Saturday, 13 May 2017

¿A cuánta altura estamos?

Música Reggae, nevera con Perrier, San Pellegrino y cerveza sin alcohol. Naranjas frescas, racimos de uva, melón cortado, bowl de palomitas. Una diana con tres dardos, un telescopio, un sillón orejero viejo y raído detrás de la mesa de despacho. Franz Goller quien tenía un enorme parecido físico con el entrenador de fútbol de la Universidad de Alabama, Crimson Tide. 
Cuando Sixto entra al despacho de Franz se le ofrece un expreso que le es servido casi sin que le dé tiempo a aceptar o denegar. 80% arábica. A Franz solo le gusta el olor. Junto a la cristalera por la cual se caía el horizonte había un tresillo y una butaca y una mesa camilla con lámpara a modo de cuarto de estar. En vez de televisor o chimenea, los sillones apuntan a la pared de cristal por la cual solo se ve cielo y contaminación. Más allá de la arboleda estaba el río que recorría siete estados. El departamento de Global Accounts dispone de servicio de catering. Franz llama por teléfono y pide que le traigan el ravioli con bogavante. Zumo de tomate y panecillo.
“Es difícil de explicar” le dice.
El tresillo es bajo y hondo. Cuesta encontrar una postura cómoda. Sixo cruza las piernas. Franz habla desde detrás. Ha abierto un botellín de Perrier. Se quita el chicle de la boca y lo tira a la basura. Era difícil de explicar. No le podía revelar el cliente. No era un cliente-cliente. Un asociado. Un amigo de un amigo. Ni siquiera eso. Una llamada desde el otro lado del país, un pre-fijo inusual. Una llamada a deshoras. Había que hacerlo sí o sí. El pedido era inusual, la acción difícil de clasificar. Algo indefinido. Instrucciones vagas. Había algo de fondo, una intención identificable. Pero el proceso, el sistema, la aplicación… iba a hacer falta tirar de imaginación, tal vez hablar con estrategia y pedirles un informe. El trabajo no iba a ser facturado como los demás. El objetivo no era nadie del congreso, esto era otra cosa, nivel corporativo.
Operaciones bursátiles de alto calado. Lo que Chomski llamaba los Masters del Universo. Existían cesiones, opciones de compra, compañías que se tragaban unas a otras. Decisiones que impactarían dos años más tarde. Compras de futuros. Adquisiciones que a primeras no tenían sentido, desviaciones tácticas. El objetivo tenía nombre y apellidos. Había una dirección postal. Había una casa con piscina y cancha de tenis. Seguridad privada, líneas de teléfono seguras. Descodificadores. El objetivo tenía nombre y apellidos. Existía una geografía que atender. Iba a hacer falta desplazarse. No iba a ser un trabajo cerrado, una operación con comienzo claro, desarrollo, nudo, desenlace. No iba a ser posible marcar fechas concretas. Iba a existir un ángulo de subjetividad, dificultad a la hora de leer resultados. Iba a hacer falta desplazar a gente durante uno, dos, tres meses. Cuatro como mucho.
“¿De momento?” pregunta Sixto terminándose el expreso y escuchando con apatía sobre todo por la diferencia negativa de edad que tenía con Franz.
“Una posibilidad habría sido no llamarte ni contarte nada. Utilizar otros caminos”
“Haberme dejado seguir con el piloto de drones y los chavales de Arkansas”
“Rick Mannieski”
“Y las guerras”
“Las guerras” repite Sixto con la mirada perdida. “Tanzania. Hay una guerra nueva en Tanzania”
“Tanzania. La Garganta de Olduvai. La cuna de la humanidad” dice Franz localizando Tanzania en el globo.
La operación no iba a ser facturada. El ingreso, invisible. De momento no quería contarle más. De momento solo quería plantar la semilla. La pre-semilla. Desvelar que una operación mayor estaba al caer y que potencialmente generaría implicaciones personales, días de acción de gracias fuera de casa, navidades en stand-by, Super Bowl en soledad desde un motel en un lugar remoto de Maryland, en Iowa, en Massachusets, pizza y sushi por encargo.
“De momento quiero que mastiques la posibilidad”
“A mis sesenta años de edad”
“A tus sesenta años de edad” corrobora Franz levantándose del sillón sin decir ni sí ni no.
Sixto se va a la diana. Coge los tres dardos y se coloca en la raya de lanzamiento. Dos veinte dobles y un trece sencillo.
“Noventa y tres”
Encima de una estantería posa una vieja tetera con cubierta de ganchillo multicolor. Franz se acerca a la diana y retira los dardos.
“¿Qué haces esta noche?”
“Una tal Harriet”
Sixto arquea las cejas sintiéndose brevemente celoso, recordando otros tiempos. Luego sonríe afianzándose en la seguridad y el balance de una relación duradera. Se afinca en substantivos como robustez, cimientos, paz. Una tal Harriet.
“¿Qué porcentaje te han dado?”
“Sesenta y cinco”
“No está mal” admite Sixto esperando a que Franz lance.
“Aparentemente tenemos buen grado de incompatibilidades. A ella no le gusta lo suficiente la carne roja y a mí me ven con tendencia a abandonar ciertos proyectos que requieren pensar en uno mismo a largo plazo”
“La carne roja”
“Costillas, brisquet, rib-eye”
“¿Qué proyectos?”
“Lo de las incompatibilidades ya no lo miran como antes. Los gustos o disgustos se combinan de distintas esferas. El hecho de que a ella no le guste la carne roja lo ven como algo positivo siempre que a mí me guste… yo qué sé, los cruceros, por ejemplo. Ellos, bueno ellos no, que no hay nadie, la máquina, es una máquina, como todo, un hardware y un software, un aparato al que no le han puesto nombre, algo que simboliza la agencia”
“Un aparato conectado a un servidor. Alguien encima por si acaso, un mozo de mantenimiento”
“Una máquina localizada en alguna de las oficinas que hay en el ala oeste, donde el centro de tecnología”
“Una máquina en una oficina con vistas al río”
“Importa datos, historiales de uso, música, restaurantes, por qué calles circulaba uno cuando llevaba coche”
“La hoja de servicio”
“La hoja de ruta”
Franz lanza los dardos. Triple 20, 18 sencillo y doble 4. 66.
“66” dice cogiendo los dardos y pasándoselos a un Sixto que no tiene ganas de seguir jugando pero que lo mismo se va a la línea de puntos porque en ese momento para que siga el diálogo hace falta que los dardos vuelen por el aire de la oficina de Global Accounts.
“¿Qué dardos son estos?”
“Dardos de wolframio. El metal más escaso de la corteza terrestre”
“Wolframio”
“Harrows Dimplex. Ciento y pico por dardo”
La comida está a punto de llegar. Ravioli de bogavante. Franz ha insistido que también coma algo. Sixto le ha dicho sobre la pizza que todavía tiene en la oficina. Franz ha llamado a alguien para que se la suban y así comen juntos. Siguen tirando dardos. Sixto escucha un sonido precario, no sabe de donde viene. Por la trampilla del aclimatador entra aire suave y fresco. Las hojas de una planta extraña se mueven. La planta queda entre dos sillones, junto al ventanal que hace de pared externa. Sixto quiere saber la procedencia del sonido. No es el aire, es otra cosa. Como si hubiesen cascabeles colgados que suenan cuando el viento los mueve.
“Harriet”
“65% de posibilidades”
“Según la máquina”
“El algoritmo”
“No sé quien le enseña a la máquina pero se supone que Harriet y yo somos compatibles debido a ciertas incompatibilidades. Hoy en día lo dividen todo en categorías, segmentos. Las preguntas no tienen nada que ver con el color favorito de cada uno”
“Hobbies”
“Lugar de residencia, lugar de veraneo, playa o montaña, ya me entiendes”
Suena el teléfono. Franz tenía un dardo en la mano. Un dardo de wolframio. Era el tercero de su ronda de tres. El primero había caído en el 5 y el segundo en triple 20. 65 y un tercer dardo de wolframio cuando el teléfono interrumpe. Medita lanzarlo o atender la llamada. Lanza el dardo y se va sin contar los puntos. La conversación dura poco. La otra persona es la que habla. Franz contesta monosílabos. Tal vez un código para informar de falta de privacidad. Franz cuelga y anuncia que son fuerzas gubernamentales. ¿Se acuerda Sixto de aquello que hicieron en Idaho, lo de la presa que no llegó a construirse?
“Idaho” dice Sixto tratando de recordar. “Idaho”
Una presa que no fue construida. Unos documentos, unos derechos, un lobby que se apoyó en su momento. Una investigación llevada a cabo por la agencia. Unos resultados. Unos dosieres que permanecen enterrados en la -20, en las cajas fuertes del banco con más cajas fuertes de la zona occidental del país. Un banco con cajas fuertes en las profundidades del complejo. Cuanto más se pagaba más enterrada quedaba la caja. La seguridad era proporcional a la planta. Cajas fuertes en la -20, en la -21, la -22. ¿Qué tenían en la -30? ¿Y en la -40? ¿Llegaba tan abajo como la -40? ¿Cuál era la planta más baja de todas? Había quien insinuaba que el complejo era como un iceberg, tenía más de subterráneo que de superficie. Los bancos eran los únicos con acceso a las plantas más profundas.
“Una investigación sobre un proceso, creo que se siguió a un agente federal y a un arquitecto. Ya sabes. La cosa duró más de un mes. Finalmente se recabó la información deseada. Se redactaron actas y se pusieron a resguardo. Hasta ahora nadie ha cobrado un duro”
“Futuros”
“Lo mismo que comprar el aluminio del mes que viene, sí”
“Y ahora llama el gobierno”
“Si llaman por algo será”
“Debe haber comprador”
“Tal vez”
“¿Y ahora?”
“Ahora hace falta llevar a cabo otra investigación. Averiguar las razones del interés gubernamental. Dar con la tecla y buscar competencia”
“¿Competencia dónde?”
“¿Dónde? Qué sé yo. Aquí mismo, en el complejo. En Chicago, en Nueva York, en Mexico Distrito Federal. En Japón. ¿Dónde? Qué sé yo”
Llaman a la puerta. Una chica que tal vez no llegue a los veinte y que casi no nos mira entra con el ravioli de bogavante y con la pizza que se había dejado Sixto en su oficina. La pizza ha sido emplatada y acompañada por una ensalada de aguacate que nadie había pedido. La chica es japonesa. Tiene las orejas de soplillo. Por eso no deja de ser hermosa.
Ambos comen sin necesidad de sentarse. Posan cerca de la diana, cerca de los dardos. Durante un rato no habla nadie, se desvía la vista con cada mordisco. Sixto mira por la ventana y piensa en ropa tendida al sol. ¿Cuándo fue la última vez? En el complejo nadie tiende ropa, no hay tendederos cuando se vive en un rascacielos de ocho brazos, en edificio cefalópodo, tanto sol y viento seco para nada.
“Un 65% de Harriet es mucho %. Tengo una foto por algún lado”
“¿Dónde la vas a llevar?”
“Es la agencia la que decide eso. La máquina”
“Basado en los gustos”
“Basado en el historial de cada uno, en las costumbres, en las canciones que uno prefiere, las que escucha por primera vez y desecha a los cinco o diez segundos. Dicen que la máquina aprende más de lo que desechamos, del tiempo que tardamos en dejar de escuchar una canción o cambiar de canal”
“La des-elección”
“¿Con qué compara la máquina? ¿Qué es el éxito?”
“Vete a saber” dice Franz metiéndose a la boca el último bocado y dejando el plato en un aparador. Se echa un trago de agua, se limpia los morros con la servilleta, aparca todo y se sienta detrás de la mesa tumbando el respaldo. “Supongo que en Harriet ven una posibilidad de felicidad. Se habrán basado en una pareja, un matrimonio, veinte o treinta años felizmente casados, alguien en Missouri, una casa en suburbia, calles iguales, ningún bar, ningún restaurante”
“Polígonos de ocio” rellena Sixto.
“Parkings inmensos. Zona A, B, C, D… la -1, la -2… cines, peluquerías, boleras, sillones en medio de los pasillos, masajes de quince minutos por veinte dólares”
“Música brasileña por los altavoces, música de fondo, algo que amortigüe tanta oferta”
“Habrá una pareja que viva por ahí, una pareja feliz, un hombre que será muy similar a mí y una mujer muy similar a Harriet. La máquina habrá dado con la tecla, habrá estudiado los pasos que esta pareja siguió y nos ofrecerá algo parecido”
“Un guión”
“No hace falta elegir restaurante, la máquina diseña la cita por ti”
“¿Dónde es la cita?”
“Todavía no lo sé. Nos lo dicen dos horas antes, poca antelación, para que no nos hagamos ideas y así sea todo más natural”
Sixto piensa en la cena que le espera. Norma habrá elegido cocinar. No habrá primer plato ni segundo. Fuentes en el medio, comida para compartir. La idea es no levantar barreras. Que la gente se pase platos de unos a otros crea unión, hay contacto. Las tapas como abrazo, como darse la mano. La conversación fluirá como la comida. El mano a mano, tenedor a tenedor, boca a boca. Mantelería de hilo, música electrónica. 
El teléfono vuelve a sonar. Esta vez Franz no dice ni una palabra. Ni hola ni adiós. La conversación, o el mensaje, dura algo más de un minuto. Sixto no quiere preguntar. Se acerca al ventanal y contempla el infinito. ¿A cuánta altura estaban? Franz cuelga y tampoco dice nada. El diálogo se quiebra. Sixto quiere marcharse. Sin saber por qué le pregunta por su mujer, su ex-mujer. La cita le lleva a pensar en su ex-mujer. Sixto tuvo el placer de conocerla. ¿Hace cuánto de la separación? ¿Seguía en Europa?
“Vive en un castillo. Literalmente. Un castillo reconvertido en mansión con distintos apartamentos. Todo lujo. Su marido trabaja para una aseguradora. No lo conozco. No he hablado nunca con él. Le he visto la cara en fotos, de pasada. Algo que colgó ella en internet. Una foto a pie del castillo”
Sixto dibuja el castillo en su mente. Piensa en Luis II de Baviera. Viajar a Mannheim, Nuremberg, Heidelberg. Ir a Baviera a ver el castillo de Neuschwanstein. La responsabilidad de vivir en un castillo, el peso que debe llevar vivir en un sitio así.
“¿Peso por qué?”
“Por ser feliz”
Ahora es Franz quien se queda pensativo, posiblemente comparando a Harriet con su ex-mujer. Harriet está por estrenar, Harriet que según la máquina le viene hecha a medida. Sixto quiere preguntar por la llamada pero no sabe cómo. Espera que Franz le cuente. Desconoce cuánto hay que no le cuentan. Tiene una posición elevada en la empresa y sin embargo existe mucho secretismo. Franz le ha dicho que hay mucho que ni él mismo sabe. La póliza reside en compartimentar la información. La naturaleza de la empresa implica que cierto tipo de información resulte tóxica. Hay cosas que llevan veneno. ¿Quién había llamado?
“¿Cuándo sabré de la nueva misión? ¿Cuánta gente hará falta?”
“De momento solo tú”
“¿Solo yo? ¿Y quién dirigirá el cotarro mientras tanto?”
“De momento necesitaremos que hagas una pre-evaluación. Es una patata caliente. Hay mucho dinero detrás. No en billetes contantes y sonantes ni en transferencias sino en moneda de cambio”
“Poder fáctico”
“Eso mismo”
“¿Quién se ocupará del equipo mientras tanto?”
“Son ya mayorcitos para cuidarse ellos solos”
“¿Cuándo sabrás algo?”
“Espero que pronto”
Sixto sigue de pie junto a la pared de cristal que da al precipicio. El despacho de Franz Goller estaba en la planta 67. Sixto calcula la altura que habrá por planta. Tres metros, tres metros y medio contando el espacio que va desde el techo de una planta con el suelo de la siguiente, el lugar donde van los cables, las luces, los conductos de la calefacción y el aire acondicionado, el armazón, lo que no se ve.
“¿A cuánta altura estaremos?”

Saturday, 8 April 2017

O"Hare Airport

“Primero tienen que desplazarse a la montaña”
“¿Dónde?”
“En los Cárpatos”
“Rumanía”
“Sí”
La montaña tenía unas características muy particulares. Tenía que ver con prismas y ángulos. También con niveles de acceso y con vistas espaciales. Para que el proyecto resultase exitoso la montaña tenía que ser fotogénica desde arriba. La montaña pasará a ser propiedad intelectual de los mecenas rusos.
“La montaña no la pintará mi madre. Un equipo a sus órdenes. Dividirán el terreno por tramos y cada pintor su tramo. Un cuadro dividido en muchos cuadros”
“La Capilla Sixtina”
“Sí, pero pintada por trescientos pintores”
“La Capilla Sixtina en tiempo record”
“Empezar el lunes y terminar el viernes, algo así”
Un grupo de adolescentes, mayormente chicas, ha entrado al bar demandando una mesa. Tras serles denegado acceso una de las niñas se ha erigido en portavoz y se ha quejado. Uno de los managers ha tenido que salir para calmar los ánimos. Otra chica ha sacado un móvil del bolso, ha llamado a alguien y le ha pasado el móvil al manager quien tras haber conversado durante medio minuto ha devuelto el teléfono e invitado a escoger la mesa que quisieran. Las chicas lejos de dar las gracias se han quejado y una de ellas ha dicho que era demasiado tarde, el daño ya estaba hecho, ahora no les daba la gana comer en ese restaurante de mierda. Marian quiere saber quién era la persona del teléfono. El padre de la niña. Trabajaría de qué, de ministro. Un comensal llama al camarero y pide chuleta poco hecha. Le pregunto a Marian si está segura de no querer cenar allí. Me pide que le hable del dron. Con media cerveza por beber me entra modorra. El proyector ha parado con las fotos y ahora es una ventana y lluvia. Gotas resbalando cristal abajo. Marian quiere saber cómo consiguen el efecto de luz para que parezca tan real. Un hombre se pone a tocar el piano con violencia. Pregunto por el señor del violín y me dicen que lo ha destrozado, ese es el fin del acto. Alguien pide un Tom Collins y los acordes del piano me inyectan moral. Marian pregunta si tengo la tarjeta de la meditación.
“La montaña la eligen después de haber desechado cuatrocientas mil. Esto es como el petróleo”
“Texaco”
“Sí. Cuando uno se pone a…” levanta la vista y llama al camarero para que le traiga un té con limón. Yo pregunto si hacen tostadas con huevos, como en el desayuno. Me dice que tiene que hablar con el cocinero. Dos, tres huevos como mucho. Qué cocina que se respetase no tenía huevos y pan. “Es como las petrolíferas, eso me dijo mi madre”
“¿Desde dónde llamó?”
“Tel Aviv”
El camarero vuelve y pide disculpas. Los huevos revueltos no pueden llevarse a cabo no por falta de huevos sino por un código que solo tienen con el desayuno. Podrían hacerlo pero luego no tendrían modo de cobrarlo. Un código de barras, algo que ver con el nuevo sistema informático. Sanidad, seguridad, higiene, control de productos… Ahora ya no era cuestión de sacar una sartén y ponerse a hacer lo que fuera. Existían ciertos códigos. Se jugarían el puesto.
Tel Aviv era un punto en el camino, estaba de paso. Cómo le gustaría a ella poder ver mundo como su madre.
“Aquí tenemos de todo”
La montaña había sido elegida por eliminación. Primero un equipo de geólogos, igual que en las petroleras, luego una selección, hacer balances, considerar diversos aspectos, acceso de materiales, personal, facilidades respecto al campamento. Respecto a la montaña, dimensión, forma y contenido. Montaña muy prismática, muy plana, muy aguda.
“¿Y la pintura?”
“Un aerosol especial usado por la NASA”
“¿Está en Tel Aviv?”
“Estaba de paso. Viajes con muchas escalas, procesos de aproximación. Se viaja desde un aeropuerto importante, digamos O’Hare. Se coge un taxi desde el Intercontinental que hay en el downtown, Michigan Avenue. Comer antes de salir. Comerse un filete en el restaurante de Michael Jordan. Pedir un taxi. Salir de Michigan Avenue, coger Ontario Street y seguir hasta empalmar con la I-90. Cuarenta y cinco minutos. Una hora como mucho si el tráfico es malo. Llegar a O’Hare. VIP Lounge. Un martini. Dos martinis”
“Tres martinis”
“Tres martinis siendo mi madre. Miedo a volar”
“Nunca tuvo miedo a volar”
“El viaje empieza desde un aeropuerto grande, digamos O’Hare”
“¿Qué hacía tu madre en Chicago?”
“Robert”
“Ah”
“Se empieza desde un aeropuerto colosal. El asiento es el 3A. Siempre pide el 3A. Champagne, canapés, somnífero y despertar al otro lado del charco”
“Londres”
“Londres, Madrid, Frankfurt, Paris, Amsterdam… un aeropuerto un poco más pequeño que O”Hare. Dos o tres noches en Europa para aclimatarse”
“Como quien sube un ochomil”
“Dos tres noches donde se trabaja en el proyecto. Se mandan emails que no son leídos de inmediato por el cambio horario. Emails cuyo destinatario puede estar en California, en San José. Dificultad para dormir. Comer lo justo. Pasear por el parque de turno. Acudir a una galería. Cenar en un sitio por recomendación”
“Ya que estás allí”
“De vuelta al aeropuerto, se toma otra conexión. Generalmente a un aeropuerto menor”
“Tel Aviv”
“Sí. Y una vez allí vuelta a la aclimatación. Conforme avanza el proceso, en los lugares de aclimatación hay menos que hacer. Las ciudades se van comprimiendo. Desde Tel Aviv se vuela a un lugar poco conocido. Las conexiones se van volviendo escasas. Cada vez hay menos donde elegir hasta el punto de  que se termina usando una aerolínea donde no hay business class. Se termina volando en aviones más pequeños. Vuelos de veinte o treinta pasajeros”
“Así hasta destino”
“No. Generalmente se llega a un punto en el que ya no se pueden coger más aviones. Hace falta un tren, un autobús, un jeep 4x4”
“Hace falta un guía”
“Gente de dentro de la organización. Gente de confianza. Gente que lleva esperando días. De ahí se viaja a otro lugar que sin ser el destino final queda muy cerca”
“Una especie de campo base”
“Sí. Se avanza hasta que el modo de transporte ya no se puede volver más pequeño. Es como una muñeca rusa, todo cada vez más pequeño. Generalmente se empieza en un aeropuerto importante como O”Hare”
El camarero trae té con limón para Marian y otra cerveza para mí. Le he pedido que no saque más palomitas. Una partida de más de veinte personas entra en la sala. Tenían una mesa reservada. Debía de ser esa, la grande. Parecen muy contentos. Los hombres van todos de traje. Hay diversas generaciones.
“Ahora las grandes expediciones parten del campo base del Cho Oyu o del Gasherbrum II. Antes partían de Waterloo Station, de Zanzibar, del departamento de geología de la universidad de Edimburgo. Ahora hay una especie de necesidad de acercar el acercamiento. No se camina donde es plano. Mucho menos si hay asfalto. No tengo muy claro adónde voy o quiero ir con este argumento. No sé si me explico”
“Tu madre. ¿Cuándo viene?”
“No sé” dice terminándose el té y levantándose de la mesa. “Me dice que no entiende como puedo vivir aquí. Entiende que esté enamorada y lo demás pero lo de vivir aquí… me reprocha que no me educó de la forma en que me educó para  que terminase viviendo en una especie de centro comercial”
“Aquí tenemos de todo”

Friday, 7 April 2017

Kebabs de cordero

      “Quiero ir a la playa”
“Han abierto una nueva en el ala oeste”
“A esa no, a la de verdad”
Se veía el mar desde los balcones. Un mar perfeccionado. Un mar al que la gente se refería como “el otro mar”. Siempre venía con agua cristalina y llevaba su sal por aquello de los sentimientos y la máquina de viento y rachas de alto oleaje cada quince días cuando el circuito de surf pasaba por el Complejo Miramar, previamente anunciado en carteles iluminados que ensalzaban por encima de todos competidores a un tal Barrabás Wilson, un tipo de los de nunca-jamás-antes-se-vio-cosa-semejante, alguien capaz de moverse sobre una tabla de surf como se movería usted por el salón de su casa, olas gigantes y el tipo éste encima de la tabla sujetando una tostada en la mano, despreciando la gravedad, sujetando la velocidad del agua por el pellejo. Barrabás Wilson que venía al Complejo Miramar del 6 al 14 del mes que viene. Más de veinte surfistas que harían el deleite de niñas y no tan niñas.
“¿Y tú, el surf?”
“Nunca me dio por ahí”
“¿Nunca te dio por ahí?” enfatiza Marian con una carcajada al final, intercambiando el signo interrogativo por la burla.
Ella quería ir a la playa pero a la otra, a la real donde los vertidos tóxicos y los buques mercantes, donde los escaparates con máquinas tragaperras y las chucherías, donde el alimento calorífico y el sonido de las sirenas de los coches  de policía en persecución constante de chavales pertenecientes a bandas de traficantes, los enemigos de lo ajeno. La playa con sus muelles descuidados, tablones de madera podrida, la corrosión, el olor a neumático. Donde la vida real, solía llamarle Marian. Donde las chicas van con minifalda y llevan trenzas y los chicos se desabrochan las camisas cada vez que un banquete, una comunión, una fiesta de cumpleaños. Había un cura, me había dicho, en una de las misiones de Santa Fé, un cura surfista ex cantante y ex heroinómano por igual. Un edificio casi en llamas que hacía esquina con uno de los antiguos centros comerciales del bulevar principal, las palmeras de a dos como columnas romanas, la dejadez con la que cae el sol en ciertas partes de la costa Californiana, el olor a frito que se mezcla con el salitre. Donde la vida real, decía Marian queriendo salir del complejo, alegando que su amiga Frederica iba a venir a visitarnos desde la otra punta del país donde la climatología es adversa y los complejos más arropados, donde los abrigos de zorro de granja, donde una fiesta sin Bellinis no es una fiesta. Su amiga Frederica, me dice sin estar decidida del todo sobre si subir a otro bar o acercarnos a comer sushi a la 42.
“Al marroquí donde se puede fumar en pipa”
Había un club donde una banda inglesa tocaba canciones de los Rolling Stones y los Beatles y donde se podía comer barbacoa vegetariana y zumos de cualquier tipo de vegetal. Bebidas para el alma, que les decían. Daban un formulario donde hacía falta rellenar datos, explicar el tipo de persona que se era generalmente y el tipo de persona que se era en ese justo momento, cómo se sentía uno, qué había hecho durante el día, cómo se sentía en ese preciso momento, cómo le gustaría sentirse, de qué había padecido de pequeño. ¿Acaso tenía sueños de grandeza? Un aparato leía las respuestas y emitía un comunicado no solo con el zumo exacto que se había de tomar sino con la cantidad exacta de ingredientes. Más zanahoria, menos remolacha, más extracto de espárrago, etc etc.
“Frederica vive en un complejo sin balcones ni terrazas”
“¿Nueva York?”
“Algo por el estilo”
Le sugiero otro restaurante que no es marroquí sino persa y donde también se puede fumar en pipa. Sobre todo carne a la barbacoa. Kebabs de cordero. Me pregunta por la procedencia del cordero. Eso habría que preguntarlo. Pero lo mismo podría fumar en pipa y no haría falta comer con las manos. Un restaurante persa con vistas al sur. Me pide que le cuente otra vez eso de los drones, del dominicano al que Sixto le ha encargado seguir a un dron. Le explico que Sixto se lo ha encargado a Richard pero que éste va a delegar la operación física en el dominicano. Existen pólizas sobre cualquier operativa más allá de las fronteras del Complejo Miramar. Existen unos procedimientos que alguien de legal se molestó en redactar.
“¿Cómo está tu madre?” pregunto considerando pedir más Heineken para demorar la elección del restaurante.
“¿Por qué no cenamos en casa?”
El camarero trae dos cervezas y más palomitas y una nota explicatoria sobre consecuencias potenciales ante la consumición de una tercera Heineken. La nota explica posibles sentimientos, argumenta posibles conexiones cerebrales, picos de depresión, cansancio, decadencia, dependencia. Marian lee la nota y luego la firma. Yo la firmo sin leer nada. Después del segundo trago me habla de su madre y de lo poco que le apetece la visita de Frederica. Me habla de un viaje cuando era pequeñita, con sus padres, a las Cataratas Victoria. Me habla del carácter explorador de su madre Sonsoles. Me dice no haber echado de menos nunca a su padre. Quererle lo quiso pero de lejos, como se quiere por obligación. Un amor de pasaporte, de formulario, de casilla que es preciso marcar. Sonsoles trabajaba para un mecenas ruso en un proyecto artístico faraónico.
“Hace falta pintar una montaña, algo así” dice mirando para otro lado.
Por los altavoces se escucha la voz de Otis Redding cantando I’ve Been Loving You Too Long. Marian no se da cuenta, no conoce la canción ni la historia que hay detrás. Hubo un asesinato de alguien muy famoso, a punto estoy de decirle para explicarle el sentido de la canción. La miro de frente. Se lleva la botella a los labios, da un sorbo y mantiene la cerveza en el paladar como tratando de masticarla. Arquea las cejas y las pecas de la frente hacen un sube y baja.

Saturday, 1 April 2017

Kareem Abdul-Jabbar


    A Marian le costó mucho adaptarse no solo a la vertiente sureste sino también a la década 70, los pisos entre la 70 y la 79. Otra gente, otra cultura. Los niños jugaban de forma distinta en aquellos parques con bancos invertidos y paredes de cartón piedra. Los monitores detenían cualquier pelea. La guardia autómata no discriminaba raza, estatus, origen, religión. En el complejo no había iglesias ni mezquitas. Había centros de entretenimiento que producían documentales, series, películas y conciertos. Un tipo de Illinois descuartizaba un violín, literalmente. Un caballero albino. Vestía traje gris, tocaba siempre en el mismo bar, en el Psicotrópico de la 24. Un piano bar, cacahuetes en la barra, mujeres con zapatos de tacón, gente que sale del trabajo. Un bar de paso. Un piano bar antes del sushi o del marroquí donde se come con las manos. Marian y yo salíamos mucho porque no se terminaba de acostumbrar al piso. Hablábamos mucho de estados de ánimo y como pasar de uno a otro. Me hablaba de la zona oscura del complejo, donde no daba el sol, la temperatura que era distribuida como si fuera electricidad. Controlaban el viento, me decía mientras nos sentábamos a beber algo, ella tan poco arreglada, yo todavía con la ropa del trabajo. El bar nunca estaba lleno. El señor albino de Illinois descuartizaba el violín. En las paredes del bar las imágenes se desencadenaban. Charlie Parker y Winston Churchill. Neil Armstrong, Rostropovich, Gaudí. Dos cervezas Heineken y palomitas. Sentarnos el uno frente al otro. Hablar de neuroplasticidad. Hablar del escándalo destapado dentro de la organización del medio maratón del ala oeste al haber sido demostrado que se habían corrido dos kilómetros de más. En esta fecha, en este tiempo, decía Marian cansada. Ahora que los GPS, ahora donde nadie daba una zancada sin que quedase registrada. 
  Había un sitio donde todavía se podía fumar. Un balcón en un piso en desuso en la planta treinta y algo de la zona norte. La dirección exacta del mismo no estaba registrada. Había que recorrer ciertos pasillos, subir escaleras, llamar a puertas, dar contraseñas. Había que ganarse el derecho a fumar. Luego el balcón donde unas sillas y una mesa grande blanca de plástico, de jardín, y un aparato donde soplar el humo. Una especie de agujero negro portátil. “Que yo sepa nadie gana dinero con ello” ha dicho Marian sin especificar. 
En el complejo no había diferencias horarias pero sí distintas jurisprudencias. Las leyes y los gobiernos eran distintos según en la planta que se estuviera. De la -20 a la 10 regía mano dura. La norma suavizaba conforme se iba subiendo. Ciertas condenas consistían en un descenso de planta. Expulsión de la cuarenta para arriba. Incapacitación para vivir por encima de la veinticinco. De la ochenta para arriba no era necesario disponer de un permiso de armas para estar en posesión de las mismas. Había quien aseguraba que un tipo de la ciento quince tenía una zebra que soltaba por los pasillos sin que a nadie de la vecindad le molestara.
“El hecho de que la ciencia y la tecnología hayan matado el oscurantismo, las creencias en seres superiores, el miedo a las tinieblas, aquello de que la tierra era plana y en cierto kilómetro existía el fin del mundo generalmente representado por una catarata, un pliegue, un ángulo de 90 grados por el que se caía el agua del mar al fin del mundo… el hecho de que el futuro haya desmontado todo eso tampoco ayuda”
De Rick Manniesky todavía no le había contado. Había un pueblo en Afghanistan. Lo mismo un viaje donde documentar cierta evidencia que pudiese servir de moneda de cambio. En las entrañas del complejo, más allá de los cimientos, existían cajas fuertes donde no solo se guardaba dinero. La corporación disponía de terabytes donde videos, cartas, confesiones, moneda de cambio. Un tipo llamado Rick Manniesky. Un chaval joven, muy bueno con el mando del videojuego, experto en blancos móviles. Una granja en medio de la nada que en verdad era base militar. Un espacio esponjoso donde los soldados no eran soldados, donde nadie gritaba a nadie, donde cada dos horas una señora llamada Nancy hacía su entrada en la sala trayendo smoothies de fresa y plátano, galletas Oreo, paninis de atún y queso. Marian se distraía en aquel bar. Hablábamos de estados de ánimo y cómo corregirlos. Sabíamos exactamente por qué nos sentíamos como nos sentíamos. Estaba documentado. Si usted quisiera sentirse de otra manera haría falta apretar un determinado botón. Engañar al cerebro. Neuroplasticidad. Marian hablaba de los pros y los contras del avance científico. Dudaba si sería distinto si la tierra fuese plana. ¿Viviríamos de otra manera? ¿Sentiríamos de otra manera? El vacío ese que solo era comprensible desde el punto de vista de un dibujo animado. Scooby Doo navegando en una canoa que a punto está de precipitarse por el fin del mundo, una catarata sin fondo, un descenso sin suelo contra el que aplastarse. Todo muy romántico.
Yo llevaba tiempo queriendo salir de allí. Alquilar un coche y salir a campo abierto. ¿Cuándo fue la última vez? Una semana, un mes, un año… El complejo Miramar ejercía un peso gravitacional sobre el individuo y su memoria. Los restaurantes se confundían los unos con otros. Los centros comerciales eran todos el mismo centro comercial. La gente compraba artículos por internet que eran despachados desde las mismas tiendas que había veinte plantas más abajo. Como en cualquier ciudad había zonas ricas y zonas pobres. Cuanto más arriba, más dinero. Había gente lo suficientemente rica como para poder permitirse descender en parapente desde las zonas nobles hasta las zonas verdes recreativas. Tres cuartas partes del espacio aéreo que envolvía al complejo quedaba restringido a drones.
“Hablando de drones. ¿Te acuerdas de Fernández, el dominicano?”
Marian se toca el pelo. Se queja de las raíces. Me pregunta cuándo fue la última vez que fue a la peluquería. Se da la vuelta y busca con la mirada al camarero.
“Su labor es seguir a un dron muy específico. Existen sospechas. Le han dado un número de serie. Le han puesto un coche. El dron en cuestión tiene dos rutas pre-determinadas. Alguien ha dado un chivatazo. El dron se desvía de cuando en cuando. Nadie sabe adonde va. Fernandez tiene órdenes de seguirlo dondequiera que vaya”
“¿Seguir a un dron?”
     El camarero se da cuenta, se mete detrás de la barra y vuelve con dos cervezas y más palomitas. Marian suspira muriéndose por un cigarrillo. Un matrimonio se sienta en la mesa de al lado y discute si cenar allí mismo. En la pared del fondo una imagen de Kareem Abdul-Jabbar es proyectada de forma momentánea.

Sunday, 5 February 2017

Las Pesquisas del Ambulatorio (Polaroid IV)

Gente de pie, alarga el cuello hacia las pantallas informativas esperando un número para saber hacia donde tirar. Hubiese preferido coger otro tren, más tarde. Haber dejado que pasara el aluvión de la hora punta. Olía a café y bacon. Yo también sujetaba un café. Había llegado con veinte minutos de antelación, todavía tardarían diez o quince en señalar el andén. Desde donde estoy hay otra gente que tal vez espere el mismo tren. Una muchacha con gorra de lana a cuadros, falda y leotardos. Doy una vuelta esquivando paquetes y maletas. Un chaval de veinte años aporrea un portátil. Lleva auriculares enchufados al ordenador como si de un cordón umbilical se tratara. Solo han pasado cinco minutos. Me doy la vuelta y busco un café. Me siento y pido un americano.

Llevo una libreta. Dentro de la libreta guardo un papel doblado. En el papel, con tinta azul, una dirección a la que acudir. Todavía no hablé con nadie. El café está mejor de lo que había previsto. El aroma me devuelve por un instante al aquí y ahora. No le dije nada a nadie, ni a la policía ni a mis padres. Suena el móvil, es mi padre preguntando por qué no estoy en casa. Le pasa el teléfono a mi madre. Me dice que no está bien visto salir de casa el día después del funeral, a la gente tal vez le de por pensar que no me importa tanto como debería. Tal vez se dude sobre mi educación. Me pregunta por desayunos, comidas y meriendas. Quiere saber el número y la cantidad de alimentos ingeridos y por ingerir. Me llevo la mano a la garganta. En una pantalla compruebo que debo dirigirme al andén siete. Veo a gente que reacciona y se pone en marcha hacia el mismo andén. Le pido al camarero que me ponga el café para llevar. Detrás de la barra ejecuta el trasvase sin derramar una gota. El teléfono vuelve a sonar. Es Bruno preguntando cuándo tengo pensado volver al trabajo. No tiene prisa, solo necesita una aproximación. Me dice de una chica llamada Elvira, madre soltera, dos hijos, con necesidad de ponerse a trabajar… Bruno ha pensado que si necesito dos meses le gustaría contratar a esta chica. ¿Cuánto tiempo necesitaba uno para reponerse de una muerte semejante? Me subo al tren y el teléfono vuelve a sonar. Es mi hermana Aurora a quien casi no la entiendo porque lo dice todo llorando. Me dice que está en mi casa, ha usado la llave que le dejé hace tiempo.

El tren arranca casi imperceptible y más allá de la ventana se aprecia la estructura de acero que sujeta el tejado. Viejas vigas pintadas de negro con adornos barrocos. Paredes de ladrillo rojo, tragaluces, escaleras de caracol. El tren avanza, apago el móvil. Durante un rato deposito los ojos en la ciudad al revés, del centro a las afueras. El aglomerado de la ciudad, la falta de espacio, los edificios que coagulan para ir clareando muy poco a poco, progresando en calles marginalmente más anchas, con fachadas mayores. Un rato después el extra radio. Luego la separación donde caben solares. Finalmente, el campo abierto. Una inyección de viento fresco. El verde y el marrón. Saco la libreta, despliego el papel. Saboreo el café meditando encender el móvil. En el papel, una dirección muy concreta, una hora. Una cita como las de antes de que aparecieran los móviles. Si no encuentro a la persona no podré ponerme en contacto ya que se me olvidó preguntar el número. El miedo hizo que barajase la posibilidad de llamar a la compañía de teléfonos y preguntar si era posible que averiguasen el número de teléfono desde el cual me habían llamado a las siete de la mañana.

Aunque sé de sobra que estás muerta, el viaje en tren hacia este nuevo destino me produce cierto confort. Ahora que nadie más sabe, ahora que están todos llorando del otro lado de la línea que delimita estas dos ciudades, yo me siento más cercano a ti, más del mismo bando, ese al que solo pertenecemos tú y yo. Voy en tren hacia tu encuentro con una especie de esperanza no por encontrarte viva sino por estar solo a tu lado, por tocar tu cuerpo frío, solo yo, sin nadie alrededor que se atreva a compartir el dolor.

Gente se levanta para ir al baño del vagón B. Casi todo el mundo trabaja con pantallas. Un señor habla por teléfono sobre una operación bilateral. Una chica viaja con su perro. Las paradas van cayendo como fichas de dominó. A la hora indicada el tren se detiene en su parada final. Del otro lado del vagón está el andén y más allá los pilares y los portales con arcos, los chaflanes, un jardín interior, ventanales de oficinas con marcos de escayola, baldosas de terracota, escaleras mecánicas, ladrillo rojo y estructura metálica cruzada.

En la cola de taxis la gente fuma. Le digo al conductor el nombre de la calle y me pide que le enseñe el móvil. Se extraña de ver la dirección anotada en un papel, a mano. Reparo en darle el papel por la importancia del mensaje y por la naturaleza del mismo. Esos trazos con bolígrafo azul son una prueba. Pone la dirección en el navegador y me devuelve el papel. Lo meto en la libreta y me pongo a pensar lo que diré o no diré cuando llegue a mi destino. Una calle y un número. El estado de shock me impidió hacer preguntas. ¿Qué tipo de edificio era? Un piso particular, una oficina, un almacén, una tienda tapadera…

Una calle estrecha, de las que unen dos calles mayores. No hay tiendas ni bares. Es una calle corta de fachadas que se echan la una encima de la otra. En los portales no todo son viviendas. Existen clínicas privadas, pequeños negocios, aulas donde se imparten clases de idiomas. El edificio es el número veintitrés. Tercero B. Al presionar el timbre no escucho ningún sonido que pruebe que el dispositivo funciona. No reconozco al señor que contesta. Creo que no es el mismo con quién hablé por teléfono, aunque la recepción no es buena, el aparato distorsiona. No sé muy bien cómo presentarme, si es bueno explicar el motivo de mi visita. La voz me pregunta qué quiero, a quién quiero ver. Le contesto que no sé a quién vengo a ver ya que se me olvidó preguntar. El mecanismo se acciona. La puerta se abre. Las piernas me flojean al ver las escaleras. Es posible que del otro lado esté tu cuerpo inerte.

La puerta se abre y no sabría decir si es el mismo hombre con quien hablé por teléfono o el que me respondió por el portero automático. Tal vez no sea ninguno de los dos. La estancia tiene aspecto de no ser una vivienda. Escucho alguien al teléfono en otra habitación. Las puertas están abiertas, la luz fluye por dentro. Escucho alguien trabajando en un ordenador. La radio está puesta. A la entrada hay un perchero grande con tres chaquetas colgando. Una de ellas es de mujer. También hay un sombrero bombín y un bastón.

Se llama Rodrigo y es un placer conocerme. Viste chaleco, una cadena de reloj asoma del bolsillo. Lleva gafas de pasta y bigote cano. Es educado. Me invita a dejar la chaqueta en el perchero. No me inmuto. Parece que no es la primera vez que se enfrenta a una situación similar. Me enseña el camino hacia la habitación donde se me espera. Respiro hondo tratando de apaciguar el pulso. Inspiro tratando de oler todo lo que habita el piso por si acaso tu cuerpo yaciera en alguna de las habitaciones. Por el pasillo veo dos puertas cerradas y me pregunto si detrás de alguna de ellas estarás tú, o lo que queda de ti, lo que fue. El camino a la habitación donde hay luz, voces y movimiento se me hace eterno por la posibilidad de verte. Es como el momento previo al accidente, al impacto. Todo se ralentiza. Se tarda mucho en doblar la esquina. Del otro lado del tabique suena un teléfono. La voz que contesta es la voz con la que hablé, estoy seguro. La voz que me comunicó estar en posesión del mismo cuerpo que habíamos enterrado.

“El cuerpo no está aquí” me dice quitando periódicos de una silla para que me pueda sentar.

Sunday, 29 January 2017

Polaroid III

El teléfono sonó temprano. Contrariamente a lo que me había indicado la gente dormí bien, de un tirón. Despierto al sonido del teléfono y percibo sequedad en la boca por el vino y el tabaco. Las cortinas están abiertas. La luz se cuela tímidamente. Sujeto el teléfono con la vista fija en las cortinas. Escucho una voz mientras trato de recordar la procedencia de las mismas. Un lugar, una fecha. Producto de una necesidad. Un regalo de bodas. La voz al otro lado del teléfono me resulta desconocida. Lo primero que detecto es un tono distinto al tono que usó todo el mundo en el funeral. Una voz ajena a lo sucedido. Es un hombre. Me habla de manera oficial. Me pregunta nombre y apellidos. Me exige claridad. Necesita saber con seguridad que soy yo quien le habla, que vivo en el lugar en el que vivo, que estoy casado contigo. Me dice gravemente que tiene algo que decirme, algo que no es fácil de transmitir ni por teléfono ni en persona. Yo no digo nada. Él aguanta el momento. Escucho lo que sería un intervalo de su respiración, un trozo de aliento.

“Me temo que su mujer ha fallecido” me dice dolorosamente. “Me temo que su mujer está muerta”

Tardo en reaccionar. La palabra “muerta” lleva mucho peso, mucha densidad, es una palabra maciza y difícil de mover, poco maniobrable. La persona con la que hablo no se ha introducido pero me habla de usted. Me dice “su-mujer-está-muerta” con una semana de retraso.

“La enterramos ayer” acierto a contestar con mi voz a medio despertar, con la mirada y la mente todavía en las cortinas.
“No no, su mujer ha muerto”

Echo la mano a tu lado de la cama, la palma boca abajo, dejando que la sábana me sujete. Toco el espacio vacío de tu cuerpo para constatar tu muerte. De momento no contesto nada. La voz al otro lado del teléfono me empieza a contar detalles de tu muerte. Luego se para y me pregunta;

“¿Qué quiere decir usted con eso de que la enterraron ayer?”

Hubo un entierro, sí. Vino gente. Algunos porque quisieron, como mi primo Jimmy y su novia Rosalita. Otros porque era lo correcto o porque no les quedaba más remedio. Mario Lindau vino pero tuvo la mente en otro sitio, en un partido de los Sixers que había puesto a grabar y que vería tan pronto llegase a casa. Pero hubo un entierro, sí, y canapés, incluso una botella de champagne que fue abierta para ensalzar que allí se estaba celebrando una vida. Un corcho que hace pop para subrayar un más-a-mí-favor. Hubo entierro, claro que hubo entierro.

“Pero el cuerpo” dice la voz quedándose a medias. “El cuerpo… ¿Hubo entierro?”

Vino gente de lejos. Hubo algunos que aprovecharon para fumar. Hubo quien bebió más de la cuenta. Las horas avanzaron y la gente se fue marchando. Todos tenían una casa a la que marcharse. Un sitio donde continuar con las cosas que pasaban. El entierro como paréntesis.

“Su mujer está muerta” repite como si hablásemos idiomas distintos.
“Ya lo sé”
“¿Pero cómo que ya lo sabe?” dice con indignación.

Un golpe de incredulidad hace que me despierte más rápido de lo normal. Estoy sentado en la cama, los pies descalzos sobre el parqué, ya no miro las cortinas, ahora trato de mirarme dentro de mí mismo, buscando una explicación a esas palabras chocantes. Te has muerto dos veces. Primero hace una semana cuando el accidente y ahora otra vez. El tipo que me habla no le encuentra la gracia.
  La enterramos ayer. Vino mucha gente a casa. Mi madre se encargó de la comida. Compró salchichas frankfurt en miniatura, de esas que van envueltas en bacon. Las compró porque sabe que me gustan mucho. También puso albóndigas, misma razón. Debió de haber ido al supermercado sin tener ni idea de lo que se prepara en esas ocasiones. Al no saber terminó comprando cosas que me gustan a mí, como si fuera mi cumpleaños y no el entierro de mi mujer. Vino mucha gente. Diría que más de veinte. Hubo quien vino de lejos. También hubo gente del barrio. Existe una iglesia donde se celebró el sepelio. Una parroquia asociada a una diócesis. Un cura párroco que responde a otro superior. Un arzobispo al cargo de todo. Existe un cementerio donde te llevamos a descansar para siempre.

“En otros países no esperan una o dos semanas a enterrarlos. No los tienen en un frigorífico. Después de enterrarlos se puede decir eso de que el cuerpo está todavía caliente”
“¿Está usted seguro de que hubo un entierro?”

Todavía quedarán signos abajo, en el salón. Todavía estarán las colillas en el porche de quien salió a fumar. Habrá cientos de signos. Copas y vasos nunca usados con anterioridad al funeral, habrán sido guardados en el lugar erróneo, en el armario que no es, en la balda equivocada. Habrá signos de interrupción. Algún abrigo olvidado, olor a flores y a perfume de mujer mayor.

“El lavavajillas estará lleno” le digo poniéndome de pie.

Vuelve a preguntarme mi nombre. Me pregunta también por ti. Describe tus rasgos faciales a la perfección. Describe el jersey de Ralph Lauren azul marino que tanto te pones. Describe unos pantalones negros, unos botines de ante. Me habla del reloj que te regalé el año pasado, Vivienne Westwood. Sugiere que busque en el armario el jersey Ralph Lauren. O el reloj. Antes de que me ponga a buscarlo me dice que no lo haga.

“La tengo aquí a mi lado” confiesa con dificultad. “El cadáver de su esposa lo tengo aquí al lado. Lleva el jersey, los pantalones, el reloj… su cartera con todos datos, su licencia de conducir…”
“La enterramos ayer” protesto un poco emocionado.

Me habla de la marca de nacimiento que llevas en el antebrazo derecho. Me cuenta el peinado que llevas, las pecas a ambos lados de tu nariz, la cicatriz en el dedo, los pañuelos en el bolsillo. Me dice hasta las muelas que llevas empastadas.


He dejado el teléfono tirado en la cama. Ayer en el entierro no lloré en todo el día. Rebusco en el armario y aparto ropa de en medio con lágrimas en los ojos. Saco todos tus pantalones y no lo encuentro. Tampoco doy con el jersey. Bajo abajo corriendo y miro por si acaso en la lavadora o en el cajón de la ropa sucia. Allí tampoco. Sin fuerzas para subir arriba y enfrentarme al teléfono me quedo allí abajo, en el suelo, junto a la lavadora, con la puerta abierta, sin entender nada.