I imagined people at breakfast, people who know each other intimately, probably a husband and a wife, speaking in unfinished sentences, in grunts, in coughs, as people do, particularly at that time of day. And I wondered what it would be like to sit down at that kind of dialogue, in which sentences are rarely completed and thoughts are rarely followed up and one person is not really listening closely to another. That’s all I had. And that’s when I began writing - Don Delillo
Wednesday, 14 September 2011
EL TEOREMA DE ARQUÍMEDES
Hacía falta contar, especialmente desde que los sonidos de la chatarrería de en frente se volvían más precarios, la chatarrería del tercero izquierda, hacía falta contar la ausencia de manifestaciones multitudinarias en la Calle Bordeaux y en la Plaza de la Alameda, esquina Santa Engracia. Antes la gente protestaba y se tomaba muy en serio hechos como que la basura sólo fuera recogida los martes y los jueves y como que el ayuntamiento cerrase los parques a partir de las diez de la noche, sobre todo en invierno. Antes la gente se levantaba en armas contra ayuntamientos y organizaciones provinciales, rebelándose no contra el sistema sino contra el hecho de que un tal Ramón decidiese que en invierno hacía falta cerrar los parques antes que en verano, desacato temporal, racismo de estación. Esto le recordaba una campaña que su tío Frank organizó una vez. Tendría diez o doce años, en verano se iban a Vermont. Recordaba como aquel verano su tío y otros más organizaron una campaña en defensa de un determinado tipo de ave. El nombre del ave en particular no lo recordaba. Un pájaro en peligro de extinción. Nunca entendió del todo qué llevaba a aquella gente a emplear tiempo y energía en llevar a cabo semejante acción. Cenar deprisa y corriendo, marcharse sin dar las buenas noches a los niños, echarse calle abajo, entrar al local donde los panfletos de basta ya y los carteles en defensa de aquel perdigacho, de aquella golondrina poco común. La indignación colectiva, la incomprensión ante la barbarie municipal, ante la falta de principios. Aquellas charlas bañadas en vino de Oporto y Bourbon a palo seco. La golondrina esto y la golondrina aquello. Y el tío Frank intentando rascarse el omoplato derecho, aquel picor súbito, incontrolable. El reflejo de echarse el brazo a la espalda de forma antinatural, la torpeza de la articulación al revés. Cuando le atacaba el picor o cuando a cualquiera de los de la asociación le entraban ganas de ir al lavabo o cuando se perdía a un ser querido, las golondrinas pasaban a un segundo plano. Igual que ahora cuando caían obuses del ejército rebelde, cuando se habían reportado violaciones y cuando el grano de maíz se pagaba como si fuese oro
Monday, 15 August 2011
LA REINA MADRE SIN IR MAS LEJOS
La reina madre sin ir más lejos, decía Mr Chiltern. La reina de Inglaterra aparecía en un documental, a sus setenta años, aparecía en palacio, en un documental que trataba de plasmar el día a día del monarca, la BBC. Se levantaba a tal hora, desayunaba a tal hora en tal sitio, despachaba asuntos, leía la prensa y planificaba viajes y ceremonias. La reina llegaba hasta el último detalle. Hablaba con alguien acerca de la inclinación de unas cortinas antes de una cena oficial, se preocupaba por el ángulo en que los muebles debían ser colocados, corregía menesteres, separaba cuadros, indagaba en el punto de sal de ciertos alimentos. Estructura mental. Costumbre. No pensaba en los privilegios, o en Sudán, o en la hepatitis aguda. O tal vez sí. Lo mismo daba. Estructura mental y andamio. Primero lo uno y después lo otro. Daba lo mismo que fuese cena con el primer ministro iraquí o Jacinta haciendo el crucigrama después de haberse dado un baño de quimio.
HBO
De todos modos Mr Chiltern no lo había llevado allí para hablar de la afición de su primo Bloomfield por Pretty Boy Mayweather o Manny Pacquiao. Sabía de aquella avanzadilla rebelde más que muchos cargos del estamento militar. Mr Chiltern quería hacer hincapié en el cambio, en la transformación que habían sufrido las vidas de muchos primos Bloomfields, el paso de aquel estado anteriormente bautizado como normalidad, las excursiones cada sábado por la mañana a cualquier Wal-Mart o Safeway donde comprar corn flakes y leche y hamburguesas y pechugas de pollo para pasar la semana. Aquella realidad asistida, la sociedad del bienestar, donde cortes de pelo mensuales alternaban con productos de lujo tales como coches Mustang o gramos de cocaína, donde se jugaba al golf y donde se apostaba por los Broncos. Aquella especie de anestesia, aquella respiración asistida que uno desconocía que era asistida, hasta que de repente ese desplazamiento daba comienzo, ese movimiento cortical, ese desprendimiento progresivo, la falta de combustible primero, la subida de precios, los despidos involuntarios, la crisis médica, la dificultad de alcanzar, los derrumbes paulatinos, la incomprensión primero, el estupor después, la impotencia ulterior, la incredulidad de que aquel tiempo era el que le estaba tocando vivir a uno, la escasez y la miseria por vez primera, la desarticulación del estado de bienestar, la imposibilidad de desplazarse como se hacía antes, las posibilidades, la certeza de que algo se podía hacer, otros caminos, otras trayectorias, usar una táctica diferente, mudarse a Amarillo donde sus tíos y sus primos, mudarse a la costa oeste, al norte, a las Dakotas, pasar a Canada, seguro que en Canada todavía se vendían coches y hacían falta vendedores. Seguro que en Canada habría posibilidades de burbujas como las que se tenían antes, seguro que allí Texas Grill y HBO y cine con palomitas. Uno se volvía loco. Aquello les había cogido a todos desprevenidos. Aquello que se suponía solo pasaba en los libros de historia. Los cambios radicales en las sociedades. Las brechas, las guerras abiertas. Uno se volvía loco. Miraba la situación desde todas las perspectivas posibles, se le daba la vuelta, se le ponía de pie, se le miraba por detrás, hasta que una llamada de teléfono proveniente de Amarillo donde los tíos y los primos llamaban para decir que allí estaban igual sino peor. Y eso, que la cosa andaba jodida y que tal vez fuera bueno que se mudaran ellos allí. Y así es como la nueva sociedad se engendraba. Ese día, los días de las asimilaciones por familia, cuando se empezaban a asimilar los hechos y los armarios vacíos, era el punto de partida de muchas reuniones y convenciones y asambleas piratas donde se buscaban alternativas, donde se pasaba por encima de aquel gobernador con manos de plastilina, donde se enterraba la respiración asistida que los había mantenido alelados durante tanto tiempo, donde se despertaba el hombre primitivo, el instinto animal, donde se miraba con ojos de tigre.
FANDANGIN
Al primo segundo le gustaba mucho el boxeo y de cuando en cuando Mr Chiltern le había escuchado hablar de Ali como si lo hubiese conocido, como si lo hubiese visto pelear a pie de ring, como si hubiera estado presente en Kinshasa, como si hubiese presenciado a escasos dos metros aquella combinación izquierda-derecha que terminó por mandar a Foreman a los anales del fin. Después de haberse servido un segundo vaso de vino, Mr Chiltern no recordaba el porqué de aquella cita al gusto de su primo por el boxeo. Había una conexión, aseguraba hundiendo la mente en los recodos de su memoria, tratando de pescar al arrastre.
Había una especie de cóctel molotov dentro del pensamiento cotidiano. Era difícil razonar con aquella amalgama de sensaciones, con aquellas variantes, aquellos vectores tan cortantes los unos con otros. Aquella voz de aquel tal Reginald que había llamado llevándose por delante quien sabía a cuántos demonios, aquella urgencia imperiosa, aquella necesidad por la semilla que pasaba de largo de cualquier valor humano, de cualquier reconocimiento personal o escala de valores. Aquella manera de tiritar por el maletín con el dinero, por el desembarco en tierra libre. Y luego por otro lado estaba su primo, una persona honrada, alguien que se vestía por los pies y que había tenido por esposa a una chica ejemplar, madre de dos criaturas no menos ejemplares, partidos de softball los sábados por la mañana, salidas al cine, pizza hut, partidas de bolos, Xbox y Wii en familia, carcajadas desaconsejables. Por un lado aquella presión y aquellos hombres que reducían una a una sus neuronas vendiéndolas al mejor postor, apostando de farol por la humanidad. Por un lado aquel vómito de buena voluntad, aquellos científicos y luego Reginald llamando a gritos y aquella presión humanamente insoportable y aquella desconfianza aterradora. Uno no sabía muy bien en qué aguas estaba nadando. Y por eso le contaba sobre su primo Bloomfield. Aquella comida no tenía que ver con Sandra. Estaba cansado. Cansado de no saber hacia dónde tirar, de no decantarse, cansado de mediar con todo el mundo, de hacer de pegamento y embudo.
Había una especie de cóctel molotov dentro del pensamiento cotidiano. Era difícil razonar con aquella amalgama de sensaciones, con aquellas variantes, aquellos vectores tan cortantes los unos con otros. Aquella voz de aquel tal Reginald que había llamado llevándose por delante quien sabía a cuántos demonios, aquella urgencia imperiosa, aquella necesidad por la semilla que pasaba de largo de cualquier valor humano, de cualquier reconocimiento personal o escala de valores. Aquella manera de tiritar por el maletín con el dinero, por el desembarco en tierra libre. Y luego por otro lado estaba su primo, una persona honrada, alguien que se vestía por los pies y que había tenido por esposa a una chica ejemplar, madre de dos criaturas no menos ejemplares, partidos de softball los sábados por la mañana, salidas al cine, pizza hut, partidas de bolos, Xbox y Wii en familia, carcajadas desaconsejables. Por un lado aquella presión y aquellos hombres que reducían una a una sus neuronas vendiéndolas al mejor postor, apostando de farol por la humanidad. Por un lado aquel vómito de buena voluntad, aquellos científicos y luego Reginald llamando a gritos y aquella presión humanamente insoportable y aquella desconfianza aterradora. Uno no sabía muy bien en qué aguas estaba nadando. Y por eso le contaba sobre su primo Bloomfield. Aquella comida no tenía que ver con Sandra. Estaba cansado. Cansado de no saber hacia dónde tirar, de no decantarse, cansado de mediar con todo el mundo, de hacer de pegamento y embudo.
Sunday, 31 July 2011
LA CIUDAD
Martin pensaba en Nueva York como quien pensaba en ovejitas durante noches de insomnio, como el objeto que nunca estaba al alcance de la mano, como la imagen proyectada en la pared, imposible de tocar. Pensaba en Nueva York como quien destapaba la válvula Nueva York, como quien daba zarpazos al frente en días de sol, la ciudad como sombra chinesca, como dragón chino, como cicatriz invisible, como gafas de repuesto, andanza esférica, marioneta y electricidad, reflejo en el asfalto. Cuando se paraba a pensar en la gran ciudad donde creció y en los sentimientos de odio y amor que profesaba, cuando trataba de entender o desentender algo, como aquella tarde sentado en aquella mesa del Blue Oyster Café, pensaba no en la ciudad en sí con sus rascacielos y su vida nocturna, o en la ciudad como región geográfica, como espacio físico, como dimensión temporal o hecho palpable, hecho que se podía agarrar de la misma forma que alguien agarraba un café latte con leche desnatada en cualquier Starbucks, no. Martin pensaba en la infancia, en el patio del recreo, en la construcción de sí mismo. Trataba de descifrar números impares a base de especular con la ciudad, a base de imaginar la ciudad como un todo, sin bares ni cafés, sin teatros, sin downtown ni uptown, ni east side ni west side ni village ni banda sonora ni Chase Manhattan Bank ni Brooklyn ni Queens ni estado de excepción. Uno se comía una patata frita en su justo punto de sal, con su justa medida de tomate kétchup, sin queso. Uno daba un sorbo a aquella cerveza fría, sentado en un café de Indianápolis, descifrando los gestos de un niño que coleccionaba estampitas de los Yankees, tolerando la voz de Matt Monro cantando “Stranger in Paradise”, echando la caña por si acaso pescara alguna de aquellas vibraciones provenientes del movimiento de caderas de una camarera llamada Brandy. Martin desechaba la gran ciudad como un número inexacto de metros cuadrados y trataba de imaginarla, de pensarla, de procesarla, de recrearla, como una nebulosa, una masa de gas, como la idea de lo que en realidad era, despachando el término realidad, haciendo caso omiso de ese “lo que en realidad era”. Conforme pasaba el tiempo uno se alejaba de sus raíces espiritualmente, había un desapego cárnico. Matilde le había dicho en numerosas ocasiones que cuando regresara no conocería la ciudad, que había cambiado mucho desde que se fue. Martin había elegido envejecer sin la ciudad, sin ser parte de ella, madurar de lado, y era esa la razón por la que para intentar recuperar parte de ella tenía que imaginarla como un todo insospechable, Nueva York como idea general, como resumen de sí misma, como fórmula que luego se desarrollaba hasta llegar al bar que había cerca del campus donde los domingos a mediodía servían comida Hawaiana.
Friday, 29 July 2011
PHOENIX AVENUE
Qué hacer con la semilla justo ahora que Carla se había puesto a hacer preguntas del orden del progreso, de la vista larga, preguntas que incluían años próximos, porvenir, planes, verbos condicionales, oraciones subordinadas, posibilidades que había que plantearse. Qué hacer con la semilla ahora que se empezaba a estar mejor, ahora que después de la primera tanda de deportaciones se podía respirar, se podía bajar por Phoenix Avenue y entrar en cualquiera de aquellos bares a comer costillas con salsa de barbacoa sin que uno se sintiera mal del todo, sin todas aquellas miradas de reojo y aquellas almas que deambulaban por la calle de atrás donde se sacaban los huesos a los contendores. Entrar en Wendy’s o en The Blue Oyster y sentarse en una mesa que estuviese cerca de la ventana, el mantel a cuadros, el menú plastificado, los dibujos donde las porciones cobraban brillo, el bote de kétchup junto a la mostaza, el primer café, el segundo café, el tercer café, y esa mirada que avistaba viandantes justo por encima de la taza, esos ojos furtivos que buscaban otros ojos furtivos a los que agarrarse, esa sed de complicidad, esa radiografía de una urbe que cambiaba con los tiempos, donde ya no se pedían tortas con sirope, donde uno se conformaba con el perrito especial o la hamburguesa sencilla o si acaso las costillas y las patatas con queso. Por mucha semilla que uno tuviese en el bolsillo estaba ese transistor que siempre sonaba en el Blue Oyster y a través del cual se escuchaba música porteña, el canal nostalgia, algo tan improcedente como el nombre del local, la ostra azul, semejante nombre para tan pequeño café sin ostras ni mejillones ni nada por el estilo.
Wednesday, 27 July 2011
BRANDY
Se podía pedir una hamburguesa con queso, sin chili, una jarra de cerveza, o se podía dejar la ocasión para otro momento más especial. Compartir mantel con Carla, o mejor con Patrick y así poder hablar del asunto, desenvolver el paquete, buscar consejo, recorrer cada una de las alternativas que ya se habían recorrido en cada habitación de la mente. Aquella semilla tan Señor de los Anillos, tan pesada y sin embargo tan diminuta y que tantas consecuencias albergaba. La camarera se llamaba Brandy. Debajo de aquel uniforme-delantal que parecía más de enfermera que de camarera, Brandy albergaba curvas de mujer bien definida, de carne de madera de haya. No llevaba chicle en la boca pero uno se la podía imaginar mascando chicle cuando no estuviera el jefe delante. Se llamaba Brandy y tenía pinta de estar agotada. Sin embargo todavía dejaba escapar alguna sonrisa de vez en cuando, especialmente cada vez que los viejos que había sentados en la mesa del fondo la llamaban para demandar café como excusa para demandar su mera presencia, para poder volver a contarle el mismo chiste, el mismo comentario que incluía descalificativos hacia sus respectivas mujeres y proposiciones de beatificación para la camarera que tan bien los cuidaba y que tanto sentido daba no solo al hecho de que se juntasen siempre en la misma mesa del mismo café sino sentido a sus propias vidas, la camarera que derramaba café y sentido existencial por igual, Brandy y aquellas caderas y aquellos dos botones que casi siempre llevaba desabrochados como razón para seguir vivos, como único motivo para levantarse de la cama y atardecer como se atardecía en aquellos días de bochorno e insuficiencia renal.
Monday, 18 July 2011
FINE AND MELOW
Por un lado aquellas colas angustiosas y aquella necesidad pura y básica y por otro lado Billie Holiday y aquella manera de cantar Fine and Melow, en directo, con Lester Young. Por un lado estaban las deportaciones y la muerte y aquella forma de esperar a que las cepas de trigo y maíz creciesen de la nada. Por un lado estaba la obviedad fisiológica, la falta de miga de pan, las sobras de hambre y tristeza, y luego por otro lado estaba Billie cantando al final de su carrera, Billie que llegados a ese punto lo había visto todo incluido las orejas al lobo y el otro lado del escenario desde donde uno podía ver los brazos que dirigían las marionetas. Era sobre todo aquel semblante, sentada en el taburete, aquella media sonrisa devastadora, aquella sabiduría tan de maestro zen, cuando todo daba igual, cuando nada importaba, cuando por mucho que uno soplara y por mucho que uno intuyera y por mucho que se leyera entre líneas. Martín tenía una de aquellas semillas en la palma de su mano y le daba por pensar en aquella grabación de Billie Holiday y en la pregunta de si el perro poseía naturaleza búdica: ¡Mu!
Sunday, 17 July 2011
DESACOSTUMBRARSE A MATILDE
Había sido difícil desacostumbrarse a Matilde, pensaba Martin de cuando en cuando, sobre todo cuando se despertaba y veía el auricular del teléfono yaciendo sobre las sábanas blancas, cuando se levantaba y recogía los restos de conversación de la madrugada anterior como quien recogía los platos sucios después de la fiesta. Había invertido tiempo en escalar por las piernas de Matilde, había sido una expedición costosa en la que se habían sufrido congelaciones que luego habían determinado amputación y antibiótico espiritual. La conquista de Matilde, o el intento de doma, o el trabajo que Martin llevó a cabo para hacer de Matilde algo comestible, algo con lo que se pudiera vivir, algo que no cortaba la leche. La consolidación de aquella presa gigante capaz de sujetar aunque fuese de forma temporal, el viento de piedra y carne viva que Matilde soplaba, había formado de alguna manera al hombre en su proceso. Martin era quien era por la evolución sufrida durante aquel periodo en el que construyó él solito aquel Canal de Suez, aquella torre Eiffel, aquel Caballo de Troya. Se habían empleado demasiadas herramientas y demasiados cálculos y encima se habían bebido todas las cantimploras restantes, se había usado carne propia para untar con yeso y cemento y levantar aquella pared, aquellos cimientos que luego sujetaron su voz, sus contestaciones, sus entregas, sus excesos, su manía de señalar las cosas con el dedo antes de nombrarlas. Martin era quien era en gran parte por la erosión sufrida durante el proceso, por el salitre que se le había adherido a las costillas, por todos los sellos que Matilde estampó en su pasaporte existencial. Y de cuando en cuando no es que sufriese nostalgia por la mujer ausente o por el desquicio vacante pero sí que notaba que le faltaba un brazo, la extraña sensación de caminar sin la rozadura del zapato, el vacío que había dejado el aparato en los dientes, la escopeta al hombro, los grilletes y la desnaturalización de las judías y la sopa de pescado
STUTTGART AIRPORT
Mujeres que compraban bolsos y accesorios como si fueran cápsulas y antídotos contra la inseguridad. El rumor aplatanado del resurgir inconsciente del revuelo humano, la sopa de costumbres como el brazo alzado o el movimiento giratorio del pomo de la puerta. Se intentaba vivir sin la necesidad de acostumbrarse a la vida misma. Para entender el porqué de la alarma y el trabajo y luego el fútbol y el jardín y para entender los 15 días en Acapulco y sobre todo para entender el porqué del gorrito azul del niño y la colección de sellos, era necesario entender primero el significado de la palabra estructura. Estructura como fleje, como andamio. Estructura como depósito o plataforma donde colocar todas aquellas cosas que pesaran más de 5 kilos como por ejemplo; el dolor que a uno le viene en el pecho así muy de repente o las quejas de la vecina del tercero B. El andamio o estructura no da sentido a la vida, simplemente la soporta. El soporte estructural de Antonio donde los miércoles a las nueve se mira el mismo programa de variedades mientras come pipas sin sal. Las estructuras humanas al igual que los garajes se terminan llenando de objetos inservibles. El individuo padece una fe ciega a la hora de calificar la utilidad de las cosas. El término utilidad suena a rancio, a pescadilla quemada, a deseo de luto. Antonio que vivía en Kendal Sud decíase que sobrecargó su estructura a base de intentos fallidos con mujeres varias. Uno pensaría que la calidad física, la cualidad estética de la mujer en sí tendría que ser directamente proporcional al peso depositado en la estructura. No es así. Entre otras cosas porque Antonio no se enamoraba jamás de las mujeres más bellas sabedor de que ante semejantes adversarios jugaba siempre en inferioridad numérica. Antonio, al igual que todo hijo de vecino, elegía personalmente de quien se enamoraba. El hecho de que la decisión fuera tomada en milésimas de segundo en cualquier bar, parque o tienda de ropa, no era argumento válido contra el hecho de que uno elegía en su pleno derecho. Por mucho que la decisión hubiera sido muy poco sopesada o contrastada, la decisión seguía residiendo en las manos del elector, léase Antonio. Hay que ver cómo le dolían aquellas mujeres, sobre todo a la altura de las costillas.
Friday, 24 June 2011
DESCOSIENDO A SANDRA
Un embargo de beso roto, de orgasmo adyacente, de respiración que no funciona. En sus posturas no se adivinaban válvulas de escape o panfletos con instrucciones a seguir en caso de muerte súbita. Su piel estaba garabateada de circunferencia de pluma blanca y respiración tantas veces desasistida. Cuando Sandra cesaba surgía un parpadeo de abucheo de nube desfigurada. Su aliento era ligero y pesado como un martillo de polvo. El precio a pagar por su presencia eran machetazos de ansiedad y rayo cósmico. Después del beso le brotaban a uno marcas de nacimiento, siglos pasados, llanura gélida e inmortalidad limitada
Thursday, 23 June 2011
PINTURA SINTÉTICA
Yacía un embalse de biberones. En las afueras, sus lágrimas tenían vistas a un patio interior, desde la alcoba cerrada, el almanaque de embrión torcido. Uno sentía cierta atracción por el diluvio y la segregación del coagulo de esperanza torpe. La muerte venía en diferentes tonalidades como pintura acrílica. Solo se conocía la abstracción pero sobre todo el desenganche, la apuesta por el vaivén. Acostumbrado al barranco infinito de su sombra de ojos y a esa especie de descoordinación argumental cada vez que se trataba en vano de dar un paso al frente. Estar con ella era una mezcla de saliva volcánica y recibo del agua. En la casa los significados se caían de espaldas como caricia en adobo
ALAMBRE DE GAS
En según qué países se ofrecían técnicas para el derrumbe propio, lejía y abrazos de carbón. Por las mañanas minotauros descafeinados, gas en tetra brick, pétalo deshidratado. Se disparaba con pistolas de juguete. De cuando en cuando estaba permitido soñar, sobre todo de lunes a jueves y de 3 a 5. Después de cada sueño quedaban restos de caspa, dolencias cardiacas, dibujo en la rueda. El tacto de sus ojos en noches de luna provocaba granizo y atraco de viento. Resultaba difícil agarrarse a su cintura con tanta gravilla debajo, con tanta dosificación de carácter, tanta pintura roja. Se divisaban tabernas de leyenda y mapamundi. En la serrería se domesticaban erizos de monte y salpicaduras. El jabón no llegaba y el cuello perdido en la gabardina, el implante de luz en el pecho, el silbido circunstancial, y sobre todo esa sonrisa que llovía a pedazos
Wednesday, 15 June 2011
APUESTA POR EL ROCK N ROLL (MAS BIRRAS)
Ya no puedo darte el corazón.
Iré donde quieran mis botas
y si quieres que te diga qué hay que hacer
te diré que apuestes por mi derrota.
Quítate la ropa, eso está bien.
No dejes nada por hacer.
Si has venido a comprarme, lárgate;
si vas a venir conmigo: agárrate.
Larguémonos, chica, hacia el mar.
No hay amanecer en esta ciudad.
No sé si nací para correr,
pero quizá sí que nací para apostar...
Sé que ya nada va a ocurrir,
pero ahora estoy contra las cuerdas
y no encuentro niuna forma de salir:
voy a apostar fuerte mientras pueda.
Larguémonos, chica, hacia el mar.
No hay amanecer en esta ciudad.
No sé si nací para correr,
pero quizá sí que nací para apostar...
Ya no puedo darte el corazón.
Perdí mi apuesta con el rock'n'roll.
Es el precio que tengo que pagar.
Ya no tiene sentido abandonar
Iré donde quieran mis botas
y si quieres que te diga qué hay que hacer
te diré que apuestes por mi derrota.
Quítate la ropa, eso está bien.
No dejes nada por hacer.
Si has venido a comprarme, lárgate;
si vas a venir conmigo: agárrate.
Larguémonos, chica, hacia el mar.
No hay amanecer en esta ciudad.
No sé si nací para correr,
pero quizá sí que nací para apostar...
Sé que ya nada va a ocurrir,
pero ahora estoy contra las cuerdas
y no encuentro niuna forma de salir:
voy a apostar fuerte mientras pueda.
Larguémonos, chica, hacia el mar.
No hay amanecer en esta ciudad.
No sé si nací para correr,
pero quizá sí que nací para apostar...
Ya no puedo darte el corazón.
Perdí mi apuesta con el rock'n'roll.
Es el precio que tengo que pagar.
Ya no tiene sentido abandonar
JULIETA
Ella que de vez en cuando, sonrisa de brisa, garbanzo adecuado y poste de luz. Se descorchaba la soledad en botellas violentas, en pájaros usados, en batallas que perder. Los cuentos de Canterbury parecía infinitos y sin embargo el corte de respiración anunciaba el naufragio cada quince días, los autos de choque sin parabrisas ni aceleración, el alud de saliva, el garabato de carmín. Cada vez que se iba me ponía en la rodilla la prótesis de incendio, el abanico cerebral. La casa se quedaba vacía de oro, incienso y mirra. Las células de su piel carecían de pormenor. El beso quedaba asociado al calor de sus anginas el cual tenía que ver con la metalurgia y el pozo sin fondo, con la claudicación. Hacía falta echar cal viva para olvidarla
BRISA CÓNCAVA
El efecto que produce la costumbre rota, el delantal plegado, el codo apoyado en un porcentaje de rabia. Esta metástasis de Opel Corsa, esta burbuja invertida, el grito físico, la carne cruda, los bocetos de perros muertos, la solvencia del verbo. Lola que nunca quiso de sopas de palmadita en la espalda, de nicho garantizado y calor tropical. Es más que nada la papilla de cemento armado que no entra por la boca, temerosa de dientes de ajo y sobre todo esta amargura de subalterno, esta encerrona de canelones, esta aspiración a delegado consejero, alférez vacío, diamante rancio. Por las tardes madre sujeta el ganado. Por la noche la esperanza se bifurca y sus besos saben a zanahoria orgánica, Actimel y orilla tierna. Cada vez que me miras el sol se abre de piernas y hasta mis intestinos tiritan
Tuesday, 14 June 2011
ENTIERRO COMÚN
Hoy heme aquí que tengo esta manía de desgajar crueldades como si en realidad fuesen cocodrilos de vino tinto y caña con gas. La idea que proyecto necesita de la repetición. El mecanismo y la estructura de mi atardecer chirrían ante tanta sequedad, ante el óxido en la cadena y el pedal. Una especie de desguace de eternidades, lágrimas de mercadillo, cuadros de mujeres barbudas, relámpagos de ocasión, navidades junto al mar y trenes de la bruja. Me siento a la mesa de los apogeos rotos, del destierro criollo, de la ballena blanca. Sin ser mordisco de centella rota, sin ser siquiera sacudida de ala de mosquito, sir ser siquiera remanso de electricidad, sin aparentar tener un dique seco por jardín y recreo, uno solventa los miércoles a su manera, sin necesidad de la progresión aritmética esa que tanto le gusta a la gente, sin la compra forzosa, sin el perfume de opio, sin la ropa que no llevo, sin piel ni garganta, ahogado en este remolino de aleph
Sunday, 22 May 2011
Monday, 16 May 2011
Ulises
Quizás ese martes el día no salió como pensaba y las nubes se enrocaron para hacerle una mala jugada a Ulises. Nuestro amigo Ulises, pobre, el que vive en El Bierzo, el que piensa que las flores sólo sirven para lavarse los dientes en los días en que tú te ausentas. Tus ausencias para comprar en el mercadona del pueblo del lado siempre han sido un misterio para él. Nunca comprabas las cosas que te pedía. Es más, a veces no comprabas nada. Eso para él era como quitarle la mañana a un sábado de rebajas de ginebra. Esos sábados que se te enroscan en las venas como si fueran colesterol del bueno. Nunca te dijo nada, para qué. La vida tiene más misterios que una selva de pensamientos esparcidos por mil mentes sin sentido. Y él prefería que le pensases como un misterio metido en un desayuno continental de un hotel de carretera. Ahora ya da igual, por eso te lo cuento. Supongo que ahora se encuentra en alguna parte de ningún sitio protegiéndose de todos. El martes por la noche voló el mercadona. Eso sí, lo hizo por la noche para no causar dolor, incluso aviso al vigilante para que saliese a comprar tabaco a su mujer, que se encuentra en estado de necesidad. Pensó en el tabaco, pues en mecardona no venden. Es una lástima, ahora que ya no existe el mercadona tampoco está él. En algo se equivocó, aunque plantó una Alhambra de verbos de querer.
Saturday, 14 May 2011
YA NO LLUEVE EN HELSINKI
Tenía sequía en las venas. Ya no llueve en Helsinki de la manera que llovía antes. No un antes de la guerra sino antes de ayer, suceso previo a la cascada, andamio de orilla y cemento. Tampoco era por decir que no, era más que nada un salvoconducto, un pasillo de atardeceres, un preludio de segundo, segmento temporal, visto de frente, sin perspectiva, sin tercera dimensión como si de una tortilla de un huevo se tratara. Tampoco hacía falta entender tanto. Se perseguía la idea general, aquello que hacía bulto, menospreciando detalles y objetos menores como la bolsa de plástico y el peine rojo. Descosiendo los días impares, los años bisiestos. Lloraba porque la cebolla y no porque la muerte. Salvando balas para por si acaso, más tarde, hiciera falta recoger la ropa tendida ante tanto andar en paños menores, ante tanto precipicio mensual, tanta sonrisa decomisada. Si por lo menos hubiera un principio, un estado de ánimo anterior, un mapa del lugar más recóndito de tus senos, allí donde la fusión nuclear convive con vistas al mar y patios de vecinos, allí donde las dan las toman y se reparten naufragios y visitas guiadas al médico y flores de sal y pan con pan y vino tinto. Allí donde la nada convivía con el mar muerto
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