Sunday, 16 November 2014

Las Croquetas de Kasha y Natalia Kolodziej

“A mí es que Chick Corea ni fu ni fa, no sé si me explico”
“A propósito de las croquetas de…”
“¿Mi madre?”
“No, del bar de abajo”
“¿El Francesco?”
“No, el otro, el de las polacas”
“Rumanas”
“No, son polacas. Kasha y Natalia Kolodziej, se llaman”
“Oye por cierto, y Siria qué”
“Qué de qué”
“Joder, pues que están masacrando a la gente, hostia, que no hay derecho, que los están acribillando coño, y aquí estamos tú y yo que si el café arábica, que si las croquetas de las polacas, que si el violinista negro y que si la madre que la parió”
Se le disparan las revoluciones, un turbo interno situado entre el intestino grueso y el delgado es accionado sin querer. Uno se apoya en una pared sin darse cuenta del botón rojo que acciona todas las alarmas. Ana se tiene que levantar de tanta indignación. Es una indignación instantánea como el Nescafé. No se le hacen grumos ni nada. Cuando se enfada se pone más guapa de lo normal. Pierde toda su originalidad. Se cabrea y se confunde con la masa, con el gentío, con Manuel Falla cuando a baja a comprar una barra al super por lo de los bocadillos en cuenta de la merluza etc.
“Ana”
“Ni Ana ni hostias. Es que tienes muy poco sentido de la realidad. Es que vienes aquí a quejarte de que te ha dejado tu novia”
“No era mi novia. Beatriz nunca fue mi novia. Y la dejé yo a ella”
“Si no era tu novia cómo es que la dejaste”
“¿Eh?”
“Si no era tu novia cómo explicas que la dejaste… o te dejó ella, lo mismo me da. No se puede dejar a alguien si no se es novio”
“Eso no tiene sentido”
“Ya, lo mismo que Siria, y sin embargo aquí estamos, tú con tus pajas mentales y yo con el E-Darling”
“A mí tu jefe me va a llevar a juicio, me tiene pillao por los huevos”
“Metafóricamente hablando”
“Realmente hablando, lo del juicio tiene fecha. Son mis huevos de verdad”
“Ya veremos”
“Dios te oiga”
Ana no ha sabido o no ha querido acordarse del título de la canción de REM que tanto nos había gustado escuchar el año pasado. Yo empezaba a encontrarme a disgusto en el piso de Ana. Habían pasado demasiadas horas desde el abre que soy yo. Aquí me tienes moliendo café, me había dicho nada más entrar por la puerta. Llevaba una camiseta de tirantes dos tallas más grandes. Cuando ha dicho lo del café me ha sonreído como sonríe la gente de verdad, de forma natural, automática, igual que cuando se tose. Luego me he sentado y me he entretenido con unos escalopes de ternera como los que hacen en la playa y de ahí a las pruebas de café, el violinista negro, Beatriz, Gustavo y los hombres con nombre rimbombante.
“¿Te imaginas que alguien se llamase de nombre Rimbombante?”
“Eso es más apellido que nombre”
No estaba seguro de a qué hora había quedado con Beatriz. No quería mirar el móvil por no descubrir whatsapps que no quería contestar. Necesitaba una oferta de trabajo que me sacase del proyecto Crímenes Ortega. Leonor quería hablar conmigo, quería hablarme de Crímenes Ortega desde otro ángulo. El mismo trabajo por el que su marido quería pelarme vivo. Esto no son órdenes mías, no son opiniones de aquí de Madrid, esto viene de lejos, me dijo Osvaldo. La productora tiene ciertos intereses creados y un documental así podría cortar gran parte del flujo monetario que paga mi Jaguar y mi pent-house en pleno city center, no sé si me explico. Se explicaba de puta madre. Las palabras de Osvaldo sonaban con ritmo, con compás, y luego estaba el aroma de su after shave, el suntuoso olor de su colonia, el latido intoxicante, el viaje a otro lugar mejor.
“Podíamos quedar a cenar. Es viernes, ¿no?”
“¿A qué te refieres?”
“¿Eh?”
“Quedar a cenar en qué plan”
“Cómo que en qué plan”
“¿Cómo pareja?”
Beatriz no conducía y yo tampoco. Tenía que llevarle una caja con las cosas que se había dejado en mi piso. Ella no vivía cerca. Le había dicho de quedar en un bar que queda muy cerca de mi piso. Luego ella tendría que llevarse la caja en el metro hasta su casa. Me sentía un poco culpable. Me sentía menos culpable cada vez que pensaba en Gustavo. Que le lleve la caja Gustavo, nos ha jodido. Tenía el móvil boca abajo, lo he levantado ligeramente y he visto un mensaje de Paco. No lo he querido leer. Necesitaba hablar conmigo. Habíamos estado muy unidos durante el asesinato de Rita y desde que yo había vuelto a Madrid la cosa se había enfriado. Levanto el móvil y así por encima leo que Paco va a venir a Madrid porque se tiene que reunir con la persona del gobierno que le firma las actas, la persona que le da luz verde para matar. Vente con nosotros y así lo grabas, dice el mensaje. No tengo cámara. Me las han quitado todas. Aparentemente mientras siga con contrato en la productora no puedo grabar nada bajo denuncia. Hasta mis propias cámaras se han llevado. Las han confiscado. Me tengo que presentar a juicio dentro de poco. Si gano me las devolverán. Ana ya me ha dicho que no voy a ganar.
“¿Y qué se supone voy a hacer?”
“¿Has llamado a tu madre? Seguro que ella te puede sacar del lío. Está bien conectada”
“A mi madre ni en pintura”
“¿Antes la cárcel?”
“Antes la cárcel” (de esto no creo que sea muy consciente y llegado el caso estoy seguro de que felizmente suplicaría a mi madre que me ayude)
“A mí tu madre siempre me ha caído de puta madre”
“No la conoces”
“Claro que la conozco. He quedado con ella de vez en cuando. Un día me llevó al casino. Lo que pasa es que siempre lo hemos hecho a tus espaldas porque últimamente estás de un sensitivo que manda cojones”
“¿Y Siria?”
“De Siria no es fácil opinar. Hay que viajar allí, ver lo que pasa in situ, pasar un tiempo con gente de ambos bandos”
“Pero si hace un momento te has puesto como una loca”
El problema de quedar a cenar con Ana es que la cena implicaría otra cosa. No existen lazos sentimentales ni pretensiones de que algún día pueda pasar algo, es otra cosa, la expectativa que sea crea desde el exterior, el camarero que nos dará las buenas noches, que nos preguntará (antes de retirar las chaquetas) cómo hemos pasado el día o que si todo está bien, la clase de pregunta que no busca respuesta, que forma parte de esa materia necesaria en cualquier restaurante, marcar los tiempos, la pregunta que equivale a un entrante, qué tal han pasado el día = vieira con lámina de bacon y puré de apio. Salir con Ana a cenar no implicaría tener que dar explicaciones pero daría pie al análisis posterior, al cine fórum después de las copas, después de sentarnos en cualquier bar normal y corriente que estuviera de paso a casa y de ahí a Ana pidiéndole al hombre que si no le importe, que no eche la persiana, que solo queremos una copa muy rápido, que si quiere que se tome una con nosotros, que somos gente muy interesante, que lo mismo disfrutará usted de nuestra compañía, y de ahí yo pasaré al silencio que la situación impondrá, al silencio del espectador que se sienta en un taburete mientras Ana deja de ser la Ana de siempre, la del café casero y los E-Darlings para convertirse en una Ana de comic, y el camarero o el dueño del bar también formará parte del comic, y se servirá brandy con naranja porque eso es lo que bebían los padres de Ana cuando ella era pequeña, y yo los miraré desde el otro lado de la platea, observaré como Ana convencerá al dueño para que abra una lata de chipirones, y sacará palillos y un poco de pan, y yo me quedaré pensativo tratando de recordar si alguna vez dibujó alguien chipirones en las páginas de un comic.

Thursday, 28 August 2014

Leonor, la mujer de Osvaldo

Leonor, la mujer de Osvaldo, es de la idea de que el documental sí pero dependiendo del formato. En la comida ha dicho que lo ideal sería convertirlo en algo tragicómico, en parodiar Crímenes Ortega, en hacer del documental un concurso con sus apuestas y sus llamadas y su voto del público y su panel de jueces. Números de teléfono que empiecen por 08. Descansos donde la banda del momento toque la canción número uno en las listas, en playback. Entreactos como los que se hacían en el Un Dos Tres. Ahora entra un elefante o un cocodrilo o un astronauta que dice se ha perdido y no encuentra su nave espacial y luego se quita la escafandra y resulta ser Gila o Pedro Reyes o uno de los de Faemino y Cansado. Dividir el programa en varias partes; un directo donde se mata o se intenta matar, la acción, Crímenes Ortega live and for one night only, seguido de un espacio de valoración donde familiares de las víctimas y personal de Crímenes Ortega discuten entre ellos y comentan las mejores jugadas, y un final ya con el entierro y las memorias y una breve introducción del asesinato que tendrá lugar el próximo jueves, como siempre, en Telecinco, no nos fallen, muy buenas noches.

Monday, 2 June 2014

Ella que lleva una trenca Burberry

El restaurante está en la Calle Cádiz. Paso por la puerta de un pub irlandés y luego por la puerta de un bar donde varios camareros preparan mesas para las cenas que están por llegar. Una mujer en sus cuarenta y tantos acaba de entrar y se sienta en la barra. Lleva una trenca Burberry debajo de la cual asoman medias negras y zapatos de tacón azul marino. Uno de los camareros que está preparando las mesas le ha dicho que ahora mismo la atiende. Desde donde estoy solo le veo el perfil. Se ha sentado al taburete como se sientan las madres de Audi Q4 y colegio bilingüe de los niños. Su pelo fue rubio natural cuando tuvo ocho o nueve años. Ahora el recogido de peluquería cara está cubierto por mechas doradas.

Paco me ha mandado otro mensaje para avisar de que volvía a cambiar el restaurante. Calle Cádiz. Mesón no sé qué. Yo con todo lo que soy me he prometido no volver a llamar a Ana ni a contarle sobre la cena y la posible excursión posterior. Me pregunto si Paco y los de la funeraria, llegado el momento y para deshacerse de las mujeres, tendrán que excusarse para hablar de cierto negocio del que necesitan privacidad máxima. Algo que ver con un muerto potencial. Un amigo al que se le ha recomendado Crímenes Ortega y que mira tú por donde está interesadísimo y con el que se ha quedado a las 2 am en un bar de la Calle Ruiseñores donde les espera a solas, sin mujeres. Más tarde me entero que cerca de la Calle Ruiseñores hay un bar de putas que se llama el Caballo Blanco, The White Horse.

Yo que llevo las manos en los bolsillos desde donde sujeto el móvil, me he quedado parado enfrente del bar mirando a esa mujer de piernas macizas, de gimnasio/spa, de músculos esculpidos con la ayuda de un entrenador personal, desarrollo de bíceps lunes y miércoles, espalda y pierna los martes, zumos naturales después de cada sesión, orgánicos. Entre tanto fitness es necesario introducir tandas de yoga, pilates, masaje deportivo. Yo que me he comprado unas botas similares a las que tenía y un jersey azul marino setenta por cien algodón. Yo que sin saber muy bien por qué me he metido al bar donde la mujer se bebe un Martini y pregunta al chico que le ha servido si puede fumar sentada donde está, prácticamente fuera del bar.

Son horas donde la poca gente que pasa por la calle lo hace generalmente porque se ha olvidado algo y es necesario salir corriendo antes de cenar. Los bares se preparan para el inicio del fin de semana, el sonido de las campanas extractoras invade el espacio sonoro vacío de voces que digan mire usted lo bien que viene tener tranvía en la ciudad y la falta que hacía y Juan Carlos que ha entrado en la academia militar por méritos propios y lo bien que le sientan a mi marido las camisas blancas, slim fit.

Ella ha sacado un iPhone5 y mira su página de Facebook mientras empalma el Martini con el cigarro. Está mirando fotos de una fiesta. Una mujer rubia que tal vez sea ella y que sale del brazo de un señor con traje. Le digo al camarero que si fuera tan amable le agradecería mucho que no me sacara ni patatas fritas ni olivas ni cacahuetes con la cerveza. La mujer levanta la mirada del móvil y me sonríe microscópicamente. Luego me mira de arriba abajo y deja el móvil y se termina el Martini y paga y se marcha sin esperar las vueltas y me deja allí clavado en aquel bar que está como a medias de algo, a medias de ser un bar, incompleto porque no es todavía la hora de la cena y los camareros no hacen de camareros sino de montadores y es necesario poner dos tenedores a la izquierda y dos cuchillos a la derecha y que alguien haga el favor de bajar a las cámaras y subir más bebida. En las cocinas se pelan patatas y se dejan salsas a punto para así luego no tener más que cocer los macarrones.

Salgo a la calle y en vez de encaminarme al restaurante giro a la izquierda y desemboco en el Paseo Independencia. Me asomo y dos señoras mayores esperan el tranvía, ajenas al día de la semana que es. Las tiendas cierran a ambos lados de la avenida. Por los soportales hasta los mendigos empiezan a retirarse. El centro de la ciudad empieza un intermedio parecido al de los teatros. Se baja el telón de la Plaza España y hace falta retirar a los mendigos, cerrar las tiendas, bajar persianas, remodelar ambientes, construir el nuevo decorado que hará de escenario para la noche del viernes. Un VW Golf 2.0 TDi pasa por delante con el conductor sentado como si estuviera en el sofá de su casa y no a los mandos de un automóvil que vino de la mano de un plan de financiación. Miro el móvil y no hay mensajes. A estas horas Ana estará a punto de dar comienzo su cita con Quino. Mujer sola, treinta y tantos. Buen sentido del humor, atractiva, alta y delgada (como su madre), busca hombre con inquietudes, que le guste la lectura, viajar, el cine. La edad importa lo mismo que el físico. Absténganse perdedores y hombres con poca visión de futuro. Absténganse hombres que no sepan leer entre líneas. Si el nombre empieza por las letras C, O, M o P, absténganse también. Si se llama usted Ricardo lo mismo es necesario que también se abstenga. Ana y sus demandas tan clínicas y tan precisas. Ana y el vértigo que da esa forma con la que se da la vuelta dejando la espalda al descubierto, las faldas que siempre le llegan a la altura del menisco, la manera de cruzarse de brazos, indecisa, indagando en las intenciones del que tiene delante. Ana que estará cenando con ese tal Quino y lo mismo en el restaurante suena (vía Sonos System) The Peter Malick Group featuring Norah Jones, campeona del mundo de ojos negros.

Crímenes Ortega, me susurro a mí mismo justo cuando pasa un Opel Zafira lleno de una familia que parece en busca de una dirección a decir por la manera con la que todos componentes del vehículo alargan sus cuellos y miran en todas direcciones con porte inquisidor. Crímenes Ortega y a propósito de Paco y los de la funeraria y la Francisquilla a la que me muero por conocer.

Yo que deambulo por esta ciudad que no es la mía. Los viernes por la noche se es más forastero que entre semana. Pandillas de amigos que han quedado a tomar un vino y un aperitivo y una raya de coca pre-cena, te lo hacen saber. Los que hay y están de turismo van siempre en pareja y generalmente se cogen de la mano y ella le llama a él cari.

Saturday, 8 February 2014

Thelonius Monk

Esa manera que tenía de enganchar las teclas del piano, de aporrear como si fueran palancas y no Steinway & Sons, tocando el piano como si no fuera un piano, escarbando entre el blanco y negro, abocándose al teclado, jorobando la espalda, sacando notas que más que música eran tiempo escarbado. Tocaba como si estuviera separando granos de arroz, consiguiendo la unidad a base de romper la unidad, tan a trancas y barrancas, tocando a sopetazos, con un sube y baja, con el ritmo que tienen los cacharros de feria, tocando Around Midnight a cualquier hora del día. Para tocar como Thelonius Monk era necesario remangarse la camisa, sentarse al borde de la butaca, con tres patas al aire, con la sensación de que en cualquier momento uno se iba a caer. Thelonius Monk toca el piano y uno se queda con la sensación de que hay un tren que sale de la estación y a punto se está de perder ese tren y uno corre y el tren sale, y uno sigue corriendo, a más no poder, y está casi ya a la altura, estira la mano, se agarra de un barrote del vagón, casi a la par que la puerta abierta desde la cual surgen manos bienvenidas, manos que le invitan a saltar, y uno corre y el tren va cogiendo más velocidad, y se está muy cerca ya de la puerta, a punto de alcanzarla, y el tren sigue y lo mismo pasa con la manera con la que Thelonius Monk toca el piano, tan intermitente, tan locomotora de vapor, tan estación de tren en los años de Willy Fogg, tan quiero y no puedo. Thelonious Monk toca como si fuera una metralleta que no funciona bien, que de cuando en cuando se atasca. Toca como si fuese tartamudo, como si cada nota costase sangre, sudor y lágrimas. Una música no apta para los que toman caldo de gallina. No apta para los que más vale uno que ciento volando ni para los que hacen del reciclaje de envases una religión. Thelonius Monk toca el piano como si éste fuese un saco de patatas y no Steinway & Sons. Toca como si le hiciera rozadura el zapato, como si estuviese allí sentado por obligación, destrozando el ritmo a base de otro ritmo que todavía no tiene nombre pero que late debajo del ritmo oficial que todos conocen y aprecian a la perfección cada vez que hacen uso de sus abonos para los grandes conciertos de música clásica, los domingos por la mañana. Thelonius Monk es Willy Fogg y a la vez el tren. Toca Around Midnight y se convierte, con su barba y su sombrero, en el espacio que dista entre la mano de Willy Fogg y el barrote de la puerta del tren, es el suspiro ese que se queda a mitad, el vacío de aire con el que uno se topa cada mañana, el dedo meñique de la mano que dice adiós. Toca como si estuviese tocando con las muelas del juicio, escupiendo notas que luego se quedan ahí, en el espacio, formando estalactitas. Toca excavando cuevas que luego uno descubre a través de National Geographic. Thelonius Monk y esa manera de tocar con las gafas, esa especie de espantapájaros con vida que toca sin que nadie le haya explicado antes como se toca, que hace música sin tener cuidado de seguridades ni riesgos laborales, que toca achicándole tiempo al tiempo, a base de echarse hacia delante y escarbar entre las teclas del piano como si ahí abajo, entre las do y las re y las mi, hubieran minutos y segundos que uno podía arrebatarle a la muerte

Sunday, 12 January 2014

Hace falta follarse a la Doctora Erikson

Uno había acudido a la cita con la Doctora Erikson sin muchas pretensiones. La mujer ha venido después de haberse tirado siete años en Linköping University. Uno acude a la cita en un café de la Calle Escribanos, en frente de León Felipe, en la parte que hace esquina con Guillermo III, justo a la altura de Alfombras Miguel, pared con pared con el Bar los 3 Toneles donde los huevos rotos vienen sin foie y donde Enriqueta y Julia Mari se dejaron una vez el bolso y donde nunca jamás tocó la lotería. Uno acude a la cita con la Doctora Erikson sin muchas pretensiones, sin obsesionarse con sus piernas, sin dejarse embaucar por esos ojos azules que son mitad azul mitad marfil y que de cuando en cuando parecen transparentes, ojos de acuario, de piscina, y de ahí a no aguantarle mucho la mirada, pedir dos cañas pese a que son las once y cuarenta y cinco y uno siempre ha tenido la manía de no beber alcohol hasta que sean las doce. La Doctora Erikson se viste de manera infantil, lleva calcetines y falda a cuadros. Se sienta y se cruza de piernas y las Nike Air lucen en su pie derecho que queda colgando al aire, debajo de la mesa. El camarero trae las cañas y unas olivas y luego el sol empieza a pegar de lleno en la terraza del Café Robles y hace falta mover las sillas, corregir la postura, sentarse de espaldas al sol. La Doctora Erikson acaba de recibir un email en su BlackBerry. Yo le estaba contando que últimamente me encuentro mejor, aunque el principal problema persiste, creo estar algo mejor. Me sigo dejando los sueños a medias pero por lo menos la espalda ya no me duele.
Más que la cura lo que uno busca es follarse a la Doctora Erikson. Follársela pero no de manera egoísta, no por lo carnal, ni mucho menos. Follársela por lo que ello representaría, por lo anímico del asunto, por lo de las expectativas y la ansiedad esa que siempre asalta al mediodía y porque hace falta llegar a fin de mes

Guillermina tiene Jet Lag (una canción de primavera)

Crímenes Ortega se plantea la lotería como una posibilidad desatascadora de cash-flow y letras a 90 días. Hace falta primar a los señores ejecutivos para que se compren sus trajes Ferragamo y sus corbatas indias y se tomen sus brunches en la terraza de uno de esos cafés en mitad de un parque con estanque y barcas alquiladas y carrito de los helados. Hace falta olvidarse de la caja aquella de aspirinas que compramos en amazon.co.uk y que según el tracking device ha salido ya del puerto de la China. Mientras tanto es necesario concentrarse en la gente que pasa por la calle. Desviar la mirada a otras cabezas que a su vez soporten dolores de cabeza y así desinflar un poco el nuestro. Manuelita, la hija de Doña Paca, la del tercero derecha, ha empezado un curso de magia por correspondencia, brujería, y según ella parece que funciona. El otro día y sin quererlo, fue capaz de freír dos huevos así porque sí, sin proponérselo, y luego vino Don Enrique y no se imaginan ustedes lo contento que se puso. A Don Enrique lo que más le gusta es la caza del zorro, al modo inglés. Y de ahí a sus domingos por la mañana galopando por los campos de Castilla en busca de un zorro que solo existe en la memoria colectiva. A Guillermina en cambio lo que le va es la ropa de moda, la alta costura, Milán, París. Le gusta merodear por la casa llevándose la mano a la cabeza y jugando a tener jet-lag. Guillermina tiene siete años aunque no los aparenta. Le gusta el té sin azúcar

Monday, 6 January 2014

Achicoria Eko

Jacinto no está pasando por un buen momento. Lleva meses jodido. Desde que dejó la finca y se mudó al barrio le cuesta arrancar. A mí el campo me va como a cualquiera, lo justo. Pero esto es otra cosa, se explica Jacinto de mala gana mientras culea en la silla de plástico azul. Esto es otra cosa. Allí en la finca desayunábamos todos días Eko, achicoria en vez de café. Uno lo prueba y no es lo mismo y se queda así con la madalena en la mano, pensando que un Nescafé sería lo suyo, pero algo pasa, los perros que no paran de ladrar, el ruido ese que hace el campo, el viento que corre, el ensanchamiento de la tierra, los trigales, algún gallo, y de ahí a la achicoria que ya no sabe tan mal, que le pega al paisaje, a la finca, a los tres dálmatas, a Marisa quien lleva quien sabe cuánto sin follar. Pero mire usted, dice Jacinto. La silla esta me está dejando el culo como una piedra. Una silla de plástico azul, con patas de metal, color negro. Estas cosas no ayudan a mejorar el estado de las personas, los pequeños detalles. Aquí no hay mucho que hacer. Yo me paseo por la plaza del Pilar, sabe usted. Me doy vueltas y busco oportunidades y pienso en Marisa quien sigue en la finca y tiene carrera de abogado y unas piernas bonitas y se levanta todo días a las 5 de la mañana y ordeña las vacas. Yo nunca le dije nada. Nunca le propuse nada. Y lo mismo es eso lo que me corroe por dentro. Aquí en el barrio es todo distinto. Está Miko que de cuando en cuando me da masajes, ya lo sé. Pero Miko vive en otra galaxia. Miko es distinta a las demás. A Miko hasta le he llegao a decir lo del encargo, con pelos y señales, pese a lo mucho que me advirtió Ortega de que sobre el trabajo no podía largar palabra hasta que estuviese terminado, por si acaso se enteraba el muerto en cuestión, sabe usted, pero bueno, que eso, que esto no es lo mismo, y que aunque yo eche de menos a Marisa y la finca, aunque esté jodido por dentro, la vida es así, y está silla me está dejando el culo duro y frio, y que ya que usted me está haciendo este documental pues que lo mismo nos podíamos pasar ahí en frente, al Toni, y pedir unas gambas cocidas, copón

Friday, 3 January 2014

José Luís, el técnico

Esto viene a cuento por lo del conflicto y las señas de identidad de cada uno y porque José Luís, el técnico, escribió desde Madrid para que nos pusiéramos en contacto. Aquí de momento las cosas no andan tan mal como uno pudiera imaginar. Violeta no ha llegado a cumplir los 8 años. Lo que en su día fue el garaje aquel que teníamos en la parte de atrás del corral es ahora una piscifactoría. Combinamos las doradas con el pez pequeño común, el pez ese que no es de raza. Por las tardes seguimos empeñándonos en Chopin igual que en la primavera del 95 cuando Julita y tus tíos vinieron a vernos. De cuando en cuando a Faustino le sigue dando por hacer el festival de baile en saco ese que tú ganaste una vez. Por la mañanas sigue haciendo un frío de cojones. Añoramos el mediterráneo, las puestos de pollos asados, el olor ese a aceite usado que tienen los mediodías allí. Yo echo de menos el sonido de los aparatos de aire acondicionado. Bueno, nada más. Ya me despido. Un abrazo de Julita y los niños. Jacobo dice que te envía un dibujo por correo. Es un Picasso pero falso, me dice que te diga

Thursday, 2 January 2014

El Mensaje del Rey

A mí me gustaría que dijese que su color favorito es el azul y que más allá de la monarquía a él lo que le apasiona es la fontanería, la composición de banderillas clásicas, la gamba gabardina, hacer cálculos mentales inútiles, chupar terrones de azúcar, la humedad de la baba en el almohadón, tirar dos veces de la cadena… etc

Saturday, 4 May 2013

Crímenes Ortega – En los 90 sí que es verdad que se mataba más, había más trabajo

Las palabras pesan más en según qué sitios. Mariví me había dicho que un día podría hacer un documental-reportaje-collage sobre todos los documentales, entrevistas que he hecho para la agencia durante los dos últimos años. Paco Ortega sigue moviendo la mandíbula. A veces habla de medio lado no porque no quiera mirarme sino porque desvía la mirada dando bandazos a derecha e izquierda por instinto, comprobando que no hay moros en la costa.

Yo tengo fama de que me pierdan las mujeres, sabe usted

Mariví me ha dicho en más de una ocasión apuntillando un “y esto no es opinión mía sino de más arriba”, que tal vez una de las razones por las que mis documentales tengan más calada entre el público sea porque le doy más importancia a lo menos importante. La capacidad de convertir lo que no es importante en importante, me dijo, o algo así.

Me pierden las mujeres como le puedan perder a cualquier hijo de vecino, nos ha jodido. Paco Ortega arremanga según que palabras y frases, les quita el envoltorio. Habla con crudeza de salón. En la frente lleva una marca mitad grano mitad postilla. El cuello del polo Ralph Lauren ha sido planchado por manos expertas. De cuando en cuando se mete por dentro el colgante de oro.

Me gustan todas aunque las rubias un poco más. Pero bueno, rubias, morenas, pelirrojas… una mujer guapa es una mujer guapa y ya está, aunque las rubias siempre me han tirado más. Me pierden las mujeres como a cualquier hombre, sin exageraciones, luego donde esté una buena mesa, unas carrilleras, un chuletón poco hecho, pescao al horno…

Paco se mueve en el sofá con impaciencia, necesitando entretenerse a sí mismo a cada momento. A veces se queda mirando fijamente mi camisa, mis zapatos.

Por lo que nunca me dio fue por el juego, ¿ves?, ni siquiera jugar a las cartas sin dinero. Si mal no recuerdo creo que en la vida he echao a las tragaperras

El entrevistado se va por las ramas, yo le pregunto sin anotar nada y él se va del tema contando cosas que no vienen a cuento. Habla de esto y lo otro y son esos rodeos en la conversación, ese tránsito por temas que no importan, lo que miden el tiempo de la tarde. Por las opiniones y por los ni fu ni fa se nos van los segundos y los minutos del día. Hay un tren que tendré que coger y sin embargo Paco toquetea diferentes temas de conversación ajenos al proyecto como echando una pizca de sal aquí y allá.

En los noventa sí que es verdad que matábamos a destajo. Por algún motivo se ve que entonces había más necesidad de matar, la gente tenía más necesidad de borrar a gente del mapa, un cuñao, un jefe, una vecina… una vez hubo uno que nos contrató para que matásemos a un primo lejano, este tío tenía pasta, mucha, tenía un chalet en Somosierra y luego una finca en el sur, cerca de Jaén, creo, y bueno, nos pidió que si era posible ejecutar el asesinato con un Cadillac. O sea, nos pidió que matásemos a su primo atropellándolo con un Cadillac que había comprao en una subasta de esas que se hacen en según qué ciudades portuarias donde traen coches del extranjero y se subastan allí mismo, en Zona Franca, antes de pasar aduanas, así él que compra el coche es el que paga la aduana, no sé si me explico

Le pregunto por su familia. Le pregunto si él se considera castellano leonés, por la finca que tiene en Soria, la gente del pueblo, donde creció y se hizo mayor. Le pregunto también por la relación con sus abuelos, sobre todo con la abuela, quien prácticamente lo crió.

A mí lo que me tira es el mar, sabe usted. Los barcos de vela, los pesqueros llegando a puerto, el olor ese mitad a salao, a pescado, a gasoil que se respira en cualquier puerto pequeño del Mediterráneo, llámese Cambrils, Ametlla de Mar, San Carlos de la Rápita

Monday, 29 April 2013

Crímenes Ortega – Pensión Ambos Mundos

Paco Ortega es una persona muy prudente y muy legal. Por el rabillo del ojo se le ve el pedigrí. Paco Ortega es un tipo de esos que viene con la mili hecha. Yo apenas le hago preguntas. Dos, tres, cuatro preguntas cada tanto rato. Él se menea más en el sofá que yo. Es más nervioso, más ansioso. Cada vez que me pregunta por la cámara yo me acuerdo del mensaje que Mariví me dejó en el contestador tres semanas atrás. Zaragoza, tendría que desplazarme a Zaragoza, ellos concertarían la cita, yo sólo tendría que presentarme como de costumbre, pasar un rato con él, charlar, largar, no apuntar nada, hacer pocas preguntas. Los de la agencia me seguían eligiendo por el hecho de que hiciese pocas preguntas. La pasividad del interlocutor era altamente valorada en SigmaCord. Solo querían un rostro que el entrevistador creyese. Eso y dejarle hablar a él. La agencia me contrataba porque mi presencia incomodaba y eso hacía que los elegidos largasen más de la cuenta. A Paco Ortega le parecía mal que no hubiese traído conmigo ni cámara, ni grabadora, ni libreta donde apuntar. A Mariví tampoco le hacía gracia. Yo pensaba en el tren de vuelta a Madrid, en la numeración de mi billete. No recordaba si ventana o pasillo. Me llevé la mano al bolsillo interno de la chaqueta y palpé la forma del billete

Si quieres y cuando terminemos de hablar de todo esto, nos acercamos al Tubo y nos comemos unas raciones. Croquetas, gambas gabardina, tormo de escabeche. Un bar ahí abajo que pasa desapercibido para el que no lo sabe

Crímenes Ortega no era una filosofía ni una manera de ser o entender la vida, recalcaba Paco. Crímenes Ortega era un curro que tenía sus cosas buenas y sus cosas malas. Estaba lo de viajar, sí. Pero cuando se viajaba de trabajo no era lo mismo que cuando se viajaba de placer.
A mí Francisquilla usted no la conoce, ¿verdad?

No conozco a nadie

No, ya. Quiero decir, de mi Francisquilla no le he contado nada, ¿verdad? De eso no hemos hablao. ¿Quiere que le cuente de eso? ¿De mi vida personal? ¿O el reportaje es solo del curro? Aunque si usted me lo permite, y esto lo digo desde la humildad, yo si fuera usted no separaría lo profesional de lo personal. Y no hablo ya de que mi Francisquilla trabaje también en el negocio y tal, no. Lo digo en general. Separar trabajo y la vida de uno privada es imposible. Está el sentido del humor, está el según como haya dormido uno, está lo bien cenao y todo sea dicho, lo bien follao que le tengan a uno en casa. Todo eso se ve luego en el trabajo. Se proyecta. ¿Trabajo o placer? Lo bueno de Crímenes Ortega es que de cuando en cuando se viaja mucho. Una vez tuvimos que ir a matar a uno a un pueblo de la provincia de Huelva. Andabas unos doscientos metros, cruzabas un arroyo, y estabas en Portugal. En Portugal. Pasabas un arroyo y estabas en Portugal

A veces da la sensación de que Paco Ortega esté esperando esos tics nerviosos o no nerviosos, esos gestos que le salen de dentro sin tener él ni voz ni mando. A veces parece que Paco los esté esperando como si supiera de los lapsos de tiempo que estos emplean para aparecer y desaparecer. Debajo del pantalón gris uno adivina garras de alambre, más nervio que músculo. Hombre de impulso y electricidad. Hombre que va con gas butano. Levanta la mirada y mira detrás de mí. Está al tanto de todo. Escucha y desescucha la conversación de la mesa de al lado. Encoge el cuello y mira la lámpara vieja que cuelga justo encima

Cuando matamos por encargo no llegamos a extremos de dejarle al cliente elegir el arma y el método, no se vaya usted a pensar. Esto no es como las películas. Aquí no se presenta un fulanito de tal y nos dice que hace falta matar a su cuñao con un hacha, o con fusil, justo cuando pase por la calle tal o cual, o cuando entre al bar del barrio, o a la salida del trabajo, no. Esto no es Holywood, a ver que se va a creer usted. Esto no es como las películas y quizá por ello se valore menos, por la mala prensa que tenemos, por el desconocimiento que tiene la gente sobre nuestra profesión. Para empezar, dice levantando el dedo índice de la mano derecha, señalando al techo, para empezar está que nosotros lo que valoramos primeramente antes de matar a nadie, es lo del dolor. Lo del dolor es lo que entra primeramente en el orden del día. Las muertes hoy en día se provocan de la manera más indolora posible

La pensión Ambos Mundos con sus butacas, sus mesillas de cristal que no hacen juego, los ceniceros de chapa brillante, la altura de los techos, la estrechez de los pasillos, el barnizado de las puertas, las manivelas antiguas, las baldosas desgastadas, la pensión o el hostal Ambos Mundos con todo eso más con las conversaciones de las tres o cuatro mesas que han improvisado en una salita que en realidad no era para eso, se convierte en un universo ajeno al paso del tiempo, independiente del griterío de la calle y la plaza

A mí lo que me quita el estrés es la cocina, dice Paco con una sonrisa en la boca tan grande que le tapa hasta los dientes y le ensancha la cabeza como si fuera un dibujo animado. Y por cocina entiéndase el cocinar, ¿eh? No nos engañemos (señalando otra vez hacia el techo con el índice de la mano derecha). Comer también me va, nos ha jodido, y comer bien, cocina refinada, no experimental pero refinada. Y cocinar pues eso, que yo me meto allí en la cocina, le digo a la Francisquilla que me deje tranquilo, me pongo al Bebo y al Cigala a toda pastilla, me encierro allí con mis ingredientes, y bueno, allí es donde yo me olvido de todo. Me olvido de las facturas, de los problemas, del futbol, del inventario, las declaraciones, los impuestos y la madre que los parió a todos. Cocinando. Cocinando con delantal, ¿eh?...

Friday, 26 April 2013

La forma con la que el personaje se rasca el brazo si es que le llega a picar alguna vez durante las 300 páginas que dura el libro

María José Carrasco está escribiendo un libro sobre un tal Anatoli Kirillov quien entre otras cosas es capaz de leer los pensamientos de la gente. Bueno, no tanto los pensamientos como los deseos. Maria José Carrasco tiene escrito lo que es la mera acción del libro. Anatoli le dice a su hermana que su marido, el cuñao de Anatoli, en secreto desea con locura a la vecina de ambos. Esto causa estragos en la relación. El libro de Maria José Carrasco también habla del divorcio de la hermana una vez conocidos los deseos de su esposo y de las amenazas de muerte a Anatoli por parte del cuñado quien jura y perjura que él no desea a nadie más que a la ahora su ex-mujer y que no entiende como ella le puede hacer caso al tarao de Anatoli quien por no tener no tiene ni trabajo ya que es demasiado estúpido como para clavar un clavo.

María José Carrasco ha escenificado la historia en Togliatti, provincia de Samara, Rusia. Cuenta como tras el divorcio, el cuñado intenta por todos los medios de convencer a Anatoli para que rectifique de su visión y le diga a su hermana que todo ha sido un error y que el cuñado en realidad no desea a la vecina de enfrente. A todo esto la vecina de enfrente se entera de todo y no solo ella sino también su esposo, excampeón de boxeo del peso welter de la provincia de Samara, quien tras saber del escándalo propina una paliza al cuñado y le amenaza con no volver a acercarse jamás por el vecindario

María José Carrasco ha escrito la historia como narrador omnisciente, con el don de la ubicuidad, dominando la totalidad de la narración y pareciendo saber lo que va a ocurrir en el futuro y lo que ocurrió en el pasado; utiliza la tercera persona del singular

María José Carrasco tiene una amiga que trabaja para la Editorial Planeta quien vive en Barcelona y comparte piso con un gato pardo. La amiga de María José ha tenido el privilegio de leer parte de la historia, la ha compartido con gente del trabajo, y tanto ha gustado que uno de los jefes se ha interesado y ha hecho llegar una oferta por el manuscrito. La cifra ofrecida se desconoce. La amiga de María José le cuenta que además del interés por publicar el libro, le da que alguien estaría también interesado en convertirlo en película y que es posible que le ofrezcan dinero a su vez por los derechos cinematográficos

María José Carrasco se toma las noticias con sorpresa, júbilo y satisfacción desbordante. Esto se lo dicen por teléfono, a través del móvil, cuando se dirigía a un estanco a echar la Primitiva. María José pasa unos días encerrada en casa trabajando en la novela. La historia y gran parte de la acción están terminadas, sólo le falta el relleno que han de llevar los diálogos y los antes y despueses de las acciones. Le falta la materia oscura de la novela. Describir cómo hablan los personajes, cómo andan, cómo se sientan en una silla, qué tono de voz usan al llamar a alguien por su nombre. María José se atasca de mala manera con todo esto. No le sale. Piensa en los personajes, trata de meterse debajo de la piel de los mismos, se pone en sus circunstancias. Sigue sin salirle y es por ello que se sube a un autobús y se marcha a la sierra al apartamento de otra amiga con la esperanza de que en plena naturaleza consiga la inspiración necesaria. Tras dos días en la sierra la materia oscura de los personajes comienza a llegarle. Entusiasmada por el desatasco, se pasa horas enteras delante del ordenador. Avanza de forma sorprendente. Pasada una semana calcula que un día más y el libro quedará terminado. El última día, cuando apenas le quedan unas horas por terminar, vuelve a atascarse esta vez con algo muy concreto. Sabe que Anatoli es una persona a la que muy de vez en cuando le entran picores y sin embargo no consigue descifrar la manera exacta con la que éste se rasca el brazo. Por no saber, María José no sabe siquiera si Anatoli es un tipo que descuida el cortarse las uñas o si se las come. Dependiendo de lo uno o lo otro será un tipo de rascado distinto. Con uñas largas hace falta presionar menos y se rasca de manera más focal. Tampoco sabe si es de las personas que se rascan en marcha, mientras hacen algo, o si es de los que tienen que detenerse para ello. También desconoce si cuando Anatoli se rasca el brazo lo hace extendiéndolo para mirarse cómo se rasca a sí mismo o si lo hace sin mirar

María José Carrasco, tras mes y medio recluida en el apartamento, deja de coger el teléfono. No contesta ni a familiares, amigos ni a gente de la editorial

Por qué llamarse Ernesto y otros principios básicos para vivir en armonía con uno mismo

Capítulo 1 – El legado de la razón

En 1520 Hernán Cortés hizo lo que él creyó oportuno había que hacer y así pasó lo que pasó en Tenochtitlan. Uno piensa en Cortés, aquí y ahora, en 2013, y a bote pronto piensa en negativo. Piensa en masacre, en sangre derramada, en dolor y esperpento. En el oro y las condecoraciones y los títulos nobiliarios se piensa más tarde, a las 4 o así. En 1520 Cortés entró en Tenochtitlan y uno aquí, después de leer diversos tomos históricos encuentra que de las muchos escritos vertidos al respecto (con diferentes encuadernaciones), y de los cientos de textos sobre la materia, ninguno habla de elementos físicos formales (la manera de apoyar los pies al sentarse) del personaje. Debido a ello hoy sabemos lo que hizo Cortés pero no sabemos cómo lo hizo. No sabemos si cuando gritó “A por ellos” lo hizo torciendo el extremo superior del labio, o hincando los hombros, si echó la pierna derecha hacia delante, o si comandó en voz alta o a grito palao. Esto es materia oscura literaria. Es lo que no tiene que ver ni con el mensaje, ni con la acción, ni con el argumento, ni con el destino de la historia. Es la forma dentro de la forma, el polo opuesto de las cosas. Literatura invertebrada, microscópica, quántica. Es algo tan minúsculo (la forma con la que el personaje se rasca el brazo si es que le llega a picar alguna vez durante las 300 páginas que dura el libro), algo tan infame e incoloro, que precisamente por ello es completamente necesario. Esta especie de materia oscura literaria (la manera precisa con la que el personaje se ha atado los cordones de los zapatos antes de que apareciese en la primera página del libro ya vestido y a mitad de terminarse el café), es necesaria porque de alguna manera sujeta por dentro a los personajes que luego hablan y empuñan pistolas que matan al malo. Sin la manera de rascarse de uno luego no hay otras maneras. Uno se rasca el brazo lo mismo que dice I love u. Esto no se elige, viene dado. Sin la cara no existe la moneda.

En 1520 Cortés entra en Tenochtitlan sí, eso ya lo sabemos ¿Pero se tuvo que rascar el tobillo en algún momento del lance? ¿Se había levantado con dolor de garganta? ¿Andaba raro por haber dormido en mala postura?

Wednesday, 20 March 2013

Crímenes Ortega - Loquillo y los Trogloditas

¿Lo de la clínica y la eutanasia cómo y cuándo se le ocurre a usted?
¿Y usted no se trae un cámara para filmar todo esto? Yo es que hay ciertas cosas de las que no me gusta hablar en según qué sitios
Una mujer de la mesa de al lado, enlacada y enjoyada por igual, lleva las uñas infinitamente largas. Se toca una pulsera que parece ser de oro. Paco Ortega le pregunta al entrevistador si no le va a preguntar por aquello de Loquillo y los Trogloditas y cuando sacaron lo de Crímenes Ortega en una canción. El entrevistador le pregunta por los inicios. Paco Ortega dice que para él, en el fondo, toda historia es una historia de amor. Aunque no la de Crímenes Ortega, no. Le hubiese gustado que su tío abuelo, allá en Colombia, hubiese empezado todo aquello por una mujer a la que quiso impresionar.
Los negocios así se montan por necesidad, luego las mujeres se meten por medio y le dan color a las cosas, o se lo quitan, según la fecha del mes, pero bueno, ya me entiende. Paco Ortega habla a veces con un amago de gesto socarrón que se queda en gesto sobre todo por la falta de estatura del individuo. Sus huesos hacen de percha dentro de una camisa mal abrochada. Dentro del bolsillo asoma un paquete de Winston del que fuma cuando se acuerda.
Hay gente que se piensa que un negocio como Crímenes Ortega sólo consiste en matar y quitarse a gente del medio. Yo no lo veo así. Hay mucho más que el acto de matar, hay mucha gente detrás de la empresa, hay servicio al cliente, hay una chica que se dedica mayormente a hacer papeleo, se llama Sonsoles, una chica con carrera que piensa como un ordenador, están también los asesinos, o los verdugos, llámelos usted como quiera, estoy yo que me dedico sobre todo a las ventas, a llevar el negocio desde un punto de vista comercial. Luego está la imagen, eso que llaman marketing y que yo meto en el mismo cajón que todo lo comercial
¿Usted qué coche lleva?
Lo de la canción de Loquillo no fue algo buscado
¿Y la clínica de eutanasia asistida?
Paco Ortega se queja en más de una ocasión de que el individuo se haya presentado sin cámara. Si aquello se suponía iba a ser un documental sobre la empresa esperaba un cámara como mínimo, un técnico de sonido, alguien que se encargase de iluminar la escena.
Esto es un negocio como otro cualquiera. La gente se piensa que somos como el Conde Drácula o algo así, que vivimos en las penumbras, que somos gente rara, gente sin corazón y sin respeto por la vida humana cuando en realidad es todo lo contrario. Si usted se para a pensar… Paco Ortega se queda pensativo y deja el pensamiento colgado en el poco aire que circula por el hall de la pensión Ambos Mundos. Si usted se para a pensar, dice dejando la mano abierta, pensando eso mismo que le sugiere al interlocutor que piense, frenando un poco el tiempo, con la saliva en punto muerto, haciendo patente el amarillo dental, la baba intercalada, el ojo que mira pero no ve… y todo para decir eso, si usted se para a pensar en realidad lo que hace Crímenes Ortega es un sacrificio por la humanidad, mucha gente le llama a esto el trabajo sucio, yo discrepo, esto es un trabajo tan noble como el que más, matar así por así, asesinar a personas que no conoce uno de nada, gente a la que jamás ha visto, y matarlas así, como por encargo, como medio de vida digno…
De Colombia no se precisaba hablar mucho porque como había dicho el entrevistado, él de colombiano tenía bien poco. Podría hablarle un poco de Cali pero de pasada, contar cosas que escuchó siempre por terceras personas. Un tío que le había contado sobre la vida en un barrio y la necesidad y la humedad, el olor de ciertos guisos, la enfermedad y todo aquello que según qué tipos explicaban cuando se les preguntaba por la patria.
¿Qué patria?
Crímenes Ortega
¿Y dice usted que preferiría llevar esta conversación en un bar?
En esta pensión viene gente que deben negociar con la bisutería. Antes de que llegase usted había dos moros sentados en esa otra mesa que ahora está vacía, y hablaban con un tipo encorbatado mientras miraban unos catálogos hasta que uno de los moros ha sacado un maletín lleno de colgantes, pulseras y anillos, y entonces han dejado el catálogo de lado porque preferían mirar el objeto real. Aquí huele como a rancio.
¿Tiene usted alguna comida favorita, algo tal vez colombiano que alguna tía o abuela le cocinase de cuando en cuando?
A mí lo que más me gusta son los boquerones pero eso sí, nunca fritos. El boquerón en vinagre. Si se fríe pierde gusto. El boquerón en vinagre y en según qué bares. Aquí en Zaragoza no sé, pero en Ciudad Real o en Segovia…
¿Fue en Segovia donde lo de Loquillo y los Trogloditas?
En Segovia fue donde nos encontramos por vez primera. Por vez primera y última, todo sea dicho. Yo había ido a firmar unos papeles con un cliente. Un contrato, vaya. Hace años no hacía falta tanta letra impresa pero luego llegaron los socialistas y la cosa cambió. Vino también la Unión Europea y con la iglesia hemos topado. Al principio se podían alcanzar acuerdos con un apretón de manos pero luego ya no, luego hizo falta viajar más, hubo que acudir allí donde estaba el cliente. Y fue por h o por b que nos llamó un hombre en Ciudad Real que necesitaba matar a un vecino, no recuerdo porqué, y bueno, fuimos allí, fui yo solo, y luego ya de noche como se me había hecho tarde decidí quedarme a dormir en un hotel que sin ser barato era de alguien que era familia del hombre al que íbamos a hacer el servicio y bueno, me pusieron cama gratis. Me quedé allí, me bajé a tomar unas copas por aquello de no poderse dormir uno y coincidí con los peludos esos que justamente habían dado un recital allí.
Y le hicieron una canción
No, no me hicieron una canción. Les conté a lo que me dedicaba, les dije el nombre de la empresa, creo que les di una tarjeta por si algún día, nunca se sabe, pudieran necesitar de mis servicios
¿A Loquillo?
No, con Loquillo casi no hablé. Fue sobre todo con el batería, con Jordi Villa, un peludo con el que hice click y nos caímos bien al instante y estuvimos hablando casi toda la noche. Con Loquillo hablé poco. Usted sabrá mejor que nadie eso de que a veces se conecta con una persona de manera inmediata, algo hace click y es como si se conocieran de toda la vida
Click
Sí, click, y eso, le conté de la empresa no porque me diera la gana sino porque me preguntó sobre mis quehaceres profesionales, de donde venía el pan y la renta y la hipoteca y todo lo demás
Parné
Le conté un poco por encima, no entré en detalles por no aburrirle, pero el nombre le hizo gracia y de ahí que me interrumpiese para llamar a Loquillo y decirle a viva voz que este tipo, o sea yo, me dedicaba a lo que me dedicaba y que el negocio se llamaba como se llamaba. Loquillo se acercó y se interesó por el asunto, también le hizo gracia, y fue que mientras le contaba sobre uno de los últimos encargos, no recuerdo cual, sacó una libreta y anotó algo, y de ahí salió luego la canción, bueno no la canción, porque tampoco fue una canción, fue una mención en una canción, un verso, una estrofa, qué se yo
¿No salió a la luz?
No salió a la luz
¿Qué año estamos hablando?
El año no lo sé pero el disco en el que se suponía iba a salir o podía haber salido fue aquel de “Simpatía por los Stones”, el noventa y pocos.
Pero no fue una canción
No, nunca fue una canción. Era una línea de una canción. Decía: Si te deja tu novia ya sabes, Crímenes Ortega. Eso era todo. Si te deja tu novia ya sabes, Crímenes Ortega. Nunca supe a que se refirieron con eso. Si el mensaje era matar a la novia, o matarse uno mismo a través de Crímenes Ortega, no sé, nunca supe. Jordi Villa el batería me mandó la letra de la canción. Me dijo que nunca llegaron a ponerle música. Obviamente no salió en el disco, pero bueno, ahí está
¿Se quedó en anécdota?
Se quedó todo en una anécdota, sí
Si te deja tu novia ya sabes, Crímenes Ortega
Sí, así fue
¿Han tenido alguna vez casos en los que el cliente, la persona que pide un asesinato, fuese a la vez el demandante y el receptor?

Tuesday, 19 March 2013

Crímenes Ortega - Ambos Mundos

Paco Ortega juguetea de manera inconsciente con un mechero. Está en medio de una conversación y parecen ser sus dedos de manera independiente y no él quienes toquetean el mechero llevándolo a través de un slalom entre falanges. Paco Ortega está metido de lleno en la conversación. Ha dejado de culear en busca de la posición perfecta. El lugar es una pensión llamada “Ambos Mundos”. El sonido de la Plaza del Pilar se deja caer entre los ventanales abiertos. La pensión está llena de luz artificial. Son bombillas viejas que dan más calor que luz. Paco Ortega dice que el mayor problema de Crímenes Ortega como negocio es la credibilidad y luego también la incomodidad del mensaje, por ese orden. Su interlocutor lleva el pelo peinado a raya con exactitud milimétrica. Cada hebra de pelo en paralelo perfecto con la siguiente.
Esto es como muy victoriano, sabe usted…
La muerte en general vende poco. Cuando asistida por manos profesionales vende todavía menos. Es algo necesario pero mal visto. Muchos clientes solicitan discreción. Reuniones no ya en la sede de Crímenes Ortega sino en bares de barrios de la periferia donde ningún conocido pueda coincidir. Sitios como la pensión Otros Mundos.
La profesión de matar por encargo siempre ha estado relacionada con gente que habla con la boca de medio lado, fingiendo toser, con miedo escénico, gente con prisas
¿Se ha enterao usted de todo lo que está pasando en el Vaticano?
Paco Ortega se sentía incómodo teniendo a aquella gente en la mesa de al lado tan cerca de ellos. Las conversaciones saltaban de mesa.
El hall de la pensión Ambos Mundos no es un hall ni un lobby, es un cuarto de estar donde se han repartido sillones y sillas alrededor de tres mesas camillas.
En el Vaticano hay túneles y pasajes secretos
Paco Ortega tiene mucho interés en la conversación con el hombre del pelo arado. Ha estado esperando meses. Un hombre capaz de reflotar el negocio. Un hombre que le va a dar posibilidades, nuevas aperturas, distintos programas de marketing.
Marketing lo que se dice marketing no es, dice.
Paco Ortega tiene tanta necesidad de escuchar el mensaje del consultor que le es difícil concentrarse en el mensaje. El hombre está sentado enfrente y pese al calor de las bombillas no suda. Paco se recuerda a sí mismo lo importante de la reunión y la necesidad que tiene el negocio de las ideas de aquel hombre y todo ello no hace sino dificultar la escucha.
A hora se le ha metido una canción en la cabeza, una canción vieja, una ranchera que les había oído cantar a sus padres.
El hombre del pelo a raya dice que la necesidad del producto no garantiza nunca el éxito. Lo único que garantiza el éxito es la marca. Pregunta si Paco consideraría cambiarle de nombre a la empresa
¿Qué tiene de malo Crímenes Ortega?
A mí ni me va ni me viene. Esto es para el archivo, para el reporte, para mirar los por si acaso una vez me vuelva a Madrid. A mí ni me va ni me viene, yo cobro lo mismo.
¿Cree usted que el nombre tiene la culpa?
Yo no creo ni dejo de creer. Un tipo que se peina como yo, usted cree, con todos mis respetos, ¿qué me importa lo que opine o deje de opinar?
Lo de Crímenes Ortega se lo puso mi padre, en el cincuenta y tantos, en Yumbo, al norte de Cali, aunque yo, Colombiano lo que se dice Colombiano no soy. Míreme usted, ni la pinta tengo. Si acaso la poca estatura.
El sofá parecía demasiado grande cuando Paco Ortega estaba sentado en él. Un sofá de un rojo tirando a granate que parecía hecho con alfombra desgastada. Un sofá de moqueta vieja. Un sofá que daba repelús. Paco había sugerido abandonar la pensión y sentarse a una mesa en cualquiera de los bares de la Calle Alfonso. El hombre del pelo a raya, yo, no tenía necesidad de moverse de allí.
Se me seca la boca de tanto seguir
Usted de Colombiano tiene poco
Ni la postura con la que me pongo de pie, ya ve usted
¿Lo de la clínica y la eutanasia cómo y cuándo se le ocurre a usted?
Hay ciertas cosas de las que no me gusta hablar en según qué sitios

Wednesday, 27 February 2013

Instrucciones para morir con muy poca dignidad

Lo primero que hay que hacer mientras se está en el lecho de muerte es llorar de manera quejica como lloran las niñas de seis años no tanto porque se han hecho daño al golpearse la frente con la puerta sino porque quieren llamar la atención. El llanto en sí ha de ser más un quejido que un llanto. Si se puede fingir problemas respiratorios el mensaje calará todavía más. También conviene estar sudando aunque no se sude y revolverse en la cama como si se padeciera un dolor de esos que no se sabe de dónde proceden pero que duelen lo mismo. Mientras uno se queje amargamente se ha de tener cuidado de no cruzar miradas con los familiares que lo estén velando. A poder ser no mire de reojo, concéntrese en los espasmos fingidos y en el miedo a una vida desperdiciada. Tampoco es conveniente sacar a relucir temas concretos que a uno le atormentan, o sacar a relucir arrepentimientos que a esas alturas no llevan a ninguna parte. De más está decir que mensajes como el dile a Sofía que la quiero o dile a Maximiliano que lo perdono no harán sino poner en entre dicho la poca dignidad con la que se quiere morir. Tampoco se deben dar órdenes sobre cómo se quiere ser enterrado ni detalles como el tipo de ataúd o recordatorio. Si se quiere morir con poca o ninguna dignidad vale la pena volverse cristiano minutos antes de que la muerte golpee, rezar un Ave María, encomendarse al señor, suplicar el perdón eterno. Bajo ningún concepto se debe pedir agua o cualquier cosa que pueda aliviar los minutos finales. Mirar al techo de la habitación como si uno estuviera poseído tampoco lleva a ninguna parte.

Instrucciones para vomitar en un cine

Es fundamental echarle la culpa al acomodador. Échele la culpa y hágale sentirse mal lo primero por las ropas que viste, luego por el puesto de trabajo que desempeña, las pocas ganas de vivir que tiene y sobre todo por el hecho de que siga visitando a su abuela dos veces por semana. Échele la culpa primero, delegue la responsabilidad que supone vomitar en un lugar público como un cine y trate de hacer el menos ruido posible. La acción de vomitar en sí debe de ser lo menos gutural posible. Si el esfuerzo de vomitar le hace llorar no se preocupe porque la oscuridad de la sala independizará de alguna manera las lágrimas. No se concentre usted en el vomito en sí, no piense ni en lo que merendó o cenó, ni mucho menos en la compañía de la que disfrutó mientras comió lo que ahora se vomita. Si el vomitar le produce algún mareo fíjese en las luces rojas del suelo, cuente las filas de butacas, deduzca en que número de butaca está sentado y sobre todo haga caso omiso del significado de los diálogos que se escuchan por los altavoces del cine. Piense en alguien lejano, en un tía que vive en Alicante y de la que nunca volvió a saber después del episodio de hace tres navidades. Si se vomita en un cine ha de hacerse desde la colectividad que supone ser uno del público. Cuando se vomita desde la butaca en la que se está sentado, desde la fila decimosegunda, no se vomita como un Manolo de Dios Román o como una tal Jacinta Quiroga, se vomita como público en general, es un vómito de cliente, un vómito que acarrea menos responsabilidad que si fuera el vómito de alguien que está aparcando y de repente le viene la nausea y hace falta detener el Peugeot y abrir la puerta y agachar la cabeza a la altura del chasis. Cuando se vomita en un cine es tan imprescindible responsabilizar al acomodador como lo es no salpicar en las palomitas del que se tiene al lado. Vale más vomitar durante la primera parte de la película, antes de que llegue el nudo y el desenlace. Si en la película salen actores como Al Pacino o Jack Nicholson la vomitina en sí pierde categoría de manera proporcional al talento de los actores. Si se vomita durante un diálogo que tiene que ver con la pérdida de un ser querido, el vomito gana enteros. Nunca es saludable vomitar mientras alguien tose o se suena los mocos. Si uno se quiere juagar la boca después del vómito, no use la misma paja por la que bebe su novia del litro de Coca Cola que le compró al entrar al cine.

Monday, 25 February 2013

AMBROSIO EL CHINO (III)

Me ha pasado más de una vez. El otro día fue en una tienda. Fui a por las madejas aquellas que me encargaste para la comida esa que nunca fue. Me mandaste a la carnicería que hay pasada la pulpería y yo entré allí y debían ser las diez y media, me puse a la cola, habría cinco o seis viejas delante. El carnicero tenía una ayudante que no estaba presente delante del mostrador. La chica esta entraba y salía con paquetes. El carnicero le daba tajos de carne, ella los preparaba como fuera y luego los devolvía envueltos en papel. A ella casi no se le veía la cara porque entraba y salía por una esquina del mostrador, pegada a la pared, y la mayor parte del tiempo las pasaba agachada o de espaldas a nosotros. Las viejas que tenía delante no me dejaban verla bien. Pero aquella manera de entrar y salir, aquel resoplar, aquella forma de llevar la respiración… me pareció ella, ella que ha venido desde España para perseguirme. Se me cortó la leche del café que me había bebido al levantarme. Me tuve que salir de allí mareado. De más está decir que no compré las madejas.

Escucha, huevón, me dice Jacinto moviendo unos papeles de la mesa como si tuviera prisa y estuviera esperando a alguien. Escucha huevón, este Ambrosio, lo que te estoy contando, es un hombre buscado, esto es confidencial. Lo que me contó aquel día creo que tuvo que ver con el efecto de las pastillas. Aquellas cosas que me contó de Martina, me dio su nombre verdadero, Julieta Morales, eso es información privilegiada, si quisiera podría ir a la policía y largar a cambio de plata. Pero yo no soy así. Nosotros no somos así. Y además, bastante tiene con lo que tiene. Si lo hubieras visto al final de la noche, cuando yo ya me había recuperado a la perfección de la borrachera matinal y había vuelto a echar luz y me había tomado media pastilla que me había hecho sentir de puta madre, si lo hubieses escuchado entonces… me llevó a un bar en el que yo no había estado jamás. Un sitio guapo al que no me importaría volver a acudir. Es una especie de bar clandestino donde solo se sirve vino y/o ponche y que está situado en una azotea de un edificio viejo en una boca calle de 5 de Abril, cerca del estadio, y bueno, esto no era un bar ni qué demonios, esto era el piso de un tipo con ingenio y necesidad a partes iguales que tenía alquilada la azotea y servía copas cuando hacía bueno y tenía un tocadiscos en el que ponía temas de los Beach Boys y de los Yardbirds y de Harry Nilsson, casi nada. Se estaba que daba gusto. Había puesto unas sillas de plástico que sabe dios de donde habría robado. Y mesas de madera, bueno, tablones con caballetes, y allí estábamos unas quince o veinte personas, cada uno a lo suyo, cuando Ambrosio seguía con lo de Martina. Me pedía más pastillas. Cada hora y media o así me pedía pastillas. Yo le iba dando de media en media, nada más, porque pagar tampoco me pagaba nada. Me pagaba con la historia que hasta ahora no había contado a nadie.

El disco que Jacinto había puesto antes de Salvador Tarrés y que había parado antes de volver a sentarse, por arte de magia o por lo que fuera, volvió a sonar sin que nadie apretase ningún botón. Fue como si el tocadiscos despertara de una siesta. La canción se llamaba la Estepa y era una canción que yo me sabía de memoria de las muchas veces que le había oído a Jacinto ponerla. Hablaba del amor de una madre por dos hijos que fueron a combatir en una guerra en la que militaban en bandos contrarios. Un drama de canción.

Estábamos en el bar aquel sentados en unas sillas de plástico. Como no alcanzaba bebíamos un vino peleón de los que dejan marca en el vaso. Creo que tenía un par de vinos y ponche. Pedimos el vino más barato. Como el tipo no pagaba licencias ni nada salía más barato que en un bar común. Cuando hace frío no pero en verano el sitio es perfecto. No tenía nombre ni letrero como bar clandestino que era.

Jacinto hablaba ensimismado, metido en su papel, desviando la vista hacia el lugar ese donde se desenfoca la mirada cuando uno se olvida de todo.

Ambrosio me contó que con Martina muy pronto se desarrolló una relación especial. Empezaron a contactar, se sentían a gusto el uno con el otro, cuando hacían los ensayos para el robo, en el almacén aquel de Huechuraba, si Johnny el Tano pedía que se dividiesen en parejas, Ambrosio siempre se emparejaba con Martina. Se cogieron afecto el uno al otro. Ella empezó a abrirse un poco y fue que le contó sobre su hija que se llamaba Magdalena (le enseñó una foto que llevaba en la cartera), y de su marido Pablo quien era ingeniero aunque no oficiaba de ingeniero por una lesión cerebral que había sufrido hacía cosa de seis meses y que lo había dejado medio tonto, en casa y sin cobrar un céntimo. De ahí que estuviese ella donde estaba, a las puertas de una vida mejor, a escasos días de un botín que los alejara de Santiago y la podredumbre que les tocaba vivir en el barrio donde vivían. Cuando Ambrosio le pregunto por dicho barrio ella contestó que no podía decirle ya que Johnny había dado instrucciones de que cuanto menos supiera el uno del otro, en general, de los cuatro que formaban la banda, cinco contando a Johnny, pues eso, que cuanto menos supiesen de ellos mejor por si acaso luego los trincaba la policía.

El Chino se encaprichó de aquella chica y cuando luego se iba a casa después de los ensayos se echaba en el catre de la pieza que compartía con un primo lejano y se quedaba allí con los ojos abiertos, mirando al techo, pensando no solo en Martina, en Julieta Morales, sino sobre todo pensando en el marido ingeniero con la lesión cerebral, al que imaginaba muy guapo antes del accidente, ahora estancado en una silla, con un manto sobre las piernas y la cara de medio lado, la baba goteando…

Al Chino le daba mucha pena pero sobre todo por ella, porque la necesidad la había empujado a aquella banda de ladrones, y sabía dios de donde la habían sacado, cómo había hecho para saber que había una banda que buscaba a gente para robar el robo del siglo, 95 millones de pesos del Banco de Crédito e Inversiones en el Paseo Huérfanos. Ambrosio se quedaba pensativo y trataba de imaginar el cómo del asunto, cómo hacía una mujer como aquella, linda sobre todo de cintura para arriba, para terminar haciendo un trabajo tan específico. Le habría sucedido lo mismo que le sucedió a él. Primero es la necesidad y luego algún sitió común, y algún amigo común, y el jefe que analiza los pros y los contras de escoger a uno u otro pero que finalmente terminó contratándolos a ambos, a Martina y a él, lo mismo que a Julio y a Quiroga, y sus razones habría tenido Johnny el Tano para contratar a una chica como aquella, tal vez lo de ser ama de casa sin antecedentes y sin pistas y sin motivos para causar alarma. El caso es que la contrató lo mismo que a él y el destino o Johnny Tano los puso en el mismo sitio al mismo tiempo, en el almacén donde iban a ensayar el robo, y a veces cuando se ponían a hacer algo en pareja, cuando simulaban estar perforando el túnel juntos, o cuando llevaban a cabo la toma del dinero y cuando uno le tenía que hacer pie al otro para acceder al falsete del techo, entonces se rozaban, se tocaban, se agarraban, y a Ambrosio el Chino le venía grande porque la carne que tenía por dentro de la piel se le ponía de punta, le daban una especie de corrientes eléctricas, unas olas de calor internas difícil de explicar, y aquello empezó a volverle loco hasta tal punto que en los ensayos posteriores le resultaba difícil concentrarse porque lo único que hacía era mirar a Martina de cerca, oírla respirar, atrapar el olor de su aliento cada vez que se apretaba el uno al otro por necesidades del guión, y la mente se le iba de la función, del atraco, y cometía errores y Johnny el Tano se cagaba en la madre que lo parió y le amenazaba con cortarle los huevos sino se estaba a lo que había que estar.

Como se había hecho de noche yo a punto estaba de preguntarle a Jacinto que si cenábamos allí, salchichas de bote de las que todavía quedaban cuatro, con patata cocida, o que si quería bajar a lo de Pablo y tomar sopas con pan a cuenta de lo que le debían. Se hacía de noche y a mí me entraba hambre pero no interrumpí ya que Jacinto parecía muy metido en la explicación.

Ambrosio que de vez en cuando había soñado con los billetes, con los pesos en la mano, y luego la fuga, cambiar el dinero de moneda si es que se fugara del país, cambiar los pesos por dólares y luego dedicarse a borrar muchas huellas, permanecer inactivo durante un tiempo, ese había sido uno de sus mayores alicientes, lo de permanecer escondido durante un tiempo sin hacer acopio de valor, metido en cualquier pueblo de clima templado, en el Brasil, Venezuela, Costa Rica… Ambrosio había soñado con el día de después del robo, cuando estuvieran ya con el dinero en su poder y a salvo de la policía, los cinco metidos en la casa que tenían alquilada como escondrijo, la casa en la que vivía una pareja de viejos a los que se les había explicado de antemano lo que tendrían que hacer cuando ellos llegaran, hacer como si nada, hacer vida de a diario, sentarse enfrente del televisor y atender sus labores, darle de comer al canario, regar las plantas, poner el brasero…

El bar aquel en la azotea del edificio era regentado por un tal Fenicio Suarez. Un día de estos te llevaré a conocerlo.
Todavía estoy esperando que me lleves al Suspiros de España

Al Suspiros de España de momento no, pero al bar este del tal Fenicio, al bar sin nombre de una boca calle de 5 de Abril, allí sí que te llevaré porque merece la pena y además es otra gente y no nos conoce nadie y nadie da la tabarra y así es mucho mejor

¿En una boca calle de 5 de Abril?



¿Por dónde queda 5 de Abril?

Cerca del estadio, en la zona antigua, Plaza de Maipú, por ahí

¿Ambrosio acude por allí?

No sé, aquel día me llevó pero tampoco es que el dueño, el Fenicio este, tampoco es que lo tratara con mucha familiaridad

¿Y cenar hoy?

Espera que termine

Termina pues

La noche aquella, el dueño del bar clandestino, Fenicio Suarez, se nos acercó un par de veces porque la verdad que con tanta pastilla al Chino se le había quedado la cara rara, los ojos abiertos bien grandes, y bueno, el Fenicio se había dado cuenta y había venido donde estábamos sentados interesándose por su salud. Demás está decir que lo mandamos al carajo, pero bueno. Ambrosio ni se dio cuenta, tan ensimismado que estaba hablándome de Martina que ni la hora del día sabía. Y me contó que ya cuando quedaba muy poco para el robo, pues que habían hecho hasta un túnel artificial dentro del almacén en Huechuraba, para ensayar mejor, como si fuera real. Habían copiado tramos del banco o del subterráneo por los que iban a tener que pasar y se habían montado una especie de maqueta a escala real allí en el almacén. Hicieron el túnel donde Ambrosio, declarado taladrador principal, había practicado. Y entonces me dijo, borracho como estaba a aquellas horas de la noche todavía sentados en lo de la azotea, que un día de ensayos, pasando cerca de Martina dentro del túnel que habían fabricado, pues que se quedaron atascados él y ella, durante dos o tres minutos, y bueno, me dijo que en aquellos momentos él pudo notar sin necesidad de palparla, que ella estaba mojada, mojada como de haberse corrido de gusto, ahí es nada.

Luego la cosa se enfrió porque él se dio cuenta y ella se dio cuenta de que él se había dado cuenta y aunque sí que es cierto que ambos trataron de distanciarse, en el fondo no podían porque cuanto más se distanciaban mas se acercaba el uno al otro hasta que ella le enseñó por vigesimosexta vez aquella foto que llevaba siempre en el bolso de su marido y su hijo y que usaba como escudo emocional, y a él le empezaron a entrar las dudas que ya nunca le abandonaron hasta el día del robo.

Que quede claro. A mí aquella noche Ambrosio el Chino Maidana en ningún momento me dijo que el día del robo se echó atrás porque en realidad necesitaba alejarse de Martina para que ésta no rompiese el matrimonio con el marido descerebrao ni la familia que representaban. Ambrosio en ningún momento me dijo que por amor a aquella mujer decidió que era mejor desaparecer del mapa, abandonar el proyecto en común y de esa forma garantizarse el no volver a verse y así no interferir en lo que era una familia ni en sus planes de futuro ni en las posibilidades que les daría el botín (operaciones de neurología en los Estados Unidos incluidas). Ambrosio nunca me explicó las razones que lo llevaron a soltar el taladro cuando estaban en el túnel a escasos segundos de conectar con el lavabo del banco. Repitió mucho que Martina le había enseñado las fotos aquellas donde salía el marido y el crío en una excursión que hicieron a Valparaíso y que no se había podido quitar la estampa de la cabeza. Pero de las razones directas que lo llevaron abandonar el robo no dijo nada.

¿Entonces por qué se echó atrás?

Lo mismo se cagó en los pantalones

Sunday, 24 February 2013

AMBROSIO EL CHINO (To be continued II)

Ambrosio está sólo pero eso no le impide dejarse caer por ciertos bares y contar lo que no fue. No tiene una legión de fans ni tampoco amigos de los que se dicen amigos. Tiene gente que se acerca y pregunta si los rumores de que fue parte de la banda del Tano son ciertos. Johnny Tano, leyenda suburbial. En paradero desconocido. Presuntamente detrás de más robos posteriores al del banco. Según ciertas lenguas la banda ejecutó a la perfección el robo del siglo y luego diversificó negocio desde donde quisiera que estuvieran, a través de móviles y ordenadores, con mensajes codificados vía boca en boca. Diversificaron negocio y hay quien dice que estuvieron detrás de aquellos documentos perdidos que tan poco bulto armaron en los noticiosos sobre el gigante aquel petrolífero. Diversificaron negocio tirando para la industria energética, oil&gas, BP, Shell, Texaco. La policía también se había acercado a Ambrosio preguntando por el rumor y por cualquier tipo de información respecto al paradero de los presuntos ladrones. Todo había sido muy presunto. Ambrosio nunca dijo nada y sin embargo todo el mundo sabía. Antes de dar cualquier charla en cualquier bar había sido necesario realizar un sondeo en busca de oídos que pudiesen comprometer el relato. Ambrosio Maidana “El Chino” quien tenía gran parte de su familia viviendo en la argentina mientras él, tan poca cosa él, se dejaba caer por según qué taburetes de según qué bares de según qué barrios de Santiago. Antes había acudido mucho al Palacial, había dicho Jacinto. Se había dejado caer por según que antros del Palacial sin saber que estaba en el palacial ya que dicho nombre era propiedad intelectual de sólo unos pocos.

Hoy mismo es jueves y Jacinto no tiene ganas de ir a vender pastillas Petramax. Me dice que los jueves son un buen día para vender. Cierta gente de ciertos barrios se toma las cosas de otra manera sobre todo si se les visita el jueves a la hora de comer. Es el preludio del viernes y lo que acontece después. La gente con problemas siempre resulta más receptiva los jueves. Sin embargo no le apetece mucho y me pregunta por la chica que todavía no puedo nombrar y me dice que si sigo así no voy a llegar a ninguna parte y que seguro que por mucho gesto serio y postura chulesca, por dentro estoy llorando de pena por haber abandonado a mi mujer y a mis hijas. Le sugiero que no nombre a mis hijas. Me pregunta si llevo alguna foto de ellas en la cartera y vuelve a recalcar que la mayor se lleva poca diferencia con la chica por la que lo he dejado todo.

¿Qué es exactamente todo? ¿Qué tenía yo antes de esto?

Me sugiere que no haga preguntas directas ya que es de mal gusto y denota ignorancia y no saber estar en los sitios. Se va a la cocina donde se agacha enfrente de un armario que abre e inspecciona. Se rasca la cabeza, en cuclillas, dudando. Antes de cerrar me pregunta por cierta botella de vino o anís que suponía quedaba medio entera. Le digo que haga el favor de no mentar a mis hijas. Si conserva un mínimo de respeto hacia mi persona, que no las nombre, por favor. A Cecilia y Tadeo y los padres de ella y los amigos y a mi padre que cuando lo dejé estaba más pallí que paquí, a esos que los nombre todo que quiera y si es el caso que me haga preguntas que me ayuden a poder contar esta historia. Pero a mis hijas no, ese es el trato.

¿Qué trato ni que vainas?

A través de la ventana del cuarto de estar parece que llega el buen tiempo. Yo que nunca he sido friolero (ni cuando hice la mili), ahora me da por tiritar a la mínima.

Ambrosio el Chino es de familia argentina aunque él nació en Santiago. A veces pone acento argentino por joder. A mí me contó del robo, o de lo que él pudo ver antes del robo. A cambio de tres pastillas. Fue una mañana de agosto, yo estaba en el café de lo de Jaime y Rosita que por cierto, ya no lo llevan Jaime y Rosita. El otro día acudí y había cambiado todo, no solo los dueños. Ahora es una especie de bar con música, un disco bar para adolescentes, está cerca de un colegio. Han pintado las paredes de verde y las mesas son de un plástico brillante.

Jacinto me cuenta mientras pone sus zapatos al sol, en ese medio metro cúbico que tenemos de balcón, que Ambrosio el Chino en las distancias cortas, cuando se sincera, cuando se olvida por un momento de que es el famoso caco que nunca fue, ese que tan cerca estuvo y sin embargo, cuando se olvida de que es medio famoso, es un tipo entrañable con muchas cosas que contar. Cosas como la pasión por los aviones, aviones comerciales, “se los sabe todos. Y pasión también por la madera, por la talla. Es escultor. Se podría ganar la vida de escultor”, me dice Jacinto levantando el dedo y demandando un café bien cargado. “Podría ser escultor o dedicarse a la aviación y sin embargo, la derrota esa del golpe que nunca dio lo lastra. O eso o el fajo de billetes que de cuando en cuando le vendrá de debajo de las piedras, quién coño sabe, quién cojones soy yo para opinar”

A veces Jacinto me habla y a mí me pasa que llegado un momento desconecto de la conversación, como sin querer. Y desconecto independientemente de que el tema de conversación sea interesante o me enganche o sea algo anhelado. Desconecto sin querer, no por voluntad propia. Algo dentro de mí hace click y me quedo atontao, mirando pero sin mirar, pareciendo escuchar pero sin escuchar, con la mente en Babia.

Jacinto me dice que otra de las pasiones de Ambrosio Maidana “El Chino” es la música cubana. Música de los años cuarenta y cincuenta, me cuenta hablando con las manos. El son, el guaguancó, rumbas, boleros. “Este hombre es un intelectual. Nos sentamos en el parque a comer empanadas y entonces él se olvidó del robo y toda la mierda aquella del pánico al fracaso, y fue que se puso a hablar de la música cubana con una sonrisa en la boca, desprendiéndose del peso de su cuerpo. Y me hablaba del Conjunto Casino, del Conjunto de Arsenio Rodríguez, de la Sonora Matancera, de Celia Cruz, de la Orquesta Cosmopolita, de Beny Moré… eran como las doce del mediodía y yo iba borracho, no te digo más”

Mentiría si no admitiese que de cuando en cuando, como unas quince veces al día, pienso en mis hijas y entonces es como si el mundo se desplomase dentro de mis tripas. Siento una especie de tensión a la altura de los intestinos, un vértigo estomacal, una especie de abismo que me sube y baja por la garganta y tanto me aprieta que las más de las veces me tengo que levantar, excusarme y entonces me voy al baño a llorar.

“Cervezas y algún ponche y creo que vino también, las diez, las once de la mañana, si mal no recuerdo. Esto fue hace semanas, hace mes y medio o así. Cerveza, vino, ponche… en un estómago vacío como el mío. Porque yo hasta el mediodía no almuerzo nada, ya me conoces. Ambrosio me contaba de la música cubana y luego del mundo de los aviones, que todo fuera dicho, yo no conozco, nunca me ha interesado, yo no he ido en avión nunca, yo soy alma de barrio, ya me conoces, pensador equitativo, malgastador de tiempo porque considero que esa es la única forma de poder ganarlo. Yo viajo por dentro, ya me conoces, viajo no por lugares geográficos sino por parajes metafísicos, patafísicos… Pero déjalo. Tú no puedes entender. No tienes la categoría. No leíste ni a Schopenhauer ni a Kierkegaard y ni mucho menos al maestro Shunryu Suzuki Roshi. Roshi no es ningún apellido. Roshi en japonés significa maestro. El maestro Suzuki al que su propio maestro llamaba Pepino Torcido por la postura en la que meditaba. Bueno, que me voy de la historia, las once de la mañana, las once y media, tal vez las doce menos cuarto, y un servidor iba mamado. Y el Ambrosio este que se había quitado la careta y largaba como un loro y creo que llegado un punto, a las dos de la tarde o por ahí, me empezó a contar otra vez sobre el atraco y en particular me contó sobre esta chica, Martina, la única mujer de la banda, y bueno, me empezó a largar sobre la tal Martina, sobre esto y lo otro, y yo que por aquel entonces ya me había despejao a base del café negro ese que dan en el Bar Bandido, en la calle Sargento Aldea, el de las tortas, y bueno, que esa tal Martina que era de la banda y que todavía hoy sigue en paradero desconocido, que había algo en ella, en su manera de ser y de vestir que a Ambrosio le tiraba, o le había tirado. Martina era su nombre de guerra, un apodo. En realidad se llamaba Julieta Morales y pese a ser integrante de semejante banda armada, ella era mujer de familia, madre con un hijo y esposa de un marido, ahí es nada. De profesión, atracadora. Otras se dedican a la costura, o ejercen de amas de casa o se buscan cualquier parida en el campo, pero ésta no, ésta se mete en la banda más famosa de todo Santiago. Y todo eso a Ambrosio se ve que le fascinaba. Y la frialdad de esta chica. Y también la forma de vestir, muy europea según me contó. Con tejanos y unas blusas con cuello ondulado, así hacia abajo, cuello de mantel. Y le fascinaba que una mujer hecha y derecha, con sus labores diarias de madre, esposa y ama de casa, sacara tiempo para algo como aquello, el sector del ladrón profesional y los sacrificios que aquello conllevaba, porque esa es otra. Debían de ser ya las tres de la tarde y por aquel entonces Ambrosio se había tomado dos Petramax, yo sólo me había tomado media porque aquel día me sentía con fuerzas y no envidiaba ayuda extraordinaria. Debían ser las tres de la tarde porque los puestos esos de la Calle Franklin habían cerrado, los puestos donde venden tallas de madera y que Ambrosio había querido ir a ver para explicarme mejor sobre la talla de madera y la capacidad de saber apreciar lo que es una obra de arte y lo que no vale una mierda. Pero los puestos de la Calle Franklin habían cerrado y por eso digo yo que debían ser las tres de la tarde cuando nos dejamos caer por un bar que se llamaba Lomitos “Donde María”, un chiringuito de chapa con taburetes que dan al lado de la calle, en plena acera, y entonces Ambrosio se puso un poco serio y empezó a largar sobre la tipa esta, Martina, sin dejar que yo metiera palabra en la conversación. Me dijo que uno sabía de sobra cuando encontraba una persona especial. Cuando hablaba con alguien y se sintonizaba automáticamente y se sentía una fascinación como efervescente, creo que dijo, y bueno, que se le caía la baba con la tal Martina. Ambrosio me dijo que era por la complejidad de aquella mujer, porque tenía un marido y un hijo al que atender y sin embargo todavía encontraba tiempo para quedar por las tardes y entrenar en lo que a posteriori fue considerado el robo del siglo, por lo menos en Santiago. Noventa y cinco millones de pesos, que se dice pronto. Noventa y cinco millones de pesos a repartir no a partes iguales. Johnny se llevó más que los demás porque el proyecto fue suyo y porque puso los medios para entrenar. Alquilaba un almacén en Huechuraba donde entrenaban el robo, donde hacían ensayos. Debían ser las cuatro de la tarde (a mí me volvía a apetecer un vino tinto) cuando Ambrosio me contaba que lo de dedicarse al robo de bancos de forma profesional no era ningún paseo de rositas. Aquello no tenía nada que ver con lo que uno veía en las películas. Para empezar la gente no era tan guapa (excepto Martina), ni son tan listos, ni tan ambiciosos, ni confiados ni tampoco van largando chistes cada dos por tres. Los atracos o robos de la vida real nada tienen que ver con el mundo del cine, me largó. Lo mismo que cuando en una película o en una novela quieren volver el oficio de pescador en algo romántico. No, el pescador de romántico tiene cero. Una vida de mierda levantándose a las dos de la mañana, pasando frio, humedad, malviviendo hacinado en un cajón de madera con cuatro o cinco más… pues lo de ser atracador de bancos profesional es lo mismo, una mierda, según me explicó Ambrosio.

Había tardes en las que Jacinto se ponía a contarme cosas y así se nos pasaba el día. Estaba contando una cosa, sentado en el sillón amarillo, en ese tresillo que no era ni de terciopelo ni tela ni nada que pudiésemos descifrar. Un tresillo hecho de algo muy raro. Jacinto no sabía de dónde había salido. Había días en los que Jacinto me contaba historias y a veces alguien de la historia tenía algo parecido, o había hecho algo parecido a algo que había hecho alguien del pueblo, de mi pueblo en Zaragoza, y yo me acordaba de mi casa y de Cecilia y de las niñas y de mi padre quien por aquel entonces no sabía yo si estaba vivo o muerto.

Ambrosio “El Chino” Maidana, un tipo que era famoso en según qué ambientes de Santiago y con el que Jacinto coincidió un día de buena mañana y luego intercambiaron pastillas Petramax por historias sobre el robo, sobre el arrepentimiento justo antes de, sobre la cagalera que le entró, y luego la cosa fue más allá y terminaron pendoeando por determinadas zonas de Santiago, Providencia, Ñuñoa, Macul, barrios por los que Jacinto no se dejaba ver de a diario, zonas por las que según él no se le había perdido nada, calles que quedaban demasiado al este de lo que él consideraba su centro gravitatorio, el palacial y los chicos del grupo a los que cada vez veía menos y de lo que me echaba la culpa a mí.

Por esas calles no, pero por otras, sobre todo los domingos por la mañana, a eso de las once/once y media, me bajaba yo a pasear un rato para que se me airease la cabeza, porque todo sea dicho, yo vengo de un pueblo de Zaragoza y luego pasó lo de aquella criatura angelical, de dieciséis años, sí, ya lo sé, y de ahí al encantamiento este que sufro, o al envenenamiento, también se le puede llamar así, y esto que siento por esta chica que tal vez sea similar a lo que los drogadictos que se pinchan, lo mismo, y eso, que hay veces en las que me apetece salir un rato, yo solo, porque yo vengo de un pueblo de Zaragoza y aunque Jacinto haya sido tan bueno y me haya acogido en su piso y me haya impartido algo de su sabiduría y profundidad, pues en el fondo es un tío que no conozco de nada, si uno se para a pensar, y hay veces que necesito salir y que me dé el aire y dejar de escuchar su voz un rato. Por eso los domingos por la mañana me gusta salir antes de que se despierte y bajarme por la Plaza de Armas, entrar en la iglesia de Santo Domingo y sentarme en uno de los bancos de atrás mientras se celebra eucaristía y ver a la gente por detrás. Un día, estando allí en mitad de una misa, divisé tres bancos más adelante una nuca y un cuello y un pelo y una forma de cabeza que me hizo jurar por lo más sagrado que si aquella persona no era Cecilia yo me estaba volviendo loco. A punto estuve de levantarme y avanzar hacia ella. Me dio por pensar que sí que era Cecilia, que tenía que ser Cecilia y que la única razón por la que estaba allí era porque me había seguido hasta Santiago y había investigado y tal vez supiera donde vivía y por donde me dejaba caer. Se había venido detrás de mis pasos y se había convertido en detective. Habría dejado las niñas con su madre o con su hermana y se había plantado en Santiago o bien para pedirme que volviese o para algo peor. Me quedé estancado en el banco y no supe qué hacer. Estuve a punto de acercarme y tocarle la espalda y así que se volviera y verla otra vez pero no pude. Con el pulso temblando me salí a la calle, me fui por la Calle Bandera hasta donde la biblioteca y luego giré por Moneda y luego seguí caminando un rato sin saber muy bien por donde iba.

¿Me estás escuchando o no? Estás ahí embobado con los ojos abiertos como quien sueña despierto. ¿Qué joder te ocurre hoy? ¿Otra vez las dudas y la morriña? Hay que ser más hombre, venga huevón, échate un trago y me pones otro a mí.

Nos quedaban dos botellas de ponche que según Jacinto tenían que durarnos hasta el viernes. Si duraban hasta el miércoles sería un milagro, pensaba yo. Me hacía falta un trago, verdad como un templo. Nos echamos un trago cada uno y luego Jacinto puso un disco de Salvador Tarrés y se fumó un cigarro mientras el disco sonaba y tan pronto se terminó la canción volvió a la mesa.
El Chino Maidana se enamoró de Martina y no sé bien yo si al final eso tuvo que ver con lo de echarse atrás en el último momento, aquello de tirar el taladro al suelo cuando le quedaba menos de medio metro de tabique, diez segundos antes de ver la luz y las baldosas verde aguacate de los baños del banco, opina Jacinto.

Últimamente me parece verla por ahí, por la calle… me pasó en la iglesia el otro día.

Ambrosio me dijo que el túnel que excavaron tampoco tenía que ver con los túneles que enseñaban en las películas. Era un agujero, no un túnel. Una cavidad con sitio para un taladro y un taladrador tumbado pecho a tierra. Me dijo que el taladro lo agarraba con los brazos extendidos hacia adelante. Tan pequeño era el túnel que no podía ni hacer fuerza contra la pared que taladraba. Esto lo habían ensayado antes, en el almacén de Huechuraba.

¿Cuántas pastillas se tomó Ambrosio?

Johnny Tano tenía esta especie de almacén en Huechuraba donde habían ensayado como si fueran un grupo de teatro. Johnny escribió una especie de guiones para todos que si bien no habían incluido frases ni diálogos ni qué decir cuando, sí que les había enseñado a cada uno qué hacer en cada momento. Fue un guión pero de acciones. Se lo tuvieron que aprender. Decía cosas como: entra Martina y Johnny se queda en la retaguardia, Julio y Quiroga entran con las granadas, Martina se echa a un lado para que pase Johnny. Julio y Quiroga aseguran el perímetro. Martina acude a la caja uno… etc. Cuando el Chino tiró el taladro y dijo que no podía seguir adelante, Johnny tuvo que improvisar y repartir entre Julio y Quiroga las tareas de Ambrosio. Johnny a su vez también cambió de rol y se autoproclamó supervisor manager general del robo. Delegó ciertas responsabilidades en Martina. Sobre todo lo que tenía que ver con números, el precinto de las bolsas de dinero y más aún sobre todo lo de fabricar huellas falsas que complicasen la labor policial una vez se hubiesen fugado.

Monday, 18 February 2013

Camila y el Sexo

Cuando preguntado sobre sus inclinaciones sexuales Jacinto contestaba con frases frágiles, con rodeos, haciendo malabares con ciertos adverbios indefinidos, con dimes y diretes, con aspavientos. Hablaba poniéndose la mano en la boca como si fuera a carraspear. Yo le preguntaba si había tenido alguna vez eso que en los libros y las películas llamaban el amor de su vida y Jacinto se sentaba a cortarse las uñas de los pies y hablaba con el aliento entrecortado por el esfuerzo y la poca flexibilidad que tenía. Se tenía que poner un taburete justo enfrente de la bañera. Apoyaba el pie en el borde de la bañera y se sentaba echándose encima de sí mismo, sino no había manera.

El amor en general era para él algo demasiado perpendicular, me decía. No tenía nada en contra, ni mucho menos, ni era de la opinión de que la cosa estuviese sobrevalorada, no. Era otra cosa. Era la poca delicadeza que tenía aquello de enamorarse de alguien. Demasiado crudo, demasiadas asperezas, demasiado sopetón. Para Jacinto lo de enamorarse, visto desde su racionalismo más puro, era algo de mal gusto. Lo de conocer a alguien, sentirse atraído, follarse a tal o cual, pasar la noche en vela, contarse de la niñez de uno, despedirse de buenas maneras a la mañana, volver a coincidir, volver a meterla, volver a correrse, cogerle cariño a la persona, todo eso era distinto, todo eso lo podía entender como medio de vida, como elección y carrera, pero lo del amor de una vida, lo del convertirse en uno con el amado o la amada, la interdependencia, aquello no, si es que era eso a lo que me refería.

Le pregunté por esa tal Camila de la que tanto había hablado en según qué noches.

La tal Camila era una chica que a punto estaba de convertirse en hombre, me contó. Había trabajado en la cocina del Suspiros de España y según decía ella, ahora se sentía un hombre atrapado en un cuerpo de mujer. Un cuerpo de mujer con muy buena pinta, todo fuera dicho. Camilla y Jacinto venían de viejo, me contaba cuando solo le quedaban tres uñas por cortar del pie izquierdo. En su día habían sido pareja y luego jurado no volver a hablarse jamás y luego habían vuelto a ser pareja hasta que Camila le dijo que él era la razón por la que empezaba a sentirse un hombre y por la que quería empezar con la operación de cambio de sexo.

Esto no me lo dijo con mala baba, para hacerme sentir mal o para hacerme dudar de mi hombría, no. Me dijo que se sentía atraída a mí desde un punto de vista homosexual, algo muy difícil de explicar, algo que se tenía que estar allí y vivirlo para poder entenderlo.

Jacinto había querido cambiar de disco antes de seguir con la explicación. Debían ser las cinco de la tarde y se hacía de noche. El viento soplaba de abajo a arriba en la Calle Sepúlveda. A veces uno estaba mirando por la ventana de aquel piso tercero y veía una bolsa de plástico que aparecía de la nada, subiendo hacia arriba en una especie de ascensor inexistente. Se formaban pequeños remolinos de aire, tornados en miniatura que se llevaban por delante objetos dispares como cáscaras de pipas, boquillas de cigarros, hojas secas, trozos de tela y bolsas de plástico como la que yo divisaba subiendo en dirección al cuarto piso con vuelo firme y sublime.

La tal Camila con la que Jacinto había tenido una experiencia de yo-yo, un ir y venir, de tirarse de los pelos y luego llenarse las bocas de saliva, el uno al otro, sin que importase nada más, para luego volver al grito y a aquella especie de fracaso que era el desayuno para dos, a las siete de la mañana, cuando ni siquiera el sol aparecía por donde se suponía tenía que aparecer. La tal Camila que ahora lo había pensado bien y que sí, que iba a empezar con la operación de cambio de sexo, ya lo tenía todo mirado, tenía el dinero suficiente como para llegar a la fase tres, primero las hormonas, las inyecciones, los análisis de sangre, el proceso de recesión, poner una extremidad donde de momento había un agujero. Empiezan por las tetas, le había dicho. Y le había dicho que no se preocupara de nada, que aunque consideraba a Jacinto la causa única de que ahora quisiera (necesitara imperiosamente) cambiarse de sexo, a él no le rendía cuentas, a él no le iba a pedir ni un duro, eso corría por cuenta de ella, era una decisión personal. Y aunque sí que fuera verdad que él fuese la causa principal, había más cosas detrás, tenía que haber más cosas detrás de la decisión, no estaba segura de qué cosas pero tenía que haber más. Tal vez Jacinto fuese simplemente el canalizador, o la llama que prendía la mecha, tal vez sí tal vez no, pero en fin.

Jacinto de buenas a primeras no le dio más importancia al asunto, me contaba a punto de terminar con la última uña, abocado a la bañera. Y eso que, como decía él: “a uno esto no le pasa todos días, que una media novia a la que te has estado follando por los siglos de los siglos te diga que se lo ha pensado mejor y que se quiere volver hombre… En otros casos algo semejante hubiese dañado la autoestima del más pintao, hubiese producido escenas con gritos, insultos, estirones de pelo y portazo posterior”. Pero no fue el caso de Jacinto. Se lo tomó como una despedida. Luego Camila le preguntó si él creía que tal vez, una vez ella se hubiese ya convertido en hombre, si creía él que tal vez pudieran volver a estar juntos, a seguir follando pero de hombre a hombre esta vez. Jacinto entonces le dijo que se fuera a tomar por culo y durante los siguientes dos meses no volvió a dejarse caer por el Suspiros de España ni a volver a verla.

La próxima vez que se vieron fue de casualidad, en los alrededores del mercado. Ninguno de los dos había acudido a comprar nada. A Jacinto le gustaba dejarse caer por según qué puestos de venta, por los olores del genero. También le gustaba escuchar a los vendedores de pescado cantando a voces las mejores ofertas. Le veía algo mágico a la contraposición del pescatero o pescatera dando gritos mientras el pescado miraba absorto con la boca abierta. Camila pasaba por allí porque así acortaba de camino al despacho que tenía el médico privado que le estaba llevando el caso del cambio de sexo. Cuando Jacinto la vio notó algo extraño, algo distinto en el aspecto. Nada que ver con la cara ni con el acento ni con la manera con la que movía la frente al hablar, no. Era el pecho. Tenía menos pecho. Ella se dio cuenta de que él se había dado cuenta y le dio por reír. A buenas horas, le dijo, o algo así (Jacinto no recordaba con exactitud). A buenas horas te pones tú a mirarme las tetas, le dijo antes de que él se riese también, de puro susto, y luego se preguntasen el uno al otro lo que dos personas se preguntaban cuando llevaban tiempo sin verse, para que a continuación aceptarán ambos y de buena gana sentarse un rato en un bar que había no muy lejos de allí donde poder hablar con tranquilidad no ya del pasado sino de lo que les viniera en gana. Ella tenía menos tetas que antes pero tampoco era una exageración, me contaba Jacinto rememorando la historia. La vio y se quedó pasmado pero luego ella se rió y a él le hizo gracia y aquella risa disolvió el hielo y la mala sangre que había corrido entre los dos.

Ella tenía prisa porque iba de camino a la consulta. Jacinto se interesó por el proceso pero sin querer saber con mucho detalle. A ella le hizo gracia que él mostrase aprensión. Se pidieron dos cervezas y luego otras dos y luego algo de comer. Cuando Jacinto le preguntó por la hora a la que tenía consulta ella dijo que hoy no iba a lo que se decía una consulta consulta, iba por algo de papeleo, a firmar unos documentos que aparentemente había que firmar si uno quería cambiarse de sexo.

¿Y las tetas?

Lo de la reducción de pecho se debía a que ya había empezado a tomar ciertas hormonas. Ella tampoco se veía que le hubiesen bajado tanto. Se pidieron otra ronda y luego hablaron del bar Suspiros de España y de Marcelo el dueño y de lo mucho que había cambiado la ciudad en tan poco tiempo. Hablaron de ciertos bares a los que iban antes y que ahora, o bien se habían convertido en perfumerías o habían cambiado de dueños que los habían convertido en otro tipo de bar diferente. Hablaron de viejos amigos y de cuando en cuando intercalaron diálogos sobre el cambio de sexo y sobre lo mucho o poco que Jacinto había tenido que ver en el asunto. Más tarde decidieron mudarse de bar y ella dijo que si hoy no acudía a la consulta tampoco pasaba nada, firmar papeles se podían firmar mañana.

Una vez en la calle Camila se le arrimó y le agarró del brazo. El olor seguía siendo el mismo. Caminaban y Jacinto pensaba en ese olor tan distintivo que le había olido con rigor, en pretérito imperfecto, a la altura de la nuca. Caminaban del brazo en busca de un bar común, un sitio en el que se habían visto hacía siglos, no el lugar en el que se vieron por vez primera sino un lugar en el que fueron felices, un sitio al que habían ido mucho cuando fueron más jóvenes no ya como pareja sino como pandilla de amigos. Querían saber si el sitio todavía existía y si estaría igual que antes. Caminaban del brazo por la Calle y se acordaban de aquella canción que tanto ponían en la sinfonora de aquel bar, una canción que duraba ocho minutos y medio y sin embargo a todos los del grupo les resultaban siempre los ocho minutos y medio mejor empleados de sus vidas.

¿Cómo se llamaba la canción?

Ninguno de los dos nos acordábamos, me decía Jacinto con la vista en aquel paseo y aquellos días tiempo atrás. Yo le escuchaba con atención, la noche había caído ya enterita por la ventana. Yo le escuchaba y pensaba en esa tal Camila que tal vez ahora mismo ya no fuese Camila sino un tipo llamado Mariano. A punto estuve de preguntarle a Jacinto si en las operaciones esas de cambio de sexo ponían pijas artificiales cuando él siguió con la historia y a mí me pareció mejor callarme por educación y respeto al que entonces era mi compañero de piso.