Saturday, 8 April 2017

O"Hare Airport

“Primero tienen que desplazarse a la montaña”
“¿Dónde?”
“En los Cárpatos”
“Rumanía”
“Sí”
La montaña tenía unas características muy particulares. Tenía que ver con prismas y ángulos. También con niveles de acceso y con vistas espaciales. Para que el proyecto resultase exitoso la montaña tenía que ser fotogénica desde arriba. La montaña pasará a ser propiedad intelectual de los mecenas rusos.
“La montaña no la pintará mi madre. Un equipo a sus órdenes. Dividirán el terreno por tramos y cada pintor su tramo. Un cuadro dividido en muchos cuadros”
“La Capilla Sixtina”
“Sí, pero pintada por trescientos pintores”
“La Capilla Sixtina en tiempo record”
“Empezar el lunes y terminar el viernes, algo así”
Un grupo de adolescentes, mayormente chicas, ha entrado al bar demandando una mesa. Tras serles denegado acceso una de las niñas se ha erigido en portavoz y se ha quejado. Uno de los managers ha tenido que salir para calmar los ánimos. Otra chica ha sacado un móvil del bolso, ha llamado a alguien y le ha pasado el móvil al manager quien tras haber conversado durante medio minuto ha devuelto el teléfono e invitado a escoger la mesa que quisieran. Las chicas lejos de dar las gracias se han quejado y una de ellas ha dicho que era demasiado tarde, el daño ya estaba hecho, ahora no les daba la gana comer en ese restaurante de mierda. Marian quiere saber quién era la persona del teléfono. El padre de la niña. Trabajaría de qué, de ministro. Un comensal llama al camarero y pide chuleta poco hecha. Le pregunto a Marian si está segura de no querer cenar allí. Me pide que le hable del dron. Con media cerveza por beber me entra modorra. El proyector ha parado con las fotos y ahora es una ventana y lluvia. Gotas resbalando cristal abajo. Marian quiere saber cómo consiguen el efecto de luz para que parezca tan real. Un hombre se pone a tocar el piano con violencia. Pregunto por el señor del violín y me dicen que lo ha destrozado, ese es el fin del acto. Alguien pide un Tom Collins y los acordes del piano me inyectan moral. Marian pregunta si tengo la tarjeta de la meditación.
“La montaña la eligen después de haber desechado cuatrocientas mil. Esto es como el petróleo”
“Texaco”
“Sí. Cuando uno se pone a…” levanta la vista y llama al camarero para que le traiga un té con limón. Yo pregunto si hacen tostadas con huevos, como en el desayuno. Me dice que tiene que hablar con el cocinero. Dos, tres huevos como mucho. Qué cocina que se respetase no tenía huevos y pan. “Es como las petrolíferas, eso me dijo mi madre”
“¿Desde dónde llamó?”
“Tel Aviv”
El camarero vuelve y pide disculpas. Los huevos revueltos no pueden llevarse a cabo no por falta de huevos sino por un código que solo tienen con el desayuno. Podrían hacerlo pero luego no tendrían modo de cobrarlo. Un código de barras, algo que ver con el nuevo sistema informático. Sanidad, seguridad, higiene, control de productos… Ahora ya no era cuestión de sacar una sartén y ponerse a hacer lo que fuera. Existían ciertos códigos. Se jugarían el puesto.
Tel Aviv era un punto en el camino, estaba de paso. Cómo le gustaría a ella poder ver mundo como su madre.
“Aquí tenemos de todo”
La montaña había sido elegida por eliminación. Primero un equipo de geólogos, igual que en las petroleras, luego una selección, hacer balances, considerar diversos aspectos, acceso de materiales, personal, facilidades respecto al campamento. Respecto a la montaña, dimensión, forma y contenido. Montaña muy prismática, muy plana, muy aguda.
“¿Y la pintura?”
“Un aerosol especial usado por la NASA”
“¿Está en Tel Aviv?”
“Estaba de paso. Viajes con muchas escalas, procesos de aproximación. Se viaja desde un aeropuerto importante, digamos O’Hare. Se coge un taxi desde el Intercontinental que hay en el downtown, Michigan Avenue. Comer antes de salir. Comerse un filete en el restaurante de Michael Jordan. Pedir un taxi. Salir de Michigan Avenue, coger Ontario Street y seguir hasta empalmar con la I-90. Cuarenta y cinco minutos. Una hora como mucho si el tráfico es malo. Llegar a O’Hare. VIP Lounge. Un martini. Dos martinis”
“Tres martinis”
“Tres martinis siendo mi madre. Miedo a volar”
“Nunca tuvo miedo a volar”
“El viaje empieza desde un aeropuerto grande, digamos O’Hare”
“¿Qué hacía tu madre en Chicago?”
“Robert”
“Ah”
“Se empieza desde un aeropuerto colosal. El asiento es el 3A. Siempre pide el 3A. Champagne, canapés, somnífero y despertar al otro lado del charco”
“Londres”
“Londres, Madrid, Frankfurt, Paris, Amsterdam… un aeropuerto un poco más pequeño que O”Hare. Dos o tres noches en Europa para aclimatarse”
“Como quien sube un ochomil”
“Dos tres noches donde se trabaja en el proyecto. Se mandan emails que no son leídos de inmediato por el cambio horario. Emails cuyo destinatario puede estar en California, en San José. Dificultad para dormir. Comer lo justo. Pasear por el parque de turno. Acudir a una galería. Cenar en un sitio por recomendación”
“Ya que estás allí”
“De vuelta al aeropuerto, se toma otra conexión. Generalmente a un aeropuerto menor”
“Tel Aviv”
“Sí. Y una vez allí vuelta a la aclimatación. Conforme avanza el proceso, en los lugares de aclimatación hay menos que hacer. Las ciudades se van comprimiendo. Desde Tel Aviv se vuela a un lugar poco conocido. Las conexiones se van volviendo escasas. Cada vez hay menos donde elegir hasta el punto de  que se termina usando una aerolínea donde no hay business class. Se termina volando en aviones más pequeños. Vuelos de veinte o treinta pasajeros”
“Así hasta destino”
“No. Generalmente se llega a un punto en el que ya no se pueden coger más aviones. Hace falta un tren, un autobús, un jeep 4x4”
“Hace falta un guía”
“Gente de dentro de la organización. Gente de confianza. Gente que lleva esperando días. De ahí se viaja a otro lugar que sin ser el destino final queda muy cerca”
“Una especie de campo base”
“Sí. Se avanza hasta que el modo de transporte ya no se puede volver más pequeño. Es como una muñeca rusa, todo cada vez más pequeño. Generalmente se empieza en un aeropuerto importante como O”Hare”
El camarero trae té con limón para Marian y otra cerveza para mí. Le he pedido que no saque más palomitas. Una partida de más de veinte personas entra en la sala. Tenían una mesa reservada. Debía de ser esa, la grande. Parecen muy contentos. Los hombres van todos de traje. Hay diversas generaciones.
“Ahora las grandes expediciones parten del campo base del Cho Oyu o del Gasherbrum II. Antes partían de Waterloo Station, de Zanzibar, del departamento de geología de la universidad de Edimburgo. Ahora hay una especie de necesidad de acercar el acercamiento. No se camina donde es plano. Mucho menos si hay asfalto. No tengo muy claro adónde voy o quiero ir con este argumento. No sé si me explico”
“Tu madre. ¿Cuándo viene?”
“No sé” dice terminándose el té y levantándose de la mesa. “Me dice que no entiende como puedo vivir aquí. Entiende que esté enamorada y lo demás pero lo de vivir aquí… me reprocha que no me educó de la forma en que me educó para  que terminase viviendo en una especie de centro comercial”
“Aquí tenemos de todo”

Friday, 7 April 2017

Kebabs de cordero

      “Quiero ir a la playa”
“Han abierto una nueva en el ala oeste”
“A esa no, a la de verdad”
Se veía el mar desde los balcones. Un mar perfeccionado. Un mar al que la gente se refería como “el otro mar”. Siempre venía con agua cristalina y llevaba su sal por aquello de los sentimientos y la máquina de viento y rachas de alto oleaje cada quince días cuando el circuito de surf pasaba por el Complejo Miramar, previamente anunciado en carteles iluminados que ensalzaban por encima de todos competidores a un tal Barrabás Wilson, un tipo de los de nunca-jamás-antes-se-vio-cosa-semejante, alguien capaz de moverse sobre una tabla de surf como se movería usted por el salón de su casa, olas gigantes y el tipo éste encima de la tabla sujetando una tostada en la mano, despreciando la gravedad, sujetando la velocidad del agua por el pellejo. Barrabás Wilson que venía al Complejo Miramar del 6 al 14 del mes que viene. Más de veinte surfistas que harían el deleite de niñas y no tan niñas.
“¿Y tú, el surf?”
“Nunca me dio por ahí”
“¿Nunca te dio por ahí?” enfatiza Marian con una carcajada al final, intercambiando el signo interrogativo por la burla.
Ella quería ir a la playa pero a la otra, a la real donde los vertidos tóxicos y los buques mercantes, donde los escaparates con máquinas tragaperras y las chucherías, donde el alimento calorífico y el sonido de las sirenas de los coches  de policía en persecución constante de chavales pertenecientes a bandas de traficantes, los enemigos de lo ajeno. La playa con sus muelles descuidados, tablones de madera podrida, la corrosión, el olor a neumático. Donde la vida real, solía llamarle Marian. Donde las chicas van con minifalda y llevan trenzas y los chicos se desabrochan las camisas cada vez que un banquete, una comunión, una fiesta de cumpleaños. Había un cura, me había dicho, en una de las misiones de Santa Fé, un cura surfista ex cantante y ex heroinómano por igual. Un edificio casi en llamas que hacía esquina con uno de los antiguos centros comerciales del bulevar principal, las palmeras de a dos como columnas romanas, la dejadez con la que cae el sol en ciertas partes de la costa Californiana, el olor a frito que se mezcla con el salitre. Donde la vida real, decía Marian queriendo salir del complejo, alegando que su amiga Frederica iba a venir a visitarnos desde la otra punta del país donde la climatología es adversa y los complejos más arropados, donde los abrigos de zorro de granja, donde una fiesta sin Bellinis no es una fiesta. Su amiga Frederica, me dice sin estar decidida del todo sobre si subir a otro bar o acercarnos a comer sushi a la 42.
“Al marroquí donde se puede fumar en pipa”
Había un club donde una banda inglesa tocaba canciones de los Rolling Stones y los Beatles y donde se podía comer barbacoa vegetariana y zumos de cualquier tipo de vegetal. Bebidas para el alma, que les decían. Daban un formulario donde hacía falta rellenar datos, explicar el tipo de persona que se era generalmente y el tipo de persona que se era en ese justo momento, cómo se sentía uno, qué había hecho durante el día, cómo se sentía en ese preciso momento, cómo le gustaría sentirse, de qué había padecido de pequeño. ¿Acaso tenía sueños de grandeza? Un aparato leía las respuestas y emitía un comunicado no solo con el zumo exacto que se había de tomar sino con la cantidad exacta de ingredientes. Más zanahoria, menos remolacha, más extracto de espárrago, etc etc.
“Frederica vive en un complejo sin balcones ni terrazas”
“¿Nueva York?”
“Algo por el estilo”
Le sugiero otro restaurante que no es marroquí sino persa y donde también se puede fumar en pipa. Sobre todo carne a la barbacoa. Kebabs de cordero. Me pregunta por la procedencia del cordero. Eso habría que preguntarlo. Pero lo mismo podría fumar en pipa y no haría falta comer con las manos. Un restaurante persa con vistas al sur. Me pide que le cuente otra vez eso de los drones, del dominicano al que Sixto le ha encargado seguir a un dron. Le explico que Sixto se lo ha encargado a Richard pero que éste va a delegar la operación física en el dominicano. Existen pólizas sobre cualquier operativa más allá de las fronteras del Complejo Miramar. Existen unos procedimientos que alguien de legal se molestó en redactar.
“¿Cómo está tu madre?” pregunto considerando pedir más Heineken para demorar la elección del restaurante.
“¿Por qué no cenamos en casa?”
El camarero trae dos cervezas y más palomitas y una nota explicatoria sobre consecuencias potenciales ante la consumición de una tercera Heineken. La nota explica posibles sentimientos, argumenta posibles conexiones cerebrales, picos de depresión, cansancio, decadencia, dependencia. Marian lee la nota y luego la firma. Yo la firmo sin leer nada. Después del segundo trago me habla de su madre y de lo poco que le apetece la visita de Frederica. Me habla de un viaje cuando era pequeñita, con sus padres, a las Cataratas Victoria. Me habla del carácter explorador de su madre Sonsoles. Me dice no haber echado de menos nunca a su padre. Quererle lo quiso pero de lejos, como se quiere por obligación. Un amor de pasaporte, de formulario, de casilla que es preciso marcar. Sonsoles trabajaba para un mecenas ruso en un proyecto artístico faraónico.
“Hace falta pintar una montaña, algo así” dice mirando para otro lado.
Por los altavoces se escucha la voz de Otis Redding cantando I’ve Been Loving You Too Long. Marian no se da cuenta, no conoce la canción ni la historia que hay detrás. Hubo un asesinato de alguien muy famoso, a punto estoy de decirle para explicarle el sentido de la canción. La miro de frente. Se lleva la botella a los labios, da un sorbo y mantiene la cerveza en el paladar como tratando de masticarla. Arquea las cejas y las pecas de la frente hacen un sube y baja.

Saturday, 1 April 2017

Kareem Abdul-Jabbar


    A Marian le costó mucho adaptarse no solo a la vertiente sureste sino también a la década 70, los pisos entre la 70 y la 79. Otra gente, otra cultura. Los niños jugaban de forma distinta en aquellos parques con bancos invertidos y paredes de cartón piedra. Los monitores detenían cualquier pelea. La guardia autómata no discriminaba raza, estatus, origen, religión. En el complejo no había iglesias ni mezquitas. Había centros de entretenimiento que producían documentales, series, películas y conciertos. Un tipo de Illinois descuartizaba un violín, literalmente. Un caballero albino. Vestía traje gris, tocaba siempre en el mismo bar, en el Psicotrópico de la 24. Un piano bar, cacahuetes en la barra, mujeres con zapatos de tacón, gente que sale del trabajo. Un bar de paso. Un piano bar antes del sushi o del marroquí donde se come con las manos. Marian y yo salíamos mucho porque no se terminaba de acostumbrar al piso. Hablábamos mucho de estados de ánimo y como pasar de uno a otro. Me hablaba de la zona oscura del complejo, donde no daba el sol, la temperatura que era distribuida como si fuera electricidad. Controlaban el viento, me decía mientras nos sentábamos a beber algo, ella tan poco arreglada, yo todavía con la ropa del trabajo. El bar nunca estaba lleno. El señor albino de Illinois descuartizaba el violín. En las paredes del bar las imágenes se desencadenaban. Charlie Parker y Winston Churchill. Neil Armstrong, Rostropovich, Gaudí. Dos cervezas Heineken y palomitas. Sentarnos el uno frente al otro. Hablar de neuroplasticidad. Hablar del escándalo destapado dentro de la organización del medio maratón del ala oeste al haber sido demostrado que se habían corrido dos kilómetros de más. En esta fecha, en este tiempo, decía Marian cansada. Ahora que los GPS, ahora donde nadie daba una zancada sin que quedase registrada. 
  Había un sitio donde todavía se podía fumar. Un balcón en un piso en desuso en la planta treinta y algo de la zona norte. La dirección exacta del mismo no estaba registrada. Había que recorrer ciertos pasillos, subir escaleras, llamar a puertas, dar contraseñas. Había que ganarse el derecho a fumar. Luego el balcón donde unas sillas y una mesa grande blanca de plástico, de jardín, y un aparato donde soplar el humo. Una especie de agujero negro portátil. “Que yo sepa nadie gana dinero con ello” ha dicho Marian sin especificar. 
En el complejo no había diferencias horarias pero sí distintas jurisprudencias. Las leyes y los gobiernos eran distintos según en la planta que se estuviera. De la -20 a la 10 regía mano dura. La norma suavizaba conforme se iba subiendo. Ciertas condenas consistían en un descenso de planta. Expulsión de la cuarenta para arriba. Incapacitación para vivir por encima de la veinticinco. De la ochenta para arriba no era necesario disponer de un permiso de armas para estar en posesión de las mismas. Había quien aseguraba que un tipo de la ciento quince tenía una zebra que soltaba por los pasillos sin que a nadie de la vecindad le molestara.
“El hecho de que la ciencia y la tecnología hayan matado el oscurantismo, las creencias en seres superiores, el miedo a las tinieblas, aquello de que la tierra era plana y en cierto kilómetro existía el fin del mundo generalmente representado por una catarata, un pliegue, un ángulo de 90 grados por el que se caía el agua del mar al fin del mundo… el hecho de que el futuro haya desmontado todo eso tampoco ayuda”
De Rick Manniesky todavía no le había contado. Había un pueblo en Afghanistan. Lo mismo un viaje donde documentar cierta evidencia que pudiese servir de moneda de cambio. En las entrañas del complejo, más allá de los cimientos, existían cajas fuertes donde no solo se guardaba dinero. La corporación disponía de terabytes donde videos, cartas, confesiones, moneda de cambio. Un tipo llamado Rick Manniesky. Un chaval joven, muy bueno con el mando del videojuego, experto en blancos móviles. Una granja en medio de la nada que en verdad era base militar. Un espacio esponjoso donde los soldados no eran soldados, donde nadie gritaba a nadie, donde cada dos horas una señora llamada Nancy hacía su entrada en la sala trayendo smoothies de fresa y plátano, galletas Oreo, paninis de atún y queso. Marian se distraía en aquel bar. Hablábamos de estados de ánimo y cómo corregirlos. Sabíamos exactamente por qué nos sentíamos como nos sentíamos. Estaba documentado. Si usted quisiera sentirse de otra manera haría falta apretar un determinado botón. Engañar al cerebro. Neuroplasticidad. Marian hablaba de los pros y los contras del avance científico. Dudaba si sería distinto si la tierra fuese plana. ¿Viviríamos de otra manera? ¿Sentiríamos de otra manera? El vacío ese que solo era comprensible desde el punto de vista de un dibujo animado. Scooby Doo navegando en una canoa que a punto está de precipitarse por el fin del mundo, una catarata sin fondo, un descenso sin suelo contra el que aplastarse. Todo muy romántico.
Yo llevaba tiempo queriendo salir de allí. Alquilar un coche y salir a campo abierto. ¿Cuándo fue la última vez? Una semana, un mes, un año… El complejo Miramar ejercía un peso gravitacional sobre el individuo y su memoria. Los restaurantes se confundían los unos con otros. Los centros comerciales eran todos el mismo centro comercial. La gente compraba artículos por internet que eran despachados desde las mismas tiendas que había veinte plantas más abajo. Como en cualquier ciudad había zonas ricas y zonas pobres. Cuanto más arriba, más dinero. Había gente lo suficientemente rica como para poder permitirse descender en parapente desde las zonas nobles hasta las zonas verdes recreativas. Tres cuartas partes del espacio aéreo que envolvía al complejo quedaba restringido a drones.
“Hablando de drones. ¿Te acuerdas de Fernández, el dominicano?”
Marian se toca el pelo. Se queja de las raíces. Me pregunta cuándo fue la última vez que fue a la peluquería. Se da la vuelta y busca con la mirada al camarero.
“Su labor es seguir a un dron muy específico. Existen sospechas. Le han dado un número de serie. Le han puesto un coche. El dron en cuestión tiene dos rutas pre-determinadas. Alguien ha dado un chivatazo. El dron se desvía de cuando en cuando. Nadie sabe adonde va. Fernandez tiene órdenes de seguirlo dondequiera que vaya”
“¿Seguir a un dron?”
     El camarero se da cuenta, se mete detrás de la barra y vuelve con dos cervezas y más palomitas. Marian suspira muriéndose por un cigarrillo. Un matrimonio se sienta en la mesa de al lado y discute si cenar allí mismo. En la pared del fondo una imagen de Kareem Abdul-Jabbar es proyectada de forma momentánea.

Sunday, 5 February 2017

Las Pesquisas del Ambulatorio (Polaroid IV)

Gente de pie, alarga el cuello hacia las pantallas informativas esperando un número para saber hacia donde tirar. Hubiese preferido coger otro tren, más tarde. Haber dejado que pasara el aluvión de la hora punta. Olía a café y bacon. Yo también sujetaba un café. Había llegado con veinte minutos de antelación, todavía tardarían diez o quince en señalar el andén. Desde donde estoy hay otra gente que tal vez espere el mismo tren. Una muchacha con gorra de lana a cuadros, falda y leotardos. Doy una vuelta esquivando paquetes y maletas. Un chaval de veinte años aporrea un portátil. Lleva auriculares enchufados al ordenador como si de un cordón umbilical se tratara. Solo han pasado cinco minutos. Me doy la vuelta y busco un café. Me siento y pido un americano.

Llevo una libreta. Dentro de la libreta guardo un papel doblado. En el papel, con tinta azul, una dirección a la que acudir. Todavía no hablé con nadie. El café está mejor de lo que había previsto. El aroma me devuelve por un instante al aquí y ahora. No le dije nada a nadie, ni a la policía ni a mis padres. Suena el móvil, es mi padre preguntando por qué no estoy en casa. Le pasa el teléfono a mi madre. Me dice que no está bien visto salir de casa el día después del funeral, a la gente tal vez le de por pensar que no me importa tanto como debería. Tal vez se dude sobre mi educación. Me pregunta por desayunos, comidas y meriendas. Quiere saber el número y la cantidad de alimentos ingeridos y por ingerir. Me llevo la mano a la garganta. En una pantalla compruebo que debo dirigirme al andén siete. Veo a gente que reacciona y se pone en marcha hacia el mismo andén. Le pido al camarero que me ponga el café para llevar. Detrás de la barra ejecuta el trasvase sin derramar una gota. El teléfono vuelve a sonar. Es Bruno preguntando cuándo tengo pensado volver al trabajo. No tiene prisa, solo necesita una aproximación. Me dice de una chica llamada Elvira, madre soltera, dos hijos, con necesidad de ponerse a trabajar… Bruno ha pensado que si necesito dos meses le gustaría contratar a esta chica. ¿Cuánto tiempo necesitaba uno para reponerse de una muerte semejante? Me subo al tren y el teléfono vuelve a sonar. Es mi hermana Aurora a quien casi no la entiendo porque lo dice todo llorando. Me dice que está en mi casa, ha usado la llave que le dejé hace tiempo.

El tren arranca casi imperceptible y más allá de la ventana se aprecia la estructura de acero que sujeta el tejado. Viejas vigas pintadas de negro con adornos barrocos. Paredes de ladrillo rojo, tragaluces, escaleras de caracol. El tren avanza, apago el móvil. Durante un rato deposito los ojos en la ciudad al revés, del centro a las afueras. El aglomerado de la ciudad, la falta de espacio, los edificios que coagulan para ir clareando muy poco a poco, progresando en calles marginalmente más anchas, con fachadas mayores. Un rato después el extra radio. Luego la separación donde caben solares. Finalmente, el campo abierto. Una inyección de viento fresco. El verde y el marrón. Saco la libreta, despliego el papel. Saboreo el café meditando encender el móvil. En el papel, una dirección muy concreta, una hora. Una cita como las de antes de que aparecieran los móviles. Si no encuentro a la persona no podré ponerme en contacto ya que se me olvidó preguntar el número. El miedo hizo que barajase la posibilidad de llamar a la compañía de teléfonos y preguntar si era posible que averiguasen el número de teléfono desde el cual me habían llamado a las siete de la mañana.

Aunque sé de sobra que estás muerta, el viaje en tren hacia este nuevo destino me produce cierto confort. Ahora que nadie más sabe, ahora que están todos llorando del otro lado de la línea que delimita estas dos ciudades, yo me siento más cercano a ti, más del mismo bando, ese al que solo pertenecemos tú y yo. Voy en tren hacia tu encuentro con una especie de esperanza no por encontrarte viva sino por estar solo a tu lado, por tocar tu cuerpo frío, solo yo, sin nadie alrededor que se atreva a compartir el dolor.

Gente se levanta para ir al baño del vagón B. Casi todo el mundo trabaja con pantallas. Un señor habla por teléfono sobre una operación bilateral. Una chica viaja con su perro. Las paradas van cayendo como fichas de dominó. A la hora indicada el tren se detiene en su parada final. Del otro lado del vagón está el andén y más allá los pilares y los portales con arcos, los chaflanes, un jardín interior, ventanales de oficinas con marcos de escayola, baldosas de terracota, escaleras mecánicas, ladrillo rojo y estructura metálica cruzada.

En la cola de taxis la gente fuma. Le digo al conductor el nombre de la calle y me pide que le enseñe el móvil. Se extraña de ver la dirección anotada en un papel, a mano. Reparo en darle el papel por la importancia del mensaje y por la naturaleza del mismo. Esos trazos con bolígrafo azul son una prueba. Pone la dirección en el navegador y me devuelve el papel. Lo meto en la libreta y me pongo a pensar lo que diré o no diré cuando llegue a mi destino. Una calle y un número. El estado de shock me impidió hacer preguntas. ¿Qué tipo de edificio era? Un piso particular, una oficina, un almacén, una tienda tapadera…

Una calle estrecha, de las que unen dos calles mayores. No hay tiendas ni bares. Es una calle corta de fachadas que se echan la una encima de la otra. En los portales no todo son viviendas. Existen clínicas privadas, pequeños negocios, aulas donde se imparten clases de idiomas. El edificio es el número veintitrés. Tercero B. Al presionar el timbre no escucho ningún sonido que pruebe que el dispositivo funciona. No reconozco al señor que contesta. Creo que no es el mismo con quién hablé por teléfono, aunque la recepción no es buena, el aparato distorsiona. No sé muy bien cómo presentarme, si es bueno explicar el motivo de mi visita. La voz me pregunta qué quiero, a quién quiero ver. Le contesto que no sé a quién vengo a ver ya que se me olvidó preguntar. El mecanismo se acciona. La puerta se abre. Las piernas me flojean al ver las escaleras. Es posible que del otro lado esté tu cuerpo inerte.

La puerta se abre y no sabría decir si es el mismo hombre con quien hablé por teléfono o el que me respondió por el portero automático. Tal vez no sea ninguno de los dos. La estancia tiene aspecto de no ser una vivienda. Escucho alguien al teléfono en otra habitación. Las puertas están abiertas, la luz fluye por dentro. Escucho alguien trabajando en un ordenador. La radio está puesta. A la entrada hay un perchero grande con tres chaquetas colgando. Una de ellas es de mujer. También hay un sombrero bombín y un bastón.

Se llama Rodrigo y es un placer conocerme. Viste chaleco, una cadena de reloj asoma del bolsillo. Lleva gafas de pasta y bigote cano. Es educado. Me invita a dejar la chaqueta en el perchero. No me inmuto. Parece que no es la primera vez que se enfrenta a una situación similar. Me enseña el camino hacia la habitación donde se me espera. Respiro hondo tratando de apaciguar el pulso. Inspiro tratando de oler todo lo que habita el piso por si acaso tu cuerpo yaciera en alguna de las habitaciones. Por el pasillo veo dos puertas cerradas y me pregunto si detrás de alguna de ellas estarás tú, o lo que queda de ti, lo que fue. El camino a la habitación donde hay luz, voces y movimiento se me hace eterno por la posibilidad de verte. Es como el momento previo al accidente, al impacto. Todo se ralentiza. Se tarda mucho en doblar la esquina. Del otro lado del tabique suena un teléfono. La voz que contesta es la voz con la que hablé, estoy seguro. La voz que me comunicó estar en posesión del mismo cuerpo que habíamos enterrado.

“El cuerpo no está aquí” me dice quitando periódicos de una silla para que me pueda sentar.

Sunday, 29 January 2017

Polaroid III

El teléfono sonó temprano. Contrariamente a lo que me había indicado la gente dormí bien, de un tirón. Despierto al sonido del teléfono y percibo sequedad en la boca por el vino y el tabaco. Las cortinas están abiertas. La luz se cuela tímidamente. Sujeto el teléfono con la vista fija en las cortinas. Escucho una voz mientras trato de recordar la procedencia de las mismas. Un lugar, una fecha. Producto de una necesidad. Un regalo de bodas. La voz al otro lado del teléfono me resulta desconocida. Lo primero que detecto es un tono distinto al tono que usó todo el mundo en el funeral. Una voz ajena a lo sucedido. Es un hombre. Me habla de manera oficial. Me pregunta nombre y apellidos. Me exige claridad. Necesita saber con seguridad que soy yo quien le habla, que vivo en el lugar en el que vivo, que estoy casado contigo. Me dice gravemente que tiene algo que decirme, algo que no es fácil de transmitir ni por teléfono ni en persona. Yo no digo nada. Él aguanta el momento. Escucho lo que sería un intervalo de su respiración, un trozo de aliento.

“Me temo que su mujer ha fallecido” me dice dolorosamente. “Me temo que su mujer está muerta”

Tardo en reaccionar. La palabra “muerta” lleva mucho peso, mucha densidad, es una palabra maciza y difícil de mover, poco maniobrable. La persona con la que hablo no se ha introducido pero me habla de usted. Me dice “su-mujer-está-muerta” con una semana de retraso.

“La enterramos ayer” acierto a contestar con mi voz a medio despertar, con la mirada y la mente todavía en las cortinas.
“No no, su mujer ha muerto”

Echo la mano a tu lado de la cama, la palma boca abajo, dejando que la sábana me sujete. Toco el espacio vacío de tu cuerpo para constatar tu muerte. De momento no contesto nada. La voz al otro lado del teléfono me empieza a contar detalles de tu muerte. Luego se para y me pregunta;

“¿Qué quiere decir usted con eso de que la enterraron ayer?”

Hubo un entierro, sí. Vino gente. Algunos porque quisieron, como mi primo Jimmy y su novia Rosalita. Otros porque era lo correcto o porque no les quedaba más remedio. Mario Lindau vino pero tuvo la mente en otro sitio, en un partido de los Sixers que había puesto a grabar y que vería tan pronto llegase a casa. Pero hubo un entierro, sí, y canapés, incluso una botella de champagne que fue abierta para ensalzar que allí se estaba celebrando una vida. Un corcho que hace pop para subrayar un más-a-mí-favor. Hubo entierro, claro que hubo entierro.

“Pero el cuerpo” dice la voz quedándose a medias. “El cuerpo… ¿Hubo entierro?”

Vino gente de lejos. Hubo algunos que aprovecharon para fumar. Hubo quien bebió más de la cuenta. Las horas avanzaron y la gente se fue marchando. Todos tenían una casa a la que marcharse. Un sitio donde continuar con las cosas que pasaban. El entierro como paréntesis.

“Su mujer está muerta” repite como si hablásemos idiomas distintos.
“Ya lo sé”
“¿Pero cómo que ya lo sabe?” dice con indignación.

Un golpe de incredulidad hace que me despierte más rápido de lo normal. Estoy sentado en la cama, los pies descalzos sobre el parqué, ya no miro las cortinas, ahora trato de mirarme dentro de mí mismo, buscando una explicación a esas palabras chocantes. Te has muerto dos veces. Primero hace una semana cuando el accidente y ahora otra vez. El tipo que me habla no le encuentra la gracia.
  La enterramos ayer. Vino mucha gente a casa. Mi madre se encargó de la comida. Compró salchichas frankfurt en miniatura, de esas que van envueltas en bacon. Las compró porque sabe que me gustan mucho. También puso albóndigas, misma razón. Debió de haber ido al supermercado sin tener ni idea de lo que se prepara en esas ocasiones. Al no saber terminó comprando cosas que me gustan a mí, como si fuera mi cumpleaños y no el entierro de mi mujer. Vino mucha gente. Diría que más de veinte. Hubo quien vino de lejos. También hubo gente del barrio. Existe una iglesia donde se celebró el sepelio. Una parroquia asociada a una diócesis. Un cura párroco que responde a otro superior. Un arzobispo al cargo de todo. Existe un cementerio donde te llevamos a descansar para siempre.

“En otros países no esperan una o dos semanas a enterrarlos. No los tienen en un frigorífico. Después de enterrarlos se puede decir eso de que el cuerpo está todavía caliente”
“¿Está usted seguro de que hubo un entierro?”

Todavía quedarán signos abajo, en el salón. Todavía estarán las colillas en el porche de quien salió a fumar. Habrá cientos de signos. Copas y vasos nunca usados con anterioridad al funeral, habrán sido guardados en el lugar erróneo, en el armario que no es, en la balda equivocada. Habrá signos de interrupción. Algún abrigo olvidado, olor a flores y a perfume de mujer mayor.

“El lavavajillas estará lleno” le digo poniéndome de pie.

Vuelve a preguntarme mi nombre. Me pregunta también por ti. Describe tus rasgos faciales a la perfección. Describe el jersey de Ralph Lauren azul marino que tanto te pones. Describe unos pantalones negros, unos botines de ante. Me habla del reloj que te regalé el año pasado, Vivienne Westwood. Sugiere que busque en el armario el jersey Ralph Lauren. O el reloj. Antes de que me ponga a buscarlo me dice que no lo haga.

“La tengo aquí a mi lado” confiesa con dificultad. “El cadáver de su esposa lo tengo aquí al lado. Lleva el jersey, los pantalones, el reloj… su cartera con todos datos, su licencia de conducir…”
“La enterramos ayer” protesto un poco emocionado.

Me habla de la marca de nacimiento que llevas en el antebrazo derecho. Me cuenta el peinado que llevas, las pecas a ambos lados de tu nariz, la cicatriz en el dedo, los pañuelos en el bolsillo. Me dice hasta las muelas que llevas empastadas.


He dejado el teléfono tirado en la cama. Ayer en el entierro no lloré en todo el día. Rebusco en el armario y aparto ropa de en medio con lágrimas en los ojos. Saco todos tus pantalones y no lo encuentro. Tampoco doy con el jersey. Bajo abajo corriendo y miro por si acaso en la lavadora o en el cajón de la ropa sucia. Allí tampoco. Sin fuerzas para subir arriba y enfrentarme al teléfono me quedo allí abajo, en el suelo, junto a la lavadora, con la puerta abierta, sin entender nada.

Sunday, 15 January 2017

Polaroid II

No sabría decir cuánto hay de tradición y cuánto de gesto espontáneo, cuánta pena detrás del maquillaje, de la cara compungida del amigo o del compañero de oficina que luego se va a su casa, sin culpa alguna, y se afloja el nudo de la corbata y se vuelve a duchar con jabón Sanex y luego baja a la cocina donde existe una máquina de hacer palomitas que salen exactamente como las del cine. No hay culpa alguna. Se abre la nevera y se agarra una botella de Heineken y se comen palomitas y se extiende la mano para rozarle las rodillas a la mujer que se acurruca en el tresillo rinconera. Se acude al funeral sin pensarlo, en muchos casos no hay otra opción. Un ritual pasado de mano en mano. Un tiempo para la reflexión, para mirar fotos del finado, para recordar momentos, la imagen de lo que parece un campamento de verano donde se posa con gesto infantil junto a la persona que acaba de morir.
  Cuando la gente empieza a marcharse no sin antes regalar el gesto más desesperado de todos (se expresa mucho dolor nada más ver al viudo y justo antes de marcharse), el volumen desciende, hay menos pasos en la cocina, menos chin chin de platos, menos movimiento. Ya casi no hay niños a los que gritar para que tengan cuidado mientras juegan al fútbol. Las voces se van apagando y sin embargo eso no significa que los ánimos se calmen dentro de mí. Si acaso todo lo contrario. Cuando las caras van descendiendo en números, cuando ya no hay gente alrededor de esa que es familia lejana o que eran amigos tuyos, entonces nada se va calmando sino lo contrario, el desasosiego crece porque el escudo de la gente se desvanece. Cuando ya solo quedamos cuatro gatos (incluido mi padre), la anestesia va dejando de hacer efecto, las moraduras invocan el dolor y ahora soy yo quien sale al patio a fumar los cigarrillos que alguien ha dejado tras de si. La adrenalina permite que pueda ver y escuchar todo de cerca. El sonido del disco de freno de un coche que ha parado a dejar a su cita en casa, el beso encima del volante, la promesa de volver a verse, de llamarse luego, de no acostarse muy tarde. Escucho a mi madre toser desde la cocina. Escucho a Carol respirar nasalmente como si la tuviese al lado. Escucho a la perfección el sonido de mis órganos, la mecánica hidráulica del corazón, el pulso sanguíneo, el oxígeno filtrado por los pulmones. Puedo escuchar hasta la saliva que desciende garganta abajo. El salón se queda medio vacío y el ritmo se descompone. En el jardín abundan colillas. Las pocas conversaciones que quedan van mutando. Hay ofertas de quedarse a dormir aquí. Hay promesas de volver tan pronto amanezca. Hay posibilidades múltiples. Se hace mucho hincapié en el cansancio mental. Se intercambian recomendaciones de pastillas y vitaminas.
 Toda esta gente ha venido a verme porque tú te has muerto, porque te ha dado por morirte, así de repente. Han venido desde cerca y de lejos. Vecinos, amigos, familiares, colegas de oficina, ex-compañeros de colegio, gente del barrio… Ha venido hasta Marcelo el de la frutería orgánica donde comprabas zanahorias que luego te ibas comiendo por la calle estilo Buggs Bunny. Han venido todos y algunos traían flores y otros comida y algunos incluso bebida. Creo haber escuchado incluso una botella de champagne siendo abierta. Alguien ha traído champagne por considerar que venían a celebrar tu vida y no a llorar tu muerte. 

 Para mí los funerales, sean de quien sean, siempre han equivalido a lo que sería celebrar una derrota. Perder una final de esas gordas, una Superbowl, un campeonato nacional de universidades. Perder de la manera más dolorosa posbile contra Alabama Crimson Tide o contra Richmond y sentarse luego a celebrar el partido y la manera en la que se jugó.

Polaroid

Me agarran el brazo cuando me hablan. Nunca antes me habían agarrado del brazo para hablarme. Tal vez con cinco, seis, siete años. Mi madre me agarraba para que no me fuera corriendo. Tenía algo importante que decirme y la única manera de mantenerme escuchando era agarrándome, por la fuerza. Igual que un dibujo animado que trata de arrancar corriendo en el sitio hasta que finalmente lo sueltan y sale disparado, derrapando. Ahora me agarran otra vez del brazo, para hablarme. Esta vez no es para detenerme ni para forzarme a escuchar. Esta vez no tengo muy claro por qué lo hacen. Gente que entra y sale. Se acercan y me agarran del brazo. Gente que llora porque me ve llorando. Hay gente llorando en el salón. Se sientan en sillas donde nunca antes se había sentado nadie. Las sillas que trajiste de casa de tu madre cuando compramos la casa, las de la mesa en la que nunca nos sentamos a comer. Ahora la mesa también está siendo utilizada. Un hombre con traje gris me está contando algo que no logro escuchar ya que mi atención está en el hecho de que no creo recordar haber visto antes a alguien sentado en esa silla. La tapicería es violeta. ¿Cuántos años hemos tenido estas sillas? Las sillas invisibles. Los muebles nunca usados. Quince por cien del espacio del cuarto de estar ocupado en vano, como esas habitaciones de invitados sin invitados. Y justo ahora el hombre del traje gris me está contando una anécdota. No me coge del brazo pero me habla con la gravedad suficiente como si me estuviera cogiendo del brazo. El otro día fue al supermercado y al salir le resultó imposible encontrar el coche. Mozos de seguridad le ayudaron en vano. Recorrieron los cinco niveles del parking. Miraron grabaciones de las cámaras de circuito cerrado. Se tiraron casi dos horas buscando mientras él sujetaba la compra en las manos. Dos bolsas llenas de latas de piña en conserva. Doce latas en total. Los mozos de seguridad se quedaron mirando con extrañeza. Si al menos hubiese habido algo más, un paquete de arroz, calzoncillos, una botella de soda, cualquier cosa que hubiese hecho de contrapeso, pero no, doce latas de piña en conserva divididas en dos bolsas. Al final no encontraron el coche y se tuvo que volver en taxi y abrir luego la puerta y declararle a su mujer haber perdido el coche. La incompetencia de haber perdido semejante cosa. Un coche. Un Ford que compraron con dinero contante y sonante, sin plan de financiación. El hombre del traje gris es mi padre. El coche todavía anda en paradero desconocido, me dice sentado en una de las sillas donde nunca se sienta nadie.
“¿Para qué era la piña?” pregunto sin mucha convicción.
La tía Greta y su marido Nicolás también han venido. Tomaron un vuelo tan pronto se enteraron. Les pilló de viaje. Galerías de arte de diversas ciudades donde estudiar catálogos de nuevos artistas por si acaso ahí hubiera oro. Un viaje itinerante que tuvieron que detener tan pronto se enteraron. Cuadros que todavía no han alcanzado las páginas de los catálogos donde se ponen varios ceros. Pinturas y más pinturas que hace falta pasar por el colador en busca de pepitas de oro. La tía Greta y su marido Nicolás sin ropa negra por haberse visto pillados infraganti. Quién iba a pensar una cosa así… Intentaron comprar algo en el aeropuerto pero ni aun eso. Luego pensaron parar en alguna tienda de camino a la casa pero se les echó el tiempo encima. Tardaron dos horas y media desde que aterrizaron hasta que salieron de allí. ¿Cuánto se andaba desde que aterrizaba un avión hasta que se abandonaban las instalaciones del aeropuerto? ¿Alguien había calculado eso? 
“¿Por qué, la gente que diseña esto, no piensa en estas cosas, en la gente mayor como nosotros?”
“Yo salí sudando” dice Nicolás con un brandy en la mano, sin haberse quitado el sombrero, sentado en el sillón orejero, con la camisa un poco desabrochada, hablándome sin prestar atención, mirando a su alrededor inspeccionando las hembras allí presentes.
En el jardín hay gente fumando y chicos jugando en el césped. Otros niños no han venido porque sus familias no consideran oportuno quitarles el escudo Disney que los proteja de la parca gravedad. Algunos fuman porque nunca lo dejaron, otros porque solo fuman según el evento. Yo solo fumo en entierros y en navidad, dice alguien con acento. Yo sigo sentado hablando con mi padre y la gente entra y sale saludándose los unos a los otros. Mi madre distribuye comida en la cocina. Mi primo Jimmy dice que es la segunda vez que se pone ese traje negro. La otra vez fue hace nueve meses en el entierro de Carlitos. Mi hermana Carol se acerca y me abraza cada cinco minutos, sin decir nada. Es más apretón que abrazo en sí. Un señor que no conozco de nada hace acto de presencia en el salón e interrumpe el abrazo para preguntar cómo se apagan los aspersores. Aparentemente un crío, dice quedándose a mitad. La tía Ruth ha traído dos botellas de scotch. Mi padre le dice que sí con la cabeza para que le sirva un vaso y otro a mí.
La gente ha venido para darme el pésame. Recitan frases que han sido ensayadas frente al espejo cuando antes de venir, se hacían el nudo de la corbata mientras preguntaban a sus mujeres si era realmente necesario acudir teniendo en cuenta el grado de familia o de amistad o de compañerismo en el trabajo, maridos que trataban de convencer a sus mujeres para no asistir ya que habría demasiada gente y no harían sino agobiar y no sería mejor acudir unas semanas más tarde, una vez que hubiese pasado todo, con más tranquilidad, seguro que lo iba a agradecer, seguro que le haríamos un favor. Gente que había abandonado planes. Una muerte que se interponía entre un Ohio State vs Florida Tech. Tipos que habían estado esperando un sábado como aquel desde el mes de Septiembre. Hombres en sus cincuenta y pocos que van en pantalones cortos y visten gorras de beisbol. Gente que sufre un bache en su planificación, esa rutina construida a base de anuncios publicitarios y exceso de comida. Gente que trabajaba para eso, que dependía de su tiempo libre para poder ejecutar luego las diez horas diarias. HBO, Netflix, Facebook, ESPN. Una muerte se les mete por medio y la rutina descarrila. Hace falta dejar el sandwich con Hellmans a medio comer y subir arriba y ducharse con jabón Sanex y sobre todo darse bien por la espalda y luego usar la maquinilla nueva regalada por navidad con la que mantener la barba a raya, ni muy larga ni muy corta, justo como en el anuncio, justo como Brady, como Montoya, como Chris Sale.
Ralph Cariotto dice que en el funeral del padre de Marcos dos personas se desmayaron de la emoción y hubo que llamar al médico y entre lo uno y lo otro el funeral se les pasó volando. Marcia Roberts dice que este año ha ido a más entierros que a bodas y que en uno no había ni platos, hizo falta comer usando servilletas. Frances Delmio se ofrece a limpiar la cocina pero mi madre objeta indignada. Estaría bueno que las mujeres se pelearan por una cosa así, en situación tan compleja, con tanto teatro. Platos entran y salen de habitaciones. Gente entra al baño y no sabe bien qué toalla usar, cómo tirar de la cadena. Personas de distinta edad siguen acercándose y agarrándome del brazo para decirme esto y lo otro. Un señor al que no había visto nunca, con el pelo cano y bigote superpoblado, con traje a cuadros, está de pie junto a una de las ventanas que dan al jardín, mirando anonadado, posiblemente a los críos que juegan al balón. Se saca una petaca del bolsillo y le da un trago seco, un trago de nuca. A punto estoy de preguntar quién es ese tipo cuando Carol vuelve a entrar para abrazarme y decirme que al menos hace buen día, que al menos ha salido un día bonito. Ricardo y su cuñado Bill departen delante del mueble grande del cuarto donde tengo libros de expediciones. Los veo señalar el lomo de algunos volúmenes y comentar esto o lo otro. Rayos de sol entran por las ventanas que dan al sur y entre el quejido, la pregunta y el llanto, se establece una especie de falsetto que bien podría dar para un baile agarrado. El tiempo avanza en la casa del disgusto, a base de platos con migas de lo que fue una empanada de salchicha, patatas fritas, quiche lorraine, la ensalada que se dejó sin tocar, hamburguesas diminutas, mitad ternera mitad cerdo, albóndigas suecas, fricadelle, sauerkraut, alitas de pollo. ¿Quién prepara todo esto? 

Una señora entrada en años y a la que tampoco creo haber visto nunca antes se me acerca y me dice que me acompaña en el sentimiento y que no puede imaginar lo duro que debe de ser y que la vida no se detiene ni un momento y que no hay otra que echarle coraje y seguir adelante. Me dice frases que se dijeron mucho antes. Frases que tal vez su madre dijo en otro entierro, su abuela, su bisabuela. Frases que se guardaban en un armario y que se han sacado para la ocasión igual que la ropa. Gente que se ampara en la palabra o en el gesto cuando no queda nada más, de ahí a la gravedad, a la parálisis de sentimientos, a decir palabras que pesan diez kilos más. Le pregunto a mi padre si sabe como quedaron los Grizzlies. Le pido que haga el favor de informarse. ¿Sabes tú cómo quedaron los Grizzlies, estando como estás en el cielo?

Sunday, 4 December 2016

93

   Suena el teléfono y es Franz Goller quien demanda que Sixto abandone la reunión y suba a la 82 donde Global Accounts ha recibido una petición que no puede esperar. Pregunto si hace falta que suba con él. De momento no. Mara y Richard abandonan mirando el reloj y sopesando irse a comer a cualquiera de los restaurantes de la 27. Richard necesita bajar a la tintorería. Yo necesito hablar con el departameto de vehículos en la -6 para pedir que preparen el Pontiac. De momento no hago falta en Global Accounts. Sixto pide quedar a las dos para seguir con la hoja de ruta.
“Lo de los drones…” dice sin tener muy claro cómo continuar.

Reunión con Franz Goller. Global Accounts, permiso para casi todo. Música Reggae, nevera con Perrier, San Pellegrino y cerveza sin alcohol. Naranjas frescas, racimos de uva, melón cortado, bowls de palomitas. Una diana con  tres dardos, un telescopio, un sillón orejero viejo y raido detrás de la mesa de despacho de Franz Goller quien tenía un enorme parecido físico con el entrenador de fútbol de la Universidad de Alabama, Crimson Tide. Lo de los drones… había dicho Sixto con intención. Teníamos entrada en algunas divisiones del ejército. Alguien a quien llamar para saber hasta dónde se podía llegar. El chico estaba pendiente de juicios. El chico no había hecho nada malo y era eso precisamente lo que alertaba. No es lo que no había hecho sino lo que podría hacer. La información se administraba con jeringuilla. Lo justo en cada caso. No se daban nombres, solo coordenadas. No se daban razones, no se argumentaban causas, no se mencionaban daños colaterales, para eso ya estaba Al Jazeera. Antes de salir Sixto le ha pedido a Mara que prepare una lista de contactos en Al Jazeera.

Cuando Sixto entra al despacho de Franz se le ofrece un expreso que le es servido casi sin que le de tiempo a aceptar o denegar. 80% arábica. A Franz solo le gusta el olor. Junto a la cristalera por la cual se caía el horizonte había un tresillo y otro sillón orejero y una mesa camilla con lámpara a modo de cuarto de estar. En vez de televisor o chimenea, los sillones apuntan a la pared de cristal por la cual solo se ve cielo y contaminación. Más allá de la arboleda estaba el río que recorría siete estados. El departamento de Global Accounts dispone de servicio de catering. Franz llama por teléfono y pide que le traigan el ravioli con bogavante dentro de una hora. Zumo de tomate y panecillo. A Sixto no le ofrece, solo necesita quince o veinte minutos de su presencia.
“Es difícil de explicar” le dice.
El tresillo es bajo y hondo. Cuesta encontrar una postura cómoda. Sixo cruza las piernas. Franz habla desde detrás. Ha abierto un botellín de Perrier. Se quita el chicle de la boca y lo tira a la basura. Era difícil de explicar. No le podía revelar el cliente. No era un cliente-cliente. Un asociado. Un amigo de un amigo. Ni siquiera eso. Una llamada desde el otro lado del país, un pre-fijo inusual. Una llamada a deshoras. Había que hacerlo sí o sí. El pedido era inusual, la acción difícil de clasificar. Algo indefinido. Instrucciones vagas. Había algo de fondo, una intención identificable. Pero el proceso, el sistema, la aplicación… iba a hacer falta tirar de imaginación, tal vez hablar con estrategia y pedirles un informe. Sobre lo que se podía o no hacer en este caso no iban a servir las pólizas de la compañía. El trabajo no iba a ser facturado como los demás. El objetivo no era nadie del congreso, esto era otra cosa, nivel corporativo.
Operaciones bursátiles de alto calado. Lo que Chomski llamaba los Masters del Universo. Existen cesiones, opciones de compra, compañías que se tragan unas a otras. Decisiones que impactan dos años más tarde. Compras de futuros. Adquisiciones que a primeras no parecen tener sentido, desviaciones tácticas. El objetivo tenía nombres y apellidos. Había una dirección postal. Había una casa con piscina y cancha de tenis. Seguridad privada, líneas de teléfono seguras. Descodificadores. El objetivo tenía nombre y apellidos. Existía una geografía que atender. Iba a hacer falta desplazarse. No iba a ser un trabajo cerrado, una operación con comienzo claro, desarrollo, nudo, desenlace. No iba a ser posible marcar fechas concretas. Iba a existir un ángulo de subjetividad, dificultad a la hora de leer resultados. Iba a hacer falta desplazar a gente durante uno, dos, tres meses. Cuatro como mucho. Iba a depender de la destreza operativa y de las decisiones personales que tomara el objetivo cuando existiese contacto.
“¿De momento?” pregunta Sixto terminándose el expreso y escuchando con apatía sobre todo por la diferencia negativa de edad que tenía con Franz.
“Una posibilidad habría sido no llamarte ni contarte nada. Utilizar otros caminos”
“Haberme dejado seguir con el piloto de drones y los chavales de Arkansas”
“Por ejemplo”
La operación no iba a ser facturada. El ingreso, invisible. De momento no quería contarle más. De momento solo quería plantar la semilla. La pre-semilla. Desvelar que una operación mayor estaba al caer y que potencialmente generaría implicaciones personales, días de acción de gracias fuera de casa, navidades en stand-by, Super Bowl en soledad desde un motel en un lugar remoto de Maryland, en Iowa, en Massachusets, pizza y sushi por encargo.
“De momento quiero que mastiques la posibilidad”
“A mis sesenta años de edad”
“A tus sesenta años de edad” corrobora Franz levántandose del sillón sin decir ni sí ni no, caminando hacía su sillón orejero dando por terminada la entrevista.
Sixto se levanta y se va a la diana. Coge los tres dardos y se coloca en la raya de lanzamiento. Dos veinte dobles y un trece sencillo.

“Noventa y tres”

Wednesday, 30 November 2016

The Polo Grounds

Sixto se paseaba por la oficina con un vaso de plástico en la mano. Camisa a cuadros, corbata de lana, chaqueta herringbone gris, pañuelo verde. En la mesa yacía una caja de pizza Domino’s cerrada. El mueble donde reposa el altavoz es madera maciza. Las paredes son de cristal dotado de una lámina que filtra la luz por lo que no hacen falta cortinas. Había pedido un informe sobre el número de guerras que estaban sucediendo en ese momento. Mara ha preguntado por la diferencia entre guerra y conflicto.
“Una guerra es declarada. Las guerras son más cortas, están mejor definidas, mejor organizadas”
“Ventanas temporales”
“Los conflictos duran para siempre. Gaza. Odio que se lleva en la sangre. Nada que ver con las guerras”
“Las guerras son productivas”
“¿Cuántas guerras hay ahora mismo?”
Soldados esperando agazapados las órdenes de un capitán o de un teniente. Escuadrones, regimientos, divisiones, batallones. El soldado Martínez y el soldado Benedict Truman. Fuego cruzado. Cuerpo a tierra. Olor a tabaco y munición. Poblados desérticos. Drones que se confunden con halcones peregrinos. Sixto abre la caja y saca un pedazo de pizza. Lo hace deprisa y abriendo solo lo suficiente para que quepa el pedazo. Parece pollo y bacon. La cierra y vuelve a preguntar lo mismo. Dónde había guerras ahora mismo. Quería papel y boli, pizarra, lluvia de ideas. Seleccionar una guerra y analizarla bien. Mirar allí donde no miraban las multinacionales.
“Somos una multinacional”
“Desechar lo obvio”
“Ahora mismo hay una guerra en Tanzania, señor Sixto”
“¿Sabes cuánto vale ese altavoz?”
“Las guerras son capas. La capa base es el territorio, la tierra. No confundir con las raíces. Luego la cultura, la gente que la puebla. Otra capa es la economía. Otra son los enemigos, los intereses colectivos, los individuales. Cada capa tiene subcapas. Las guerras son capas, estratos. Necesito gente que sepa analizarlas, que sepa diferenciarlas y que me diga que subcapa es la que interesa a esta empresa. Hace falta elegir la subcapa adecuada y volcar ahí nuestro esfuerzo, intenciones y recursos. Hace falta mandar a alguien. Hace falta financiación. Acudir al campo de batalla con los deberes hechos. Saber con quién hablar, a quién comprar. Tierra, personas, intereses. Una acequia de la que beben los campos. Un terreno baldío que no quiere nadie. Hace falta bloquear un ámbito. Comprar barato. Hace falta mandar a alguien. ¿Dónde está Terry? Para una cosa así hace falta alguien como Terry. ¿Cómo se vuela a Tanzania? ¿Qué aerolínea? ¿Escalas dónde?”
“Mil dólares. Mil quinientos. Dos mil”
“Un altavoz inalámbrico. Sonido cristalino. Un altavoz que mejora la canción”
“Los venden también en blanco”
En la pared hay un cuadro con un letrero de se-vende. Arte moderno. Sixto lo compró en Londres. También había flores de plástico, una bombona con agua mineral, un tablero al otro lado de la oficina con taburetes y lámparas de foco colgantes. Una pizarra transparente, una foto del campo de los Brooklyn Dodgers cuando jugaban en Nueva York en los años cuarenta. The Polo Grounds. Otra foto debajo donde Bobby Thomson y Ralph Branca se dan la mano. Un modelo de prototipo de aeronave que fue desechado por la USAF en los años ochenta. Una noria hecha con alambre, un ciempiés disecado, una bola de cristal del tamaño de una pelota de béisbol, un soldado de juguete con paracaídas.
Mara escribe en su MacBook Air más rápido que el discurso hablado. Viste faldas y vestidos y chalecos de hombre. Es una mujer con tienda de ropa favorita y cafetería favorita y bar de zumos favorito y tintorería favorita y que necesita de las canciones de Ryan Adams para saber cómo se siente realmente. Nos dice que tendrá un informe sobre Tanzania mañana por la tarde. Primera mano. Gente presente en el nacimiento de la guerra. El informe en sí estará listo por la mañana pero necesita traducción. Mara en su apartamento tiene una lámina colgada del jefe Cheyenne Pequeño Lobo. Mara habla por encima de los demás. Nunca se siente atacada. República Unida de Tanzania. Casi mil kilómetros cuadrados. La mosca tsé-tsé vive en el centro. Solo hay un volcán activo, el Oi Onyo Legaï. Minas de oro, reservas de gas natural, café, algodón, té, diamantes.
“En Tanzania coexisten 127 idiomas”
Sixto se levanta y pregunta si ha llegado ya el dron. Richard descuelga uno de los teléfonos, marca un número y pide hablar con expediciones (planta 124). Nadie le puede atender porque es hora punta de aterrizajes. Le piden llamar de vuelta en diez minutos.

Cuando un silencio se establece en la oficina, cuando hace falta un puente para pasar al siguiente momento, nos tocamos la ropa por defecto, los puños de las camisas, el cuello, la corbata. Nos cruzamos de piernas, miramos para otro lado. Mara manosea la taza de café con la mente en otro sitio. Se mira el móvil en busca de nuevos emails donde depositar la atención. Los cuerpos incomodan cuando no hay nada qué hacer, cuando hacen falta enganches. Alguien se acuerda de algo, generalmente Richard. Yo me miro la suela de las botas por si acaso un chicle. Se advierten imperfecciones, arrugas, elementos asimétricos, un cuadro desviado, una bombilla inhabilitada. Sixto respira hondo, cierra los ojos, empuja el momento. Un hotel en Arkansas, dice. ¿Quién iba a ir a Arkansas? Yo. Me dice que recuerda un hotel muy recomendable. En las afueras. Un hotel que no era tanto hotel sino casa de huéspedes. Una casa vieja por fuera pero nueva por dentro. Una cocina enorme. Calefacción subterránea, debajo de las baldosas. Describe lo que se siente al pisar una baldosa templada. Parecido al masaje. Richard menciona un restaurante. Mara dice no haber estado nunca en Arkansas. Richard dice haber trabajado allí dos años. Un restaurante que tal vez ya no exista. No recuerda el nombre pero se acuerda del menú. Daban lentejas.

Friday, 25 November 2016

Rick Manniesky

Para subir a la setenta y dos era necesario tomar tres ascensores. Sixto vivía entre la noventa y la noventa y cinco donde gran parte de los brokers de TRAX y el management de Swiss, Carradine, Texaco, Moll & Moll. Cuando entré se hablaba de una empresa en Arkansas. Dos hermanos habían dejado los estudios y dirigían ahora, bajo las siglas de su apellido, la Experiencia del Titanic. Claudio, Mara y Richard opinaban mezclando expresso y Perrier. Construir el Titanic a medida, una réplica. Vender la experiencia del Titanic. Meter a todos pasajeros a bordo y llevarlos al ártico donde implementar el naufragio en el mismo punto, a la misma hora. La gente pagaría según la experiencia deseada. Si querían salir rescatados en bote antes del hundimiento, tanto. Si querían irse abajo con el buque y ser rescatados del agua, tanto. Si querían permanecer a flote un rato, abandonados a la oscuridad, otro tanto. Iba hacer falta que uno de nosotros viajase a Arkansas y departir con estos chicos. Adelantarse al último rizo. Estudiar la viabilidad del proceso. Cuánto costaría el barco. Quién construiría la réplica. De dónde se sacarían los muebles. Iba a hacer falta que uno de nosotros se desplazase a Arkansas. Coger el Pontiac, salir del parking, bajar al downtown, coger la 80, salir de la ciudad, pasar por Salt Lake, Rock Springs, Cheyenne, entrar en Nebraska, coger la 29, parar en Kansas City. Tratar de ver más allá del paisaje y las prisas. Lo que nos dijo siempre Sixto. Tratar de encontrar más allá. Entrar en cualquier tienda, hablar con la dependienta, preguntar direcciones, recomendaciones, decirle que tiene un nombre muy bonito. Descubrir allí donde no mira nadie. Parar en Kansas City y buscar en la agenda de contactos por si acaso alguien viviese allí. Conducir por Walnut Street, aparcar en cualquiera de los parkings de Grand Boulevard, entrar en Anthony’s y pedir la lasaña tradicional de Teresa. Pasear la comida en Davis Park. Mirar el reloj y bostezar y señalar con el dedo el hotel donde quitarse los zapatos y poner la tele y llamar a Marian para dar las buenas noches.

Mara dice que Peter Morgan de futuros solo concede entrevistas en uno de los campos de golf del complejo. Hay otro proyecto que tal vez necesite de Peter Morgan. Un marine. Un ex-marine, piloto de drones. Mataba a distancia, desde una base en Delaware. Un chaval que reclutaron por sus habilidades con la Play Station. Campeón o subcampeón de un torneo internacional de un juego muy famoso. Un juego de guerra donde hacía falta puntería y manejar bien los tiempos. Un torneo que organizaba la firma que había producido el juego. Alquilaban un hall en una universidad, un pabellón deportivo. Ponían hileras de tableros y metían cientos de PCs con sus respectivos dueños. Sudaderas con capucha. Chocolatinas con galleta. Toda clase de zumos y derivados en tetra brick. Cajas y cajas de Coca Cola Zero. Un torneo donde se juntaban los mejores del mundo previa invitación de la firma. Billetes pagados. Estancia en hamacas dentro del recinto. Colchonetas por todos lados. Furgonetas que vendían hamburguesas y pulled pork y burritos con carne y chorizo caramelizado. Alguien dentro del ejército recibe una llamada de alguien de la empresa organizadora. Hay un chaval, le dice. Tantos años. Vive en Delaware con su padre. Por el día va a clase, por la noche despunta en artillería pesada, blancos móviles, disparos sin ángulo. Un chaval perfecto para el nuevo programa. Gracias por el contacto. ¿Qué hay de lo mío? La seguridad no tiene precio. Dinero contante y sonante. Un tipo de la firma que hace la llamada desde una plataforma elevada sobre los jugadores. Habla con el ejército sin desviar la mirada del chico. Diecisiete años. Dieciocho como mucho. ¿Cuál era la póliza respecto a la edad? En las guerras no hay edades. Si no matas te matan. Un chaval que vivía con su padre en Delaware. Un chaval llamado Rick Manniesky.

Monday, 21 November 2016

Había un bar en Nelson Avenue

Había un bar en Nelson Avenue donde íbamos a comer lasaña. Hacía mucho calor, el bar no era italiano y sin embargo no recuerdo otra cosa que la lasaña. Se llamaba Alberto’s. Nelson Avenue, cerca de una farmacia, casi siempre hacía calor. Hanna vestía camisetas abiertas. Había un jukebox, los baños estaban a la derecha. Detrás de la barra; chicas polacas, lituanas, eslovenas. A Hanna se le veían las tiras del sujetador cuando apoyaba los codos en la mesa y gesticulaba para contarnos que unos amigos estaban planeando robar un banco pero solo de broma para poder filmar las reacciones de la gente y luego hacerles entrevistas al respecto. Un banco cualquiera. Un banco en el midtown. Charly y yo siempre pedíamos lasaña. Alguien entraba, se sentaba a nuestra mesa, pedía costillas. Luego Hanna se pedía una hamburguesa y yo recuerdo las botellas de ketchup, mostaza y salsa bourbon-barbacoa superpoblando la mesa. 

Charly y yo nos rezagábamos a la hora de ir a casa y nos sentábamos en cualquiera de los bancos al otro lado del parque, en Pencester Road, y bebíamos Coca Cola y hablábamos de proyectos musicales y de formar una banda y hacer gira en Arizona, Arkansas o cualquier otra población que empezase por Ar. El bar Alberto’s tenía unas líneas verdes tipo Seven Eleven en la fachada. Por las ventanas se veían pasar mujeres embarazadas con amigas, señores que iban vestidos como si fueran arquitectos, niños encorriendo niños, pájaros de clase baja que se posaban en los postes de la luz a mirar el poco tráfico que discurría en los mediodías, Dodges y Fords y algún que otro Chevy circulando dos millas por encima de lo permitido en dirección a Stanley Park o la zona suburbial recién construida al otro lado del río, casas de tres, cuatro y cinco dormitorios, piscina compartida, cámaras de seguridad, familias con perro, mujeres llamadas Nancy o Sharon o Veronica.

Hanna me preguntaba qué iba a hacer con mi vida después de la universidad. Yo le decía que había una pareja de amigos que vivían en un faro que hacía las veces de casa y que tenían una radio con la que hablaban con capitanes de buques mercantes. Un faro ocupado. Ella me pedía que pasara lo que pasara que no acabásemos nunca como nuestros padres o los padres de estos. No alquilemos ninguna caravana para salir en busca de una puesta de sol muy famosa, no entrar en hotelitos de montaña con calles llenas de hojas y folletos de actividades en la entrada.

Charly tenía un libro de aprende a tocar el bajo como Jaco Pastorius. Yo hacía ejercicios vocales para cantar como Jimmy Page. Pasábamos horas en el sótano de su casa pensando cómo serían nuestros ensayos una vez tuvieramos claro el tipo de música que queríamos hacer. Qué días ensayaríamos, cómo dividiríamos los ensayos. Luego en el mes de abril una familia nueva ocupó la casa de al lado de los padres de Charly y la habitación cuya ventana daba a la habitación de Charly fue habitada por una chica de dieciseis años llamada Minerva Howard. Que Minerva formase parte del vecindario no significaba que formase parte de nuestro universo porque nuestro universo a diferencia del otro universo sí que era finito, tenía límites, la valla que separaba las dos casas, la línea física entre los número 53 y 55 de Mayfield Avenue.

Charly andaba absorto haciendo aviones de papel con precisión milimétrica. Antes de cortar el papel formulaba ecuaciones donde hacía falta dividir algo por otro algo para obtener un resultado que indicase el ángulo de las alas con el fuselaje. Si por aquel entonces hubiese habido concursos de aviones de papel Charly los habría ganado todos. Dentro de casa se ponía el sombrero de cowboy de su padre. Escuchábamos discos de Motley Crue y Soundgarden y Stone Temple Pilots a la vez que diseñábamos vidas sin partidas de poker entre semana, sin puros ni alitas de pollo, sin superbowl weekends, sin tabernas con grifos Bud Light ni chicas con pantalones acampanados que escuchan folk y besan sin prisa.