I imagined people at breakfast, people who know each other intimately, probably a husband and a wife, speaking in unfinished sentences, in grunts, in coughs, as people do, particularly at that time of day. And I wondered what it would be like to sit down at that kind of dialogue, in which sentences are rarely completed and thoughts are rarely followed up and one person is not really listening closely to another. That’s all I had. And that’s when I began writing - Don Delillo
Saturday, 30 April 2011
EL BALANCE DE ALICIA
El incendio ese que se suponía tenía que haber pasado, aquí, no en el cuarto de estar sino al filo de tu mejilla, y que mire usted donde las dan las toman, y el carro de la compra, yogures coleccionables, con el cuarto lote se regalaban suicidios desde balcones de plástico y arruga vertical. La decadencia era prorrogable, el tiempo se entregaba según convenios en cuartos trasteros. Sin máscara de hollín y sin zapatos nuevos y sin rozadura en el talón. El pulso en la sien, de vacaciones. Los amigos rotos, las manzanas descatalogadas, las cadenas de esparto. El muslo de la queja sin costumbre, el eje de la pregunta, allí donde residía el balance de Alicia. El delito radicaba en su sombra de ojos. Susurros embadurnados de pan rallado y harina. Esa tos como de renuncia y que tanto el diablo cargaba. Donde se intercambiaban balanzas por cencerros y donde pasaban cosas como estucados de tela de barniz, sobredosis de tristeza y un solo cable deshilachado. Todavía quedaban restos en la botella de ayer. Todavía el sudor y todavía la ausencia de alivio a la altura del pecho
BIELORRUSIA
Sus besos como nitrato esparcido. Bielorrusia y la manía de tirar piedras al río. Utilizar esa sonrisa descompuesta y la congestión de plátanos como analgésico. Entender la sincronía de sus gestos como un fraude. Apoyarse en el tabique acostumbrado, en la matanza del cerdo, en la cuestión morosa, el diafragma de las noches y los días, productos básicos, nitroglicerina. Bastaría con expulsar tanto sentimiento y laca para el pelo. Sopla el viento de costado cuando el punto de mira y esa forma con la que dice la palabra “tarrina”. Esa forma de emanciparse a medio camino entre tigres de Bengala y platos rotos, entre salidas internacionales y ferias bovinas. La garganta no llega hasta el beso. La boca y sus labios como recurso vacío, cartilla sin fondos de pelo teñido, de ausencia de carmín. La tempestad y sin embargo los valles y cuantos altares sin llanto. El devenir de aquella carcasa estropeada, los paseos por Mundine, la cuentas de la vieja, los orgasmos sonoros, césped recién cortado, mantequilla en llamas, pata de perro bloqueado
GIGANTES Y BARRAS DE LABIOS
Escritura de cemento solo rasgada por lágrima de mar disecada. El abrazo restringido y el deseo invertebrado. Ella es de seda y pupitre. Marion habla y su lengua es matriz de almíbar. Los porteadores deambulan a lo largo de un límite de segundos. Termostatos variables y maquinas de hacer pan sucumben al calendario sin asas, al preludio de café y botella de agua, a la trompeta monolítica, al caballero condecorado, a los pasos perdidos. Como si existiera un maná carcomido, se suman números centígrados atrapados en libreta de cuadros. Rondallas y gigantes y barras de labios. Nadie dijo que aquello marchitaría tan pronto. Los sonidos del puerto, las bases del templo, el futuro azucarado. Sin embargo un chasis y sin embargo ese sabor a óxido de prima lejana. El hecho de que no se quiera tender la ropa al sol es inversamente proporcional a la brisa despoblada. Mire usted señor conde, mire usted cuanta gangrena
Thursday, 28 April 2011
ESQUINA DE PUERRO
Llevaba la sonrisa metida por ventilación asistida. El afán de decir que no, el uso de las frases subordinadas, la natación sincronizada, el gesto vetusto, el charco de hojalata, la mazorca despeinada, el hueso pendenciero. Mañana y los cuadraditos de mortadela mientras Félix, el apuntador, se quejaba con trago pocero, con ademán substancial, el criollo y la guerra, la sombra de Neptuno, el soliloquio existencial, la curva de la pata de la mecedora, el tresillo de piel, lágrimas de orquídea, sabina milenaria, macizo inoportuno, acento en la a, subversión y vino tinto. Como si aquella mata de acebo no fuese suficiente. Como si esa especie de esclerosis de lenguado frito, de congestión de sonidos graves, de llave del agua, ascensor público, ella y su manera de reírse, particular como la lluvia fina. Se dejaban querer de cuando en cuando, gente de provincia y mano soldadora. A veces ocurría que no les parecía bastante, el duelo por el carnicero muerto, la piedra equivocada, la garganta sin espinas, el dilatar de la noche asustada, boquiabierta, vacilante, de lados convexos, de independencia por conquistar, de cosquilla fácil.
CARLA SIN DIENTES
Corteza de piel arrítmica, superficie de proyección de ser humano. Sonrisas de antemano que caducan después del primer hervor. Junto al aparato de radio, el respaldo de la butaca, las notas, do re mí, la sensación de melodía podrida y pensamiento turbio de cría de cabra. Todo lo que pasa dentro del abrigo rojo de la señora sentada en la mesa número 3 de la terraza del café bar El Sol. Plátanos maduros y el señor Frumento que justamente ahora camina con paso firme por la tarima metálica. Arista de cartón de huevos y alambre de tono de risa. Labios sin pintar, diente de nitrógeno líquido, beso desacompasado, a destiempo , como tantas veces Manuel, como Pablo y su sombrero de fieltro, las caricias prestadas, los barquitos de papel a vapor, el ingreso en la metalurgia y esa imitación de bostezo que emana de la boca de Carla
ROCE DE CODO
Cartílago de fresa, renuncia a medias. Como si de un encontronazo de arena se tratase. Un empujón de espuma que se desvanece al rozar con el codo de Marga y esa semi-sonrisa de fractura artificial. Una arruga en la yema del dedo. Como si el acero estuviera podrido por dentro. En su gesto, un frenazo. Sus cabellos en desaliño, el desguace entre sus senos, la saliva en la boca, hirviendo. El percance que claudica cuando la sílaba se justifica y las pecas del brazo en retirada se anuncian. La señora del tercero anuncia lloviznas. Justo y su cuñado en la moto, de viaje, chaquetas sin cremallera, el asfalto y la hoguera. El sentimiento de suburbio y paso cambiado, macera. El timbre y la cal, sopa sin pan, marisma irregular, piedra pómez, instante de clavícula, bocetos de novias, espárrago impar.
EL MUEBLE COMO ANDAMIO
Sabor a tesoro y mentira. Conato de directrices torcidas, al borde del extrarradio no de la ciudad sino de una embestida. Se trata de un océano mal entendido. Presunción de amago de mar. Ola caliente de boca de seno. Esteban que llega a casa y se sienta en el mueble como estructura. El mueble como andamio hecho a base de respaldos. La vejez merodea como turista emboscado detrás de una dirección incorrecta. Se come comida inundada. Se respira como si el aire fuese de fogueo. Como si el vecino y aquel pobre consejero y la marca del vaso en la barra. Sopas Julianas y macarrones con queso. Junto al precipicio, sin postre y sin monedas. El viento y un pueblo llamado Harlow. Frambuesas y grano de avena. Espigas que dejan marca. Cicatrices de natilla de sobre. Inventario de tornillos sueltos. Tempestades de segunda mano y cuerda vocal rota.
LA PERRA Y LA GINEBRA
Como salchichas de pollo. Como hormigas sentadas, de piernas cruzadas. Como la tinta china y como el sobre que entrego, la perra y la verdad, la sobredosis de angina de pecho. Distante queda en la memoria la gota que agito, el suenyo al que no llego. Estrecho de los Dardanelos, escalera cronica, peldanyo repetitivo, magdalena atonita, cable de trigo, persistencia de palabras. Como si a alguien, en algun sitio, le diera un calambre entre las pastas y el primer plato. Antojo de barco en camisa de rayas. Supersticion de ginebra, palabra en llamas, cara sin cejas.
Monday, 8 September 2008
Saturday, 6 September 2008
Friday, 29 August 2008
El maletero del coche de Franklin
Estando una vez con Franklin, Marcos se tuvo que levantar a subir el volumen del stereo ya que en ese momento pasaba el camión de la basura y justamente ahora que sonaba la canción número 3 del disco Birth Of The Cool, Moon Dreams, donde Miles Davis alargaba cada nota hasta la extenuación, hasta que la melodía se estiraba tanto que agonizaba lo mismo que el aire en sus pulmones, y justamente entonces sucedía que era miércoles por la noche y el camión de la basura pasaba haciendo un ruido seco y mecánico cada vez que sacudía los contenedores. Marcos se levantó a subir el volumen de mala leche y objetó que era demasiada casualidad para que Moon Dreams coincidiese con ese camión que pasaba por nuestro portal 5 minutos a la semana, y que tenía que haber sido justamente durante los cinco minutos en que Moon Dreams sonaba, canción que dicho sea de paso jamás había sonado antes en ese stereo, ya que era un disco que Franklin había traído esa misma noche, no, tanta casualidad no podía ser una casualidad, objetaba Marcos mientras Franklin se servía una copa sin sentir la más mínima culpa. A mí me da por pensar que de alguna manera, Franklin está en nuestras vidas solo en tiempo pasado. Me acuerdo de aquella noche y deduzco que Franklin es un tipo del que solo se pueda hablar en pasado. Es algo así como si no fuésemos conscientes cada vez que llama para decir que está en el sur de Francia conduciendo a lo largo de un acantilado con su viejo Cadillac descapotable, llevando a una señora que pasa de los sesenta y que dice ser familia de una condesa. Somos conscientes cuando recordamos su voz, pero no cuando nos habla. Yo recuerdo perfectamente aquella noche, especialmente el hecho de que Marcos siguiese insinuando que tanta casualidad no podía ser casualidad incluso dos horas después de que el camión se hubiese esfumado, pero no recuerdo haber sido consciente de ello en tiempo presente. Y todo ello me resultaba extraño del mismo modo que a Marcos le resultase extraña aquella coincidencia, sobre todo porque se consideraba una persona que no creía en el destino de la misma manera que no creía en que la belleza residiese en las pequeñas cosas de la vida. Franklin había terminado de servir tres copas de whisky sin hielo cuando Marcos dijo que para él, un cuadro grande siempre era más bello que un cuadro pequeño, y que aquella teoría de que la vida era lo que pasa mientras tanto, era tan incongruente y snob que le hacía vomitar, ya que lo que pasaba mientras tanto era según él, lo que le pasaba a los demás y no lo que le sucede a uno mismo. Franklin quiso opinar al respecto pero tras dudar unos segundos, se limitó a sonreír. En ese momento ya no sonaba Birth Of The Cool, ahora lo hacía un disco recopilatorio de Thelonious Monk, que Franklin había elegido en honor a uno de sus escritores favoritos quien tenía cierta predilección por dicho pianista. Yo no sabía que pensar y tal vez fuera por ello que comenté mis problemas acerca de la falta de unidad y fluidez que encontraba en ciertos aspectos importantes de mi vida, como la tabla de windsurf, un paquete de Marlborough Light , la fotografía, Adriana y tantas otras cosas. El teléfono sonó en la otra habitación. Marcos se levantó a contestar y tras mantener una breve conversación, colgó y volvió al cuarto de estar anunciando que era Antonio, que estaba de camino y que traía una muestra del tesoro para que Franklin se la llevase a Francia y se la enseñase a aquellas señoras que había conocido por si acaso pudieran estar interesadas en la compra del mismo. La falta de unidad podría representar la unidad en sí, me dijo Franklin. Es como quien crea un ritmo a base de acordes arítmicos. La repetición de ciertos factores formaban un patrón, una línea a seguir, un ritmo en sí mismo, y toda aquella falta de unidad, todo aquel atragantarse, pudiera ser mi ritmo, el único ritmo que era capaz de seguir, algo así como tener en la inseguridad y la duda una religión… Marcos preguntó a Franklin sobre las opciones reales de que aquellas señoras pudiesen estar interesadas en la compra del tesoro y que si ese fuera el caso, cuanto creía él que estarían dispuestas a pagar. Franklin contestó que el mayor problema sería la posibilidad de que la muestra que Antonio traía no le cupiese en el maletero del coche, pero que si cupiese, que bueno, que ya se vería. “Cuantas lanzas trae?”. Marcos no sabía, no le había preguntado, auque conociendo a Antonio probablemente dos, y un escudo, y tal vez una de las ollas. A mí el whisky me daba hambre. Me levanté a la cocina y en la nevera sola había patatas y champiñones. Miré en el armario y vi que Marcos tenía una lata de atún y un bote de ketchup. Cuando volví al cuarto de estar para recriminarle a Marcos su falta de abastecimiento, el timbré sonó, era Antonio con la muestra del tesoro. Marcos y Franklin se levantaron y cuando bajamos todos a ayudarle a subirlo, Franklin dijo que si no sería mejor trasbordarlo del maletero de Antonio al suyo. Tras debatir la cuestión durante unos segundos decidimos subirlo todo al piso por razones de seguridad aunque según Marcos, quién coño iba a estar interesado en robarlo, con lo que pesaban las jodidas lanzas. Ya de vuelta con la muestra del tesoro, Antonio dijo que si nos parecía suficiente con una olla o que si sería mejor llevar dos, una grande y otra pequeña. Marcos se encogió de hombros y sirvió otro whisky desentendiéndose por completo. Yo volví a la cocina y saqué las patatas de la nevera. Patatas fritas con ketchup sería. Nadie más tenía hambre por lo que nadie iba a ayudarme a pelar y cortar las mismas. Traje las patatas al cuarto de estar, puse un periódico viejo para tirar las peladuras, y me senté a pelarlas a la vez que Antonio se servía un whisky y hacía cierta declaración de principios en torno al disco que escuchábamos en ese momento y que ya no era Thelonious Monk sino Lou Reed, NYC MAN.
Thursday, 7 August 2008
Donde se termina hablando de Diana Krall
A veces se me hacía difícil combinar cosas como la fotografía, el windsurf y un paquete de Marlborough Lights. O combinar a Adriana y los discos tardíos de Miles Davis, especialmente el disco Spanish Sketches en el que interpreta una versión del Concierto de Aranjuez. Y se me hace difícil porque son cosas que no pegan, no hay fluidez entre ellas, especialmente cuando pienso en un paquete de Marlborough Light reposando en la mesa roja que hay en el jardín, el paquete abierto, y luego pienso no en el viento que empuja la vela de mi tabla de windsurf sino en el dolor que sufro en las plantas de los pies cuando camino hacia el agua llevando la tabla a cuestas y siento el daño puntiagudo cada vez que doy un paso sobre las piedras de la playa de Whistable. Eso y luego Adriana llegando del trabajo y esa cara que pone a medio camino entre una sonrisa por verme y el gesto cansado después de 10 horas de teléfono y cargas y descargas. Y luego Miles Davis y quizá un párrafo de un libro que había leído recientemente y que hablaba de un policía que se había ido de vacaciones a Miami con su prometida. Se me hacía difícil juntar todo eso, especialmente ahora mismo que he dejado una lata atún a medias, y el aceite se ha salido de la lata, y ahora está aceitosa con lo que tendré que ponerla en un plato antes de meterla en la nevera para por si acaso me apetece terminarla de aquí a un rato. Pero bueno, Marcos iba a llamar de un momento a otro ya que se había reunido con un chico que una vez hizo de extra en una película de James Bond, que en parte se había rodado en España, en Bilbao, y él había protagonizado el papel de un Ertxaina que entraba en un piso persiguiendo a alguien, no sé si a James Bond o a uno de los malos, y eso, Marcos creyó que sería interesante hablar con él y averiguar si podría aportar alguna idea a la venta o no venta del tesoro de las Minas del Rey Salomón. Cuando finalmente Marcos llamó, eran las 12:30 y lo primero que me dijo fue que el extra de la película de James Bond no era de Bilbao. Era argentino y se llamaba Jaime, y sabia de un restaurante de comida argentina que no estaba muy lejos de donde vivíamos en el cual trabajaba una camarera que se llamaba Clara y que había estudiado ciencias políticas y que aunque no hubiese terminado la carrera, ella siempre decía que la había terminado ya que abandonó en el último año y nunca le pareció que los planes de estudio de la facultad se ajustaran a la realidad, y eso, que ella había leído lo suficiente y se consideraba en posesión de los suficientes conocimientos como para considerarse licenciada. Una vez hechas las presentaciones y ya sentados a la mesa del restaurante, Clara se acercó a tomar nota cuando Jaime dijo que Clara nos podría ayudar, posiblemente más que él, y sí, ya sabía, había salido en una película de James Bond pero sinceramente, puntualizó Jaime, Clara podría, aun sin tener muchos contactos en el mundillo de la compra venta, ayudarnos de una manera más sólida que él, ya que era una persona muy creativa. Clara entonces nos sonrió de la manera más dulce posible y acto seguido nos preguntó que si nos interesaba la política. Marcos dijo que a él le gustaba la carne poco hecha. Mas tarde y ya sentados todos juntos en la mesa de una terraza de otro bar que había dos calles más abajo del restaurante, Clara nos dijo que desde su más humilde opinión, ella pensaba que tal vez nuestro problema no fuese tanto el qué hacer con el tesoro como el qué no hacer con el tesoro. Yo pedí cuatro vinos blancos y Jaime sonreía de tal manera que parecía que fuese a estallar de alegría. Cuando fui a la barra a coger los vinos coincidí a solas con Marcos que salía del lavabo y le pregunté que si alguna vez había visto a alguien sonreír de la manera que Jaime sonreía. Marcos me dijo que no, y que cuando estaba en el retrete había escrito en la puerta del mismo nuestro número de teléfono junto a las palabras: tesoro de las minas del Rey Salomón, porque nunca se sabía quien podría visitar dicho retrete en el futuro más cercano. Luego le dijimos al camarero que si alguien preguntase por dicha inscripción, el número de teléfono era el nuestro y que creíamos ciegamente en que haber escrito eso en la puerta del retrete sería más fructífero que cualquier otra forma de anunciarse al público. El camarero nos dijo que se llamaba Máximo y que le parecía fascinante el hecho de que hubiésemos comprado dicho tesoro. Luego dijo que él nunca se había leído el libro pero que si que vio una vez una película acerca del tema en la que salía Sharon Stone. Luego también nos dijo que en la película Instinto Básico, el supo desde el primer momento quien era la asesina ya que no había en el mundo dos mujeres que hiciesen el amor de la misma manera y que de ese modo, supo que la asesina era la que follaba de la manera que follaba la mujer que asesinaba a sus victimas. Nunca supo hasta el final si ésta era Sharon Stone o la otra pelirroja, pero sabía quien era la asesina si es que su explicación se entendía. Clara dijo que se entendía perfectamente y luego le contó que ella también era camarera aunque en su caso había hecho la carrera de Ciencias Políticas. Jaime dio otro trago a su copa de vino y justo después de tragarse el claro licor le preguntó al camarero que si le gustaban las películas de James Bond. Antes de que el camarero pudiese contestar Jaime subrayó que él era de la opinión de que James Bond había sido un personaje totalmente infravalorado por la crítica. Un personaje que a su modo de ver nunca había sido entendido de la manera que él entendía a James Bond, al James Bond persona, al personaje que había detrás del super agente con licencia para matar. Al hombre que se llama James y que según él era una persona que se encontraba terriblemente sola y que tenía grandes problemas para expresar sus sentimientos. Luego añadió que si alguna vez le preguntasen a él, los grandes productores de Holywood, en como enfocar la siguiente película del agente 007, él no haría ninguna escena de acción, ningún tiroteo, sino que se centraría en el James Bond que se levanta todo los días a desayunar y que se encuentra solo y que no sabe qué hacer con el peso de la existencia. Clara le dijo a Marcos que una vez salió con un argentino y que vaya pedazo de cabrón. Un tío que se llamaba Samuel y que la llevaba al parque donde hacían picnics y se besaban hasta que se hacía tarde y entonces había que recoger todos los trastos y volver a casa donde lo único que hacían era follar. Marcos le contestó que teníamos un amigo que se llamaba Franklin y que ahora mismo estaba en el sur de Francia enseñándole unas habitaciones a una señora mayor que decía ser prima hermana de una condesa francesa. Hablamos un rato sobre Franklin y para entonces el camarero y Jaime no prestaban atención a nuestra conversación pues se habían enfrascado en una discusión acerca de la situación actual del cine español. Marcos decía que para él Franklin era algo así como el eslabón perdido entre nuestra infancia y nuestra madurez. Una persona capaz de ver las cosas sin el filtro de la experiencia. Un tipo no espontáneo sino capaz de hacer cada cosa que hacía como si fuera la primera vez que lo hiciera. Un tipo que detestaba la poesía y que a su vez se podía considerar un poeta. Se dedicaba a alquilar pisos y apartamentos que a su vez alquilaba sin contratos ni papeleos de ningún tipo. Y ante todo, explicaba Marcos, una persona que nos había influenciado de tal manera que sin su presencia, sería imposible explicar o definir quien éramos nosotros mismos. Interrumpí para preguntarle a Clara la hora y traté de imaginar por unos instantes lo que estaría haciendo Adriana en estos momentos. Marcos explicó entonces que fue precisamente una llamada de Franklin lo que nos empujó realmente a comprar el tesoro de las Minas del Rey Salomón. Clara escuchaba con suma atención a la vez que se rascaba el hombro. En un momento determinado Marcos me miró sonriente y detecté que esperaba algún gesto de aprobación sobre algo que acababa de decir. Yo me limité a sonreírle de la misma manera que él me había sonreído lo que llevó a Marcos a estallar en una carcajada antes de contar la contradicción que suponía el hecho de que aunque Franklin fuera una persona adicta a la meditación, era un tipo que no podía estarse quieto ni un segundo y que las ideas bullían en su cerebro a velocidad de vértigo. “Es un hacedor”, dijo Marcos. Eso era lo que mejor definía a Franklin, un hacedor, un productor de situaciones y conflictos. Clara apuntó entonces que no se podía creer que Marcos fuese tan rubio, dijo que le parecía imposible que fuese español y que cuando lo vio por vez primera en el restaurante pensó que era nórdico. Marcos se sintió avergonzado y tras un instante de silencio volvió a hablar sobre Franklin y sobre su pasión en descalificar a grandes escritores de la literatura universal como James Joyce. Yo no pude evitar una leve carcajada al recordar entonces la primera vez que Franklin nos habló de su lista sobre los 10 peores escritores de entre los mejores escritores de la historia y de cómo a continuación elevó a Kafka hasta los mayores altares y nos dio una clase magistral sobre el genial escritor y en especial sobre su obra “El Castillo”, que se prolongó hasta altas horas de la madrugada cuando el alcohol y el sueño batallaban dentro de nuestros cuerpos y mentes a la vez que un disco de Brassens sonaba una y otra vez no por ser éste autor de nuestra predilección sino porque era el único disco que Franklin pudo encontrar en aquella casa de campo que tenía alquilada en aquellos tiempos. Otro clásico en Franklin era la aparente facilidad con la que se dejaba las llaves en casa. Ni él mismo podía decirnos las veces que al salir de casa había cerrado la puerta, se había detenido en el rellano, y se había palpado los bolsillos hasta percatarse de haberse dejado las llaves tras de si. Siempre que le reprochábamos entre risas y burlas dicha conducta, Franklin se excusaba diciendo que si no fuera por ello nunca se hubiese hecho tan amigo de Martín, el cerrajero del barrio. Y no sólo de Martín, nos solía decir levantando el dedo índice, sino de la sabiduría de Martín y por extensión de todo lo el universo que le rodeaba a éste incluyendo en ese universo a su preciosa hija de 17 años de edad. Clara dijo que ya le caía bien nuestro amigo Franklin a la vez que hizo patente el estado de vacío de su copa de vino. Yo me levanté a la barra no sin antes interrumpir la profunda conversación que Jaime mantenía con el camarero para preguntarle si quería otro vino. Ambos me miraron atónitos como si hubiese dicho algo sorprendente y tras unos segundos de vacilación que sirvieron para que despertasen del profundo diálogo que hasta ese momento habían mantenido, Máximo, el camarero, dijo que no me preocupase que él se encargaba de traernos otra ronda pues para eso le pagaban. Una vez que el camarero entró al bar a por los vinos Jaime nos dijo que habían estado hablando de los presos en Guantánamo y de cómo los estadounidenses llevaron una especie de caza de brujas tras los atentados contra las torres gemelas, arrestando a gente que creían sospechosos y que por el mero hecho de insinuar que fueran sospechosos los llevaron a Guantánamo sin juicio previo y sin que tuvieran estos oportunidad de defenderse. Nos quedamos mirando a Jaime creyendo que iba a decir algo más pero tras quedarse silencioso y dubitativo pensando en dicho tema, Marcos creyó oportuno revelar la pasión que Franklin tenía por las mujeres pelirrojas. Y no es que Franklin sea un mujeriego, no, es distinto… con Franklin es distinto, como con casi todo lo que Franklin venera, espetó Marcos. “Te acuerdas cuando nos vino emocionado con aquel disco que había comprado y que le había hecho tan feliz que no se podía explicar como la felicidad valía 12 euros, 35 minutos de felicidad, 35 minutos de blues cantado por una mujer bellísima llamada Diana Krall?”, me preguntó Marcos, por momentos igual de emocionado que cuando Franklin nos vino con el disco. Y era sobre todo por una canción, recordó Marcos, Love me like a man, y aquel solo de piano, dijo exaltado, y luego la teoría de Franklin de que el precio de la felicidad era relativo, en ese caso 12 euros, y entonces recordé con ternura aquella tarde cuando Franklin nos vino con el disco bajo el brazo y nos obligo a todos a dejar lo que llevábamos entre manos en aquel momento para llevarnos a su casa donde una botella de J&B y el susodicho disco de Diana Krall hicieron que la tarde fuese perfecta a pesar de que hacía un día soleado, uno de esos días de invierno cuando el sol sale y molesta en los ojos. Y luego Franklin nos dijo que Diana se había casado con Elvis Costello, y que había que ver el cabrón de Elvis Costello, el hombre más afortunado del mundo, y que si no se sintiera así habría que fusilarlo de inmediato pues los gobiernos del mundo entero deberían decretar una ley por consenso total, que estipulara que fuera donde fuera que Elvis Costello se encontrase en cualquier momento , si el sujeto se sintiese minimamente infeliz aunque fuera por cuestión de segundos, debería de ser fusilado en el acto al declarar todas las potencias mundiales que el ciudadano Elvis Costello tenía terminantemente prohibido sentirse infeliz siempre y cuando estuviera casado con Diana Krall, bajo pena de muerte inmediata. Jaime sonreía nuevamente como si estuviese a punto de explotar y Clara llamó al camarero para pedirle lápiz y papel y así anotar el nombre de la cantante y el disco al que nos referíamos, pues llegados a ese punto, y tal y como Marcos y yo nos percatamos, Clara ya vivía bajo la influencia de Franklin con lo que podía ser considerada una más de los nuestros. Acto seguido me pregunté a mismo por la impresión que le produciría a Adriana dicha realidad, y algo me decía que no estaría del todo contenta y que tras el anuncio se sucedería un batallón de preguntas acerca de esa chica llamada Clara, que trabaja de camarera en un restaurante argentino y que se autodeclaraba licenciada en Ciencias Políticas a pesar de no haber terminado la carrera. Es guapa?, me preguntaría a continuación.
Tuesday, 5 August 2008
SIN FRANKLIN
Sus besos eran un insulto contra la ley de la gravedad. Mesopotamía y Ana Obregón daban los últimos sorbos a sus Martinis y todo ello se me antojaba como un preámbulo de respiración. Marcos estaba preocupado porque Franklin no había llamado y era por ello que se refugiaba en las ideas de Kant. Yo había pedido dos cervezas y el camarero se empeñaba en defender la nueva legislatura y en especial la nueva ley de inmigración. Ana Obregón se excusó diciendo que no había podido evitar escuchar la opinión del camarero y declaró que ella no estaba ni a favor ni en contra, simplemente pensaba que no era ni el momento ni el lugar adecuado para discutir semejante cuestión. Marcos se levantó de la silla y dijo en voz alta que quizás debiéramos hablar de Rembrandt pero Mesopotamia dijo que le resultaba difícil encontrar su sitio en esta sociedad tan cambiante. El camarero dijo que lo mejor era hacer lo que había hecho Bob Dylan, reinventarse a si mismo. Ana Obregón dijo que eso era precisamente lo que había hecho toda su vida a pesar de que le resultaba increíblemente difícil cambiar en las mentes de la gente la imagen que tenían de ella. Yo dije que a mi la palabra increíblemente no me gustaba nada y Marcos dijo que nosotros habíamos intentado reinventarnos a nosotros mismos comprando el tesoro de las minas del Rey Salomón. A Ana le pareció una idea de lo mas brillante y nos preguntó si alguna vez habíamos pensado en llevarlo a la televisión pues creía que era un formato en el que dicha idea se podría exprimir. El camarero le preguntó a Ana que si estaría interesada en producir un documental sobre la inmigración, una especie de reportaje que él mismo podría filmar con su cámara. Ana le preguntó que qué tipo de cámara tenía. Una Sony, respondió el camarero. Una Sony de ir por casa, ideal para el documental, ya que si vas a realizar un documental acerca de gente pobre y sin derechos no había nada mejor que hacerlo con una cámara de andar por casa ya que ello daría otra dimensión al proyecto. A mí no me gustaba la palabra proyecto y Ana seguía empeñada en que era mucho mejor hacer lo del tesoro de las Minas del rey Salomón con todos sus respetos al camarero y al tema de la inmigración. Mesopotamia se sentía mal porque por una parte quería pedir una ronda de cubatas pero por otra quería pedir un taxi e irse a casa a descansar a pesar de que mañana no tenía que trabajar. El camarero dijo que tenía un amigo que además de ser inmigrante ilegal era musulmán, y que en el documental sería precioso si le preguntaran por su opinión acerca de los atentados contra las Torres Gemelas. Acto seguido dijo que nos invitaba a una ronda de chupitos y acto seguido después nos preguntó que si era posible que pagáramos los chupitos ya que su jefe le tenía terminantemente prohibido invitar a rondas. Mesopotamia dijo entonces que tenía la imperiosa necesidad de escuchar a Miles Davis, en concreto la canción Autum Leaves, aunque a mi no me gustase la palabra imperiosa. Yo le contesté que a mí lo que no me gustaba era tener discos en las cajas equivocadas, o tener discos en un estuche aunque resultara de lo mas conveniente pero que hacía que uno se olvidase de la caja original donde te ponían los títulos de las canciones y los agradecimientos del grupo. El camarero dijo que él de lo que realmente estaba en contra era de la piratería. Ana dijo que lo que realmente le apetecía era escuchar música cubana. Mesopotamia dijo que la música cubana era una mierda y el camarero dijo que había a que ver lo felices que eran los cubanos a pesar de no tener nada de nada. Marcos preguntó que si estaba la cocina abierta, y que si ese era el caso, quería una ración de calamares. Ana dijo que llevaba todo el día con dos salchichas en el cuerpo. Dos salchichas que había frito antes de ayer, y que las compró en una carnicería a la que no había ido nunca, y que se quedó perpleja de ver como cuando las calentaba en la sartén sin aceite, porque ella nunca echaba aceite a las salchichas ya que éstas tenían demasiada grasa y era con la grasa misma de las salchichas con las que las freía, como cuando las calentaba en la sartén se dio cuenta de que las salchichas no soltaban nada de grasa, nada, ni una gota, y eso, que las abrió por el medio para ver si así soltaban grasa y que tampoco, y que eso, le sobraron dos, las dejó en un plato en la nevera, y que hoy en vez de cocinar se comió las dos salchichas y que eso era lo que había comido en todo el día. Marcos, Mesopotamia y el camarero jugaban a piedra, papel y tijera. Yo le pregunté a Marcos por la ración de calamares y Ana comentó el nombre de un bar en Écija donde hacían los mejores calamares que había probado en su vida. El camarero dijo que para él lo mejor que había hecho Miles Davis fue la versión tardía que hizo en sus últimos años de My Funny Valentine, cuando usaba el distorsionador y cuando se dejó el pelo largo, y cuando se vestía con trajes de colores, allá cuando tenía 60 años. Ana dijo que Écija era la sartén de España. Mesopotamia se bebió un chupito de un trago y luego dijo que ella abandonó a su marido una noche después de follar con él y darse cuenta de que no sentía nada por él, y no tenía que ver con el placer sexual, sintió placer sexual, pero se dio cuenta de que no sentía nada por él. Marcos dijo que a él le gustaba la ropa de niño, de bebé para ser más precisos. Ana dijo que volviendo al tema del tesoro de las Minas del Rey Salomón, ella coincidía plenamente con Pedro Almodóvar en aquello que dijo de que Sharon Stone le parecía una actriz increíble, que había hecho pésimas películas, en referencia a la versión que protagonizó de las Minas del rey Salomón titulada Quatermain. El camarero dijo que en casa tenía un disco de Miles Davis en el que hacía una versión del Concierto de Aranjuez. Mesopotamia le preguntó si tenía el de Autum Leaves pero él dijo que solo tenía el del Concierto de Aranjuez y que si queríamos y alguien le acompañaba que iba a buscarlo. Marcos y Mesopotamia dijeron que le acompañaban si ponía otra ronda d chupitos y Ana Obregón dijo que ella ya había pasado su etapa del jazz y que ahora mismo el jazz no le decía nada y especialmente Miles Davis. Marcos más tarde me contó que una vez en el taxi con el con el camarero y Mesopotamia, el camarero dijo que a él lo que le gustaba eran los documentales pero no de animales sino de personas, especialmente unos documentales que había visto recientemente sobre los españoles que emigraron a Alemania en la pos guerra. De vuelta en el bar Ana me dijo que en realidad no tenía nada en contra del jazz y que si por favor me podía pasar al otro lado de la barra y poner dos gin-tonics. Yo le dije que sí y que si quería calamares.
Sunday, 13 July 2008
LA TELEVISION
Marcos era de la opinión de que se podrían haber estudiado las consecuencias que hubiesen acontecido si en lugar de haber comprado el tesoro de las Minas del Rey Salomón se hubiera decidido tirar el televisor por la ventana, el lunes a las 14:30 horas.
REPARACIONES EN EL JARDIN
El mero hecho de que no supiéramos qué hacer con el tesoro se nos antojaba como la metáfora de qué realmente no sabíamos que hacer con nuestras vidas. El tesoro se compró en primer término como algo que nos fuera a empujar a los tres a una cascada de acontecimientos que se precipitarían por diversos cauces, como por ejemplo las quejas continuadas de Adriana por haber acometido tal empresa, hasta finalmente desembocar todos en un solo cauce que traería consigo acciones coordinadas en una sola dirección, todo fluiría por un mismo hilo que cada vez se estrecharía más hasta converger en la unidad total de acción y pensamiento. El tesoro se compró como quien compra una bomba que hará estallar todo por los aires para luego desembocar en un remanso de paz y tiempo. Para arreglar una catedral que sucumbe a la mediocridad se derriba sin avisar y luego se deja uno llevar por los acontecimientos posteriores con la total convicción de que de una manera u otra le llevaran al orden y al sentido. Miriam y Adriana entraron al salón portando una viga de madera y herramientas y nos pidieron que alguien abriese la puerta del jardín porque no les quedaban manos. Marcos se levantó de malagana con una taza de café en la mano y les abrió la puerta para que pudiesen salir y empezar con las reparaciones de la tapia que se había hecho añicos el día de la tormenta. A mí me dolía el estómago y Antonio se oponía a la idea de hacer más café
QUE HACER CON UN TESORO (APARTE DE)
Cuando no se sabe qué hacer con un tesoro, uno se aburre y al final se acaba usando ese tesoro para cosas absurdamente prácticas. Una de las ollas que Marcos guardaba en su garaje acabó en el cuarto de baño haciendo las veces de cajón donde poner la ropa sucia. Las lanzas acabaron de barras donde sujetar cortinas. Antonio dijo que creía que las lanzas le daban suerte. Marcos dijo que también quería guardar alguna lanza en su casa, no porque creyese en la idea de Antonio de que realmente daban suerte sino como arma de defensa ante el posible ataque de cualquier ladrón potencial. De ese modo, si aparecía un caco en mitad del pasillo, a las dos de la noche, con la única intención de robar el tesoro, Marcos lo aprehendería con la lanza y de ese modo el caco sería ejecutado por aquello mismo que buscaba, el tesoro. Marcos creía que era una metáfora preciosa. Aquello que buscaba es lo que realmente le terminó matando. Lo mismo que si alguien fuera detrás de una serpiente pitón, al final la encuentra, se arma un alborozo, se abrazan, y tanto se abrazan hasta que el tipo acaba asfixiado y engullido por el reptil. “Viene a robar el tesoro y yo lo mato con una lanza que es parte del tesoro”, nos decía Marcos con cara del que ha tenido una gran ocurrencia. “No os dais cuenta, aquello mismo que busca es lo que le va a matar”, decía Marcos mientras Antonio yo jugábamos a las cartas usando como mesa y tapete uno de los altares del tesoro.
_Yo creo que si hubiéramos comprado el Tesoro de Rackman el Rojo nos hubiese ido mucho mejor, dijo Antonio justo después de suspirar y quejarse de sus malas cartas mientras barajaba y yo ponía la cafetera. El tesoro de Rackman el Rojo es mas vendible, opinaba Antonio. Mas cercano a la gente, más comercial si se quería.
_Comercial es precisamente lo que no buscamos, objetó Marcos. El haber comprado algo más comercial hubiese ido totalmente en contra de la idea básica del proyecto de la compra del tesoro como necesidad existencial, y no comercial. Se compraba un tesoro como el que se compra un manual de instrucciones para respirar, refutaba Marcos.
_Yo creo que si hubiéramos comprado el Tesoro de Rackman el Rojo nos hubiese ido mucho mejor, dijo Antonio justo después de suspirar y quejarse de sus malas cartas mientras barajaba y yo ponía la cafetera. El tesoro de Rackman el Rojo es mas vendible, opinaba Antonio. Mas cercano a la gente, más comercial si se quería.
_Comercial es precisamente lo que no buscamos, objetó Marcos. El haber comprado algo más comercial hubiese ido totalmente en contra de la idea básica del proyecto de la compra del tesoro como necesidad existencial, y no comercial. Se compraba un tesoro como el que se compra un manual de instrucciones para respirar, refutaba Marcos.
Sunday, 6 July 2008
BEING GABI DOPAZO
IT OCURRED TO ME THIS MORNING, THAT I LIVE MY LIFE LIKE AN INTERNATIONAL ROCK STAR. EVERYTHING IN MY LIFE IS SO VARIED AND SO EXCITING COMPARED TO ANYONE ELSE I HAVE EVER MET. FIRSTLY THERES THE WAY I LOOK, THERE ARE FEW PEOPLE WHO HAVE THIS BONE STRUCTURE, AND WHILE I AM OBVIOUSLY GENETICALLY BLESSED, A LOT OF IT IS TO DO WITH HOW I CARRY MYSELF, I KNOW I'M GOOD LOOKING AND CONFIDENT AND THIS APPEARS WHEN I WALK OR SIMPLE THINGS LIKE HAVING A COFFEE CAN STOP A WOMEN IN HER TRACKS. I HAVE DECIDED THAT I HAVE BEEN VERY SELFISH KEEPING THE SECRET OF MY CHARISMA INSIDE SO WILL START GIVING LESSONS TO ANY UGLY PEOPLE THAT NEED HELP. I AM A PERSON OF THE PEOPLE.
Thursday, 29 May 2008
LA LLAMADA DE FRANKLIN
c) La llamada de Franklin
El hecho de que si no hubiese sido por la llamada de Franklin nada de esto hubiese ocurrido, era más que obvio. A pesar de ello, Marcos seguía obstinado en decir que en su caso no se había dejado influenciar bajo ningún concepto por la llamada de Franklin. Yo me seguía haciendo el dormido mientras que Antonio hablaba de aquella vez en que Franklin se empeñó en que todos nos subiésemos en aquel bote que terminó haciendo aguas, y lo que se reían las mujeres viendo semejante espectáculo desde la orilla del lago, y Franklin sujetando su cerveza, sobreponiéndola a su cabeza, mientras que poco a poco se iba sumergiendo, hasta que al final no quedaba más que la botella de cerveza, como si fuera la antorcha de la estatua de la libertad, y hay que ver lo que nos reímos todos más tarde cuando lo recordábamos sentados alrededor de la chimenea que había en la cabaña que Franklin alquiló. Y es que Franklin siempre estuvo a mitad de camino entre sus realidades y nuestros sueños, siempre un poco más allá, siempre como si a él nada le salpicase en la vida, como un y por qué no, y del otro lado estábamos nosotros, empujados a la compra de un tesoro que ahora no había manera de vender, y era por ello que cuando quedábamos todos juntos a cenar en casa de Antonio, Marcos se emborrachaba y de vez en cuando aparecía en medio del comedor ataviado con una toalla a modo de taparrabos, portando un escudo y una lanza que había cogido del tesoro. Y hay que ver lo que se enfadaba su esposa, recriminándole la irresponsabilidad, diciéndole que dejara la lanza y el escudo porque eran objetos de mucho valor y en la venta de ellos estaba gran parte del futuro bienestar económico que tanto habían anhelado, pero a Marcos le daba igual como cada vez que un sexto whisky pasaba por su garganta, y a Antonio y a mí pudiese que tal vez también, no sé si tanto por querer estar de parte de Marcos cada vez que su esposa le reprimía como porque realmente ya nos diera un poco igual el tesoro a aquellas alturas en las que ya no sabíamos qué hacer para tratar de venderlo. Pero lo que es seguro es que la llamada de Franklin fue fundamental a la hora de entender la compra del tesoro de las Minas del Rey Salomón. Probablemente me atrevería a decir que fue, sino la causa principal, la segunda causa más importante. Claro que Marcos seguía diciendo que no, decía que para él la causa principal no había sido todavía nombrada, y que por si no lo sabíamos no era otra que la pura nostalgia. Marcos estaba seguro de que la principal causa por la que se había comprado el tesoro era la pura nostalgia. Pero nostalgia de qué?, le preguntamos. Pura nostalgia, contestaba él. Pura nostalgia y por no tener nada mejor que hacer.
El hecho de que si no hubiese sido por la llamada de Franklin nada de esto hubiese ocurrido, era más que obvio. A pesar de ello, Marcos seguía obstinado en decir que en su caso no se había dejado influenciar bajo ningún concepto por la llamada de Franklin. Yo me seguía haciendo el dormido mientras que Antonio hablaba de aquella vez en que Franklin se empeñó en que todos nos subiésemos en aquel bote que terminó haciendo aguas, y lo que se reían las mujeres viendo semejante espectáculo desde la orilla del lago, y Franklin sujetando su cerveza, sobreponiéndola a su cabeza, mientras que poco a poco se iba sumergiendo, hasta que al final no quedaba más que la botella de cerveza, como si fuera la antorcha de la estatua de la libertad, y hay que ver lo que nos reímos todos más tarde cuando lo recordábamos sentados alrededor de la chimenea que había en la cabaña que Franklin alquiló. Y es que Franklin siempre estuvo a mitad de camino entre sus realidades y nuestros sueños, siempre un poco más allá, siempre como si a él nada le salpicase en la vida, como un y por qué no, y del otro lado estábamos nosotros, empujados a la compra de un tesoro que ahora no había manera de vender, y era por ello que cuando quedábamos todos juntos a cenar en casa de Antonio, Marcos se emborrachaba y de vez en cuando aparecía en medio del comedor ataviado con una toalla a modo de taparrabos, portando un escudo y una lanza que había cogido del tesoro. Y hay que ver lo que se enfadaba su esposa, recriminándole la irresponsabilidad, diciéndole que dejara la lanza y el escudo porque eran objetos de mucho valor y en la venta de ellos estaba gran parte del futuro bienestar económico que tanto habían anhelado, pero a Marcos le daba igual como cada vez que un sexto whisky pasaba por su garganta, y a Antonio y a mí pudiese que tal vez también, no sé si tanto por querer estar de parte de Marcos cada vez que su esposa le reprimía como porque realmente ya nos diera un poco igual el tesoro a aquellas alturas en las que ya no sabíamos qué hacer para tratar de venderlo. Pero lo que es seguro es que la llamada de Franklin fue fundamental a la hora de entender la compra del tesoro de las Minas del Rey Salomón. Probablemente me atrevería a decir que fue, sino la causa principal, la segunda causa más importante. Claro que Marcos seguía diciendo que no, decía que para él la causa principal no había sido todavía nombrada, y que por si no lo sabíamos no era otra que la pura nostalgia. Marcos estaba seguro de que la principal causa por la que se había comprado el tesoro era la pura nostalgia. Pero nostalgia de qué?, le preguntamos. Pura nostalgia, contestaba él. Pura nostalgia y por no tener nada mejor que hacer.
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