaquetas) cómo hemos pasado el día o que si todo está bien, la clase de pregunta que no busca respuesta, que forma parte de esa materia necesaria en cualquier restaurante, marcar los tiempos, la pregunta que equivale a un entrante, qué tal han pasado el día = vieira con lámina de bacon y puré de apio. Salir con Ana a cenar no implicaría tener que dar explicaciones pero daría pie al análisis posterior, al cine fórum después de las copas, después de sentarnos en cualquier bar normal y corriente que estuviera de paso a casa y de ahí a Ana pidiéndole al hombre que si no le importe, que no eche la persiana, que solo queremos una copa muy rápido, que si quiere que se tome una con nosotros, que somos gente muy interesante, que lo mismo disfrutará usted de nuestra compañía, y de ahí yo pasaré al silencio que la situación impondrá, al silencio del espectador que se sienta en un taburete mientras Ana deja de ser la Ana de siempre, la del café casero y los E-Darlings para convertirse en una Ana de comic, y el camarero o el dueño del bar también formará parte del comic, y se servirá brandy con naranja porque eso es lo que bebían los padres de Ana cuando ella era pequeña, y yo los miraré desde el otro lado de la platea, observaré como Ana convencerá al dueño para que abra una lata de chipirones, y sacará palillos y un poco de pan, y yo me quedaré pensativo tratando de recordar si alguna vez dibujó alguien chipirones en las páginas de un comic.
“A propósito de las croquetas de…”
“¿Mi madre?”
“No, del bar de abajo”
“¿El Francesco?”
“No, el otro, el de las polacas”
“Rumanas”
“No, son polacas. Kasha y Natalia Kolodziej, se llaman”
“Oye por cierto, y Siria qué”
“Qué de qué”
“Joder, pues que están masacrando a la gente, hostia, que no hay derecho, que los están acribillando coño, y aquí estamos tú y yo que si el café arábica, que si las croquetas de las polacas, que si el violinista negro y que si la madre que la parió”
Se le disparan las revoluciones, un turbo interno situado entre el intestino grueso y el delgado es accionado sin querer. Uno se apoya en una pared sin darse cuenta del botón rojo que acciona todas las alarmas. Ana se tiene que levantar de tanta indignación. Es una indignación instantánea como el Nescafé. No se le hacen grumos ni nada. Cuando se enfada se pone más guapa de lo normal. Pierde toda su originalidad. Se cabrea y se confunde con la masa, con el gentío, con Manuel Falla cuando a baja a comprar una barra al super por lo de los bocadillos en cuenta de la merluza etc.
“Ana”
“Ni Ana ni hostias. Es que tienes muy poco sentido de la realidad. Es que vienes aquí a quejarte de que te ha dejado tu novia”
“No era mi novia. Beatriz nunca fue mi novia. Y la dejé yo a ella”
“Si no era tu novia cómo es que la dejaste”
“¿Eh?”
“Si no era tu novia cómo explicas que la dejaste… o te dejó ella, lo mismo me da. No se puede dejar a alguien si no se es novio”
“Eso no tiene sentido”
“Ya, lo mismo que Siria, y sin embargo aquí estamos, tú con tus pajas mentales y yo con el E-Darling”
“A mí tu jefe me va a llevar a juicio, me tiene pillao por los huevos”
“Metafóricamente hablando”
“Realmente hablando, lo del juicio tiene fecha. Son mis huevos de verdad”
“Ya veremos”
“Dios te oiga”
Ana no ha sabido o no ha querido acordarse del título de la canción de REM que tanto nos había gustado escuchar el año pasado. Yo empezaba a encontrarme a disgusto en el piso de Ana. Habían pasado demasiadas horas desde el abre que soy yo. Aquí me tienes moliendo café, me había dicho nada más entrar por la puerta. Llevaba una camiseta de tirantes dos tallas más grandes. Cuando ha dicho lo del café me ha sonreído como sonríe la gente de verdad, de forma natural, automática, igual que cuando se tose. Luego me he sentado y me he entretenido con unos escalopes de ternera como los que hacen en la playa y de ahí a las pruebas de café, el violinista negro, Beatriz, Gustavo y los hombres con nombre rimbombante.
“¿Te imaginas que alguien se llamase de nombre Rimbombante?”
“Eso es más apellido que nombre”
No estaba seguro de a qué hora había quedado con Beatriz. No quería mirar el móvil por no descubrir whatsapps que no quería contestar. Necesitaba una oferta de trabajo que me sacase del proyecto Crímenes Ortega. Leonor quería hablar conmigo, quería hablarme de Crímenes Ortega desde otro ángulo. El mismo trabajo por el que su marido quería pelarme vivo. Esto no son órdenes mías, no son opiniones de aquí de Madrid, esto viene de lejos, me dijo Osvaldo. La productora tiene ciertos intereses creados y un documental así podría cortar gran parte del flujo monetario que paga mi Jaguar y mi pent-house en pleno city center, no sé si me explico. Se explicaba de puta madre. Las palabras de Osvaldo sonaban con ritmo, con compás, y luego estaba el aroma de su after shave, el suntuoso olor de su colonia, el latido intoxicante, el viaje a otro lugar mejor.
“Podíamos quedar a cenar. Es viernes, ¿no?”
“¿A qué te refieres?”
“¿Eh?”
“Quedar a cenar en qué plan”
“Cómo que en qué plan”
“¿Cómo pareja?”
Beatriz no conducía y yo tampoco. Tenía que llevarle una caja con las cosas que se había dejado en mi piso. Ella no vivía cerca. Le había dicho de quedar en un bar que queda muy cerca de mi piso. Luego ella tendría que llevarse la caja en el metro hasta su casa. Me sentía un poco culpable. Me sentía menos culpable cada vez que pensaba en Gustavo. Que le lleve la caja Gustavo, nos ha jodido. Tenía el móvil boca abajo, lo he levantado ligeramente y he visto un mensaje de Paco. No lo he querido leer. Necesitaba hablar conmigo. Habíamos estado muy unidos durante el asesinato de Rita y desde que yo había vuelto a Madrid la cosa se había enfriado. Levanto el móvil y así por encima leo que Paco va a venir a Madrid porque se tiene que reunir con la persona del gobierno que le firma las actas, la persona que le da luz verde para matar. Vente con nosotros y así lo grabas, dice el mensaje. No tengo cámara. Me las han quitado todas. Aparentemente mientras siga con contrato en la productora no puedo grabar nada bajo denuncia. Hasta mis propias cámaras se han llevado. Las han confiscado. Me tengo que presentar a juicio dentro de poco. Si gano me las devolverán. Ana ya me ha dicho que no voy a ganar.
“¿Y qué se supone voy a hacer?”
“¿Has llamado a tu madre? Seguro que ella te puede sacar del lío. Está bien conectada”
“A mi madre ni en pintura”
“¿Antes la cárcel?”
“Antes la cárcel” (de esto no creo que sea muy consciente y llegado el caso estoy seguro de que felizmente suplicaría a mi madre que me ayude)
“A mí tu madre siempre me ha caído de puta madre”
“No la conoces”
“Claro que la conozco. He quedado con ella de vez en cuando. Un día me llevó al casino. Lo que pasa es que siempre lo hemos hecho a tus espaldas porque últimamente estás de un sensitivo que manda cojones”
“¿Y Siria?”
“De Siria no es fácil opinar. Hay que viajar allí, ver lo que pasa in situ, pasar un tiempo con gente de ambos bandos”
“Pero si hace un momento te has puesto como una loca”
El problema de quedar a cenar con Ana es que la cena implicaría otra cosa. No existen lazos sentimentales ni pretensiones de que algún día pueda pasar algo, es otra cosa, la expectativa que sea crea desde el exterior, el camarero que nos dará las buenas noches, que nos preguntará (antes de retirar las chaquetas) cómo hemos pasado el día o que si todo está bien, la clase de pregunta que no busca respuesta, que forma parte de esa materia necesaria en cualquier restaurante, marcar los tiempos, la pregunta que equivale a un entrante, qué tal han pasado el día = vieira con lámina de bacon y puré de apio. Salir con Ana a cenar no implicaría tener que dar explicaciones pero daría pie al análisis posterior, al cine fórum después de las copas, después de sentarnos en cualquier bar normal y corriente que estuviera de paso a casa y de ahí a Ana pidiéndole al hombre que si no le importe, que no eche la persiana, que solo queremos una copa muy rápido, que si quiere que se tome una con nosotros, que somos gente muy interesante, que lo mismo disfrutará usted de nuestra compañía, y de ahí yo pasaré al silencio que la situación impondrá, al silencio del espectador que se sienta en un taburete mientras Ana deja de ser la Ana de siempre, la del café casero y los E-Darlings para convertirse en una Ana de comic, y el camarero o el dueño del bar también formará parte del comic, y se servirá brandy con naranja porque eso es lo que bebían los padres de Ana cuando ella era pequeña, y yo los miraré desde el otro lado de la platea, observaré como Ana convencerá al dueño para que abra una lata de chipirones, y sacará palillos y un poco de pan, y yo me quedaré pensativo tratando de recordar si alguna vez dibujó alguien chipirones en las páginas de un comic.
Thursday, 28 August 2014
Leonor, la mujer de Osvaldo
Leonor, la mujer de Osvaldo, es de la idea de que el documental sí pero dependiendo del formato. En la comida ha dicho que lo ideal sería convertirlo en algo tragicómico, en parodiar Crímenes Ortega, en hacer del documental un concurso con sus apuestas y sus llamadas y su voto del público y su panel de jueces. Números de teléfono que empiecen por 08. Descansos donde la banda del momento toque la canción número uno en las listas, en playback. Entreactos como los que se hacían en el Un Dos Tres. Ahora entra un elefante o un cocodrilo o un astronauta que dice se ha perdido y no encuentra su nave espacial y luego se quita la escafandra y resulta ser Gila o Pedro Reyes o uno de los de Faemino y Cansado. Dividir el programa en varias partes; un directo donde se mata o se intenta matar, la acción, Crímenes Ortega live and for one night only, seguido de un espacio de valoración donde familiares de las víctimas y personal de Crímenes Ortega discuten entre ellos y comentan las mejores jugadas, y un final ya con el entierro y las memorias y una breve introducción del asesinato que tendrá lugar el próximo jueves, como siempre, en Telecinco, no nos fallen, muy buenas noches.
Monday, 2 June 2014
Ella que lleva una trenca Burberry
El restaurante está en la Calle Cádiz. Paso por la puerta de un pub irlandés y luego por la puerta de un bar donde varios camareros preparan mesas para las cenas que están por llegar. Una mujer en sus cuarenta y tantos acaba de entrar y se sienta en la barra. Lleva una trenca Burberry debajo de la cual asoman medias negras y zapatos de tacón azul marino. Uno de los camareros que está preparando las mesas le ha dicho que ahora mismo la atiende. Desde donde estoy solo le veo el perfil. Se ha sentado al taburete como se sientan las madres de Audi Q4 y colegio bilingüe de los niños. Su pelo fue rubio natural cuando tuvo ocho o nueve años. Ahora el recogido de peluquería cara está cubierto por mechas doradas.
Paco me ha mandado otro mensaje para avisar de que volvía a cambiar el restaurante. Calle Cádiz. Mesón no sé qué. Yo con todo lo que soy me he prometido no volver a llamar a Ana ni a contarle sobre la cena y la posible excursión posterior. Me pregunto si Paco y los de la funeraria, llegado el momento y para deshacerse de las mujeres, tendrán que excusarse para hablar de cierto negocio del que necesitan privacidad máxima. Algo que ver con un muerto potencial. Un amigo al que se le ha recomendado Crímenes Ortega y que mira tú por donde está interesadísimo y con el que se ha quedado a las 2 am en un bar de la Calle Ruiseñores donde les espera a solas, sin mujeres. Más tarde me entero que cerca de la Calle Ruiseñores hay un bar de putas que se llama el Caballo Blanco, The White Horse.
Yo que llevo las manos en los bolsillos desde donde sujeto el móvil, me he quedado parado enfrente del bar mirando a esa mujer de piernas macizas, de gimnasio/spa, de músculos esculpidos con la ayuda de un entrenador personal, desarrollo de bíceps lunes y miércoles, espalda y pierna los martes, zumos naturales después de cada sesión, orgánicos. Entre tanto fitness es necesario introducir tandas de yoga, pilates, masaje deportivo. Yo que me he comprado unas botas similares a las que tenía y un jersey azul marino setenta por cien algodón. Yo que sin saber muy bien por qué me he metido al bar donde la mujer se bebe un Martini y pregunta al chico que le ha servido si puede fumar sentada donde está, prácticamente fuera del bar.
Son horas donde la poca gente que pasa por la calle lo hace generalmente porque se ha olvidado algo y es necesario salir corriendo antes de cenar. Los bares se preparan para el inicio del fin de semana, el sonido de las campanas extractoras invade el espacio sonoro vacío de voces que digan mire usted lo bien que viene tener tranvía en la ciudad y la falta que hacía y Juan Carlos que ha entrado en la academia militar por méritos propios y lo bien que le sientan a mi marido las camisas blancas, slim fit.
Ella ha sacado un iPhone5 y mira su página de Facebook mientras empalma el Martini con el cigarro. Está mirando fotos de una fiesta. Una mujer rubia que tal vez sea ella y que sale del brazo de un señor con traje. Le digo al camarero que si fuera tan amable le agradecería mucho que no me sacara ni patatas fritas ni olivas ni cacahuetes con la cerveza. La mujer levanta la mirada del móvil y me sonríe microscópicamente. Luego me mira de arriba abajo y deja el móvil y se termina el Martini y paga y se marcha sin esperar las vueltas y me deja allí clavado en aquel bar que está como a medias de algo, a medias de ser un bar, incompleto porque no es todavía la hora de la cena y los camareros no hacen de camareros sino de montadores y es necesario poner dos tenedores a la izquierda y dos cuchillos a la derecha y que alguien haga el favor de bajar a las cámaras y subir más bebida. En las cocinas se pelan patatas y se dejan salsas a punto para así luego no tener más que cocer los macarrones.
Salgo a la calle y en vez de encaminarme al restaurante giro a la izquierda y desemboco en el Paseo Independencia. Me asomo y dos señoras mayores esperan el tranvía, ajenas al día de la semana que es. Las tiendas cierran a ambos lados de la avenida. Por los soportales hasta los mendigos empiezan a retirarse. El centro de la ciudad empieza un intermedio parecido al de los teatros. Se baja el telón de la Plaza España y hace falta retirar a los mendigos, cerrar las tiendas, bajar persianas, remodelar ambientes, construir el nuevo decorado que hará de escenario para la noche del viernes. Un VW Golf 2.0 TDi pasa por delante con el conductor sentado como si estuviera en el sofá de su casa y no a los mandos de un automóvil que vino de la mano de un plan de financiación. Miro el móvil y no hay mensajes. A estas horas Ana estará a punto de dar comienzo su cita con Quino. Mujer sola, treinta y tantos. Buen sentido del humor, atractiva, alta y delgada (como su madre), busca hombre con inquietudes, que le guste la lectura, viajar, el cine. La edad importa lo mismo que el físico. Absténganse perdedores y hombres con poca visión de futuro. Absténganse hombres que no sepan leer entre líneas. Si el nombre empieza por las letras C, O, M o P, absténganse también. Si se llama usted Ricardo lo mismo es necesario que también se abstenga. Ana y sus demandas tan clínicas y tan precisas. Ana y el vértigo que da esa forma con la que se da la vuelta dejando la espalda al descubierto, las faldas que siempre le llegan a la altura del menisco, la manera de cruzarse de brazos, indecisa, indagando en las intenciones del que tiene delante. Ana que estará cenando con ese tal Quino y lo mismo en el restaurante suena (vía Sonos System) The Peter Malick Group featuring Norah Jones, campeona del mundo de ojos negros.
Crímenes Ortega, me susurro a mí mismo justo cuando pasa un Opel Zafira lleno de una familia que parece en busca de una dirección a decir por la manera con la que todos componentes del vehículo alargan sus cuellos y miran en todas direcciones con porte inquisidor. Crímenes Ortega y a propósito de Paco y los de la funeraria y la Francisquilla a la que me muero por conocer.
Yo que deambulo por esta ciudad que no es la mía. Los viernes por la noche se es más forastero que entre semana. Pandillas de amigos que han quedado a tomar un vino y un aperitivo y una raya de coca pre-cena, te lo hacen saber. Los que hay y están de turismo van siempre en pareja y generalmente se cogen de la mano y ella le llama a él cari.
Paco me ha mandado otro mensaje para avisar de que volvía a cambiar el restaurante. Calle Cádiz. Mesón no sé qué. Yo con todo lo que soy me he prometido no volver a llamar a Ana ni a contarle sobre la cena y la posible excursión posterior. Me pregunto si Paco y los de la funeraria, llegado el momento y para deshacerse de las mujeres, tendrán que excusarse para hablar de cierto negocio del que necesitan privacidad máxima. Algo que ver con un muerto potencial. Un amigo al que se le ha recomendado Crímenes Ortega y que mira tú por donde está interesadísimo y con el que se ha quedado a las 2 am en un bar de la Calle Ruiseñores donde les espera a solas, sin mujeres. Más tarde me entero que cerca de la Calle Ruiseñores hay un bar de putas que se llama el Caballo Blanco, The White Horse.
Yo que llevo las manos en los bolsillos desde donde sujeto el móvil, me he quedado parado enfrente del bar mirando a esa mujer de piernas macizas, de gimnasio/spa, de músculos esculpidos con la ayuda de un entrenador personal, desarrollo de bíceps lunes y miércoles, espalda y pierna los martes, zumos naturales después de cada sesión, orgánicos. Entre tanto fitness es necesario introducir tandas de yoga, pilates, masaje deportivo. Yo que me he comprado unas botas similares a las que tenía y un jersey azul marino setenta por cien algodón. Yo que sin saber muy bien por qué me he metido al bar donde la mujer se bebe un Martini y pregunta al chico que le ha servido si puede fumar sentada donde está, prácticamente fuera del bar.
Son horas donde la poca gente que pasa por la calle lo hace generalmente porque se ha olvidado algo y es necesario salir corriendo antes de cenar. Los bares se preparan para el inicio del fin de semana, el sonido de las campanas extractoras invade el espacio sonoro vacío de voces que digan mire usted lo bien que viene tener tranvía en la ciudad y la falta que hacía y Juan Carlos que ha entrado en la academia militar por méritos propios y lo bien que le sientan a mi marido las camisas blancas, slim fit.
Ella ha sacado un iPhone5 y mira su página de Facebook mientras empalma el Martini con el cigarro. Está mirando fotos de una fiesta. Una mujer rubia que tal vez sea ella y que sale del brazo de un señor con traje. Le digo al camarero que si fuera tan amable le agradecería mucho que no me sacara ni patatas fritas ni olivas ni cacahuetes con la cerveza. La mujer levanta la mirada del móvil y me sonríe microscópicamente. Luego me mira de arriba abajo y deja el móvil y se termina el Martini y paga y se marcha sin esperar las vueltas y me deja allí clavado en aquel bar que está como a medias de algo, a medias de ser un bar, incompleto porque no es todavía la hora de la cena y los camareros no hacen de camareros sino de montadores y es necesario poner dos tenedores a la izquierda y dos cuchillos a la derecha y que alguien haga el favor de bajar a las cámaras y subir más bebida. En las cocinas se pelan patatas y se dejan salsas a punto para así luego no tener más que cocer los macarrones.
Salgo a la calle y en vez de encaminarme al restaurante giro a la izquierda y desemboco en el Paseo Independencia. Me asomo y dos señoras mayores esperan el tranvía, ajenas al día de la semana que es. Las tiendas cierran a ambos lados de la avenida. Por los soportales hasta los mendigos empiezan a retirarse. El centro de la ciudad empieza un intermedio parecido al de los teatros. Se baja el telón de la Plaza España y hace falta retirar a los mendigos, cerrar las tiendas, bajar persianas, remodelar ambientes, construir el nuevo decorado que hará de escenario para la noche del viernes. Un VW Golf 2.0 TDi pasa por delante con el conductor sentado como si estuviera en el sofá de su casa y no a los mandos de un automóvil que vino de la mano de un plan de financiación. Miro el móvil y no hay mensajes. A estas horas Ana estará a punto de dar comienzo su cita con Quino. Mujer sola, treinta y tantos. Buen sentido del humor, atractiva, alta y delgada (como su madre), busca hombre con inquietudes, que le guste la lectura, viajar, el cine. La edad importa lo mismo que el físico. Absténganse perdedores y hombres con poca visión de futuro. Absténganse hombres que no sepan leer entre líneas. Si el nombre empieza por las letras C, O, M o P, absténganse también. Si se llama usted Ricardo lo mismo es necesario que también se abstenga. Ana y sus demandas tan clínicas y tan precisas. Ana y el vértigo que da esa forma con la que se da la vuelta dejando la espalda al descubierto, las faldas que siempre le llegan a la altura del menisco, la manera de cruzarse de brazos, indecisa, indagando en las intenciones del que tiene delante. Ana que estará cenando con ese tal Quino y lo mismo en el restaurante suena (vía Sonos System) The Peter Malick Group featuring Norah Jones, campeona del mundo de ojos negros.
Crímenes Ortega, me susurro a mí mismo justo cuando pasa un Opel Zafira lleno de una familia que parece en busca de una dirección a decir por la manera con la que todos componentes del vehículo alargan sus cuellos y miran en todas direcciones con porte inquisidor. Crímenes Ortega y a propósito de Paco y los de la funeraria y la Francisquilla a la que me muero por conocer.
Yo que deambulo por esta ciudad que no es la mía. Los viernes por la noche se es más forastero que entre semana. Pandillas de amigos que han quedado a tomar un vino y un aperitivo y una raya de coca pre-cena, te lo hacen saber. Los que hay y están de turismo van siempre en pareja y generalmente se cogen de la mano y ella le llama a él cari.
Saturday, 8 February 2014
Thelonius Monk
Esa manera que tenía de enganchar las teclas del piano, de aporrear como si fueran palancas y no Steinway & Sons, tocando el piano como si no fuera un piano, escarbando entre el blanco y negro, abocándose al teclado, jorobando la espalda, sacando notas que más que música eran tiempo escarbado. Tocaba como si estuviera separando granos de arroz, consiguiendo la unidad a base de romper la unidad, tan a trancas y barrancas, tocando a sopetazos, con un sube y baja, con el ritmo que tienen los cacharros de feria, tocando Around Midnight a cualquier hora del día. Para tocar como Thelonius Monk era necesario remangarse la camisa, sentarse al borde de la butaca, con tres patas al aire, con la sensación de que en cualquier momento uno se iba a caer. Thelonius Monk toca el piano y uno se queda con la sensación de que hay un tren que sale de la estación y a punto se está de perder ese tren y uno corre y el tren sale, y uno sigue corriendo, a más no poder, y está casi ya a la altura, estira la mano, se agarra de un barrote del vagón, casi a la par que la puerta abierta desde la cual surgen manos bienvenidas, manos que le invitan a saltar, y uno corre y el tren va cogiendo más velocidad, y se está muy cerca ya de la puerta, a punto de alcanzarla, y el tren sigue y lo mismo pasa con la manera con la que Thelonius Monk toca el piano, tan intermitente, tan locomotora de vapor, tan estación de tren en los años de Willy Fogg, tan quiero y no puedo. Thelonious Monk toca como si fuera una metralleta que no funciona bien, que de cuando en cuando se atasca. Toca como si fuese tartamudo, como si cada nota costase sangre, sudor y lágrimas. Una música no apta para los que toman caldo de gallina. No apta para los que más vale uno que ciento volando ni para los que hacen del reciclaje de envases una religión. Thelonius Monk toca el piano como si éste fuese un saco de patatas y no Steinway & Sons. Toca como si le hiciera rozadura el zapato, como si estuviese allí sentado por obligación, destrozando el ritmo a base de otro ritmo que todavía no tiene nombre pero que late debajo del ritmo oficial que todos conocen y aprecian a la perfección cada vez que hacen uso de sus abonos para los grandes conciertos de música clásica, los domingos por la mañana. Thelonius Monk es Willy Fogg y a la vez el tren. Toca Around Midnight y se convierte, con su barba y su sombrero, en el espacio que dista entre la mano de Willy Fogg y el barrote de la puerta del tren, es el suspiro ese que se queda a mitad, el vacío de aire con el que uno se topa cada mañana, el dedo meñique de la mano que dice adiós. Toca como si estuviese tocando con las muelas del juicio, escupiendo notas que luego se quedan ahí, en el espacio, formando estalactitas. Toca excavando cuevas que luego uno descubre a través de National Geographic. Thelonius Monk y esa manera de tocar con las gafas, esa especie de espantapájaros con vida que toca sin que nadie le haya explicado antes como se toca, que hace música sin tener cuidado de seguridades ni riesgos laborales, que toca achicándole tiempo al tiempo, a base de echarse hacia delante y escarbar entre las teclas del piano como si ahí abajo, entre las do y las re y las mi, hubieran minutos y segundos que uno podía arrebatarle a la muerte
Sunday, 12 January 2014
Hace falta follarse a la Doctora Erikson
Uno había acudido a la cita con la Doctora Erikson sin muchas pretensiones. La mujer ha venido después de haberse tirado siete años en Linköping University. Uno acude a la cita en un café de la Calle Escribanos, en frente de León Felipe, en la parte que hace esquina con Guillermo III, justo a la altura de Alfombras Miguel, pared con pared con el Bar los 3 Toneles donde los huevos rotos vienen sin foie y donde Enriqueta y Julia Mari se dejaron una vez el bolso y donde nunca jamás tocó la lotería. Uno acude a la cita con la Doctora Erikson sin muchas pretensiones, sin obsesionarse con sus piernas, sin dejarse embaucar por esos ojos azules que son mitad azul mitad marfil y que de cuando en cuando parecen transparentes, ojos de acuario, de piscina, y de ahí a no aguantarle mucho la mirada, pedir dos cañas pese a que son las once y cuarenta y cinco y uno siempre ha tenido la manía de no beber alcohol hasta que sean las doce. La Doctora Erikson se viste de manera infantil, lleva calcetines y falda a cuadros. Se sienta y se cruza de piernas y las Nike Air lucen en su pie derecho que queda colgando al aire, debajo de la mesa. El camarero trae las cañas y unas olivas y luego el sol empieza a pegar de lleno en la terraza del Café Robles y hace falta mover las sillas, corregir la postura, sentarse de espaldas al sol. La Doctora Erikson acaba de recibir un email en su BlackBerry. Yo le estaba contando que últimamente me encuentro mejor, aunque el principal problema persiste, creo estar algo mejor. Me sigo dejando los sueños a medias pero por lo menos la espalda ya no me duele.
Más que la cura lo que uno busca es follarse a la Doctora Erikson. Follársela pero no de manera egoísta, no por lo carnal, ni mucho menos. Follársela por lo que ello representaría, por lo anímico del asunto, por lo de las expectativas y la ansiedad esa que siempre asalta al mediodía y porque hace falta llegar a fin de mes
Más que la cura lo que uno busca es follarse a la Doctora Erikson. Follársela pero no de manera egoísta, no por lo carnal, ni mucho menos. Follársela por lo que ello representaría, por lo anímico del asunto, por lo de las expectativas y la ansiedad esa que siempre asalta al mediodía y porque hace falta llegar a fin de mes
Guillermina tiene Jet Lag (una canción de primavera)
Crímenes Ortega se plantea la lotería como una posibilidad desatascadora de cash-flow y letras a 90 días. Hace falta primar a los señores ejecutivos para que se compren sus trajes Ferragamo y sus corbatas indias y se tomen sus brunches en la terraza de uno de esos cafés en mitad de un parque con estanque y barcas alquiladas y carrito de los helados. Hace falta olvidarse de la caja aquella de aspirinas que compramos en amazon.co.uk y que según el tracking device ha salido ya del puerto de la China. Mientras tanto es necesario concentrarse en la gente que pasa por la calle. Desviar la mirada a otras cabezas que a su vez soporten dolores de cabeza y así desinflar un poco el nuestro. Manuelita, la hija de Doña Paca, la del tercero derecha, ha empezado un curso de magia por correspondencia, brujería, y según ella parece que funciona. El otro día y sin quererlo, fue capaz de freír dos huevos así porque sí, sin proponérselo, y luego vino Don Enrique y no se imaginan ustedes lo contento que se puso. A Don Enrique lo que más le gusta es la caza del zorro, al modo inglés. Y de ahí a sus domingos por la mañana galopando por los campos de Castilla en busca de un zorro que solo existe en la memoria colectiva. A Guillermina en cambio lo que le va es la ropa de moda, la alta costura, Milán, París. Le gusta merodear por la casa llevándose la mano a la cabeza y jugando a tener jet-lag. Guillermina tiene siete años aunque no los aparenta. Le gusta el té sin azúcar
Monday, 6 January 2014
Achicoria Eko
Jacinto no está pasando por un buen momento. Lleva meses jodido. Desde que dejó la finca y se mudó al barrio le cuesta arrancar. A mí el campo me va como a cualquiera, lo justo. Pero esto es otra cosa, se explica Jacinto de mala gana mientras culea en la silla de plástico azul. Esto es otra cosa. Allí en la finca desayunábamos todos días Eko, achicoria en vez de café. Uno lo prueba y no es lo mismo y se queda así con la madalena en la mano, pensando que un Nescafé sería lo suyo, pero algo pasa, los perros que no paran de ladrar, el ruido ese que hace el campo, el viento que corre, el ensanchamiento de la tierra, los trigales, algún gallo, y de ahí a la achicoria que ya no sabe tan mal, que le pega al paisaje, a la finca, a los tres dálmatas, a Marisa quien lleva quien sabe cuánto sin follar. Pero mire usted, dice Jacinto. La silla esta me está dejando el culo como una piedra. Una silla de plástico azul, con patas de metal, color negro. Estas cosas no ayudan a mejorar el estado de las personas, los pequeños detalles. Aquí no hay mucho que hacer. Yo me paseo por la plaza del Pilar, sabe usted. Me doy vueltas y busco oportunidades y pienso en Marisa quien sigue en la finca y tiene carrera de abogado y unas piernas bonitas y se levanta todo días a las 5 de la mañana y ordeña las vacas. Yo nunca le dije nada. Nunca le propuse nada. Y lo mismo es eso lo que me corroe por dentro. Aquí en el barrio es todo distinto. Está Miko que de cuando en cuando me da masajes, ya lo sé. Pero Miko vive en otra galaxia. Miko es distinta a las demás. A Miko hasta le he llegao a decir lo del encargo, con pelos y señales, pese a lo mucho que me advirtió Ortega de que sobre el trabajo no podía largar palabra hasta que estuviese terminado, por si acaso se enteraba el muerto en cuestión, sabe usted, pero bueno, que eso, que esto no es lo mismo, y que aunque yo eche de menos a Marisa y la finca, aunque esté jodido por dentro, la vida es así, y está silla me está dejando el culo duro y frio, y que ya que usted me está haciendo este documental pues que lo mismo nos podíamos pasar ahí en frente, al Toni, y pedir unas gambas cocidas, copón
Friday, 3 January 2014
José Luís, el técnico
Esto viene a cuento por lo del conflicto y las señas de identidad de cada uno y porque José Luís, el técnico, escribió desde Madrid para que nos pusiéramos en contacto. Aquí de momento las cosas no andan tan mal como uno pudiera imaginar. Violeta no ha llegado a cumplir los 8 años. Lo que en su día fue el garaje aquel que teníamos en la parte de atrás del corral es ahora una piscifactoría. Combinamos las doradas con el pez pequeño común, el pez ese que no es de raza. Por las tardes seguimos empeñándonos en Chopin igual que en la primavera del 95 cuando Julita y tus tíos vinieron a vernos. De cuando en cuando a Faustino le sigue dando por hacer el festival de baile en saco ese que tú ganaste una vez. Por la mañanas sigue haciendo un frío de cojones. Añoramos el mediterráneo, las puestos de pollos asados, el olor ese a aceite usado que tienen los mediodías allí. Yo echo de menos el sonido de los aparatos de aire acondicionado. Bueno, nada más. Ya me despido. Un abrazo de Julita y los niños. Jacobo dice que te envía un dibujo por correo. Es un Picasso pero falso, me dice que te diga
Thursday, 2 January 2014
El Mensaje del Rey
A mí me gustaría que dijese que su color favorito es el azul y que más allá de la monarquía a él lo que le apasiona es la fontanería, la composición de banderillas clásicas, la gamba gabardina, hacer cálculos mentales inútiles, chupar terrones de azúcar, la humedad de la baba en el almohadón, tirar dos veces de la cadena… etc
Saturday, 4 May 2013
Crímenes Ortega – En los 90 sí que es verdad que se mataba más, había más trabajo
Las palabras pesan más en según qué sitios. Mariví me había dicho que un día podría hacer un documental-reportaje-collage sobre todos los documentales, entrevistas que he hecho para la agencia durante los dos últimos años. Paco Ortega sigue moviendo la mandíbula. A veces habla de medio lado no porque no quiera mirarme sino porque desvía la mirada dando bandazos a derecha e izquierda por instinto, comprobando que no hay moros en la costa.
Yo tengo fama de que me pierdan las mujeres, sabe usted
Mariví me ha dicho en más de una ocasión apuntillando un “y esto no es opinión mía sino de más arriba”, que tal vez una de las razones por las que mis documentales tengan más calada entre el público sea porque le doy más importancia a lo menos importante. La capacidad de convertir lo que no es importante en importante, me dijo, o algo así.
Me pierden las mujeres como le puedan perder a cualquier hijo de vecino, nos ha jodido. Paco Ortega arremanga según que palabras y frases, les quita el envoltorio. Habla con crudeza de salón. En la frente lleva una marca mitad grano mitad postilla. El cuello del polo Ralph Lauren ha sido planchado por manos expertas. De cuando en cuando se mete por dentro el colgante de oro.
Me gustan todas aunque las rubias un poco más. Pero bueno, rubias, morenas, pelirrojas… una mujer guapa es una mujer guapa y ya está, aunque las rubias siempre me han tirado más. Me pierden las mujeres como a cualquier hombre, sin exageraciones, luego donde esté una buena mesa, unas carrilleras, un chuletón poco hecho, pescao al horno…
Paco se mueve en el sofá con impaciencia, necesitando entretenerse a sí mismo a cada momento. A veces se queda mirando fijamente mi camisa, mis zapatos.
Por lo que nunca me dio fue por el juego, ¿ves?, ni siquiera jugar a las cartas sin dinero. Si mal no recuerdo creo que en la vida he echao a las tragaperras
El entrevistado se va por las ramas, yo le pregunto sin anotar nada y él se va del tema contando cosas que no vienen a cuento. Habla de esto y lo otro y son esos rodeos en la conversación, ese tránsito por temas que no importan, lo que miden el tiempo de la tarde. Por las opiniones y por los ni fu ni fa se nos van los segundos y los minutos del día. Hay un tren que tendré que coger y sin embargo Paco toquetea diferentes temas de conversación ajenos al proyecto como echando una pizca de sal aquí y allá.
En los noventa sí que es verdad que matábamos a destajo. Por algún motivo se ve que entonces había más necesidad de matar, la gente tenía más necesidad de borrar a gente del mapa, un cuñao, un jefe, una vecina… una vez hubo uno que nos contrató para que matásemos a un primo lejano, este tío tenía pasta, mucha, tenía un chalet en Somosierra y luego una finca en el sur, cerca de Jaén, creo, y bueno, nos pidió que si era posible ejecutar el asesinato con un Cadillac. O sea, nos pidió que matásemos a su primo atropellándolo con un Cadillac que había comprao en una subasta de esas que se hacen en según qué ciudades portuarias donde traen coches del extranjero y se subastan allí mismo, en Zona Franca, antes de pasar aduanas, así él que compra el coche es el que paga la aduana, no sé si me explico
Le pregunto por su familia. Le pregunto si él se considera castellano leonés, por la finca que tiene en Soria, la gente del pueblo, donde creció y se hizo mayor. Le pregunto también por la relación con sus abuelos, sobre todo con la abuela, quien prácticamente lo crió.
A mí lo que me tira es el mar, sabe usted. Los barcos de vela, los pesqueros llegando a puerto, el olor ese mitad a salao, a pescado, a gasoil que se respira en cualquier puerto pequeño del Mediterráneo, llámese Cambrils, Ametlla de Mar, San Carlos de la Rápita
Yo tengo fama de que me pierdan las mujeres, sabe usted
Mariví me ha dicho en más de una ocasión apuntillando un “y esto no es opinión mía sino de más arriba”, que tal vez una de las razones por las que mis documentales tengan más calada entre el público sea porque le doy más importancia a lo menos importante. La capacidad de convertir lo que no es importante en importante, me dijo, o algo así.
Me pierden las mujeres como le puedan perder a cualquier hijo de vecino, nos ha jodido. Paco Ortega arremanga según que palabras y frases, les quita el envoltorio. Habla con crudeza de salón. En la frente lleva una marca mitad grano mitad postilla. El cuello del polo Ralph Lauren ha sido planchado por manos expertas. De cuando en cuando se mete por dentro el colgante de oro.
Me gustan todas aunque las rubias un poco más. Pero bueno, rubias, morenas, pelirrojas… una mujer guapa es una mujer guapa y ya está, aunque las rubias siempre me han tirado más. Me pierden las mujeres como a cualquier hombre, sin exageraciones, luego donde esté una buena mesa, unas carrilleras, un chuletón poco hecho, pescao al horno…
Paco se mueve en el sofá con impaciencia, necesitando entretenerse a sí mismo a cada momento. A veces se queda mirando fijamente mi camisa, mis zapatos.
Por lo que nunca me dio fue por el juego, ¿ves?, ni siquiera jugar a las cartas sin dinero. Si mal no recuerdo creo que en la vida he echao a las tragaperras
El entrevistado se va por las ramas, yo le pregunto sin anotar nada y él se va del tema contando cosas que no vienen a cuento. Habla de esto y lo otro y son esos rodeos en la conversación, ese tránsito por temas que no importan, lo que miden el tiempo de la tarde. Por las opiniones y por los ni fu ni fa se nos van los segundos y los minutos del día. Hay un tren que tendré que coger y sin embargo Paco toquetea diferentes temas de conversación ajenos al proyecto como echando una pizca de sal aquí y allá.
En los noventa sí que es verdad que matábamos a destajo. Por algún motivo se ve que entonces había más necesidad de matar, la gente tenía más necesidad de borrar a gente del mapa, un cuñao, un jefe, una vecina… una vez hubo uno que nos contrató para que matásemos a un primo lejano, este tío tenía pasta, mucha, tenía un chalet en Somosierra y luego una finca en el sur, cerca de Jaén, creo, y bueno, nos pidió que si era posible ejecutar el asesinato con un Cadillac. O sea, nos pidió que matásemos a su primo atropellándolo con un Cadillac que había comprao en una subasta de esas que se hacen en según qué ciudades portuarias donde traen coches del extranjero y se subastan allí mismo, en Zona Franca, antes de pasar aduanas, así él que compra el coche es el que paga la aduana, no sé si me explico
Le pregunto por su familia. Le pregunto si él se considera castellano leonés, por la finca que tiene en Soria, la gente del pueblo, donde creció y se hizo mayor. Le pregunto también por la relación con sus abuelos, sobre todo con la abuela, quien prácticamente lo crió.
A mí lo que me tira es el mar, sabe usted. Los barcos de vela, los pesqueros llegando a puerto, el olor ese mitad a salao, a pescado, a gasoil que se respira en cualquier puerto pequeño del Mediterráneo, llámese Cambrils, Ametlla de Mar, San Carlos de la Rápita
Monday, 29 April 2013
Crímenes Ortega – Pensión Ambos Mundos
Paco Ortega es una persona muy prudente y muy legal. Por el rabillo del ojo se le ve el pedigrí. Paco Ortega es un tipo de esos que viene con la mili hecha. Yo apenas le hago preguntas. Dos, tres, cuatro preguntas cada tanto rato. Él se menea más en el sofá que yo. Es más nervioso, más ansioso. Cada vez que me pregunta por la cámara yo me acuerdo del mensaje que Mariví me dejó en el contestador tres semanas atrás. Zaragoza, tendría que desplazarme a Zaragoza, ellos concertarían la cita, yo sólo tendría que presentarme como de costumbre, pasar un rato con él, charlar, largar, no apuntar nada, hacer pocas preguntas. Los de la agencia me seguían eligiendo por el hecho de que hiciese pocas preguntas. La pasividad del interlocutor era altamente valorada en SigmaCord. Solo querían un rostro que el entrevistador creyese. Eso y dejarle hablar a él. La agencia me contrataba porque mi presencia incomodaba y eso hacía que los elegidos largasen más de la cuenta. A Paco Ortega le parecía mal que no hubiese traído conmigo ni cámara, ni grabadora, ni libreta donde apuntar. A Mariví tampoco le hacía gracia. Yo pensaba en el tren de vuelta a Madrid, en la numeración de mi billete. No recordaba si ventana o pasillo. Me llevé la mano al bolsillo interno de la chaqueta y palpé la forma del billete
Si quieres y cuando terminemos de hablar de todo esto, nos acercamos al Tubo y nos comemos unas raciones. Croquetas, gambas gabardina, tormo de escabeche. Un bar ahí abajo que pasa desapercibido para el que no lo sabe
Crímenes Ortega no era una filosofía ni una manera de ser o entender la vida, recalcaba Paco. Crímenes Ortega era un curro que tenía sus cosas buenas y sus cosas malas. Estaba lo de viajar, sí. Pero cuando se viajaba de trabajo no era lo mismo que cuando se viajaba de placer.
A mí Francisquilla usted no la conoce, ¿verdad?
No conozco a nadie
No, ya. Quiero decir, de mi Francisquilla no le he contado nada, ¿verdad? De eso no hemos hablao. ¿Quiere que le cuente de eso? ¿De mi vida personal? ¿O el reportaje es solo del curro? Aunque si usted me lo permite, y esto lo digo desde la humildad, yo si fuera usted no separaría lo profesional de lo personal. Y no hablo ya de que mi Francisquilla trabaje también en el negocio y tal, no. Lo digo en general. Separar trabajo y la vida de uno privada es imposible. Está el sentido del humor, está el según como haya dormido uno, está lo bien cenao y todo sea dicho, lo bien follao que le tengan a uno en casa. Todo eso se ve luego en el trabajo. Se proyecta. ¿Trabajo o placer? Lo bueno de Crímenes Ortega es que de cuando en cuando se viaja mucho. Una vez tuvimos que ir a matar a uno a un pueblo de la provincia de Huelva. Andabas unos doscientos metros, cruzabas un arroyo, y estabas en Portugal. En Portugal. Pasabas un arroyo y estabas en Portugal
A veces da la sensación de que Paco Ortega esté esperando esos tics nerviosos o no nerviosos, esos gestos que le salen de dentro sin tener él ni voz ni mando. A veces parece que Paco los esté esperando como si supiera de los lapsos de tiempo que estos emplean para aparecer y desaparecer. Debajo del pantalón gris uno adivina garras de alambre, más nervio que músculo. Hombre de impulso y electricidad. Hombre que va con gas butano. Levanta la mirada y mira detrás de mí. Está al tanto de todo. Escucha y desescucha la conversación de la mesa de al lado. Encoge el cuello y mira la lámpara vieja que cuelga justo encima
Cuando matamos por encargo no llegamos a extremos de dejarle al cliente elegir el arma y el método, no se vaya usted a pensar. Esto no es como las películas. Aquí no se presenta un fulanito de tal y nos dice que hace falta matar a su cuñao con un hacha, o con fusil, justo cuando pase por la calle tal o cual, o cuando entre al bar del barrio, o a la salida del trabajo, no. Esto no es Holywood, a ver que se va a creer usted. Esto no es como las películas y quizá por ello se valore menos, por la mala prensa que tenemos, por el desconocimiento que tiene la gente sobre nuestra profesión. Para empezar, dice levantando el dedo índice de la mano derecha, señalando al techo, para empezar está que nosotros lo que valoramos primeramente antes de matar a nadie, es lo del dolor. Lo del dolor es lo que entra primeramente en el orden del día. Las muertes hoy en día se provocan de la manera más indolora posible
La pensión Ambos Mundos con sus butacas, sus mesillas de cristal que no hacen juego, los ceniceros de chapa brillante, la altura de los techos, la estrechez de los pasillos, el barnizado de las puertas, las manivelas antiguas, las baldosas desgastadas, la pensión o el hostal Ambos Mundos con todo eso más con las conversaciones de las tres o cuatro mesas que han improvisado en una salita que en realidad no era para eso, se convierte en un universo ajeno al paso del tiempo, independiente del griterío de la calle y la plaza
A mí lo que me quita el estrés es la cocina, dice Paco con una sonrisa en la boca tan grande que le tapa hasta los dientes y le ensancha la cabeza como si fuera un dibujo animado. Y por cocina entiéndase el cocinar, ¿eh? No nos engañemos (señalando otra vez hacia el techo con el índice de la mano derecha). Comer también me va, nos ha jodido, y comer bien, cocina refinada, no experimental pero refinada. Y cocinar pues eso, que yo me meto allí en la cocina, le digo a la Francisquilla que me deje tranquilo, me pongo al Bebo y al Cigala a toda pastilla, me encierro allí con mis ingredientes, y bueno, allí es donde yo me olvido de todo. Me olvido de las facturas, de los problemas, del futbol, del inventario, las declaraciones, los impuestos y la madre que los parió a todos. Cocinando. Cocinando con delantal, ¿eh?...
Si quieres y cuando terminemos de hablar de todo esto, nos acercamos al Tubo y nos comemos unas raciones. Croquetas, gambas gabardina, tormo de escabeche. Un bar ahí abajo que pasa desapercibido para el que no lo sabe
Crímenes Ortega no era una filosofía ni una manera de ser o entender la vida, recalcaba Paco. Crímenes Ortega era un curro que tenía sus cosas buenas y sus cosas malas. Estaba lo de viajar, sí. Pero cuando se viajaba de trabajo no era lo mismo que cuando se viajaba de placer.
A mí Francisquilla usted no la conoce, ¿verdad?
No conozco a nadie
No, ya. Quiero decir, de mi Francisquilla no le he contado nada, ¿verdad? De eso no hemos hablao. ¿Quiere que le cuente de eso? ¿De mi vida personal? ¿O el reportaje es solo del curro? Aunque si usted me lo permite, y esto lo digo desde la humildad, yo si fuera usted no separaría lo profesional de lo personal. Y no hablo ya de que mi Francisquilla trabaje también en el negocio y tal, no. Lo digo en general. Separar trabajo y la vida de uno privada es imposible. Está el sentido del humor, está el según como haya dormido uno, está lo bien cenao y todo sea dicho, lo bien follao que le tengan a uno en casa. Todo eso se ve luego en el trabajo. Se proyecta. ¿Trabajo o placer? Lo bueno de Crímenes Ortega es que de cuando en cuando se viaja mucho. Una vez tuvimos que ir a matar a uno a un pueblo de la provincia de Huelva. Andabas unos doscientos metros, cruzabas un arroyo, y estabas en Portugal. En Portugal. Pasabas un arroyo y estabas en Portugal
A veces da la sensación de que Paco Ortega esté esperando esos tics nerviosos o no nerviosos, esos gestos que le salen de dentro sin tener él ni voz ni mando. A veces parece que Paco los esté esperando como si supiera de los lapsos de tiempo que estos emplean para aparecer y desaparecer. Debajo del pantalón gris uno adivina garras de alambre, más nervio que músculo. Hombre de impulso y electricidad. Hombre que va con gas butano. Levanta la mirada y mira detrás de mí. Está al tanto de todo. Escucha y desescucha la conversación de la mesa de al lado. Encoge el cuello y mira la lámpara vieja que cuelga justo encima
Cuando matamos por encargo no llegamos a extremos de dejarle al cliente elegir el arma y el método, no se vaya usted a pensar. Esto no es como las películas. Aquí no se presenta un fulanito de tal y nos dice que hace falta matar a su cuñao con un hacha, o con fusil, justo cuando pase por la calle tal o cual, o cuando entre al bar del barrio, o a la salida del trabajo, no. Esto no es Holywood, a ver que se va a creer usted. Esto no es como las películas y quizá por ello se valore menos, por la mala prensa que tenemos, por el desconocimiento que tiene la gente sobre nuestra profesión. Para empezar, dice levantando el dedo índice de la mano derecha, señalando al techo, para empezar está que nosotros lo que valoramos primeramente antes de matar a nadie, es lo del dolor. Lo del dolor es lo que entra primeramente en el orden del día. Las muertes hoy en día se provocan de la manera más indolora posible
La pensión Ambos Mundos con sus butacas, sus mesillas de cristal que no hacen juego, los ceniceros de chapa brillante, la altura de los techos, la estrechez de los pasillos, el barnizado de las puertas, las manivelas antiguas, las baldosas desgastadas, la pensión o el hostal Ambos Mundos con todo eso más con las conversaciones de las tres o cuatro mesas que han improvisado en una salita que en realidad no era para eso, se convierte en un universo ajeno al paso del tiempo, independiente del griterío de la calle y la plaza
A mí lo que me quita el estrés es la cocina, dice Paco con una sonrisa en la boca tan grande que le tapa hasta los dientes y le ensancha la cabeza como si fuera un dibujo animado. Y por cocina entiéndase el cocinar, ¿eh? No nos engañemos (señalando otra vez hacia el techo con el índice de la mano derecha). Comer también me va, nos ha jodido, y comer bien, cocina refinada, no experimental pero refinada. Y cocinar pues eso, que yo me meto allí en la cocina, le digo a la Francisquilla que me deje tranquilo, me pongo al Bebo y al Cigala a toda pastilla, me encierro allí con mis ingredientes, y bueno, allí es donde yo me olvido de todo. Me olvido de las facturas, de los problemas, del futbol, del inventario, las declaraciones, los impuestos y la madre que los parió a todos. Cocinando. Cocinando con delantal, ¿eh?...
Friday, 26 April 2013
La forma con la que el personaje se rasca el brazo si es que le llega a picar alguna vez durante las 300 páginas que dura el libro
María José Carrasco está escribiendo un libro sobre un tal Anatoli Kirillov quien entre otras cosas es capaz de leer los pensamientos de la gente. Bueno, no tanto los pensamientos como los deseos. Maria José Carrasco tiene escrito lo que es la mera acción del libro. Anatoli le dice a su hermana que su marido, el cuñao de Anatoli, en secreto desea con locura a la vecina de ambos. Esto causa estragos en la relación. El libro de Maria José Carrasco también habla del divorcio de la hermana una vez conocidos los deseos de su esposo y de las amenazas de muerte a Anatoli por parte del cuñado quien jura y perjura que él no desea a nadie más que a la ahora su ex-mujer y que no entiende como ella le puede hacer caso al tarao de Anatoli quien por no tener no tiene ni trabajo ya que es demasiado estúpido como para clavar un clavo.
María José Carrasco ha escenificado la historia en Togliatti, provincia de Samara, Rusia. Cuenta como tras el divorcio, el cuñado intenta por todos los medios de convencer a Anatoli para que rectifique de su visión y le diga a su hermana que todo ha sido un error y que el cuñado en realidad no desea a la vecina de enfrente. A todo esto la vecina de enfrente se entera de todo y no solo ella sino también su esposo, excampeón de boxeo del peso welter de la provincia de Samara, quien tras saber del escándalo propina una paliza al cuñado y le amenaza con no volver a acercarse jamás por el vecindario
María José Carrasco ha escrito la historia como narrador omnisciente, con el don de la ubicuidad, dominando la totalidad de la narración y pareciendo saber lo que va a ocurrir en el futuro y lo que ocurrió en el pasado; utiliza la tercera persona del singular
María José Carrasco tiene una amiga que trabaja para la Editorial Planeta quien vive en Barcelona y comparte piso con un gato pardo. La amiga de María José ha tenido el privilegio de leer parte de la historia, la ha compartido con gente del trabajo, y tanto ha gustado que uno de los jefes se ha interesado y ha hecho llegar una oferta por el manuscrito. La cifra ofrecida se desconoce. La amiga de María José le cuenta que además del interés por publicar el libro, le da que alguien estaría también interesado en convertirlo en película y que es posible que le ofrezcan dinero a su vez por los derechos cinematográficos
María José Carrasco se toma las noticias con sorpresa, júbilo y satisfacción desbordante. Esto se lo dicen por teléfono, a través del móvil, cuando se dirigía a un estanco a echar la Primitiva. María José pasa unos días encerrada en casa trabajando en la novela. La historia y gran parte de la acción están terminadas, sólo le falta el relleno que han de llevar los diálogos y los antes y despueses de las acciones. Le falta la materia oscura de la novela. Describir cómo hablan los personajes, cómo andan, cómo se sientan en una silla, qué tono de voz usan al llamar a alguien por su nombre. María José se atasca de mala manera con todo esto. No le sale. Piensa en los personajes, trata de meterse debajo de la piel de los mismos, se pone en sus circunstancias. Sigue sin salirle y es por ello que se sube a un autobús y se marcha a la sierra al apartamento de otra amiga con la esperanza de que en plena naturaleza consiga la inspiración necesaria. Tras dos días en la sierra la materia oscura de los personajes comienza a llegarle. Entusiasmada por el desatasco, se pasa horas enteras delante del ordenador. Avanza de forma sorprendente. Pasada una semana calcula que un día más y el libro quedará terminado. El última día, cuando apenas le quedan unas horas por terminar, vuelve a atascarse esta vez con algo muy concreto. Sabe que Anatoli es una persona a la que muy de vez en cuando le entran picores y sin embargo no consigue descifrar la manera exacta con la que éste se rasca el brazo. Por no saber, María José no sabe siquiera si Anatoli es un tipo que descuida el cortarse las uñas o si se las come. Dependiendo de lo uno o lo otro será un tipo de rascado distinto. Con uñas largas hace falta presionar menos y se rasca de manera más focal. Tampoco sabe si es de las personas que se rascan en marcha, mientras hacen algo, o si es de los que tienen que detenerse para ello. También desconoce si cuando Anatoli se rasca el brazo lo hace extendiéndolo para mirarse cómo se rasca a sí mismo o si lo hace sin mirar
María José Carrasco, tras mes y medio recluida en el apartamento, deja de coger el teléfono. No contesta ni a familiares, amigos ni a gente de la editorial
María José Carrasco ha escenificado la historia en Togliatti, provincia de Samara, Rusia. Cuenta como tras el divorcio, el cuñado intenta por todos los medios de convencer a Anatoli para que rectifique de su visión y le diga a su hermana que todo ha sido un error y que el cuñado en realidad no desea a la vecina de enfrente. A todo esto la vecina de enfrente se entera de todo y no solo ella sino también su esposo, excampeón de boxeo del peso welter de la provincia de Samara, quien tras saber del escándalo propina una paliza al cuñado y le amenaza con no volver a acercarse jamás por el vecindario
María José Carrasco ha escrito la historia como narrador omnisciente, con el don de la ubicuidad, dominando la totalidad de la narración y pareciendo saber lo que va a ocurrir en el futuro y lo que ocurrió en el pasado; utiliza la tercera persona del singular
María José Carrasco tiene una amiga que trabaja para la Editorial Planeta quien vive en Barcelona y comparte piso con un gato pardo. La amiga de María José ha tenido el privilegio de leer parte de la historia, la ha compartido con gente del trabajo, y tanto ha gustado que uno de los jefes se ha interesado y ha hecho llegar una oferta por el manuscrito. La cifra ofrecida se desconoce. La amiga de María José le cuenta que además del interés por publicar el libro, le da que alguien estaría también interesado en convertirlo en película y que es posible que le ofrezcan dinero a su vez por los derechos cinematográficos
María José Carrasco se toma las noticias con sorpresa, júbilo y satisfacción desbordante. Esto se lo dicen por teléfono, a través del móvil, cuando se dirigía a un estanco a echar la Primitiva. María José pasa unos días encerrada en casa trabajando en la novela. La historia y gran parte de la acción están terminadas, sólo le falta el relleno que han de llevar los diálogos y los antes y despueses de las acciones. Le falta la materia oscura de la novela. Describir cómo hablan los personajes, cómo andan, cómo se sientan en una silla, qué tono de voz usan al llamar a alguien por su nombre. María José se atasca de mala manera con todo esto. No le sale. Piensa en los personajes, trata de meterse debajo de la piel de los mismos, se pone en sus circunstancias. Sigue sin salirle y es por ello que se sube a un autobús y se marcha a la sierra al apartamento de otra amiga con la esperanza de que en plena naturaleza consiga la inspiración necesaria. Tras dos días en la sierra la materia oscura de los personajes comienza a llegarle. Entusiasmada por el desatasco, se pasa horas enteras delante del ordenador. Avanza de forma sorprendente. Pasada una semana calcula que un día más y el libro quedará terminado. El última día, cuando apenas le quedan unas horas por terminar, vuelve a atascarse esta vez con algo muy concreto. Sabe que Anatoli es una persona a la que muy de vez en cuando le entran picores y sin embargo no consigue descifrar la manera exacta con la que éste se rasca el brazo. Por no saber, María José no sabe siquiera si Anatoli es un tipo que descuida el cortarse las uñas o si se las come. Dependiendo de lo uno o lo otro será un tipo de rascado distinto. Con uñas largas hace falta presionar menos y se rasca de manera más focal. Tampoco sabe si es de las personas que se rascan en marcha, mientras hacen algo, o si es de los que tienen que detenerse para ello. También desconoce si cuando Anatoli se rasca el brazo lo hace extendiéndolo para mirarse cómo se rasca a sí mismo o si lo hace sin mirar
María José Carrasco, tras mes y medio recluida en el apartamento, deja de coger el teléfono. No contesta ni a familiares, amigos ni a gente de la editorial
Por qué llamarse Ernesto y otros principios básicos para vivir en armonía con uno mismo
Capítulo 1 – El legado de la razón
En 1520 Hernán Cortés hizo lo que él creyó oportuno había que hacer y así pasó lo que pasó en Tenochtitlan. Uno piensa en Cortés, aquí y ahora, en 2013, y a bote pronto piensa en negativo. Piensa en masacre, en sangre derramada, en dolor y esperpento. En el oro y las condecoraciones y los títulos nobiliarios se piensa más tarde, a las 4 o así. En 1520 Cortés entró en Tenochtitlan y uno aquí, después de leer diversos tomos históricos encuentra que de las muchos escritos vertidos al respecto (con diferentes encuadernaciones), y de los cientos de textos sobre la materia, ninguno habla de elementos físicos formales (la manera de apoyar los pies al sentarse) del personaje. Debido a ello hoy sabemos lo que hizo Cortés pero no sabemos cómo lo hizo. No sabemos si cuando gritó “A por ellos” lo hizo torciendo el extremo superior del labio, o hincando los hombros, si echó la pierna derecha hacia delante, o si comandó en voz alta o a grito palao. Esto es materia oscura literaria. Es lo que no tiene que ver ni con el mensaje, ni con la acción, ni con el argumento, ni con el destino de la historia. Es la forma dentro de la forma, el polo opuesto de las cosas. Literatura invertebrada, microscópica, quántica. Es algo tan minúsculo (la forma con la que el personaje se rasca el brazo si es que le llega a picar alguna vez durante las 300 páginas que dura el libro), algo tan infame e incoloro, que precisamente por ello es completamente necesario. Esta especie de materia oscura literaria (la manera precisa con la que el personaje se ha atado los cordones de los zapatos antes de que apareciese en la primera página del libro ya vestido y a mitad de terminarse el café), es necesaria porque de alguna manera sujeta por dentro a los personajes que luego hablan y empuñan pistolas que matan al malo. Sin la manera de rascarse de uno luego no hay otras maneras. Uno se rasca el brazo lo mismo que dice I love u. Esto no se elige, viene dado. Sin la cara no existe la moneda.
En 1520 Cortés entra en Tenochtitlan sí, eso ya lo sabemos ¿Pero se tuvo que rascar el tobillo en algún momento del lance? ¿Se había levantado con dolor de garganta? ¿Andaba raro por haber dormido en mala postura?
En 1520 Hernán Cortés hizo lo que él creyó oportuno había que hacer y así pasó lo que pasó en Tenochtitlan. Uno piensa en Cortés, aquí y ahora, en 2013, y a bote pronto piensa en negativo. Piensa en masacre, en sangre derramada, en dolor y esperpento. En el oro y las condecoraciones y los títulos nobiliarios se piensa más tarde, a las 4 o así. En 1520 Cortés entró en Tenochtitlan y uno aquí, después de leer diversos tomos históricos encuentra que de las muchos escritos vertidos al respecto (con diferentes encuadernaciones), y de los cientos de textos sobre la materia, ninguno habla de elementos físicos formales (la manera de apoyar los pies al sentarse) del personaje. Debido a ello hoy sabemos lo que hizo Cortés pero no sabemos cómo lo hizo. No sabemos si cuando gritó “A por ellos” lo hizo torciendo el extremo superior del labio, o hincando los hombros, si echó la pierna derecha hacia delante, o si comandó en voz alta o a grito palao. Esto es materia oscura literaria. Es lo que no tiene que ver ni con el mensaje, ni con la acción, ni con el argumento, ni con el destino de la historia. Es la forma dentro de la forma, el polo opuesto de las cosas. Literatura invertebrada, microscópica, quántica. Es algo tan minúsculo (la forma con la que el personaje se rasca el brazo si es que le llega a picar alguna vez durante las 300 páginas que dura el libro), algo tan infame e incoloro, que precisamente por ello es completamente necesario. Esta especie de materia oscura literaria (la manera precisa con la que el personaje se ha atado los cordones de los zapatos antes de que apareciese en la primera página del libro ya vestido y a mitad de terminarse el café), es necesaria porque de alguna manera sujeta por dentro a los personajes que luego hablan y empuñan pistolas que matan al malo. Sin la manera de rascarse de uno luego no hay otras maneras. Uno se rasca el brazo lo mismo que dice I love u. Esto no se elige, viene dado. Sin la cara no existe la moneda.
En 1520 Cortés entra en Tenochtitlan sí, eso ya lo sabemos ¿Pero se tuvo que rascar el tobillo en algún momento del lance? ¿Se había levantado con dolor de garganta? ¿Andaba raro por haber dormido en mala postura?
Wednesday, 20 March 2013
Crímenes Ortega - Loquillo y los Trogloditas
¿Lo de la clínica y la eutanasia cómo y cuándo se le ocurre a usted?
¿Y usted no se trae un cámara para filmar todo esto? Yo es que hay ciertas cosas de las que no me gusta hablar en según qué sitios
Una mujer de la mesa de al lado, enlacada y enjoyada por igual, lleva las uñas infinitamente largas. Se toca una pulsera que parece ser de oro. Paco Ortega le pregunta al entrevistador si no le va a preguntar por aquello de Loquillo y los Trogloditas y cuando sacaron lo de Crímenes Ortega en una canción. El entrevistador le pregunta por los inicios. Paco Ortega dice que para él, en el fondo, toda historia es una historia de amor. Aunque no la de Crímenes Ortega, no. Le hubiese gustado que su tío abuelo, allá en Colombia, hubiese empezado todo aquello por una mujer a la que quiso impresionar.
Los negocios así se montan por necesidad, luego las mujeres se meten por medio y le dan color a las cosas, o se lo quitan, según la fecha del mes, pero bueno, ya me entiende. Paco Ortega habla a veces con un amago de gesto socarrón que se queda en gesto sobre todo por la falta de estatura del individuo. Sus huesos hacen de percha dentro de una camisa mal abrochada. Dentro del bolsillo asoma un paquete de Winston del que fuma cuando se acuerda.
Hay gente que se piensa que un negocio como Crímenes Ortega sólo consiste en matar y quitarse a gente del medio. Yo no lo veo así. Hay mucho más que el acto de matar, hay mucha gente detrás de la empresa, hay servicio al cliente, hay una chica que se dedica mayormente a hacer papeleo, se llama Sonsoles, una chica con carrera que piensa como un ordenador, están también los asesinos, o los verdugos, llámelos usted como quiera, estoy yo que me dedico sobre todo a las ventas, a llevar el negocio desde un punto de vista comercial. Luego está la imagen, eso que llaman marketing y que yo meto en el mismo cajón que todo lo comercial
¿Usted qué coche lleva?
Lo de la canción de Loquillo no fue algo buscado
¿Y la clínica de eutanasia asistida?
Paco Ortega se queja en más de una ocasión de que el individuo se haya presentado sin cámara. Si aquello se suponía iba a ser un documental sobre la empresa esperaba un cámara como mínimo, un técnico de sonido, alguien que se encargase de iluminar la escena.
Esto es un negocio como otro cualquiera. La gente se piensa que somos como el Conde Drácula o algo así, que vivimos en las penumbras, que somos gente rara, gente sin corazón y sin respeto por la vida humana cuando en realidad es todo lo contrario. Si usted se para a pensar… Paco Ortega se queda pensativo y deja el pensamiento colgado en el poco aire que circula por el hall de la pensión Ambos Mundos. Si usted se para a pensar, dice dejando la mano abierta, pensando eso mismo que le sugiere al interlocutor que piense, frenando un poco el tiempo, con la saliva en punto muerto, haciendo patente el amarillo dental, la baba intercalada, el ojo que mira pero no ve… y todo para decir eso, si usted se para a pensar en realidad lo que hace Crímenes Ortega es un sacrificio por la humanidad, mucha gente le llama a esto el trabajo sucio, yo discrepo, esto es un trabajo tan noble como el que más, matar así por así, asesinar a personas que no conoce uno de nada, gente a la que jamás ha visto, y matarlas así, como por encargo, como medio de vida digno…
De Colombia no se precisaba hablar mucho porque como había dicho el entrevistado, él de colombiano tenía bien poco. Podría hablarle un poco de Cali pero de pasada, contar cosas que escuchó siempre por terceras personas. Un tío que le había contado sobre la vida en un barrio y la necesidad y la humedad, el olor de ciertos guisos, la enfermedad y todo aquello que según qué tipos explicaban cuando se les preguntaba por la patria.
¿Qué patria?
Crímenes Ortega
¿Y dice usted que preferiría llevar esta conversación en un bar?
En esta pensión viene gente que deben negociar con la bisutería. Antes de que llegase usted había dos moros sentados en esa otra mesa que ahora está vacía, y hablaban con un tipo encorbatado mientras miraban unos catálogos hasta que uno de los moros ha sacado un maletín lleno de colgantes, pulseras y anillos, y entonces han dejado el catálogo de lado porque preferían mirar el objeto real. Aquí huele como a rancio.
¿Tiene usted alguna comida favorita, algo tal vez colombiano que alguna tía o abuela le cocinase de cuando en cuando?
A mí lo que más me gusta son los boquerones pero eso sí, nunca fritos. El boquerón en vinagre. Si se fríe pierde gusto. El boquerón en vinagre y en según qué bares. Aquí en Zaragoza no sé, pero en Ciudad Real o en Segovia…
¿Fue en Segovia donde lo de Loquillo y los Trogloditas?
En Segovia fue donde nos encontramos por vez primera. Por vez primera y última, todo sea dicho. Yo había ido a firmar unos papeles con un cliente. Un contrato, vaya. Hace años no hacía falta tanta letra impresa pero luego llegaron los socialistas y la cosa cambió. Vino también la Unión Europea y con la iglesia hemos topado. Al principio se podían alcanzar acuerdos con un apretón de manos pero luego ya no, luego hizo falta viajar más, hubo que acudir allí donde estaba el cliente. Y fue por h o por b que nos llamó un hombre en Ciudad Real que necesitaba matar a un vecino, no recuerdo porqué, y bueno, fuimos allí, fui yo solo, y luego ya de noche como se me había hecho tarde decidí quedarme a dormir en un hotel que sin ser barato era de alguien que era familia del hombre al que íbamos a hacer el servicio y bueno, me pusieron cama gratis. Me quedé allí, me bajé a tomar unas copas por aquello de no poderse dormir uno y coincidí con los peludos esos que justamente habían dado un recital allí.
Y le hicieron una canción
No, no me hicieron una canción. Les conté a lo que me dedicaba, les dije el nombre de la empresa, creo que les di una tarjeta por si algún día, nunca se sabe, pudieran necesitar de mis servicios
¿A Loquillo?
No, con Loquillo casi no hablé. Fue sobre todo con el batería, con Jordi Villa, un peludo con el que hice click y nos caímos bien al instante y estuvimos hablando casi toda la noche. Con Loquillo hablé poco. Usted sabrá mejor que nadie eso de que a veces se conecta con una persona de manera inmediata, algo hace click y es como si se conocieran de toda la vida
Click
Sí, click, y eso, le conté de la empresa no porque me diera la gana sino porque me preguntó sobre mis quehaceres profesionales, de donde venía el pan y la renta y la hipoteca y todo lo demás
Parné
Le conté un poco por encima, no entré en detalles por no aburrirle, pero el nombre le hizo gracia y de ahí que me interrumpiese para llamar a Loquillo y decirle a viva voz que este tipo, o sea yo, me dedicaba a lo que me dedicaba y que el negocio se llamaba como se llamaba. Loquillo se acercó y se interesó por el asunto, también le hizo gracia, y fue que mientras le contaba sobre uno de los últimos encargos, no recuerdo cual, sacó una libreta y anotó algo, y de ahí salió luego la canción, bueno no la canción, porque tampoco fue una canción, fue una mención en una canción, un verso, una estrofa, qué se yo
¿No salió a la luz?
No salió a la luz
¿Qué año estamos hablando?
El año no lo sé pero el disco en el que se suponía iba a salir o podía haber salido fue aquel de “Simpatía por los Stones”, el noventa y pocos.
Pero no fue una canción
No, nunca fue una canción. Era una línea de una canción. Decía: Si te deja tu novia ya sabes, Crímenes Ortega. Eso era todo. Si te deja tu novia ya sabes, Crímenes Ortega. Nunca supe a que se refirieron con eso. Si el mensaje era matar a la novia, o matarse uno mismo a través de Crímenes Ortega, no sé, nunca supe. Jordi Villa el batería me mandó la letra de la canción. Me dijo que nunca llegaron a ponerle música. Obviamente no salió en el disco, pero bueno, ahí está
¿Se quedó en anécdota?
Se quedó todo en una anécdota, sí
Si te deja tu novia ya sabes, Crímenes Ortega
Sí, así fue
¿Han tenido alguna vez casos en los que el cliente, la persona que pide un asesinato, fuese a la vez el demandante y el receptor?
¿Y usted no se trae un cámara para filmar todo esto? Yo es que hay ciertas cosas de las que no me gusta hablar en según qué sitios
Una mujer de la mesa de al lado, enlacada y enjoyada por igual, lleva las uñas infinitamente largas. Se toca una pulsera que parece ser de oro. Paco Ortega le pregunta al entrevistador si no le va a preguntar por aquello de Loquillo y los Trogloditas y cuando sacaron lo de Crímenes Ortega en una canción. El entrevistador le pregunta por los inicios. Paco Ortega dice que para él, en el fondo, toda historia es una historia de amor. Aunque no la de Crímenes Ortega, no. Le hubiese gustado que su tío abuelo, allá en Colombia, hubiese empezado todo aquello por una mujer a la que quiso impresionar.
Los negocios así se montan por necesidad, luego las mujeres se meten por medio y le dan color a las cosas, o se lo quitan, según la fecha del mes, pero bueno, ya me entiende. Paco Ortega habla a veces con un amago de gesto socarrón que se queda en gesto sobre todo por la falta de estatura del individuo. Sus huesos hacen de percha dentro de una camisa mal abrochada. Dentro del bolsillo asoma un paquete de Winston del que fuma cuando se acuerda.
Hay gente que se piensa que un negocio como Crímenes Ortega sólo consiste en matar y quitarse a gente del medio. Yo no lo veo así. Hay mucho más que el acto de matar, hay mucha gente detrás de la empresa, hay servicio al cliente, hay una chica que se dedica mayormente a hacer papeleo, se llama Sonsoles, una chica con carrera que piensa como un ordenador, están también los asesinos, o los verdugos, llámelos usted como quiera, estoy yo que me dedico sobre todo a las ventas, a llevar el negocio desde un punto de vista comercial. Luego está la imagen, eso que llaman marketing y que yo meto en el mismo cajón que todo lo comercial
¿Usted qué coche lleva?
Lo de la canción de Loquillo no fue algo buscado
¿Y la clínica de eutanasia asistida?
Paco Ortega se queja en más de una ocasión de que el individuo se haya presentado sin cámara. Si aquello se suponía iba a ser un documental sobre la empresa esperaba un cámara como mínimo, un técnico de sonido, alguien que se encargase de iluminar la escena.
Esto es un negocio como otro cualquiera. La gente se piensa que somos como el Conde Drácula o algo así, que vivimos en las penumbras, que somos gente rara, gente sin corazón y sin respeto por la vida humana cuando en realidad es todo lo contrario. Si usted se para a pensar… Paco Ortega se queda pensativo y deja el pensamiento colgado en el poco aire que circula por el hall de la pensión Ambos Mundos. Si usted se para a pensar, dice dejando la mano abierta, pensando eso mismo que le sugiere al interlocutor que piense, frenando un poco el tiempo, con la saliva en punto muerto, haciendo patente el amarillo dental, la baba intercalada, el ojo que mira pero no ve… y todo para decir eso, si usted se para a pensar en realidad lo que hace Crímenes Ortega es un sacrificio por la humanidad, mucha gente le llama a esto el trabajo sucio, yo discrepo, esto es un trabajo tan noble como el que más, matar así por así, asesinar a personas que no conoce uno de nada, gente a la que jamás ha visto, y matarlas así, como por encargo, como medio de vida digno…
De Colombia no se precisaba hablar mucho porque como había dicho el entrevistado, él de colombiano tenía bien poco. Podría hablarle un poco de Cali pero de pasada, contar cosas que escuchó siempre por terceras personas. Un tío que le había contado sobre la vida en un barrio y la necesidad y la humedad, el olor de ciertos guisos, la enfermedad y todo aquello que según qué tipos explicaban cuando se les preguntaba por la patria.
¿Qué patria?
Crímenes Ortega
¿Y dice usted que preferiría llevar esta conversación en un bar?
En esta pensión viene gente que deben negociar con la bisutería. Antes de que llegase usted había dos moros sentados en esa otra mesa que ahora está vacía, y hablaban con un tipo encorbatado mientras miraban unos catálogos hasta que uno de los moros ha sacado un maletín lleno de colgantes, pulseras y anillos, y entonces han dejado el catálogo de lado porque preferían mirar el objeto real. Aquí huele como a rancio.
¿Tiene usted alguna comida favorita, algo tal vez colombiano que alguna tía o abuela le cocinase de cuando en cuando?
A mí lo que más me gusta son los boquerones pero eso sí, nunca fritos. El boquerón en vinagre. Si se fríe pierde gusto. El boquerón en vinagre y en según qué bares. Aquí en Zaragoza no sé, pero en Ciudad Real o en Segovia…
¿Fue en Segovia donde lo de Loquillo y los Trogloditas?
En Segovia fue donde nos encontramos por vez primera. Por vez primera y última, todo sea dicho. Yo había ido a firmar unos papeles con un cliente. Un contrato, vaya. Hace años no hacía falta tanta letra impresa pero luego llegaron los socialistas y la cosa cambió. Vino también la Unión Europea y con la iglesia hemos topado. Al principio se podían alcanzar acuerdos con un apretón de manos pero luego ya no, luego hizo falta viajar más, hubo que acudir allí donde estaba el cliente. Y fue por h o por b que nos llamó un hombre en Ciudad Real que necesitaba matar a un vecino, no recuerdo porqué, y bueno, fuimos allí, fui yo solo, y luego ya de noche como se me había hecho tarde decidí quedarme a dormir en un hotel que sin ser barato era de alguien que era familia del hombre al que íbamos a hacer el servicio y bueno, me pusieron cama gratis. Me quedé allí, me bajé a tomar unas copas por aquello de no poderse dormir uno y coincidí con los peludos esos que justamente habían dado un recital allí.
Y le hicieron una canción
No, no me hicieron una canción. Les conté a lo que me dedicaba, les dije el nombre de la empresa, creo que les di una tarjeta por si algún día, nunca se sabe, pudieran necesitar de mis servicios
¿A Loquillo?
No, con Loquillo casi no hablé. Fue sobre todo con el batería, con Jordi Villa, un peludo con el que hice click y nos caímos bien al instante y estuvimos hablando casi toda la noche. Con Loquillo hablé poco. Usted sabrá mejor que nadie eso de que a veces se conecta con una persona de manera inmediata, algo hace click y es como si se conocieran de toda la vida
Click
Sí, click, y eso, le conté de la empresa no porque me diera la gana sino porque me preguntó sobre mis quehaceres profesionales, de donde venía el pan y la renta y la hipoteca y todo lo demás
Parné
Le conté un poco por encima, no entré en detalles por no aburrirle, pero el nombre le hizo gracia y de ahí que me interrumpiese para llamar a Loquillo y decirle a viva voz que este tipo, o sea yo, me dedicaba a lo que me dedicaba y que el negocio se llamaba como se llamaba. Loquillo se acercó y se interesó por el asunto, también le hizo gracia, y fue que mientras le contaba sobre uno de los últimos encargos, no recuerdo cual, sacó una libreta y anotó algo, y de ahí salió luego la canción, bueno no la canción, porque tampoco fue una canción, fue una mención en una canción, un verso, una estrofa, qué se yo
¿No salió a la luz?
No salió a la luz
¿Qué año estamos hablando?
El año no lo sé pero el disco en el que se suponía iba a salir o podía haber salido fue aquel de “Simpatía por los Stones”, el noventa y pocos.
Pero no fue una canción
No, nunca fue una canción. Era una línea de una canción. Decía: Si te deja tu novia ya sabes, Crímenes Ortega. Eso era todo. Si te deja tu novia ya sabes, Crímenes Ortega. Nunca supe a que se refirieron con eso. Si el mensaje era matar a la novia, o matarse uno mismo a través de Crímenes Ortega, no sé, nunca supe. Jordi Villa el batería me mandó la letra de la canción. Me dijo que nunca llegaron a ponerle música. Obviamente no salió en el disco, pero bueno, ahí está
¿Se quedó en anécdota?
Se quedó todo en una anécdota, sí
Si te deja tu novia ya sabes, Crímenes Ortega
Sí, así fue
¿Han tenido alguna vez casos en los que el cliente, la persona que pide un asesinato, fuese a la vez el demandante y el receptor?
Tuesday, 19 March 2013
Crímenes Ortega - Ambos Mundos
Paco Ortega juguetea de manera inconsciente con un mechero. Está en medio de una conversación y parecen ser sus dedos de manera independiente y no él quienes toquetean el mechero llevándolo a través de un slalom entre falanges. Paco Ortega está metido de lleno en la conversación. Ha dejado de culear en busca de la posición perfecta. El lugar es una pensión llamada “Ambos Mundos”. El sonido de la Plaza del Pilar se deja caer entre los ventanales abiertos. La pensión está llena de luz artificial. Son bombillas viejas que dan más calor que luz. Paco Ortega dice que el mayor problema de Crímenes Ortega como negocio es la credibilidad y luego también la incomodidad del mensaje, por ese orden. Su interlocutor lleva el pelo peinado a raya con exactitud milimétrica. Cada hebra de pelo en paralelo perfecto con la siguiente.
Esto es como muy victoriano, sabe usted…
La muerte en general vende poco. Cuando asistida por manos profesionales vende todavía menos. Es algo necesario pero mal visto. Muchos clientes solicitan discreción. Reuniones no ya en la sede de Crímenes Ortega sino en bares de barrios de la periferia donde ningún conocido pueda coincidir. Sitios como la pensión Otros Mundos.
La profesión de matar por encargo siempre ha estado relacionada con gente que habla con la boca de medio lado, fingiendo toser, con miedo escénico, gente con prisas
¿Se ha enterao usted de todo lo que está pasando en el Vaticano?
Paco Ortega se sentía incómodo teniendo a aquella gente en la mesa de al lado tan cerca de ellos. Las conversaciones saltaban de mesa.
El hall de la pensión Ambos Mundos no es un hall ni un lobby, es un cuarto de estar donde se han repartido sillones y sillas alrededor de tres mesas camillas.
En el Vaticano hay túneles y pasajes secretos
Paco Ortega tiene mucho interés en la conversación con el hombre del pelo arado. Ha estado esperando meses. Un hombre capaz de reflotar el negocio. Un hombre que le va a dar posibilidades, nuevas aperturas, distintos programas de marketing.
Marketing lo que se dice marketing no es, dice.
Paco Ortega tiene tanta necesidad de escuchar el mensaje del consultor que le es difícil concentrarse en el mensaje. El hombre está sentado enfrente y pese al calor de las bombillas no suda. Paco se recuerda a sí mismo lo importante de la reunión y la necesidad que tiene el negocio de las ideas de aquel hombre y todo ello no hace sino dificultar la escucha.
A hora se le ha metido una canción en la cabeza, una canción vieja, una ranchera que les había oído cantar a sus padres.
El hombre del pelo a raya dice que la necesidad del producto no garantiza nunca el éxito. Lo único que garantiza el éxito es la marca. Pregunta si Paco consideraría cambiarle de nombre a la empresa
¿Qué tiene de malo Crímenes Ortega?
A mí ni me va ni me viene. Esto es para el archivo, para el reporte, para mirar los por si acaso una vez me vuelva a Madrid. A mí ni me va ni me viene, yo cobro lo mismo.
¿Cree usted que el nombre tiene la culpa?
Yo no creo ni dejo de creer. Un tipo que se peina como yo, usted cree, con todos mis respetos, ¿qué me importa lo que opine o deje de opinar?
Lo de Crímenes Ortega se lo puso mi padre, en el cincuenta y tantos, en Yumbo, al norte de Cali, aunque yo, Colombiano lo que se dice Colombiano no soy. Míreme usted, ni la pinta tengo. Si acaso la poca estatura.
El sofá parecía demasiado grande cuando Paco Ortega estaba sentado en él. Un sofá de un rojo tirando a granate que parecía hecho con alfombra desgastada. Un sofá de moqueta vieja. Un sofá que daba repelús. Paco había sugerido abandonar la pensión y sentarse a una mesa en cualquiera de los bares de la Calle Alfonso. El hombre del pelo a raya, yo, no tenía necesidad de moverse de allí.
Se me seca la boca de tanto seguir
Usted de Colombiano tiene poco
Ni la postura con la que me pongo de pie, ya ve usted
¿Lo de la clínica y la eutanasia cómo y cuándo se le ocurre a usted?
Hay ciertas cosas de las que no me gusta hablar en según qué sitios
Esto es como muy victoriano, sabe usted…
La muerte en general vende poco. Cuando asistida por manos profesionales vende todavía menos. Es algo necesario pero mal visto. Muchos clientes solicitan discreción. Reuniones no ya en la sede de Crímenes Ortega sino en bares de barrios de la periferia donde ningún conocido pueda coincidir. Sitios como la pensión Otros Mundos.
La profesión de matar por encargo siempre ha estado relacionada con gente que habla con la boca de medio lado, fingiendo toser, con miedo escénico, gente con prisas
¿Se ha enterao usted de todo lo que está pasando en el Vaticano?
Paco Ortega se sentía incómodo teniendo a aquella gente en la mesa de al lado tan cerca de ellos. Las conversaciones saltaban de mesa.
El hall de la pensión Ambos Mundos no es un hall ni un lobby, es un cuarto de estar donde se han repartido sillones y sillas alrededor de tres mesas camillas.
En el Vaticano hay túneles y pasajes secretos
Paco Ortega tiene mucho interés en la conversación con el hombre del pelo arado. Ha estado esperando meses. Un hombre capaz de reflotar el negocio. Un hombre que le va a dar posibilidades, nuevas aperturas, distintos programas de marketing.
Marketing lo que se dice marketing no es, dice.
Paco Ortega tiene tanta necesidad de escuchar el mensaje del consultor que le es difícil concentrarse en el mensaje. El hombre está sentado enfrente y pese al calor de las bombillas no suda. Paco se recuerda a sí mismo lo importante de la reunión y la necesidad que tiene el negocio de las ideas de aquel hombre y todo ello no hace sino dificultar la escucha.
A hora se le ha metido una canción en la cabeza, una canción vieja, una ranchera que les había oído cantar a sus padres.
El hombre del pelo a raya dice que la necesidad del producto no garantiza nunca el éxito. Lo único que garantiza el éxito es la marca. Pregunta si Paco consideraría cambiarle de nombre a la empresa
¿Qué tiene de malo Crímenes Ortega?
A mí ni me va ni me viene. Esto es para el archivo, para el reporte, para mirar los por si acaso una vez me vuelva a Madrid. A mí ni me va ni me viene, yo cobro lo mismo.
¿Cree usted que el nombre tiene la culpa?
Yo no creo ni dejo de creer. Un tipo que se peina como yo, usted cree, con todos mis respetos, ¿qué me importa lo que opine o deje de opinar?
Lo de Crímenes Ortega se lo puso mi padre, en el cincuenta y tantos, en Yumbo, al norte de Cali, aunque yo, Colombiano lo que se dice Colombiano no soy. Míreme usted, ni la pinta tengo. Si acaso la poca estatura.
El sofá parecía demasiado grande cuando Paco Ortega estaba sentado en él. Un sofá de un rojo tirando a granate que parecía hecho con alfombra desgastada. Un sofá de moqueta vieja. Un sofá que daba repelús. Paco había sugerido abandonar la pensión y sentarse a una mesa en cualquiera de los bares de la Calle Alfonso. El hombre del pelo a raya, yo, no tenía necesidad de moverse de allí.
Se me seca la boca de tanto seguir
Usted de Colombiano tiene poco
Ni la postura con la que me pongo de pie, ya ve usted
¿Lo de la clínica y la eutanasia cómo y cuándo se le ocurre a usted?
Hay ciertas cosas de las que no me gusta hablar en según qué sitios
Subscribe to:
Posts (Atom)